Un Capricho Caro
Clara, ¿otra vez? ¿Hasta cuándo? ¡Parezco que trabajo solo para tu gato!
El gato, al que Clara intentaba meter a la fuerza en el transportín, logró finalmente escaparse de sus brazos, cayó al suelo y se fue a esconder al rincón del recibidor, gimiendo con un maullido gutural y triste. Viéndolo así, parecía que el gato, al que Clara había puesto hacía mucho tiempo el romántico nombre de Don Quijote, estaba dispuesto a vender cara su vida, que según Jaime, no valía mucho.
Mucho tiempo, porque Quijo, como Clara solía llamarlo cariñosamente, llevaba viviendo con ella ya casi diez años. En realidad, Clara no sabía cuántos exactamente tenía su compañero felino. Lo había recogido de la calle, y no siendo un gatito, sino ya adulto, tal y como le dijeron a su madre en la clínica veterinaria.
Allí llegó María, la madre de Clara, junto a la niña, apretando aquel bulto envuelto en una antigua mantita de bebé.
¡Sálvenle, por favor!
¿Dónde ha recogido ese animalito? La veterinaria frunció el ceño. ¡Si parece recién salido del contenedor!
¿Y qué importa cómo sea? ¡Es mi gato! ¡Ayúdenle! ¿No ve que está fatal, el pobre? ¿Por qué se demora? ¿Es que mi dinero vale menos que el de quien viene aquí con gatos de raza fina?
María estaba tan indignada en ese momento, que la veterinaria decidió no llevarle la contraria. Acertó plenamente.
María Salas era una mujer de carácter firme, casi terca. ¡Así era la vida! Intenten criar sola a una hija, sin ayuda de nadie, y además cuidar de dos ancianos, todo ello con el sueldo de maestra de infantil. A cualquiera le saldrían garras.
Sabía defenderse; de eso no había duda. Pero, al mismo tiempo, era muy generosa. Amaba a los niños y a los gatos, incluso a los perros, aunque desde pequeña les había tenido algo de miedo.
No se rendía ante nadie: ni las vecinas de patio, ni los padres de sus alumnos, ni los desconocidos que, de vez en cuando, asumían que ella era presa fácil por ser una mujer sola y delicada.
Y todo lo hacía con una amabilidad y una entereza que asombraban a cualquiera. No levantaba nunca la voz, sino que encontraba siempre el argumento justo; uno que, tras escucharlo, lograba que el conflicto cambiase de rumbo y su contrario terminara desahogándose con ella, explicando lo duro que le resultaba todo. María simplemente asentía y esperaba. Al poco, era común recibir agradecimientos, disculpas, y ver cómo los problemas se esfumaban por sí solos.
Cómo lo hacía o de dónde sacaba esa destreza, ella misma lo ignoraba. Era un don; sabía escuchar, no necesitaba imponerse, solo entender.
Sin embargo, ese talento solo le funcionaba con desconocidos. Con los suyos, la cosa cambiaba.
Su marido se marchó a la semana de la boda. La madre de María, con amarga ironía, decía que había aguantado demasiado.
Dolía, pero María terminó admitiendo que quizá, en parte, su madre tenía razón. A una chica tan despistada, nadie le podía construir una familia; no por nada, al irse, su marido comentó con sorna:
Tienes de mujer lo que yo de bailarín de ballet.
María se llevó un disgusto, pero dos meses después descubrió que esperaba un hijo y se tranquilizó. ¡Una mujer de verdad, al fin y al cabo! Los hombres no paren.
Esperó a su hija con más ilusión que a las navidades o su cumpleaños. Las celebraciones, en su vida discreta y sencilla, eran contadas.
Su madre no la apoyó en la decisión de criar sola a su hija.
¿Para qué, María? ¡Una carga! Eres joven, aún guapa, tienes alguna perspectiva. Si la tienes, ¿qué? ¡Vivirás a base de sopa y garbanzos! ¡Condenarás a tu hija a lo mismo! Los hijos son un lujo, María. Aún no lo entiendes, pero lo harás.
¿Y no hemos vivido así siempre, mamá?
¡Justamente, hija mía! ¡Y mira qué bien!
María lo pensó bien. Había acostumbrado a obedecer a su madre, pero no pudo aceptar ese razonamiento. El mero pensamiento de perder a su bebé le ahogaba. ¿Cómo privarse de eso, de esa verdad que sentía crecer dentro? Era madre, podía serlo, y no dejaría que le arrebataran ese derecho.
La que puso punto final a sus dudas fue la abuela. Apareció de improviso en la ciudad, con su pañuelo de los días señalados y sentenció:
Vas a tener tu hija, María, yo te ayudo.
¡Abuela! ¿Y el abuelo, solo en el pueblo?
Nena, dale tiempo. Si no puede solo, nos llevamos también al abuelo.
Dejó un atillo cuidadosamente envuelto sobre la mesa; María reconoció enseguida el paño que ella misma había bordado para el santo de la abuela.
¿Te acuerdas? Ábrelo.
Jamás había tenido tanto dinero en las manos: la venta de la casa del abuelo y todos sus ahorros. Suficiente para un pequeño piso.
Abuela, yo no…
Claro que puedes, María, no protestes. No es para ti, es para la niña. ¿Quién si no su madre va a ocuparse de ella?
Ese fardo fue la última gota para el enfrentamiento con su madre.
Así que ahora hay dinero, ¿no? ¿Cuándo fui yo la que pidió nada! Pero ahora apareces casi con una bandeja de plata.
La abuela se encerró con la madre y juntas hablaron largo y tendido, pero esta última nunca cambió de parecer. No comprendía cómo María, teniendo todo en contra, recibía ayuda, apoyo, y hasta una casa. Según ella, ni la lotería tocaba tan bien.
María nunca entendió qué hacía tan mal: no era irresponsable, tuvo mala suerte con el padre de su hija, pero ¿acaso la culpa era solo suya?
La abuela, terca, gestionó la compra de una buena vivienda, antigua pero de cuatro dormitorios, a la que arregló con la ayuda de una cuadrilla de chicos morenos, bajo la vigilancia de un capataz de pocas palabras y la supervisión diaria de la abuela. En unos meses, todo estuvo listo.
¿Qué te sorprende, criatura? Llevo años vendiendo en la plaza. No solo hay que cultivar, también saber vender bien la cosecha.
Clara nació antes de tiempo. María pasó nervios, pero la niña salió sana y fuerte. María sabía desde el principio que, con su hija, haría las cosas de otro modo.
Claro, la abuela te ayuda, tiene la casa, se ocupa de la niña. ¿Y yo? Ni ver a la nieta me dejáis.
Madre, ¡ven cuando quieras! Pero no montes escándalos; Clara se asusta.
¡Asustarse! ¡Es un bebé! ¡Se asusta porque hablo alto!
No, mamá, gritas … María casi se echó a llorar.
La madre se ofendía si la corregían.
Verás cuando tu hija te hable así.
¡No lo hará!
¡Ya veremos! ¡Todo depende de cómo se cría! Demasiados mimos te di. Y ahora te subes a la cabeza, y ya no necesitas a tu madre.
Gracias, mamá dijo María, con voz ahora calmada, por enseñarme cómo no debo hacerlo yo.
Su madre perdió la paciencia, pero María dejó de escuchar.
Solo tenía clara una cosa: “Yo seré otra clase de madre”.
Fácil decirlo, complicado hacerlo.
No siempre estuvo segura de actuar bien, pero insistía en mantener el buen trato con su hija. Clara, de niña, no era ni consentida ni revoltosa, pero sí tenía carácter y sabía persuadir a su madre con paciencia.
Mamá, ¿puedo una chuche?
Clara, después de comer.
¿Ni una?
No, hija.
Vale, mamá. ¿Y dos después? ¡Si me lo acabo todo!
María sonreía ante tanto ingenio y al final le daba dos caramelos al terminar el plato.
Su hija aprendió pronto que el escándalo no conducía a nada. Incluso a su energética abuela la llamaba al orden con gracia:
¡Abuelita, no te enfades! ¡Así te salen arrugas y eres muy guapa!
La madre se derretía bajo los dedos de la niña, que le acariciaba la frente y los ojos para alisarle las arrugas, jugando.
Y el tiempo mejoró las cosas en la familia.
María trabajaba y los abuelos se ocupaban de Clara. Las dificultades llegaron cuando la abuela cayó enferma. Los médicos eran pesimistas, pero María entendía la situación.
Abuela, ¿te llevamos a Madrid?
¿Para qué, hija? No hace falta… Lo duro es dejaros, sobre todo al abuelo. No le abandonéis.
Justo por entonces, Clara trajo a casa aquel gato.
Aquel día en que el gato llegó a la vida de María, perdió a su hija por unas horas. Clara salió del colegio como siempre, tomó el camino a casa y desapareció.
La buscaron vecinos y familia, pero Clara reapareció sola, con los ojos hinchados de llorar y abrazando al maltrecho animal. María apenas la miró, cogió la mantita y envolvió al moribundo gato.
¿Estás bien, hija? ¿Te duele algo?
¡A mí no! ¡Al gato sí, mamá!
Y salieron corriendo a la clínica veterinaria. El animal estaba magullado, pero se salvó. Y el veterinario, tras atenderle, le recomendó las vacunas y la facturita.
Con esto podrías comprarte dos gatos de pura raza murmuró.
María pagó el tratamiento, aunque aquello descuadró totalmente sus cuentas. Tenía que comprar más medicinas, para el gato, para la abuela, y se acercaba el cumpleaños de Clara.
Mamá, ¿me concedes un deseo? Clara se coló en la cocina y abrazó a María, que hacía cuentas.
¿Qué pides, mi vida?
No quiero regalo. ¿Puedo quedarme al gato? Será mi regalo…
María, mirando el ovillo gris que dormía junto a su zapatilla, no pudo negarse. Lo intentó, pero el animal se negaba a separarse de ella. Y así, Quijo se quedó.
Por extraño que parezca, aquel felino escuálido, criado en la calle, pronto se acostumbró a la vida hogareña y se encariñó sobre todo con los abuelos.
Su llegada trajo cambios. María, exhausta de sobrevivir con el sueldo de maestra y dos pensiones, se atrevió a dejar su trabajo y encontró otro como niñera en una familia recomendada por una amiga. Su vida cambió; el boca a boca hizo el resto, y sus ingresos aumentaron poco a poco.
Al volver a casa, siempre acariciaba la oreja ya curada de Quijo.
Gracias, Quijo. Sin ti…
Él ronroneaba, acariciando la mano de María, y buscaba siempre a Clara. Con ella pasaba las horas, menos cuando la abuela le llamaba. También estuvo a su lado cuando Clara perdió a la abuela y, más tarde, al abuelo.
Acompañó a Clara cuando María encontró, al fin, un buen hombre y se casó. El nuevo marido adoraba a María y supo ganarse incluso a la suegra, que ahora salía del portal con una caja de plantas en brazos y presumía ante las vecinas:
Mi yerno me lleva a la finca.
Clara, ya en la universidad, prefirió seguir viviendo en el piso donde creció. Fueron allí también su novio y, más tarde, su marido.
¡Vaya, Clara! ¡Menuda casa tienes!
Justo entonces, el gato salió bufando de la habitación y se lanzó sobre Jaime. Él, asustado, pegó un salto. Aquel gato nunca aceptó a Jaime, que se deshacía de él cuando podía sin que Clara lo notase.
Pasó un año y Clara y Jaime se casaron, pero la relación fue agriándose por pequeños reproches; los mismos que había escuchado María en su día.
¿Pero qué clase de mujer eres, Clara? ¡Esto no es un cocido! No sirves para nada como esposa…
Sin embargo, Clara cocinaba desde niña. Jaime no tenía otras quejas, y el blanco de todos sus enfados era Quijo.
¿Por esto pagas tanto? ¡Ni yo gasto tanto en el médico! ¡Eso es un saco de pulgas!
Jaime, Quijo es de la familia.
¿De la mía? ¡Ni hablar! ¡No quiero parientes así!
¿Qué dices?
Lo que oyes. Repite y lo echo a la calle.
Clara, que aquel día había descubierto que estaba embarazada, calló en ese momento. Pero Quijo, muy mayor y ya enfermo, requirió una nueva visita a la clínica; fue entonces cuando Jaime, al volver a casa deportiva, explotó.
Cuidaba mucho su salud, corría, comía sano… y reprochaba a Clara no comprender lo esencial del bienestar.
Al oír que el gato necesitaba tratamiento, lanzó una zapatilla contra la pared.
¡Basta! ¡Fuera ese animal! ¡No pienso gastar más en ese estorbo! ¡Fuera de mi casa!
¡Solo si me echas también a mí! Clara, normalmente tranquila, saltó al instante.
¡Pues ambos fuera! ¡Ya está bien!
La atmósfera entre ellos cambió para siempre. Clara comprendió de pronto que ya no quería seguir así.
Sin reclamar que esa era su casa, Clara simplemente cogió las llaves.
Estoy embarazada. No debo alterarme. Quijo lo entiende. Tú, no. Vete, por favor. Luego hablaremos. Pero vivir juntos, no. Si te deshaces así de quien me ha acompañado toda la vida, ¿qué harás conmigo cuando me canse? Ahora necesito cuidar de quien me necesita. Así es la vida.
Jaime no protestó. Recogió sus cosas y salió dando un portazo.
Clara sabía que su noticia del embarazo le pasó inadvertida: solo pensaba en deshacerse del gato.
Puso el transportín en el suelo; Quijo entró sin resistencia.
¿Listo? ¡Vamos! Empecemos por tu salud.
El gato, aunque anciano, mejoró. Y seguiría haciéndolo hasta el final, permitiendo todo tipo de caricias a la hija de Clara, cuando esta naciera, como nunca se dejó hacer de nadie más.
Y la niña no hallaría mejor niñera que aquel gato, que con sus patitas lograba hacerla dormir en cinco minutos.
Clara pensaría en llamarla María, como su madre, pero esta la convencería de consultar a Jaime, pues al fin y al cabo, la niña era de los dos.
No estaréis juntos, pero esa criatura será siempre vuestro lazo. Intentad mantener la paz, por ella.
Así lo hizo Clara, algo que sorprendió a Jaime.
No esperaba tu sensatez.
Supongo que maduro, ¿qué dices?
Gracias. Por pensar en lo mejor para nuestra hija. Te ayudaré.
Y cumplió.
Y la pequeña Alba tendría dos casas, dos camas y dos conejitos; una abuela María y una abuela Pilar, la madre de Jaime. Pero solo una familia, en la que todos acabarían encontrando consuelo y cariño, aprendiendo de Alba cómo olvidar viejos rencores y hacer un mundo mejor.
Solo el viejo Quijo guardaría el secreto de la niña, pero no haría falta contarlo a nadie: todos veían que, si una gata es cariñosa, sus gatitos también lo serán.
Y a Alba cariño le sobraba. Llegaría el día en que ella misma, ya madre, se inclinaría sobre la cuna y, acariciando la mejilla de su bebé como hacían su madre y su abuela, susurraría:
Hola, pequeño. Cuánto te he esperado…






