El último pasajero del autobús
La linterna era pequeña, no mayor que mi dedo índice, colgada de un cordón trenzado. No me fijé en ella al principio. Primero me fijé en la persona.
Era una noche de marzo, la línea once, de la terminal “Polígono Industrial” de ida y vuelta. El autobús vacío, las farolas iluminando la calle, olor a gasóleo, a neumático y un leve aroma a café que salía de mi termo. Llevaba trabajando en esa línea cuatro años. Y desde hacía cuatro años, prefería la noche al día.
De noche apenas hay pasajeros. Los chavales borrachos que salían de las discotecas de la Gran Vía siempre entraban en grupo, gritaban, dejaban caer botellas y se bajaban a las dos paradas. Enfermeras y auxiliares que salían del turno de noche subían en silencio, cerraban los ojos y dormían hasta llegar a su parada. Vigilantes de seguridad. Taxistas cuya furgoneta se había estropeado. Todos subían, bajaban y no se me quedaban en la memoria.
Él, sin embargo, sí.
Un hombre de más de sesenta años. Bajo, robusto, con una cazadora oscura y capucha. Apoyaba la pierna derecha más apartada que la izquierda, como quien está acostumbrado a suelos irregulares. Se sentaba siempre en el mismo sitio: tercera fila a la derecha, junto a la ventana. Pagaba en efectivo, siempre exacto, nunca pedía cambio. Llegaba hasta la terminal. Y volvía. Sin bajar nunca.
Me fijé en él por primera vez a principios de marzo. El cielo estaba bajo, y la ciudad por la ventanilla parecía gris incluso de noche. Él se sentaba en medio de esa ciudad gris, como un punto amarillo, jugueteando con algo en las manos.
Más tarde empecé a contar las noches. Cinco noches seguidas. Dos noches que faltaba. Y otras cinco. Como un reloj. Como si viajar de noche fuera su tarea.
No dormía, no leía, no miraba el móvil. No usaba auriculares, ni desplegaba el periódico. Se quedaba sentado, mirando por la ventanilla y girando eso pequeño entre los dedos. Le veía por el retrovisor: un destello tenue y amarillo. Se encendía y se apagaba. Como una luciérnaga atrapada en el autobús, buscando la salida.
Yo tenía cuarenta y cuatro años. Todavía no había cumplido los cuarenta y cinco, pero ya me había acostumbrado a que nadie me preguntase la edad bastaba mirar y sacar conclusiones. Manos anchas, con callos en las yemas de tanto agarrar el volante, uñas cortas, de media luna. Espalda ligeramente torcida hacia la derecha costumbre de estirarme para abrir la puerta accionando el botón. Deformación profesional. A veces en casa notaba el hombro derecho más bajo que el izquierdo.
Doce años sola. Mi hijo Iker creció, ya tenía veintidós, vivía con su novia al otro lado de Madrid. Me llamaba los domingos, si no se le olvidaba. Yo nunca le llamaba. No porque no quisiera, sino porque si lo hacía él preguntaba: “Mamá, ¿qué ha pasado?” Y en la voz se notaba más inquietud que alegría. Llamada de mamá = problema. Así habíamos desaprendido a llamarnos.
Mi ex marido se fue cuando Iker tenía diez años. Se fue con Silvia, la de contabilidad, y se llevó las chaquetas del armario y la tetera no sé por qué necesitaba justo esa tetera. Cambiamos el piso: a él un dos habitaciones, a mí uno en la calle Goya, tercer piso sin ascensor. Decidí: vale. Lo aguantaré. Luego resultó que no había que aguantar nada, porque sin él todo fue igual, solo más silencioso. Y el silencio se hizo largo, doce años.
Desde entonces la palabra “amor” me sonaba igual que “unicornio”. Bonito, pero no existe. Las amigas hablaban de sus maridos y yo asentía. Las películas románticas las dejaba a medias. No por despecho, sino porque no creía. Como dejar de creer en los Reyes Magos: de pequeña crees, luego ves a tu padre en bata repartiendo regalos y entiendes la verdad.
El turno de noche me venía bien. De noche no hay que sonreír a los pasajeros. No hay que soportar a abuelos con carritos ni a adolescentes bloqueando el paso con mochilas. No oyes peleas por el móvil ni a nadie comiéndose un bocadillo en la última fila. De noche solo quedan la carretera y el silencio. Y ese silencio me encajaba. Como una chaqueta hecha a medida: ni aprieta ni cuelga.
Aun así, este pasajero trastocó el silencio. No con ruido. Por estar. Era como una piedrecita en el zapato pequeña, pero imposible de ignorar.
Durante dos semanas me limité a observar. Me acostumbré a él. “Calle Mayor” sube él. “Polígono” sigue ahí. De regreso, en “Calle Mayor” baja, asiente. Yo asiento también.
Y cada noche: el destello. Amarillo, débil, en sus manos.
¿Carmen, tú crees que es un sintecho? me preguntó Teresa en la sala de descanso antes de cambiar el turno.
Teresa era la jefa de línea, llevaba ocho años contando historias sobre los conductores: quién se divorcia, quién bebe, quién pronto empezará a hacerlo. Me fiaba de ella.
Los sintecho no pagan el billete, dije. Y éste paga. Siempre con monedas exactas.
¿Y si está mal de la cabeza?
Es muy calmado. Mira por la ventana. No habla, no molesta, no se balancea. Normal, solo viaja.
Teresa pensó un momento. Me sirvió té de su termo con limón y hierbabuena, como cada noche.
Igual le ha echado la mujer de casa. Sabes, pasa. Se pelean, le grita “¡vete!” y él se va al autobús nocturno a esperar que se le pase.
¿Todas las noches? ¿Un mes? Eso es divorcio.
Soltó una carcajada.
Mira, Carmen, amor es cuando te esperan en casa con una tetera. Todo lo demás son fantasías. Y autobuses nocturnos sentenció.
Sonreí. A mí nadie me esperaba con tetera. En casa me esperaba Viriato mi gato atigrado, gordo, con cara de rey destronado. Y solo porque yo tenía la comida.
Pero la pregunta se me quedó dentro. ¿A dónde iba aquel hombre? De terminal a terminal, cinco noches por semana, un mes entero. ¿Por qué? ¿Y para qué?
Tal vez tenía insomnio. Quizás demencia. Acaso una costumbre de cuando trabajaba de noche y no podía desligarse.
Todo esto sonaba lógico. Y ninguna era la verdad. Yo le veía los ojos en el espejo: claros, tranquilos, atentos. De alguien que sabe muy bien a dónde va.
Me decidí a preguntarle.
***
No lo hice de inmediato. Tardé tres días en atreverme. Una tontería: noche tras noche le llevaba en mi autobús, y me daba reparo preguntarle lo más básico. Pero así vivimos en esta ciudad: muy cerca y muy lejos. No te metas en la vida ajena, no preguntes, no traspases la línea. Llevaba cumpliendo eso cuatro años, y me resultaba fácil porque, en realidad, la vida de otro nunca me había interesado.
Él sí. Me fastidiaba que me importase.
Esa noche subió, como siempre, en la parada “Calle Mayor”, a las doce y cuarenta. Dejó las monedas en la bandeja. Cruzó el pasillo. Tercer asiento a la derecha. Se sentó. Sacó de debajo de la cazadora aquel objeto colgado, lo apretó en la mano.
Viajamos en silencio. Las farolas, los escaparates cerrados, las paradas desiertas desfilaban por fuera. Madrid parecía un escenario vacío tras la función. Solo él y yo, los actores que quedaban.
En la terminal esperé. En “Polígono Industrial” el autobús paraba tres minutos. Apagué la luz del interior, dejé solo una lámpara de emergencia. Un halo dorado. Me levanté de mi asiento y caminé hacia él.
Él seguía sentado. Quieto. Con el objeto en el cordón colgándole de la mano.
Perdone, le dije. ¿Puedo preguntarle algo?
Alzó la mirada. Su voz era grave, con matices que le daban personalidad.
Adelante.
Viaja cada noche. Lo he notado. Un mes ya. Siempre hasta la terminal y de vuelta. ¿Por qué?
Guardó silencio unos segundos, escrutó mi cara, sin temor ni enfado. Valorando si debía responder.
Por fin contestó:
Voy con mi mujer.
Yo no entendía. Miré el reloj: la una y veinte de la madrugada.
¿Con su mujer? ¿Ahora?
Raquel trabaja de noche. En la fábrica Maderas Martínez, controla calidad. Yo la acompaño. No del todo viajamos cerca. El autobús pasa delante de la fábrica. Yo le hago señas con esto.
Alzó la mano. En ella, la pequeña linterna de cordón trenzado. Luz amarilla. Desgastada, de tanto apretarla cada noche durante un año.
Con esto, explicó.
Me senté en el asiento de enfrente. Las piernas aún me temblaban, seis horas al volante.
¿O sea, cada noche sube, viaja con el autobús hasta la fábrica, le hace señales a su mujer con la linterna y vuelve?
Eso es.
¿Cada noche?
Cinco noches. Su turno es cinco de trabajo, dos libres. Los otros dos descanso en casa. Los de trabajo los paso aquí.
Nos quedamos en silencio. Afuera, la fábrica de Raquel: tres plantas de ladrillo viejo. Descascarillada, tubos oxidados. Pero en la tercera planta ardían unos cuantos ventanales. El turno de noche.
¿Por qué lo hace? pregunté.
Me miró como si preguntara por qué respirar.
¿Usted no lo haría?
No. No lo haría. Mi ex nunca se levantó ni a abrirme el portal si llegaba cargada con bolsas del súper. Una vez, recuerdo, llevé dos en las manos y otra colgando de la boca, sin poder sacar la llave. Llamé al timbre. Él abrió y dijo: ¿Tardabas mucho? Ni ayudó, ni se movió. Solo preguntó y se volvió a la tele.
Y este hombre cada noche, cruzando Madrid, solo para hacerle un destello de luz a su mujer.
Me llamo Ignacio, dijo. Ignacio Rodríguez. Pero todos me llaman Nacho.
Carmen, le respondí. Carmen.
Asintió. Miró por la ventanilla a la fábrica.
Con Raquel llevo veinticinco años. Nos casamos en 2001, yo ya tenía treinta y seis, ella treinta y tres. Tarde, sí. Los dos antes no habíamos cuajado con nadie. Fui mecánico de maquinaria, ella toda la vida en control de calidad. Ahí nos conocimos. Me jubilé hace cuatro años, por exposición. Ella siguió. Hace tres pasó al turno de noche le pagan un suplemento, ahorramos para la casa de campo. Un terreno en Torrelodones. Una casita, valla, manzanos. Raquel sueña con plantar fresas.
Relataba sin victimismo ni adornos. Como quien dice el tiempo o la hora del tren.
El primer mes que trabajó de noche no dormí. Me pasaba horas pensando: ¿cómo estará? Noche cerrada, frío. Va sola a la fábrica, doscientos metros desde la parada. ¿Y si se cae? ¿Y si alguien la molesta? Ni podía llamarla el móvil queda en la taquilla, está prohibido.
Se frotó la rodilla.
Hasta que pensé: el autobús pasa justo por delante. Si me subo al once, la veo pasar, y ella me ve a mí. No exactamente, claro: me ve desde la ventana, pero me ve.
¿Y le vio?
Al principio no. Una semana haciendo señales. No sabía que era yo con el reflejo podían ser luces del autobús. Luego una noche en casa le dije: Raquel, te hago señales. Fíjate cuando pase el autobús once. Miró por la ventana, vio el destello, y al día siguiente me llamó llorando: ¿Eres tú con la linterna, Nacho? Le dije que sí. Me pidió: Hazlo siempre, por favor.
Se me hizo un nudo en la garganta. Absurdo, pero así fue.
¿Y de vuelta?
¿A dónde iba a ir a la una y media desde la fábrica? Solo hay naves y asfalto y farolas medio fundidas. Regreso a casa, me acuesto, y a las seis salgo a buscarla.
¿A buscarla?
Eso. Le preparo el desayuno. Le gusta la avena con pasas. El té con hierbabuena, que crece en nuestra terraza; en verano fresca, en invierno seca.
Pensé en la frase de Teresa: «El amor es que te esperen con la tetera». Pero esto era más. Había linterna, autobús de madrugada, avena con pasas al amanecer. Había veinticinco años y menta de la terraza. Y una pequeña casa de campo en Torrelodones donde cumplen sueños juntos.
Se acabaron los tres minutos reglamentarios. Volví a mi asiento, reanudé el viaje. Nacho seguía en su sitio. La linterna sobre la rodilla.
Conducía por Madrid a medianoche pensando. Doce años llevaba sola, nunca nadie me hizo señas con una linterna. Ni yo a nadie. Mi ex se llevó la tetera; yo me quedé con el turno de noche y mi gato, que en realidad esperaba la comida.
No sentí pena, sino sorpresa. Resulta que eso existe. No en cine ni libro, sino en el autobús once, entre Calle Mayor y el Polígono. Un hombre real con una linterna vieja recorre la ciudad para que su mujer lo vea desde una ventana.
En “Calle Mayor” se bajó. Asintió de nuevo.
Le miré caminar hacia casa paso tranquilo, un poco descoordinado, chaqueta oscura. Un jubilado como tantos. Y a la vez tan diferente.
***
La noche siguiente frené un poco más allá de la parada habitual, justo junto a las ventanas del tercer piso de la fábrica. Rompí el horario, pero a esas horas nadie revisaba nada.
Nacho sacó la linterna. Pulsó: tres cortos, tres largos, tres cortos. Rápido, con destreza de quien ha trabajado toda la vida con piezas pequeñas.
Miré al retrovisor y, después, al parabrisas. En el ventanuco del tercer piso, a la izquierda, titiló una luz. Débil. Y también: tres cortos, tres largos, tres cortos.
Ella contestaba.
Me detuve, conteniendo el aliento. Miraba dos destellos: uno dentro del autobús, el otro en la ventana de la fábrica. Cien metros de oscuridad entre medias, pared de ladrillo, cristales, aire frío de Madrid y, sin embargo, dos luces amarillas se encontraban.
Solo una linterna. Solo una ventana. Solo dos personas comunicándose con destellos. Y en ese instante reconocí algo real. No lo de la tele, que te hace cambiar de canal. Real. De lo que te encoge el alma y da vergüenza espiar.
En la terminal, bajé.
¿Vuestro código? le pregunté.
Nacho esperaba junto a la puerta, la linterna en el bolsillo.
El nuestro dijo. No es código Morse. No soy marinero. Lo inventé para Raquel: tres cortos, el corazón late; tres largos, la abrazo; otros tres cortos, la suelto. Al enseñárselo, se rió: Eres un romántico. Pero no soy romántico; la echo de menos. Incluso desde la otra pared. Lo pilló a la primera. Todas las noches me responde.
¿Cuánto tiempo llevan?
Un año. Todas las noches, llueva o haga frío. ¿Recuerda el pasado enero, a menos cinco grados? El autobús llegó tarde, esperé cuarenta minutos, casi se me congelan los pies. Pero esperé. La luzcribe fue igual, aunque siete minutos tarde. Al día siguiente, ella me dijo: Te esperaba. Conté los minutos.
Un año. Más de doscientas cincuenta veces, solo por unos segundos de luz.
Antes habría pensado: está loco. Un fanático. O simplemente no tiene nada mejor que hacer. Ahora, callaba. Nada podía añadir yo. Todas mis palabras parecían apagadas frente a su linterna.
Volví a mi asiento. Arranqué. En el espejo vi que Nacho volvía al tercer asiento. Su cara era tranquila, satisfecha. Todas las noches hacía lo mismo, y todas las noches era suficiente.
Las noches siguientes, vigilé. ¿No sería todo una ilusión? Quizás Raquel ya ni miraba por la ventana, solo creía ver la luz. ¿Sería rutina? ¿O amor? ¿No sería un rito que había perdido sentido?
Pero a la cuarta noche, al pasar junto a la fábrica, vi una silueta de mujer pegada al cristal. Pelo oscuro recogido, y una linterna diminuta en la mano.
Ella le esperaba. De verdad. Cada noche se levantaba sola, iba a la ventana y aguardaba su destello.
Una semana después el autobús se averió. Algo del motor, ni pregunté; llamé a mecánicos. Mandaron un microbús supletorio, estrecho, incómodo, y solo calentaba mi asiento.
Nacho subió como siempre. Al ver el microbús vaciló, pero entró. Se sentó delante de mí, ya que el resto estaba lleno de herramientas.
Era incómodo. El motor rugía, el chasis temblaba a cada bache. Pero Nacho llevaba la linterna apretada y miraba al frente como si estuviera en un coche oficial.
En la terminal ambos salimos para estirar las piernas. Noche de abril, hacía frío aún: el vaho se veía. Las ventanas de la fábrica seguían iluminadas arriba.
Hizo señales. Ella respondió. Todo igual.
Nacho le pregunté. ¿No se cansan de tanto esfuerzo? Veinticinco años juntos.
No se ofendió. Sonrió. Se frotó las manos, las yemas enrojecidas.
Cansados, claro. Estamos mayores. Raquel cerca de los sesenta, yo más. Duelen las rodillas, la espalda, los dientes mejor ni lo menciono. Pero es distinto. No es que no te canses. Es que te acostumbras.
¿Acostumbrados significa aburrirse?
No. Acostumbrados es no poder vivir sin lo otro. Yo dejé de fumar, me costó meses. Dejar de Raquel, ni quiero ni podría. ¿Ve la diferencia? Hay costumbres que destruyen, y otras que te sostienen. Raquel me sostiene a mí.
¿Y usted a ella?
Eso espero dijo. Ella no me dice: Nacho, eres mi refugio. Dice: Nacho, compra el pan. O: Cierra la ventana. Pero se le nota la voz. Cuando estoy cerca, respira tranquila. Si me voy, se tensa, sube un escudo.
Callé. Escuchaba el farol encima, uno de los pocos que seguían funcionando. Los demás, fundidos.
El amor no es cuando el corazón salta dijo. Es cuando el corazón sabe dónde ir, aunque no lo pienses. Las piernas te llevan. Yo cada noche vengo a este autobús y ni lo pienso. Es normal, como respirar. Pruebe a dejar de respirar, verá que no puede. Así me pasa a mí. No puedo dejar de venir.
¿Y si se pone enfermo? O suspenden la línea.
Pido un taxi. Tengo un sobre guardado con doscientos euros para emergencias. Si no hay autobús, vengo andando. Cuatro kilómetros, una hora. Ya lo hice una vez en noviembre. El bus no llegó, así que fui. Cuando Raquel me vio, por la mañana, preguntó: ¿Por qué cojeabas hoy? Y ni siquiera cojeaba. Solo estaba cansado.
Rió. Bajito, con voz ronca. Y yo pensé: aquí hay alguien que sabe para qué vive. No en gran sentido, sino en lo pequeño. Una linterna, un autobús, avena con pasas. Comprar pan, cerrar una ventana. Le envidié. No a su mujer ni a su amor, sino a su certeza.
Siempre creí que el amor era algo inmenso. Una hazaña, sacrificio, palabras bonitas al atardecer. Pero aquí una linterna gastada, un jubilado en un autobús nocturno había más verdad de la que nunca vi en toda mi vida.
Volvimos al microbús. Arranqué. La calefacción apenas templaba. Nacho se metió la linterna bajo la chaqueta, la mano en el pecho. Lo vi en el retrovisor.
Viajamos en silencio. En “Calle Mayor” bajó, saludó con la cabeza. Le miré alejarse, paso torcido, la derecha abriéndose más, manos en los bolsillos. Un hombre cualquiera, y, a la vez, alguien extraordinario.
En casa me cambié, di de comer a Viriato y me tumbé. Saqué el móvil, busqué el contacto “Iker”. Miré la pantalla. Faltaban cinco para las cuatro. Era pronto. Pero número se quedó encendido. Al final, me dormí con el teléfono en la mano.
***
Llamé al día siguiente, a las dos. Iker se sorprendió.
¿Mamá, qué pasa?
Nada, hijo. Solo llamaba.
Pausa. Imaginé cómo pensaba: ¿mi madre llamando solo porque sí? Medio año sin hacerlo.
¿Estás bien, mamá?
Perfectamente. ¿Tú qué tal? ¿Y Laura?
Bien, trabajando. Los dos. ¿Seguro que no pasa nada?
Iker dije. Hace mucho que no te lo decía. Para mí eres importante. Solo quería que lo supieras.
Pausa larga. Me lo imaginaba de pie en la cocina, como siempre que cogía el móvil, sin saber qué hacer con la otra mano.
Y tú para mí, mamá.
Seco, un poco brusco. Como todos los hombres de mi familia mi padre igual, mi abuelo igual. Sentimientos, los justos, como si la boca costara abrirla. Pero me bastaba. Sonreí y colgué.
Después me puse la chaqueta y fui a la tienda de la esquina. Se llamaba “Todo para el hogar”, y olía a detergente, pegamento y plástico de cubos nuevos. Busqué la sección de linternas. Había una veintena grandes como un garrote o diminutas, con llavero.
Elegí una pequeña, de luz amarilla. No más grande que el dedo índice. No tenía cordón, lo haría yo con una cuerda como la de Nacho. La dependienta, una mujer rellenita con mandil azul, preguntó:
¿Quiere pilas también?
Sí, contesté.
En casa, pulsé el botón. Un haz amarillo rozó el techo. Viriato saltó de la mesa y se escondió bajo la cama. Apunté la linterna a la pared: círculo de luz, pequeño y cálido. Como los que veía desde el autobús.
Probé: tres cortos. Tres largos. Tres cortos. No salió bien al principio, se me atascaban los dedos. En el segundo intento, los largos eran muy largos. En el tercero, un corto de más. Pero a la cuarta salió perfecto. El corazón late. Abrazo. Suelto.
No sé a quién haré señales. Ni por qué. Quizá a mi hijo. Quizá a mí misma. O solo a la noche, como Nacho cuando Raquel no sabía que era él. Una semana haciendo señales sin recibir respuesta. Solo porque no podía evitarlo.
La linterna quedó en el bolsillo de la chaqueta. Y sentí alivio, como si por fin supiera un código. No ajeno, sino propio.
Todas las noches, en la cochera, Teresa servía té con limón y hierbabuena, ritual de siempre.
¿Tu viajero fiel sigue apareciendo?
Sigue, dije.
¿Y ya sabes por qué?
Ya lo sé.
¿Y?
Teresa, dije. Te equivocabas. Amar no es que te esperen con la tetera. Amar es cruzar una ciudad cada noche con una linterna, sin quejarse ni una sola vez, ni con frío ni con sueño.
Teresa me miró como si hubiera perdido el juicio. Abrió la boca, la cerró, y después:
Carmen, ¿te has enamorado del pasajero?
No, contesté. No me he enamorado. He comprendido.
No lo entendió. No quise explicarle. Hay cosas que solo se ven a las dos de la mañana, desde la cabina de un autobús vacío, cuando la ciudad duerme y dos personas comunican con linternas a cien metros de distancia.
Noche. Ruta. El autobús, ya reparado, olía a gasóleo, neumático y un poco a esperanza de termo. Arranqué. El motor vibró, escuché el ronquido habitual.
En “Calle Mayor”, a las doce y cuarenta, subió Nacho. Monedas en la bandeja. Tercer asiento a la derecha, junto a la ventana. Linterna en la mano. Como siempre.
Paneles vacíos, semáforos en ámbar. Ni un coche. Ni un peatón. Madrid dormía. Nosotros avanzábamos.
En “Polígono Industrial”, me detuve más allá de lo previsto. Justo bajo las ventanas del tercer piso.
Nacho sacó la linterna. Tres cortos. Tres largos. Tres cortos.
Miré hacia arriba. Un segundo. Dos. Tres.
Destello. Luz tenue en la ventanilla del tercer piso. Tres cortos, tres largos, tres cortos.
Raquel respondía.
Nacho guardó la linterna. Se recostó. Le vi sonreír en el espejo retrovisor. Y a mí se me aflojaba algo en el pecho. No por tristeza ni envidia. Porque estaba cerca de algo verdadero.
Metí la mano en el bolsillo. Mi linterna, pequeña y cálida. La apreté.
Luego la saqué. Miré la ventana de la fábrica, ya oscura. Raquel volvía a su puesto. Observé la calle, los charcos, el cielo de abril sin estrellas.
Pulsé el botón.
Tres cortos. Tres largos. Tres cortos.
El haz amarillo rozó el parabrisas y se deshizo en el asfalto húmedo. Nadie respondía. Pero eso no importaba. Yo señalé y sentí calor. Como si alguien, en algún lado, hubiera visto.
En el espejo, Nacho me miró y asintió. No dijo nada. Solo asintió.
Guardé la linterna en el bolsillo. Arranqué. Le llevé de vuelta hacia casa, la avena del desayuno, la menta de la terraza y Raquel, que a las seis diría: Nacho, hoy empezaste dos segundos antes.
En marzo no creía en el amor. En abril tenía una linterna en el bolsillo.
Y todas las noches, en la terminal del Polígono, hacía señales a la oscuridad. Tres cortos: el corazón late. Tres largos: abrazo. Tres cortos: suelto.
Olor a gasóleo, a neumático y, a veces, a esperanza.






