El atrapasueños
¿Otra vez? ¡Sima, Simona! ¡Despiértate! ¡Que nos va a despertar a los pequeños! ¡Agárrala! Elena se desliza de la cama y sacude a su hermana por el hombro. ¿Cuándo se tranquilizará…?
Sonia se retuerce entre sueños y su lamento, profundo y doloroso, parece llenar la habitación, arrancando el alma y obligando a mirar por encima del hombro, por si hubiera alguien allí.
¡Esto parece una mala película de terror! Simona se quita el edredón y, aún con los ojos entornados, camina descalza hasta la cama de Sonia.
Le echa su manta por encima, se tumba a su lado, la abraza fuerte y empieza a tararear en voz baja:
Duérmete, mi niña, duérmete, que los sueños bonitos vendrán…
¡Madre mía, Elena! ¿Qué hago cantando nanas? ¡Arde como una estufa! ¡Despierta a mamá!
Elena duda un segundo junto a la cama antes de ir, resignada, a la habitación de sus padres. ¿Qué puede hacer? Sonia es una más, una niña igual que sus hermanos. Y su madre no les perdonaría jamás a ella y a Simona si supiera que le han ocultado algo.
Hay calma absoluta en el dormitorio de los adultos. Elena acaricia suavemente el hombro de su madre, Rosario.
Mamá…
Los ojos de Rosario, tan castaños como los de Elena, se abren de inmediato, como si no hubiera estado dormida. Una mano cálida cubre la de la niña.
¿Qué ocurre, cariño?
Es Sonia, mamá. Creo que tiene fiebre. ¡Está que arde!
El pequeño Sergio gimotea débilmente y Rosario empieza a canturrear, igual que Simona hace un momento:
Duérmete, mi rey, que aquí está mamá…
Guía la mano de Elena hasta el costado del bebé.
Cuídale tú mientras, que no se despierte. Vuelvo enseguida…
Rosario se levanta con agilidad, a pesar de los dolores de la caída que tuvo ayer limpiando la lámpara del recibidor, y va de puntillas a la habitación de las chicas, atenta al silencio cálido de la casa.
Esta casa es su orgullo. Cuántas veces escuchó eso de que ni ella ni Alfonso podrían sacar adelante la obra, que se conformaran con un piso, que tanto esfuerzo no merecía la pena…
Los parientes encogían los hombros y soltaban:
¿Para qué queréis semejante caserón? ¡Si no tenéis hijos!
Y a Rosario se le encogía el corazón y bajaba la mirada, como si alguien cruel quisiera hundirle en la tierra. ¿No puedes ser madre? ¿No te ha tocado? ¡Pues mejor ponte a un lado! Ni sueñes con mirar al mundo de frente, que no te corresponde.
Cuántas veces Alfonso, viéndola replegada tras una charla con su madre o sus tías, la abrazaba con fuerza, sin entender cómo su mejilla encontraba siempre el hueco perfecto en el cuello de él. Se fundían, no solo en calor, sino en pensamientos. Era imposible que uno sintiera sin que el otro lo percibiera.
No hagas caso. ¡No tienen ni idea de nada!
Pero, Alfonso… En parte tienen razón. Si no hay hijos
Eso ya se verá Alfonso apretaba la mandíbula y juraba hacer lo imposible para cumplir el sueño de su mujer.
En la periferia de Madrid, pensaban que todo era posible si tenías dinero. Pero un intento en una clínica, luego otra, luego otra… siempre igual: No somos magos.
Rosario, agotada de malas noticias, evitaba la mirada de Alfonso, sin saber cómo decirle que hacía tiempo había perdido algo dentro de sí. Pero cuando él empezó a hablar de construir la casa, ella se atrevió.
No puedo, Alfonso Te quiero, lo sabes. Pero deberías tener tu familia. Si yo no puedo darte un hijo Quiero que me divorcies.
¡Ni lo sueñes! gritaba enfadado Alfonso, dejando la taza de café de un golpe en la mesa, meneándose por la cocina frotándose la oreja quemada. Rosario, vete con ese discurso a otro. Tú eres mi mujer, y punto. Si hay niños, bien; sino, el destino lo ha querido así. No todo el mundo puede ser padre.
Rosario nunca se tranquilizó del todo con esa charla. Un hombre joven lo dice convencido, pero… ¿y después? Pero Alfonso se mantenía firme. Había esperado demasiado.
El matrimonio con Alfonso era el segundo para Rosario. El primero fue a los diecinueve, más por huir de la casa materna que por convicción.
Con su madre, Lidia Serrano, siempre tuvo una relación intensa y difícil. Lidia pasaba de adorarla y alabarla ante todo el mundo, a despreciarla y herirla con frases cortantes.
¡Cómo he acabado siendo madre de este desastre! ¡A veces pienso que eres un genio, Rosario… y otras, qué puede pasarte por la cabeza!
Ojalá Rosario hubiera sabido la respuesta. Pero sólo podía encogerse bajo su mirada y callar, preguntándose cómo se puede querer a quien te grita.
¿La quería? Sin dudarlo, sí. Pero al hacerse mayor, entendió que ni la carrera, ni el trabajo, ni los amigos aseguraban una madre cálida.
Lidia sabía fascinar a cualquiera, salvo a su hija.
Mamá, ¿por qué no me quieres? preguntó Rosario una semana antes de su boda, cuando Lidia torció el gesto ante su vestido de novia.
Rosario llevaba un mes buscando el traje, segura de que la sobriedad pasaría el corte. Pero, como tantas veces, la respuesta maternal fue dura y evasiva.
Ese día, Rosario entendió al fin que su familia esperaba un hijo varón, lo cual supo tras preguntar discretamente a sus tías.
Dios, qué antiguo es todo refunfuñaba Rosario paseando por El Retiro. Niño o niña, ¡qué más da! Si alguna vez tengo hijos, nunca los separaré así…
La boda fue magnífica y caótica. Rosario, resoplante bajo un corsé que no sentía suyo, respondía con sonrisas forzadas y evitaba contarle a su madre que el vestido le apretaba.
Su primer matrimonio duró poco. Cuando sufrió un aborto, su marido recogió sus cosas y se marchó antes incluso de que le dieran el alta del hospital.
El piso, comprado por sus padres, quedó vacío. En el coche, Lidia sentenciaba:
Lo alquilamos, hija; vuelves a casa. Ya has tenido suficiente libertad.
Pero Rosario no discutió. Por la noche, fue al despacho de su padre.
Papá, si me quieres un poco, déjame vivir aparte. No puedo quedarme ahora.
Él la entendió, a pesar de las protestas de Lidia, y la apoyó económicamente.
Terminó la carrera, mejoró en el trabajo, pero su vida sentimental era un desierto. No era fea, pero sentía carecer de chispa. Sabía por qué: las secuelas físicas y emocionales del aborto. Un médico le confirmó que probablemente nunca sería madre. Fue un golpe demoledor.
Sus tías intentaban ayudarla organizando fiestas familiares, trayendo solteros, hasta que en una de esas ocasiones conoció a Alfonso.
No era un invitado, sino el taxista que llevó a una tía. Y cuando Rosario, hastiada, subió con él y se dejó la cartera, Alfonso se limitó a decirle sonriendo:
No pasa nada. Sonríeme y en paz.
Rosario bajó a por el dinero, pero Alfonso ya se había ido. Al día siguiente, él la esperaba de nuevo en la puerta.
Así empezó todo. Ella, tan formal, hija de profesor de universidad y empresaria de éxito, y él, un sencillo taxista. No era una combinación, pero él tenía esa luz serena que le hizo decidirse.
Cuando Rosario le contó su problema, él lo asumió sin drama.
¿Solo quieren casarse para tener hijos? Yo te quiero a ti, Rosario, y eso basta.
La boda la celebraron en el pueblo de Alfonso. Los padres de Rosario no quisieron ir. Su padre apareció brevemente, le dio la mano y se marchó silencioso.
Con los padres de Alfonso, Rosario encajó mejor.
¡Muchacha! decía Carmen, su suegra, mientras elaboraba dulces. Aquí hay que llenar ese cuerpo, estás en los huesos.
Allí, sentada en una cocina sencilla, Rosario sintió, por primera vez, calor de verdad.
Cuando se enteraron de su imposibilidad para ser madre, Carmen la abrazó:
No es cosa nuestra entender los caminos que Dios marca. Ya verás, la felicidad os llegará.
Y así fue. Siguieron adelante con la casa, construyéndola con ayuda de la familia. Rosario, abogada, se estableció por su cuenta, mientras estudiaba la opción de adoptar.
No tardaron en llamarles de servicios sociales. Su suegra, emocionada, llamó:
Rosario, hija, ¡ya hay niños! Tres hermanitos vecinos se han quedado solos, pobres. ¡Pensadlo! No son desconocidos, los tengo vistos de toda la vida.
Rosario y Alfonso acudieron, y así Rosario fue madre de tres de golpe.
Simona de siete y Elena de seis fueron reservadas, pero pronto desmontaron el miedo de Rosario:
No te asustes, sabemos que eres buena.
El pequeño Alejandro, de dos años, la llamó mamá enseguida.
Por supuesto, no todos lo comprendieron.
¡Pero Rosario, tres niños y con ese pasado! ¿En qué piensas?
Soy abogada, mamá…
¡Ya me lo han puesto en bandeja! Siempre igual, hija…
Por primera vez, Rosario levantó la voz y colgó. Quizá ese día creció del todo.
Los años pasaron. Rosario dejó la abogacía a tiempo completo para ser madre. Vivía dedicada a los niños, hasta el día en que, tras semanas de mareos, Alfonso la llevó al médico. Resultó estar embarazada de verdad.
No se lo creían. Hasta el médico se reía. Pero fue cierto: Sergio nació en pleno invierno, trayendo una alegría inmensa.
Sonia, la más nueva, llegó después. Era hija de una prima lejana que murió trágicamente, dejando a la niña sola y asustada. Rosario no dudó en hacerse cargo, aunque Sonia tenía traumas profundos y gritaba por las noches.
Simona y Elena querían ayudarla a integrarse. Las palabras de Carmen guiaron sus intentos:
El miedo se cura con amor. Dadle cariño y sentirá que este es su hogar.
Lo intentaron con regalos, pero fue Alejandro quien encontró la clave. Su abuela le regaló un libro sobre indios, y trajo la solución.
¡Un atrapasueños! dijo. Hay que hacerle uno a Sonia, atrapará sus sueños malos…
Simona y Elena ayudaron. Rosario trajo hilos y cuentas, Carmen aportó plumas, y entre todos tejieron el cazador de sueños.
Sonia seguía gritando por las noches, pero una madrugada pidió, llorando, no ser devuelta:
¿A él tampoco? susurró.
Así supo Rosario que su padre había hecho daño a su madre, que Sonia había presenciado algo que la marcó. Tras días de miedo y fiebre, Sonia acabó en brazos de su nueva madre, bañada en sudor.
Cuando los médicos se fueron y volvió la calma, el atrapasueños apareció colgado sobre la cama.
¿Qué es esto, mamá? preguntó Elena.
Un cazador de sueños, tesoro. Pero aquí hay muchos. Tú, Simona, Alejandro, papá, yo, tus abuelos… Hay muchos, cada uno velando por los sueños de Sonia y los vuestros.
La casa olía a comida, risas desde la cocina, abuelas charlando, el coche de Alfonso en la entrada… Rosario abrazaba a Sonia.
Ahora sí, pensó, todo está en su sitio. Aunque quizá, quién sabe, aún falte alguien por llegar. El tiempo lo dirá.






