El modo subjuntivo

¿Una pedida de mano? ¿Te ha pedido matrimonio? ¡Julia, has perdido el juicio! ¿Pero qué tienes que pensar tanto?

Olga, no es nada sencillo

¿Pero qué tiene de difícil? Olga se despojó rápidamente del abrigo y se dejó caer en la silla del café. ¡Uf! ¡He venido volando! Tengo media hora. Luego tengo que llevar a Martina a ballet y a Leo al fútbol.

Olgui, el crío va a cumplir seis. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir llamándole Leíto?

¡Bastante suerte tiene con ese apodo! ¿Te imaginas? Ayer volvió del cole y me suelta que se ha enamorado. De Lucía, la del bloque de al lado. Que se va a casar, dice. ¿Te lo puedes creer?

Y qué. Es muy plausible para tu descendiente. ¡Recuerda cuando eras tú la protagonista!

No compares. ¿Te acuerdas de la que me lió mamá cuando le dije que quería casarme? Olga se rió a carcajadas. ¿Cuántos años tenía, quince?

¡Catorce! Y casi le causas un disgusto monumental a la pobre. ¡Mamá, lo tengo decidido! Decidido lo tenías sin darte cuenta de que a Pablo, tu Pablo, ni le pasabas por la mente.

¿Y qué fue? Terminé casada con él, y ahora pago mi impulso juvenil. Mi madre pudo haber sido más dura conmigo. Solo me obligó a fregar platos todo un año para toda la familia. ¡Menudo castigo comparado con no dejarme salir!

¡Ja! A ti, dejarte sin salir Y encima mamá siempre confió en que no harías locuras, y que tus rabietas eran puro teatro. Alma sensata siempre tuviste.

¡Menuda cabeza la mía! Excepto le lanzó una mirada cómplice a Julia cuando tenía que ver contigo. ¿Recuerdas cómo peleábamos de chiquillas? ¡No te soportaba! Julia, la lista y guapa. Olga, la desastrosa.

Eso nunca lo decía mamá.

Pero la abuela, vamos, lo compensaba por todas. Decía que acabaría trayendo un nieto fuera de matrimonio. ¡Y mira al final!

Bueno Digamos que yo tampoco fui precisamente un prodigio en ese sentido

Julia apartó despacio la taza y suspiró.

Juli Olga extendió la mano, cogiendo la suya. ¿Qué te pasa?

Oli, tengo miedo

¡Por Dios! ¿A qué? Has encontrado, por fin, un hombre decente y ahora te asustas. ¿Qué te inquieta?

Me da miedo que no acepte a Marcos.

El semblante de Olga se endureció.

¿Por qué piensas eso?

Es sencillo, Olguita. Ayer, después de las rosas y este anillo, me sugirió que mandase al niño una semana con los abuelos

Julia giró la cabeza hacia la ventana, jugueteando con el anillo.

Era bonito. Caro, además.

Claro, de Enrique no se podía esperar menos. Hombre de negocios de éxito, deportista, melómano y algo conquistador, se había estabilizado sin quererlo tras conocer a Julia. Decidió que si ella iba a ser su compañera, solo valía lo mejor. Nunca fue tacaño; llevaba grabada la lección de su madre:

Hijo, una mujer puede soportar apuros si ama, si cree en ti Pero si tienes y no quieres dar, pensará dos veces en quedarse. No es egoísmo. Si piensa en pasar su vida contigo, la primera pregunta será: ¿Si me regatea a mí, no se lo regateará a mi hijo?

Pero mamá, ¿por qué tiene que pensar así? ¿Qué tiene que ver un niño aquí?

¿Recuerdas el cuento de la pobre Elisa? Pues casi todas las mujeres somos un poco Elisa. Es un don de la vida: pensar a cien pasos por delante. A veces nos hace cometer tonterías, pero quien sabe prever, tiene menos riesgo de acabar sola.

Enrique tomaba muy en serio a su madre. Y no era para menos: fue siempre una mujer de carácter, que tras quedarse sola, supo sacar adelante a su hijo. Con el padre se divorció poco después de nacer Enrique. Más bien fue él quien la dejó, por otra. Sin mirar atrás, los echó de casa sin remordimientos.

La madre, doña Carmen, no tenía vuelta atrás. Volver a aquel pueblo de Castilla donde creció, ni muerta. Tenía bien presente su salida a Madrid, contando los minutos hasta escapar de una casa donde, entre aguardiente y ausencias, no había futuro. Vivió en una residencia, haciendo de todo. Sabía lo que era tener que espabilar.

Se casó sin amor, por sentido práctico. Pero nunca se lo dijo a su hijo. ¿Para qué? Prefería que Enrique tuviera un ideal distinto.

Quizá por eso, cuando se encontró en la calle con un niño pequeño, pensó rápido en cómo seguir. Amigas la ayudaron y pronto consiguió trabajo como asistenta para Don Agustín, catedrático jubilado y deprimido tras enviudar.

¡Don Agustín, hay que comer! poniéndole el plato de sopa delante.

Luego, Carmen, luego

¡No hay luego! ¡Ahora!

¿Cree usted?

¡Lo sé! ¡De pequeño siempre se come por papá, por mamá!

Mi abuela usaba esos trucos

Pues imagínese que hoy soy yo la abuela. Con esa cabeza tan brillante y no entiende usted lo esencial. ¡Las personas no viven del aire! Y a su esposa, en paz descanse, no le gustaría verte dejado.

Carmen, hablas como mi abuela Pero eso de en paz descanse

¿Tu abuela también lo decía? Pues sabía que todo pasa, y que solo ciertas cosas son importantes para siempre.

Pronto, Agustín cogió gran cariño al pequeño Enrique. Tanto que, cierta tarde, llamó a Carmen, la sentó y, nervioso, se sinceró:

Carmen, quiero ofreceros mi nombre, mi protección, todo lo que puedo daros. Sé que mi corazón pertenece a otra, pero eso no me impide asegurar el futuro de este niño que siento casi como mío. No tienes nada seguro en este mundo y lo que ganas es insuficiente para el porvenir del niño. Si aceptas, todo lo mío será para vosotros.

Carmen no contestó al instante, meditó mirando los ojos de Agustín y, sabiendo el peso de su decisión, aceptó.

Gracias. Sé lo que significa esto para usted. Y lo hago, no por mí: por Enrique. Merece otro futuro.

Poco después, se casaron civilmente. Enrique ganó un padre de verdad.

Al año, Carmen pidió permiso para entrar en la Universidad.

Muy bien, Carmen. Hay que dar ejemplo al crío: estudios superiores son necesarios.

Asintiendo discretamente, ella planeaba su propio negocio. No quería fregar suelos toda la vida. Pasados unos años se graduó y fundó una pequeña empresa de limpieza y cáterin de eventos. Fue un éxito. Repleto el trabajo, era feliz. Enrique tenía quien lo cuidara como nunca.

Del padre biológico, ni rastro. Bastó una conversación para que se desligase por completo.

Has encontrado otro. Bien. Solo no le cuentes cosas malas sobre mí. Mejor que ni sepa que existí.

Carmen cumplió su palabra. Enrique supo la verdad tras fallecer Agustín, con diecinueve años.

¿Pero, mamá entonces él me quería?

Mucho, hijo. No siempre los hijos de sangre se quieren así. Os disteis mucho. Ni con todas las palabras del mundo podría expresártelo. Tener tu misma sangre no siempre garantiza amor. Ahora lo sé muy bien. Tu padre biológico jamás preguntó por ti. Agustín, en cambio, nos dio hogar, futuro y libertad, hijo, libertad de rencor. Eso no es poco.

Carmen lo sentía de veras. Agradecía a la vida sus pruebas: sin aquel divorcio, Enrique no sería quien era.

Carmen se retiró a la casa de campo, y dejó el piso madrileño al hijo, soñando con nietos.

El tiempo, sin embargo, pasaba, y Enrique no encontraba pareja. Carmen lanzaba indirectas:

Enri, ¿qué te pasa? ¿Cuántas chicas has tenido ya?

Muchas, mamá.

Pues una más guapa que la otra. Y listas. ¿Te acuerdas de Alicia o Lourdes? ¿Qué tenían de malo?

No eran para mí. Alicia es fantástica y sería la mejor abogada de mi firma, pero solo vive para trabajar: ni hijos, ni hogar. Su piso es de revista, sí, pero frío, intocable, como un museo. Con Alicia viviría rodeado de orden y horarios. No lo soporto.

¿Y Lourdes?

Un encanto, pero no la quiero. ¿Te basta?

Me basta. ¿De verdad no hay alguien especial?

La llegada de Julia fue un motivo de esperanza para Carmen. Ya era hora. Que tuviese un niño, no supuso obstáculo.

Enri, ¿pero estás listo para esa responsabilidad?

Mamá, ¿de verdad me tomas por tonto? ¿Crees que he olvidado todo lo que hiciste por mí? Solo temo

¿El qué?

¿Si no llego a gustarle al chico?

¿Pareces tonto o qué? ¡Gánatelo! Si quieres a su madre, empieza por su hijo. Las madres tenemos claro que primero van los hijos.

¡Mamá!

¿Qué? Solo digo la verdad. Si quieres a Julia, hazte valer ante el niño. No hay padre; tienes una oportunidad de oro. Pero piénsatelo bien: es una vida, no un juego. Julia es fuerte; saldrá adelante sin ti, pero el niño Mejor decide bien.

Enrique tomó nota. Así que propuso matrimonio. Y ahora Julia, sentada en su café favorito ante Olga, dudaba.

Olga meditaba si soltarle el discurso, pero al final no pudo contenerse:

¿Qué te dijo, exactamente?

¿Quién?

Vamos, tonta, ¡Enrique! ¿Qué explicación te dio?

Nada claro. Solo que hable con mis padres para que Marcos pase con ellos la semana después de la boda.

De repente, Julia lanzó la cucharilla a la mesa, llamando la atención del camarero, pero Olga le indicó que todo estaba bien. Cogió la cucharilla, la limpió con la lengua y, como en la infancia, le dio un golpecito en la frente a su hermana.

¡Ay! Julia se frotó la frente. ¿Será posible? ¡Me harás un chichón!

No será nada. Tengo experiencia. ¿Ya lo olvidaste?

Oli, ¿a qué vienen estas tonterías? Ya no somos niñas.

Cierto. Dejamos de serlo ¿cuándo? ¿Cuando descubriste que ibas a ser madre? ¿Un poco antes quizás?

Antes, seguro

Exacto. ¿No decía la abuela jóvenes y tempranas? Pues eso. ¿No te enseña la vida nada?

¿De qué hablas? Julia cogió la cucharilla y se la puso en la frente. Me vas a hacer daño

Que lo taparemos rió Olga. Dime, hermana, ¿qué habría pasado si nos hubieses contado en su día lo tuyo con Nacho? Aunque fuese solo a mí

No sé Pero ¿de qué sirve ahora pensar en ello? Lo hecho, hecho está.

Sí, pero sigo preguntándome: ¿qué desastre hará falta para que aprendas a hablar con quien te quiere?

Julia suspiró, apartó la cucharilla.

Puede que tengas razón

No puede, la tengo. ¿Te recuerdo cómo llegó Marcos al mundo?

¡No hace falta! No lo he olvidado.

Julia se volvió, respirando hondo. Odiaba estar tan expuesta ante su hermana, pero reconocía que Olga acertaba. Su hijo vino al mundo contra viento y marea.

Con Nacho, el padre de Marcos, iba a clase. Le bastaba un saludo fugaz para sonreír el día entero. Se sentaba junto al espejo de la entrada, sabiendo que él pasaría y diría ¡Hola!. Solo años más tarde entendería lo que era adorar a un ídolo.

Nacho reparó finalmente en ella. En la graduación, la tomó de la mano, la sacó al patio. Sabía que los padres no estaban. Julia nunca supo por qué hizo lo que hizo. Siempre había contado todo a mamá, pero esto, nunca.

En unas vacaciones familiares, sentada junto al Duero, se devaneaba los sesos: ¿y ahora, qué hago? El secreto era ya imposible de esconder.

Olga, vigilando a su hermana, urdió su venganza. Con la ayuda de Pablo y algunos amigos, le dieron un escarmiento a Nacho.

No temas, Julia le susurró Olga una tarde, ignorando su perplejidad. ¡Olvida a ese niñato! ¡Ya está hecho!

¿Quién? ¿De qué hablas? gritó Julia, y la tensión la hizo desmayarse.

Cuando Julia despertó, sentía la mano de su madre acariciando su mejilla empapada en lágrimas.

¿Por qué lo silenciaste, hija? ¿Creías que así sería mejor?

Lloraron juntas, rieron hasta que llegó el padre.

¿Qué pasa aquí? al verlas empapadas, preguntó. ¡Niñas, que hay que alegrarse! ¡Vamos a tener nieto! O nieta, maravilloso igual.

Jamás Julia experimentaría un alivio y gratitud tan inmenso. Se sintió culpable, pero aliviada: sus padres no la juzgaron.

Marcos nació en una familia sin modelo tradicional, pero rodeado de gente que celebraba su existencia.

Gracias al apoyo familiar, Julia estudió y rehízo su vida con su hijo. La irrupción de Enrique la descolocaba: ¿arriesgar el futuro de Marcos por un deseo propio? Ya cometió ese error una vez. Sin sus padres y Olga, quién sabe qué habría sido de ella y Marcos

Una duda latente se leía en el ceño de Julia, y Olga, sonriendo, llamó al camarero y pidió cucharas para los dulces favoritos de su hermana.

Julia, aprende a hablar con quienes tienes cerca, sobre todo con Enrique. ¿De verdad tanto te cuesta preguntarle por qué quiere que Marcos pase esa semana fuera?

No lo sé Quizá sea fácil. Solo preguntar.

Eso es. Sin rodeos. ¡Ahora mismo!

Olga le arrebató el móvil y se lo puso ante la cara.

¡Llama!

¡Oli, está en una reunión!

¿Y? Así verás si eres importante para él.

No puedo

¡Menuda tontería! No quieres llamar, mándale un mensaje.

¿Y si piensa mal de mí?

¿Eso importa? Tienes su anillo. ¿Has dicho sí, o no?

Lo estoy pensando

Si no dijiste no, dijiste sí zanjó Olga. ¿Cómo vas a construir algo serio si te da miedo plantearle hasta la menor duda? No puede adivinarte la mente. Sin suposiciones. Habla claro.

Si supiera lo que quiero Julia casi rompe a llorar pero, al final, cogió el móvil. ¿Simplemente preguntar?

Solo eso suspiró Olga.

No hubo ni que esperar. El móvil de Julia vibró con un pitido y la pantalla mostró una imagen que le sacó una sonrisa.

¿Ves? ¿No te queda claro ahora? Olga alzó las cejas al mirar el reloj. ¡Dios, llego tarde! Hay quien se va a la playa y quien no para de correcalles ¡Ánimo, hermana! Todo saldrá. Todo, bien pensado. Una semana en pareja, una todos juntos. No eres solo la madre de Marcos. Eres mujer. Sabes hasta te envidio un poco. Pablo en la vida pensaría así. Y habla con el niño. Creo que está más que dispuesto a llamar a Enrique papá.

¿Crees?

Lo sé. Pero no lo escuchaste de mí.

Olga se calzó, cogió el abrigo y, al salir, se volvió, sacó la lengua y se tocó la sien con un dedo.

Julia pensó; y sus reflexiones tuvieron fruto.

Tres años después, el orgulloso Marcos recibiría de manos de su padrastro a su hermana recién nacida y, con una sonrisa, le diría a quien ya era papá hacía un tiempo:

¡Despacio, Marcos! Julia, inquieta, iba a intervenir, pero Enrique la abrazó, impidiéndolo.

No te preocupes. Todo saldrá bien. ¿Verdad, hijo?

¡Papá, qué poco confías! Marcos levantó con cuidado el encaje del capazo, que él mismo eligió con Enrique tras horas de deliberación, y sonrió. Mamá, es preciosaEstá perfecta, mamá. Te prometo que la cuidaré siempre. Como me cuidas tú, como me cuidas, papá.

Julia sintió entonces lo que llevaba años esperando: esa certeza cálida, invencible, de que las cosas, por fin, encajaban. Cuando Enrique le apretó los hombros, supo que nunca más tendría que elegir entre ser madre y ser ella misma. Ahora tenía una familia doble: hecha de risas, cicatrices y preguntas difíciles, sí; pero también de respuestas ganadas a pulso y mucho amor aprendido.

En ese instante, mientras la bebé abría los ojos por primera vez al mundo, creyó ver reflejados en ellos todos sus miedos, convertidos ya en luz y promesa. Olga, desde la puerta, alzó la mano para asegurar a su hermana que el tiempo, haciendo travesuras, les había dado exactamente lo que necesitaban.

Y entonces, entre sonrisas, cucharillas robadas y recuerdos cosidos en los labios, Julia supo que la felicidad no siempre llega como la soñamospero cuando lo hace, hay que quedarse a vivir en ella. Aunque sea una semana, aunque sea toda la vida.

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Elena Gante
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