Huella en la tierra mojada

Huella en la tierra mojada

La hierba de septiembre huele diferente a la de agosto. Ya no tiene esa dulce languidez de los últimos días cálidos, sino un amargor agudo, como si la tierra ya se estuviera preparando para el descanso invernal y quisiera advertirnos de ello con su aroma.

Aquel día de finales de septiembre amaneció nublado y húmedo. La lluvia nocturna había dejado los caminos embarrados y los campos cubiertos de un manto brillante de gotas. Caminaba por el sendero que bordea el bosque de pinos cerca de mi pueblo natal en Castilla, cuando de repente me detuve. En el suelo blando, junto a un charco que aún no se había secado, vi claramente una huella fresca de una bota grande, con el dibujo profundo de la suela.

Me agaché para observarla mejor. La huella era reciente, de no más de una hora. El borde aún estaba nítido, y el agua no había tenido tiempo de llenarla por completo. Alguien había pasado por aquí poco antes que yo. Pero ¿quién? En estos parajes de la sierra de Guadarrama, en esta época del año, rara vez se encuentra uno con caminantes. Los turistas ya se han ido, los recolectores de setas suelen venir los fines de semana, y los locales prefieren los caminos más anchos.

Miré alrededor. El bosque estaba silencioso. Solo se oía el goteo suave de las hojas y el lejano canto de un mirlo. Seguí el rastro. La huella se repetía cada cierto trecho: aquí más profunda, donde el suelo era más blando; allá más ligera, donde pisaba la hierba. El hombre (porque por el tamaño debía de ser un hombre) caminaba con paso seguro, sin prisa, pero sin detenerse.

De pronto el rastro giró hacia el interior del bosque, hacia una zona donde los pinos se hacen más densos y el suelo se cubre de agujas secas. Allí las huellas se volvieron menos visibles, pero aún se distinguían por las ramas rotas y la hierba aplastada. Seguí avanzando, sintiendo una mezcla extraña de curiosidad y cautela.

Después de unos quince minutos de camino llegué a un pequeño claro que conocía bien desde la infancia. Allí, bajo un viejo pino centenario, había una roca plana que servía de banco natural. Y sobre ella estaba sentado él.

Era un hombre de unos sesenta años, de complexión fuerte, con barba canosa bien cuidada y ojos claros que miraban el bosque con serenidad. Llevaba una chaqueta impermeable verde oscuro, botas altas de montaña y una mochila pequeña a su lado. En las manos sostenía un termo del que bebía a sorbos lentos.

—Buenos días —dije, acercándome sin hacer movimientos bruscos.

Él levantó la vista y sonrió levemente.

—Buenos días. Veo que has seguido mis huellas.

—No era mi intención entrometerme —respondí—. Solo las vi en el camino y… la curiosidad pudo más.

El hombre asintió con comprensión.

—Me llamo Antonio Ruiz. Vivo en el pueblo de al lado, en Navacerrada. Vengo aquí casi todas las semanas en esta época. Me gusta el silencio de septiembre. La naturaleza se prepara para dormir, y uno siente que puede pensar con más claridad.

Nos quedamos en silencio unos minutos. El viento movía suavemente las copas de los pinos y traía ese olor característico a resina húmeda y tierra mojada.

—¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿Qué te trae por estos caminos tan temprano?

—Paseo, como siempre —contesté—. Intento escapar del ruido de la ciudad. Trabajo en Madrid, pero vengo a la sierra siempre que puedo. Hoy quería simplemente caminar y no pensar en nada.

Antonio sonrió de nuevo.

—Entonces estamos aquí por lo mismo. Aunque yo ya no huyo del ruido. Simplemente vengo a encontrarme con lo que queda de mí cuando no hay nadie alrededor.

Me senté en el extremo de la roca. Hablamos poco, pero fue una de esas conversaciones que no necesitan muchas palabras. Me contó que había sido maestro en un colegio rural durante más de treinta años. Que su mujer había fallecido hacía cinco años y que desde entonces los bosques se habían convertido en su mejor compañía. Hablaba con calma, sin dramatismo, como quien cuenta algo natural y cotidiano.

Yo le hablé de mi trabajo en una oficina, de cómo a veces sentía que los días se repetían sin sentido, de cómo la ciudad me agotaba aunque me daba todo lo que supuestamente necesitaba.

Cuando el sol empezó a asomar entre las nubes y la luz se volvió más dorada, Antonio se levantó.

—Bien, es hora de volver. La tarde caerá pronto y el camino se pone resbaladizo con la humedad.

Nos despedimos con un apretón de manos firme. Antes de marcharse, señaló el suelo a nuestros pies.

—Mira —dijo—. Aquí también quedará mi huella por un rato. Y luego la lluvia o el viento la borrarán. Como todo. Lo importante no es dejar huella para siempre, sino saber que en algún momento alguien la vio y quizá pensó en algo bueno.

Lo vi alejarse entre los árboles con el mismo paso seguro con el que había llegado. Sus huellas se quedaron allí, en la tierra mojada del claro, nítidas y profundas.

Yo permanecí sentado un rato más, mirando esa huella. Luego me levanté y emprendí el camino de regreso. La hierba de septiembre seguía oliendo a amargor y a despedida, pero ahora ese olor ya no me parecía triste. Tenía algo de sabio y sereno.

Cuando llegué al sendero principal, las primeras huellas que había visto ya casi habían desaparecido. El agua del charco las había suavizado y los bordes se habían desdibujado. Pronto no quedaría nada.

Pero yo sabía que habían estado allí. Y eso era suficiente.

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Elena Gante
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The Cake for the Woman Everyone Had Forgotten