La Yulka diferente

No es tan Lucía

¡Lucía! ¿Otra vez?! ¡Madre mía, hija! ¡No eres una niña, eres un despiste con piernas! ¡¿Pero cómo es posible?!

Mamá, no lo sé… Ha pasado solo…

La madre quitaba a Lucía el abrigo hecho polvo, las botas empapadas y ese gorrito sin pompón que tan mono quedaba hasta media hora antes.

Todas las madres tienen niñas normales, y yo ¡Lucía! ¿Cuántas veces más, eh?

Lucía inspeccionaba el bajo desgarrado de su vestido y suspiraba, como si en vez de tela tuviera la vida entera colgándole de los hilos.

Y eso que se lo había pasado pipa. El “trenecito” había sido espectacular. Pero claro, tenía que ser Carlos quien la tirara por el bajo con tanta fuerza. Así acabó el vestido en paños menores. Y claro, la señora Catalina, la monitora, dijo que coserlo no entraba al sueldo, que eso era tarea de la madre de Lucía. Razón no le faltaba. El problema fue quedarse todo el resto de la tarde sentada en la esquina, castigada, sin moverse, porque, claro, no iba a enseñar las bragas en mitad de la clase, que eso es poco decoroso, como siempre remarca la abuela. Y la abuela sí sabe del mundo, no como mamá.

La abuela, de hecho, entiende que Lucía “es así”. A mamá le cuesta más, pero la abuela lo ve muy fácil.

¡Déjala en paz! decía, poniendo los brazos en jarras. ¿Tú te crees que esto es normal? ¡Si no para quieta ni medio minuto!

¡Mamá, tú me criaste igual! ¿Ahora resulta que estaba todo mal? Si no la corrijo, ¿qué va a ser de ella?

¡Será igual de lista y guapa que tú! ¿Te parece poco?

¡Ay, por favor, déjame en paz con tus tonterías! ¡Lucía! ¡Ve y cámbiate ya!

Lucía, agradeció el respiro y salió disparada a su habitación mientras su madre y su abuela seguían enredadas en su eterna discusión de gallinas con galones. Total, tampoco necesitaban a Lucía; solo la usaban de excusa.

Una vez, Lucía le preguntó a su abuela a qué venía tanto jaleo.

Hija, pelearse porque sí no tiene gracia. Mejor discutir de algo. Y tú eres nuestro algo, el más importante, que para eso eres nieta única. Solo preocupamos por cómo vas a crecer, y cada una a su manera: tu madre, a lo militar, porque cree que sin mano dura no se puede. Yo, mira tú, gasté toda mi disciplina con tu madre. Contigo, ya solo queda el recurso del soborno: un dulce, por ejemplo.

No me gustan los dulces, abuela.

Pues una onza de chocolate.

Eso sí.

¿Abuela, mamá me quiere?

Mucho más de lo que crees. Incluso más que yo. No dudes.

¿Por qué me riñe entonces?

Por eso mismo…

Vaya amor raro Tú también me quieres y no me riñes tanto.

Claro, porque soy abuela y no madre. A las madres se les exige más. Por eso tienen que quererte distinto. ¿Entiendes?

¡Pues no!

Ya lo harás con el tiempo…

Pero ese día del después parecía esconderse tanto como la suerte en la lotería.

Los años pasaban y mamá cada vez se volvía más estricta.

¿Qué hago contigo, hija? ¿Espero a que te traigas un disgusto?

Lucía oía la frase cada dos por tres, pero lo de “traer el disgusto” no acababa de saber lo que era. Siempre le venía a la cabeza el bajo del vestido del patio y tenía ganas de preguntar si con un vestido agujereado se puede traer un disgusto, pero prefería callar para evitar más bronca.

Pero las preocupaciones de su madre eran totalmente infundadas. Lucía, aunque alocada y simpática, se sentía la mar de normalita. ¿Qué decía la abuela? ¡Bah, nada! El espejo no mentía.

Y en él, Lucía solo veía defectos: ojos pequeños, coleta de pelo oscuro como un ratoncito, y una cosecha de granos en la nariz. Un bellezón, vamos.

La cruda realidad ya se la había aprendido hace años. Mejor no obsesionarse con el envoltorio cuando dentro hay una persona y poco más. Así, además, ni mamá tenía que preocuparse por comprarle modelitos, ni zapatos nuevos cada temporada. Las zapatillas viejas servían para todo salvo los domingos de teatro con la abuela, claro, cuando había que vestirse como personas.

El teatro, por cierto, era un lujo: solo iban cuando la abuela conseguía ahorrar de su pensión, que no era cosa fácil. Así que, en cuanto Lucía cumplió trece, se ofreció para cuidar a los mellizos de la vecina. Cogía sus eurillos, pero por las tardes en verdad se lo pasaba bien, porque mellizos no tenía y le venía bien el entrenamiento.

¿Quién puede decir que no? Llegas, juegas, das dos cucharadas de puré a unas bocas abiertas como vencejos, y para casa. Y encima, sin repartir cuarto, ni tener hermanos. Un chollo.

Bien es cierto que Lucía no era una egoísta, pero entendía que dar el salto a la familia numerosa requería presupuesto y un poco de sentido común. ¿Y qué tenían en casa? El sueldo de mamá, que era enfermera en Urgencias, y la pensión de la abuela. Y encima, ni padre a la vista. Ni falta que le hacía; ni lo conoció, ni ganas.

De esas cosas Lucía nunca le hablaba a la madre. Bastante tenía la mujer con aguantar el temporal. Menudo marrón: abuela medio despistada, y la alegría de vivir de Lucía…

A la abuela, por lo menos, recuerdos le quedaban, y tiempo atrás le explicó a Lucía, antes de perder el norte, por qué su padre no estaba.

A tu madre no le hacía falta… Él era un hombre muy de aire, de esos que dicen hoy una cosa y mañana otra. Te juro que se lo repetí mil veces, pero, claro, se enamoró, qué le vas a hacer. Decía que iba a casarse y que las otras eran “errores de juventud”.

¿Y se casó?

Sí, hija, cuando se empeña… Pero qué poco sirvió. En cuanto supo que estaba embarazada de ti, desapareció como el humo, ni dirección dejó. Sólo una nota.

¿Qué ponía?

Eso es cosa de ellos, Lucía. Quédate con que tu madre te esperaba tanto que mientras estuvo embarazada caminaba como con una vajilla encima. No dormía, no reía, solo miedo de que te pasara algo. Y por eso te riñe tanto ahora, del miedo.

¿Por eso?

Por eso. Le preocupa tanto, que te mira de noche dormida y casi llora. Lo he visto muchas veces. Como te quiero yo, te quiere ella, ¡pero todavía más!

Abuela, ¿tú también la reñías a mamá?

¡Claro! Las madres somos todas iguales, nos angustiamos muchísimo y a veces más de la cuenta…

¿Por qué hay que angustiarse tanto?

No me pidas que te lo explique. El día que seas madre, lo sabrás.

Lucía escuchaba y pensaba: yo a mis hijos, si acaso, no los riñiré ni la mitad. Ingenua que es una… Pero a esa edad, ¿quién no?

Claro, hijos iban todavía muy lejos. De hecho, Lucía ni soñaba con tenerlos. ¿Quién iba a interesarse por una petarda tan poca cosa? Si se te pega, pues a aguantarse, señores.

Cuando terminó el ciclo formativo se fue, cómo no, a trabajar de enfermera en el mismo hospital que su madre. Y ahí empezó el festival…

Que si era demasiado activa, que si trataba a los pacientes como si fueran familia, que así se le iban a subir a la chepa, que el que se iba dejaba sitio para el siguiente, que tampoco era para tanto. ¡Relájate, chica, que nadie te lo agradece!

Pero a Lucía todo eso le daba igual. Le daba pena de cada enfermo, le dolía en los huesos verlos tambalearse entre la vida y la muerte. Total, ¿le costaba tanto intentar que la señora Manuela sonriera al menos hoy? ¿Le quitaba vida ayudar al abuelo Bernardo a levantarse? Palabras buenas, hasta a los gatos les gustan, que lo dice el refrán.

Incluso su madre la avisó.

No te compliques tanto, hija. Así no te van a querer ni las compañeras, y tú necesitas esa nómina. ¿Quién va a cuidar de la abuela si tú dejas de trabajar? ¿Y si tenemos que pagar a una cuidadora? Tú eres joven, tienes que aprender, pero ahora la prioridad la marca nuestra casa.

Mamá, no puedo mirar para otro lado cuando veo cómo tratan a los pacientes.

La vida no es justa, Lucía. Pero tampoco depende de ti. Mira, en tu planta sólo sois tres como tú, y eso que da para milagro. Ya he hablado con tu supervisora, que te quiere, pero también te pide mano izquierda. Enseña con ejemplo, no peleando. Así sí, pero poco a poco.

Eso es muy lento…

Ay, hija, no sé a quién sales tan cabezota.

Supongo que a ti.

Lucía…

¿Qué?

¡Nada! Haz lo que quieras…

A discutir no tenía ganas, pero tampoco era de obedecer sin rechistar. Puede que la madre tuviera razón, pero en la planta había ancianas tan dulces como el membrillo y tan revoltosas como un avispero, y con Lucía, en cambio, se portaban como reinas.

No era la única. Había de todo: pacientes cansados, rezongones, familias a la greña… Lucía lo veía todo. Venían de visita y sólo hablaban de la herencia o discutían de tonterías, y entretanto los pacientes se quedaban llorando, rabiosos. Es normal.

Mamá solo quería que todo le fuera bien a Lucía, pero, ¿cómo estar bien si el mundo se te cae alrededor?

Sabe Dios que no va una a salvar a toda la planta, pero por qué no a uno. Da igual si las compañeras la llamaban “santita” y decían que entre ella y el convento sólo quedaba el papeleo. Su abuela decía siempre que el “carro sigue adelante”, así llueva o nieve.

Y en eso estaba Lucía, arrastrando sus sandalias, mientras las amigas iban casándose y le daban a Lucía los ramos de novia:

¡Toma, para ti! ¡A ti es a quien hay que casar ya, Lucía!

Ella sonreía, por educación. Pero el famoso príncipe azul no aparecía. Parece que se atascó en algún atasco de la M-30.

Total, que lo asumió. Incluso había dejado de esperar. Ni loca haría como la tonta de las cartas de amor. Si aparece, ¡que declare él primero!

Entre turnos, hospital, ayuda en el refugio de animales que organizó su amiga, y ayudar a la abuela, que cada día reconocía menos, Lucía se iba haciendo la solterona perfecta. La madre solo faltaba que pusiera un anuncio en la ventana.

Lucía, si quieres nietos, dilo claro y hago un par. Ahora eso se lleva.

¡Lucía, hija, qué cosas dices!

Mamá, los príncipes están en extinción. No hay para todas. Si mi vida está bien así, ¿para qué removerla? Déjale estar como está.

Así que la madre suspiraba más, planeando a qué hijo de amiga presentar a Lucía en la próxima cena familiar. Pero el destino que es muy sabio decidió sorprenderla de una forma mucho más original.

En el gran teatro vital de Lucía, fue la señora María Alejandra quien puso el telón del siguiente acto. Esa abuela borde, que venía a la planta dos veces al año para desgracia del personal.

¡Otra vez la sargento!bromeaban las compañeras. Esa trae quejas fijo. Lucía, es toda tuya.

María Alejandra se iluminaba al ver a Lucía:

¡Ay, hija, qué alegría verte! ¡Por lo menos hay una cara humana entre tanto buitre!

¡Exagerada! Aquí todo el mundo es bueno, señora María.

No tienes ni idea, chiquilla. La vida enseña.

Lo que usted diga. Venga, al cuarto, que ya nos ha montado el show en el pasillo.

Que se asusten, que les viene bien.

¡Pues sí que es usted “especialita”!

Un poco sí. Pero cariño, mi gata es peor.

Lucía ni se lo pensó, pero luego se acordó de la gatita cuando le tocó vérselas cara a cara.

Aquella vez, la señora María vino rara. Callada, con el peso de mil otoños, ni discusión ni un solo bufido. Se tumbó, se dio la vuelta al otro lado y a la pregunta de Lucía solo dijo:

Déjame, hija, ya me va bien…

En un par de horas, Lucía supo el diagnóstico y la película familiar. Que si se había peleado con los hijos, que si se sentía sola. Nada que no se hubiera visto mil veces.

Pero al acabar su turno, Lucía fue a verla otra vez.

¿Necesita algo?

Tras un rato mirando al techo, la señora María confiesa con un hilo de voz:

Lucía, solo te puedo pedir esto a ti… Nunca fui buena suplicando. Siempre tiré para adelante, si quieres algo, te lo buscas. Pero llega un momento en que sola no se puede.

Dígame, ya verá cómo sí.

Mira, tengo mucha familia, pero nadie en quien confiar ya. Me veo mayor, me da miedo dejar sola a la gata. Mi Maruska, que es lo mejor que tengo. Si me la cuidas tú, sé que estará bien. Sé que es una gata peculiar, pero lista como ella sola. Siempre entiende todo. Cuando me fui al hospital, saltaba, no me dejaba salir. Anda, quédate a Maruska hasta que yo vuelva a casa, ¿sí?

Lucía tragó saliva. Nunca había tenido animales en casa, no sobraba el dinero, la abuela estaba delicada. Pero ¿cómo decir que no a esa mirada humedecida? El mundo entero le cupo de repente en ese favor. Así que aceptó.

Al acabar el turno, avisó a su madre, cogió las llaves que la señora María le entregó con toda solemnidad y se fue al piso a por la gata. Pero al llegar, le entró el canguelo. Entrar sola mejor no. Así que llamó a la puerta de la vecina de enfrente.

¿Sí? una chica joven con un bebé.

Perdona, vengo a por la gata de la señora María, me ha dado la llave. ¿Te importa quedarte por si pasa algo raro?

¿Entrar sola en casa de la sargento te impone? Normal. Es un personaje. Ánimo.

No hay quien sea de caramelo bromeó Lucía.

Venga, busca a Maruska. Aquí te espero, ¿verdad que sí, Hugo?

Y ahí empezó la operación rescate de la gata. O terminó, porque en cuanto abrió la puerta, Maruska, negra y afilada como un rugido, se coló por el hueco y salió pitando escaleras abajo.

¡Ciérrala! gritó la vecina, ¡que te la pierde!

Lucía salió al portal y preguntó, sin mucha esperanza, a los operarios de una mudanza:

¿Han visto una gata negra?

En el árbol, ahí.

Así, bajo la copla de las carcajadas de los mudanceros, Lucía empezó a trepar, de noche y con lluvia, jurando en arameo y en bajito para que no la escuchara su madre.

En el árbol, Maruska bufaba como si fuera la Pantera de Salamanca. Lucía intentó con todos los recursos de la ternura, pero la gata no entraba en razones. A la tercera rama, con vestido empapado y temblando, Lucía consiguió zurrarle el pescuezo, meter la gata bajo el abrigo y ahí empezaron los problemas: ¿ahora quién bajaba?

El vértigo la dejó tiesa. Bajó la mirada. Madre mía, que estaba bien alta. El móvil sonaba sin parar; seguro que la madre ya había pedido el rastreador de la Policía Municipal.

Con la gata enganchada al jersey, Lucía tragó saliva. No iba a gritar. ¿Para qué? Seguro que peor broma escucharía en el hospital al día siguiente.

¿Estás a gusto? preguntó de pronto una voz masculina, de esas que te dan risa por la situación.

Sí, encantada soltó Lucía, con sarcasmo.

El chico apareció, encontró una escalera en no sé qué almacén y subió.

Venga, que no has venido aquí a dormir. Baja, anda.

Que tengo vértigo…

No le dio tiempo a terminar; un brazo la ayudó, y entre insultos mutuos y tropezones, la gata y Lucía tocaron tierra. Maruska intentó huir, pero Lucía fue más rápida.

Menudo carácter el tuyo… La miraba el chico lleno de sorna.

No hace falta que me acompañes.

Oh, venga, acabo de verte colgada de un árbol y todavía dudas… Me llamo Alejandro, acompañarte al metro no me duele.

Bueno… por cierto… gracias murmuró Lucía, por fin.

A partir de ese día, cada tarde, Alejandro esperaba a Lucía. Compraron el mejor paté de gato de la tienda, porque Maruska era una sibarita, y durante una semana la casa de las mujeres se llenó de pelos, maullidos y alguna uña.

A los días, la hija de María Alejandra apareció:

Lucía, mi madre la echa mucho de menos. Ya está mejor, viene conmigo. ¿Nos la devuelves?

Por supuesto.

Lucía se despidió de la gata, dándose cuenta de que nunca se sabe lo que pasa en las casas ajenas. Que uno debería centrarse en la suya. Sobre todo, cuando tienes cerca a quien te conseguiría una escalera a las cinco de la mañana si hace falta. Y jamás te diría que eres rara.

Eso, al final, es lo que importa: encontrar quien sepa que para ti no hay nadie mejor en el mundo. Ni falta que hace.

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Elena Gante
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La Yulka diferente
El maestro de los aromas