Entre la verdad y el sueño
12 de febrero, Madrid
Hoy necesitaba escribir, poner en orden mis pensamientos tras todo lo ocurrido. Me arropé bajo mi manta de lana, la misma que mi abuela me tejió años atrás, y dejé que el silencio de mi piso en Chamberí me arropara. Fuera, los copos de nieve caían con una delicadeza que rozaba la ensoñación, decorando el alféizar de la ventana con una capa fría y blanquísima.
Acababa de volver de la última prueba de mi vestido de novia. ¡Cuánta ilusión! En la bolsa que tengo todavía sobre la mesa aguardan los pendientes de plata, la tiara fina de pedrería y otros accesorios que añadirán ese toque especial a mi imagen de novia. No dejo de imaginar cómo brillará la luz sobre mis joyas y cómo los ojos de la familia y amigos brillarán de emoción al verme caminar hacia Andreu, mi futuro marido. Mi cabeza, por supuesto, va a mil preparándolo todo pero también se permite disfrutar.
El timbre rompió la paz de mi salón con un estrépito que me sobresaltó. Miré el reloj: faltaban diez minutos para las siete. ¿Quién podía ser a estas horas? Imaginé si era el mensajero trayendo el último pedido o quizá Carmen, la vecina del cuarto, con alguna urgencia.
Miré por la mirilla, pero no supe identificar quién era. Solo distinguí la silueta de un hombre alto cubierto con un abrigo oscuro, la cara medio oculta por el cuello levantado.
¿Quién es? pregunté, intentando controlar la inquietud en mi voz.
Soy yo, Diego respondió una voz reconocible, amortiguada por la puerta. Necesito hablar contigo es importante.
Vacilé. No es que quisiera verle precisamente, pero ¿y si había pasado algo grave a Helena? Me armé de valor y abrí la puerta un poco, solo lo justo.
Diego, empapado, se quedó en el umbral. El pelo cubierto de gotas y los hombros salpicados por la nieve, que ya derretía y marcaba manchas oscuras en su abrigo. Tenía la mirada perdida, los ojos extrañamente oscuros y ardientes. Jamás lo había visto así, y una especie de alarma se encendió en mi interior Aun así, me aparté y le di paso.
Entra, por favor le invité, intentando sonar amable. Estás chorreando, te vas a resfriar.
Entró y, haciendo gala de su poca atención en ese instante, ni siquiera se quitó los zapatos. No le importó dejar manchas de agua y barro por el parqué. Fijó la mirada en algún punto lejano, distante. Mi ansiedad fue creciendo, sabía que algo gordo pasaba.
Se volvió hacia mí, aún de pie y apretando los guantes en su mano.
Claudia, no puedo más. Te quiero dijo tan de golpe que me sentí fuera de mi propio cuerpo por un instante.
Yo ni lo creía. Los labios me temblaron y sólo conseguí balbucear:
¿Diego qué?
No me dejó continuar. Avanzó hacia mí, con una decisión casi desesperada.
Sé que te casas. Que es una locura por mi parte, pero tenía que decírtelo. Llevo meses intentando olvidarte, hacer mi vida, pero es imposible. He estado con Helena solo para estar cerca de ti, para verte, no por amor. Nunca he sentido nada por ella. Jamás.
Sentí que el corazón me caía al estómago. ¿Diego había buscado a mi amiga con ese propósito? ¡Y pobre Helena, que estaba loca por él! Solté la manta, intentando volver a la realidad en la que aquello no estuviera ocurriendo. El aire en el salón se volvió denso.
Diego ¿te das cuenta de lo que dices? Yo quiero a Andreu. Nos vamos a casar porque elijo hacerlo, porque es nuestro proyecto. Y Helena, además
Él ni parpadeaba, casi como si le pesara desvelar una confesión tan tiempo callada.
Ya lo sé, pero no podía callarme más. Pronto serás inalcanzable para mí, y de no decírtelo me hubiera arrepentido por siempre. Para mí Helena no significa nada. Solo existías tú.
Un nudo se apretó en mi interior. No conseguía ni contestar. Me moví despacio, recolectando las palabras que necesitaba y que no encontraba.
Eres mi amigo, Diego. Pero no soy para ti. Amo a otra persona, y eso no va a cambiar.
Su esperanza se fue deshaciendo en su rostro.
¿Si te lo hubiese dicho antes?
Sin rodeos, el resultado hubiera sido el mismo. No eres mi tipo, Diego respondí con amabilidad, intentando no herirle más de lo necesario. Eres buena persona, pero para mí no eres ese hombre.
Aun así, él no se rendía. Avanzaba hacia mí con urgencia.
No es cierto, lo sé Tus miradas, lo que hay entre nosotros…
Quise retroceder hasta la puerta. Me asustaba aquella determinación suya, casi obsesiva.
No hay nada, Diego. Lo tuyo no es amor, es obsesión. Me has idealizado y construido una historia en tu cabeza. Pero la realidad es distinta.
Él cerró los puños, derrotado:
No, Claudia, te amo. Eso nadie podrá quitármelo.
Me mantuve firme.
¿Y Helena? ¿Has pensado el daño que le haces? Ella merece la verdad y tu perdón.
Diego chasqueó la lengua, sin rastro de arrepentimiento:
Ella no me importa. Yo solo te quiero a ti.
Una compasión momentánea cruzó por mí pero no podía prestarme a sus juegos.
No tienes nada conmigo, ni con Helena ya. ¿De verdad crees que voy a callarme?
Me sostuvo la mirada unos segundos pesados y luego se rindió:
Me marcho, pero no desisto. Esperaré a que te des cuenta de que somos el uno para el otro.
Por favor, no lo hagas, Diego. Vive, deja a los demás seguir sus vidas. Lo mejor para ti es buscar a quien puedas amar de verdad, sin inventarla.
Abrió la puerta y, ya casi en el umbral, me dio las gracias por la sinceridad, asegurando que no se despedía del todo. Salió con movimientos de quien camina bajo una carga invisible.
Me quedé sola, con el alma temblando. No podía dejar las cosas en ese punto. ¿Y si era capaz de manipular a Helena, o confundirla aún más? Cogí el teléfono casi por instinto y llamé a mi amiga.
Helena, tenemos que hablar Es por Diego.
Se hizo un silencio largo, y tras él. Noté su preocupación, pero reuní valor y le expliqué, siempre intentando no herir más de lo inevitable. Diego estaba conmigo hace un momento, le confesé. Ha reconocido haber estado contigo solo para acercarse a mí. Dice que nunca te amó.
Al otro lado, Helena enmudeció. Lo sentí; probablemente repasaba en su cabeza cada momento que creyó real. Se quedó callada una eternidad.
Lo siento, Helena, no quería que esto llegase así, pero mereces saberlo intenté asegurarle. Creo que vendrá a verte. ¿Estás sola?
Sí, tranquila respondió finalmente, con voz dolida pero fuerte. Mejor saberlo de ti.
Colgué y me quedé mirando la noche de Madrid, los copos perdiéndose en la luz dorada de los faroles del paseo de la Castellana. Todo mi mundo se había encogido a ese instante.
Después me quitó el sueño pensar si Diego sería capaz de hacer daño a Helena. Ella era fuerte, sí, pero nadie merece esa traición.
*
Esa noche, según me contó luego Helena, estaba sentada en su cocina, dándole vueltas una y otra vez al mismo punto, con una taza de té frío entre las manos. Todo el idilio con Diego le resultaba, de golpe, una mentira. Él tocó al timbre.
Al abrirle, Diego intentó disculparse, pero Helena no se lo permitió.
Claudia ya me lo ha contado todo. No tienes que repetirlo.
Él, derrotado por la rapidez con que la noticia había viajado, solo consiguió mascullar un lo siento y ofrecerle el anillo que había pensado para mí.
Para que veas que realmente lo siento.
Helena rechazó el gesto, ya casi con lástima:
No quiero nada tuyo. No puedes empezar de cero conmigo porque nunca fuiste sincero.
Diego se marchó, y cuando ya casi salía por la puerta, entró de improviso Andreu. De verlo tan frío y directo, mi amiga se sobresaltó. Andreu fue claro, seco, su mirada tan firme como un azulejo frío:
Ya sé lo que ha pasado. Lo sé todo.
Quedó claro que Diego no tenía ya lugar entre ninguno de nosotros. Andreu, protector, le advirtió que ni se acercara más a ninguna de las dos. No hubo pelea solo autoridad. Diego se fue por fin, esta vez con una herida real, física y emocional.
Solo entonces Helena lloró, pero lo hizo sabiendo que era el fin y el principio, simultáneamente.
*
Hoy, días después, he podido sentarme con Andreu y Helena en una cafetería pequeña de Malasaña. Afuera sigue nevando. Hemos pedido chocolate caliente y, aunque por momentos el silencio se hacía, la atmósfera era cálida, de reconciliación con la vida. Hablaron de la boda, de los pequeños planes y recuerdos buenos, de los que sí permanecen.
Helena, con su dignidad renovada, me confesó mirándome a los ojos:
Ya no le guardo rencor. Solo espero que, algún día, él mismo sea capaz de ser sincero y amar sin máscaras. Yo pasaré página.
Le di la mano. Me sentí afortunada por tener una amiga así, por tener a Andreu a mi lado, y porque, incluso con el corazón magullado, somos capaces de seguir adelante. En este país nuestro, donde siempre se dice vísteme despacio que tengo prisa, nos damos el tiempo para sanar, para contar el relato completo, para ver la nieve cubrir el pasado, dando paso a una esperanza nueva.
Y así cierro el diario por hoy, mientras la música de la cafetería se mezcla con el rumor de la ciudad tapizada de blanco. El pasado termina con una página; el futuro, estoy segura, se empieza a escribir justo ahora.






