Brunita
Había una vez un padre con tres hijas. Dos de ellas, Carmen y Lucía, eran bellezones de esos que cuando pasaban por la plaza, hasta los abuelos se les caía el bastón del asombro. La tercera hermana, Brunita, era pequeñita, flaquilla y tenía la espalda un poco torcida. Pero eso sí, sus ojos brillaban más que una feria de fuegos artificiales en San Isidro. El campo no se le daba bien, en casa nunca conseguía alcanzar el paso de sus hermanas mayores, y la verdad, le costaba un mundo.
Carmen y Lucía, vamos, no daban abasto con tanto pretendiente, la entrada de la casa parecía la cola para pillar churros en las fiestas de San Juan, de tantos mozos que había. Pero de Brunita, nadie se acordaba, como quien pasa de largo por un vecino pesado. Así que las dos bellas se plantaron y dijeron:
Hasta que no le busquemos pretendiente a Brunita, ¡nosotras de aquí no nos casamos ni por todo el oro de la Feria de Abril!
El tiempo pasaba, pero ni por asomo se le presentaba ningún galán a Brunita. Le ponían los mejores vestidos, la pintaban con más color que las Fallas, pero nada. Las amigas ya empezaban a bromear por lo bajini:
Con tanto esperar que casen a Brunita, ¡vais a acabar vosotras relegadas y sin novio ni para el bingo!
Brunita escuchaba estas cosas y se le hacía un nudo en la garganta. No por ella, sino por sus queridas hermanas. Así que un buen día, decidió en silencio:
No puedo estar aquí echando a perder la vida de los demás. Mejor me voy del pueblo y que mis hermanas puedan irse al altar tranquilas. Me voy a Madrid, igual consigo trabajo de criada o lo que sea.
Esperó a que todos en casa estuvieran fritos en la cama, recogió un hatillo con lo justo y se escurrió como una sombra por la puerta.
Caminó toda la noche, bajo una luna gorda y blanca, con la carretera iluminada como si fuera un escenario. No tenía miedo, hasta que llegó al bosque; por si acaso no se cruzaba con algún jabalí o, peor, una piara de funcionarios con prisa. Pero se armó de valor y siguió el camino.
Ya estaba clareando y Brunita, muerta de cansancio, decidió hacer una parada bajo un avellano y se quedó dormida con la cabeza sobre su hatillo y tapada con su pañuelo. Vaya usted a saber cuánto durmió, que se despertó del zzzz al escuchar un hachazo bien cerca. Justo cuando se incorporaba, ¡zas! Un árbol seco se vino abajo a dos metros escasos. Brunita saltó, dispuesta a salir corriendo (o lo que le permitía la chepa), pero ve llegar a un hombrecillo mayor, bajito pero fuerte como uno de esos viejos olivos, barba blanca y hacha en la mano.
A Brunita se le puso el susto por montera, pero el hombre le dijo:
No temas, hija, que nada malo te haré.
¿Y tú, quién eres, abuelo? preguntó ella casi tartamudeando. ¡Por poco me dejas de adorno en el suelo!
Soy el guardabosques respondió el hombre. Tengo aquí la cabaña cerquita. Vengo a talar madera seca. ¿Y tú qué haces aquí en medio del monte sola?
Brunita le soltó toda su pena. El abuelo se acarició la barba pensativo y luego dijo:
Se nota que tienes buen corazón y eres fácil de querer. Quédate conmigo en la caseta, hazme de nieta. Si te cansas, yo mismo te llevo a Madrid.
A Brunita hasta le brillaron los ojos de ilusión, y aceptó quedarse. Y así, pasaron un tiempo en compañía. El abuelo salía al bosque, Brunita cuidaba la cabaña. Allí se vivía bien: pocas tareas, mucha paz y ningún cotilla del pueblo.
El guardabosques era buenazo, gracioso, y tenía mil historias que podrían haber llenado tres tertulias de sobremesa. Poco a poco empezó a enseñarle a Brunita sobre plantas, raíces, bayas, cuándo recogerlas, cómo secarlas y cómo preparar remedios caseros. Brunita aprendió un mundo, y el abuelo nunca se guardó ningún truco para sí.
Un día, le llegó la hora final al abuelo. Brunita lloró como en un culebrón, pero el viejo, con voz tranquilizadora, le dijo:
No te apenes, nietecilla. Todo en la vida tiene su ciclo. Cuando yo falte, entiérrame por aquí y vuelve a tu casa. Te he enseñado todo lo que sé. Yo he vivido ayudando al bosque, ahora tú ayuda a los demás.
El abuelo murió, Brunita lo enterró y, con el corazón encogido, volvió a su pueblo.
Allí, Carmen y Lucía ya estaban casadas con dos hermanos y vivían todos en una casa que parecía una horda. Ni que decir tiene que se pusieron como locas de ver a Brunita de vuelta tan pancha. Le dieron una habitación luminosa y Brunita se quedó a vivir con ellas y a ayudarles.
Sabía cómo abonar la tierra, curar enfermedades, exterminar las malas hierbas todo de lo aprendido con el guardabosques. Siempre tenían buenas cosechas, el ganado sano y nada de resfriados en la casa. Vivían felices, hasta cogían kilos de lo bien que comían.
La noticia se corrió rápido y pronto venía gente de todos los rincones a pedirle consejo a Brunita. Ella ayudaba a todos sin pedir ni una peseta. Los que podían, le traían huevos o un pañito, los más pobres, nada; y Brunita nunca negaba su ayuda.
En el mismo pueblo vivía la vieja Mariana, la adivina. Sabía de todo, pero la gente le tenía más miedo que respeto, porque tenía un genio de órdago y más mala uva que una señora en las rebajas. Cuando Brunita empezó a ayudar a la gente, todos dejaron de ir a casa de Mariana, que ya hasta tenía telarañas en la puerta. Así que se enfadó y pensó: “Ya verás, esta guapa va a saber quién soy yo.” Pensó y pensó, y al final fue a ver a Brunita:
Buenos días, Brunita, cariño dijo Mariana, suspirando como quien tiene un aire.
Buenos días, abuela respondió Brunita, siempre amable.
Vengo a verte porque tengo un dolor de brazo tan malo que ni el café me puedo tomar.
Siéntate, y te lo miro.
Brunita le tocó el brazo y preguntó:
¿Pero seguro que es ese el que te duele? Déjame ver el otro.
¡Sí, hija, ése mismo me mata! No puedo ni con el abanico.
Brunita negó con la cabeza:
Aquí yo no veo nada malo, abuela.
¿Cómo que no? ¡Mira cómo tengo los dedos, más torcidos que una rosca!
Pero Brunita no cambiaba de opinión.
Como quieras, abuela, pero a mí no me parece que te duela nada.
Bueno, pues será que se me ha pasado saltó Mariana de repente. Verte me ha curado, hija. Toma, de recuerdo, este espejito. Tú que eres tan guapa, así puedes admirarte.
Gracias, abuela. Que todo sea siempre bueno como tus palabras, que las buenas palabras pesan más que las malas.
Pero en el espejito, Mariana había dejado todos sus hechizos y maldiciones
El tiempo fue pasando y, curiosamente, a Brunita se le fue hasta la chepa. La gente la miraba y murmuraba: estaba más erguida y ya casi ni renqueaba. Ella se miraba en el espejito y cada vez se veía mejor. Mariana, viendo que el conjuro no funcionaba, vuelve a buscar a Brunita, ahora con dolor de espalda y piernas flojas. Pero esta vez, de verdad, casi no podía ni con su mal humor.
Brunita le dio unos remedios naturales, le explicó cómo prepararlos y Mariana le ofreció otro regalo: un peine de hueso.
La belleza, hija, necesita cuidarse y tú ahora bien guapa que eres.
Brunita aceptó y dijo:
Gracias, abuela, ¡qué amable eres! Que se cumpla todo lo bueno que me deseas.
Siguieron los días y ya no solo era que Brunita estaba bien: ahora era hasta guapa, con buen color y una trenza que parecía una cuerda de barco. Mariana, en cambio, estaba tan seca como un palo de escoba: manos huesudas, espalda encorvada, y sin fuerzas ni para refunfuñar. Postrada en la cama, solo podía quejarse y lamentarse. Llamó entonces a Brunita.
Carmen y Lucía intentaron convencerla:
Ni se te ocurra ir, Brunita, esa vieja es una bruja y en su casa solo pasan cosas raras.
No os preocupéis contestó Brunita, por la mañana lo veré todo más claro.
Amaneció, Brunita se lavó, se puso el vestido nuevo y preparó una cesta con un poco de miel, unas manzanas del huerto y hierbas olorosas y medicinales.
Al verla tan guapa, sus hermanas se quedaron boquiabiertas:
¡Pero si estás irreconocible! El vestido será, o será un milagro.
Brunita fue a casa de Mariana. Nada más poner la mano en la verja, ¡pumba! Se cerró de golpe y no hubo manera de abrirla.
¡Abuela! gritó. ¡Abre, que quiero verte!
Dentro todo era una juerga de ruidos: patas, ollas que bailaban, voces extrañas gritando:
¡No la dejes entrar! ¡No puede con ella ni mal ni hechizo alguno, todo lo malo se le vuelve bueno!
Brunita insistió otra vez:
¡Abuela, cariño! ¿Estás bien? Te traigo miel, manzanas y hierbas buenas.
Estirándose por la verja, dejó la cesta en el camino. En ese momento, de la chimenea salió un humo negrísimo, los cuervos salieron volando por las ventanas y la casa quedó toda achicharrada como palo de sardina. Los vecinos se agolparon, creían que ardía y corrían con cubos y a derribar la verja.
Pero en cuanto el sol se asomó y dio un rayito en la casa, el humo desapareció y solo quedaron unas cenizas. Punto.
La maldad de Mariana la ha consumido sentenciaron los del pueblo. Quiso hacerle daño a Brunita, pero su alma limpia era imposible de manchar ¡todo le volvió a ella!
A partir de entonces, Brunita se convirtió en la muchacha más guapa y querida del pueblo ¡y hasta de la comarca! Al poco, un zagal del pueblo le pidió matrimonio y se casaron felices, sin discusiones, por los siglos de los siglos. Carmen y Lucía tampoco cabían en sí de contentas por su hermanita.
Y en el solar donde estaba la casa de Mariana, justo donde Brunita había dejado la cesta, empezó a brotar una zarza de frambuesas tan grandes y dulces que el pueblo entero cogía kilos a diario. Tanto, que acabaron llamando al lugar Frambuesal.
Y aunque no todos los milagros son tan dulces, este dio para que nadie temiera ya ni a brujas, ni a cabañas, ni a espaldas torcidas.





