Belleza fingida

Belleza falsa

¡No me lo puedo creer! ¿De verdad has roto con ella? ¡No me lo creo! Clara miraba a su amigo con tal cara de pasmo que a Rodrigo hasta le entró cierto apuro. Los ojos de ella se habían abierto como platos, las cejas casi tocaban la raíz del pelo y la boca se le había quedado entreabierta. Por lo visto, la noticia les parecía tan imposible a ella como a cualquiera. ¡Si tú a Lucía la llevabas en volandas! Les ponía a todos vuestro ejemplo, chicos Vamos, que yo hasta soñaba con unas relaciones así.

Real, Clarita. Más real imposible Rodrigo contemplaba la ventana, cabizbajo. Fuera, una tormenta descargaba toda su fuerza sobre Madrid: la lluvia golpeaba los cristales sin piedad, se precipitaba por las cornisas y estallaba en mil gotas diminutas. Lo cierto es que el ambiente no podía pejarse mejor a su ánimo. Se sentía vacío, como si un agujero negro hubiese ocupado el sitio de los recuerdos: miradas cómplices, abrazos tibios, planes de futuro Un hueco que le hacía apretar los puños hasta blanquear los nudillos. Se acabó. ¿Entiendes? Fin.

Pero ¿por qué? insistió Clara, inclinándose aún más hacia él. ¡Lucía te esperó medio año cuando estabas fuera por trabajo! Y fue fiel, que lo sé yo, que ni caso a los rondadores ni a los halagos baratos.

¿Y tú cómo te has enterado de todo eso, reina, si vives en Salamanca? Rodrigo suspiró, esbozando una sonrisa triste. ¿Acaso es eso la tan cacareada solidaridad femenina?

Eso, y que tengo amigas en Madrid Y todas tenían el ojo puesto en Lucía, no lo olvides respondió Clara, sin ofensa. Se recostó en el sofá, cruzó los brazos, sus labios dibujaron una media sonrisa traviesa, aunque en la mirada se podía adivinar auténtica preocupación. Sé que se lo curró con su imagen, pero no sé los detalles. Se cortó el pelo, se apuntó al gimnasio, renovó el armario. Y todo eso, ojo, mientras estabas fuera. Que se esforzó muchísimo, Rodi.

¡Precisamente por eso lo dejamos! Rodrigo se levantó casi de un brinco y se fue directo al recibidor, donde había dejado el móvil en el abrigo. Movía las manos torpemente, como si quisiera huir de sus pensamientos. Ten, solo una foto y lo vas a entender todo. Revolvió los bolsillos y, cuando por fin tuvo el teléfono, volvió a toda prisa a la sala. ¿Te acuerdas de cómo era Lucía antes de que me marchara?

Claro Clara rodó los ojos, aunque la voz se le quebró levemente. Una chica monísima. Pelo rubio ceniza, largo hasta media espalda, ojos claros, nariz chiquitita Sí que le faltaba un poco de volumen arriba, pero vamos, tú siempre dijiste que eso te daba igual, ¿no?

Exacto, me encantaba tal como era. El tono de Rodrigo subió, casi gritó, pero enseguida le falló la voz, bajando a un susurro ronco. Cerró el puño con rabia, apretando el móvil. Para mí era perfecta. La quería así, sin más. Pero a las dos semanas de irme, sus amigas le hicieron una campaña de lavado de cerebro. Que si no cambiaba, te dejaba. Y ella va y se lo cree. ¡Anda que no son brutas! Empezó a cambiar no porque le apeteciera, sino porque le metieron miedo, como si fuera a dejarla por cualquier tontería.

¿Y tanto ha cambiado? Clara sentía un nudo en el pecho. Se aferró al reposabrazos del sillón, medio frunciendo el ceño, esforzándose por imaginar el antes y el después.

Mira tú misma. Rodrigo le puso el móvil casi en la nariz. Y ahí estaba Lucía, pero no era ella.

El precioso pelo por el que Lucía solía presumir, ahora era un corte cortísimo y teñido de un rubio platino ridículo. Ese corte le dejaba el cuello y las orejas al aire, eliminando toda la dulzura anterior. Los labios madre mía, quién le hizo ese estropicio. Parecían bocas de pato, completamente desproporcionados. Y perdió por lo menos diez kilos. Pero no era delgada, era casi enfermiza: clavículas afiladas, costillas marcadas, brazos frágiles, ojeras ¡y lo peor! ¡Se aumentó el pecho! Cuando bien sabía lo que pensaba yo de eso, que siempre defendí la naturalidad.

Y ahí estaba, esperándome en Barajas… Y de pronto pensé que ni la reconocía Rodrigo contenía las lágrimas a duras penas. Dio un golpe en la pared, se le escapó un pequeño grito, y sacudió la mano de dolor. ¿Por qué tenía que destrozarse así en seis meses? ¡Si lo que me gustaba de ella era ella!

Rodrigo iba y venía por el salón como un animal enjaulado. Se detenía en seco, volvía a andar, resoplando, con la mirada perdida. Toda esa pena, ese enfado, los nervios

Clara sabía todo lo que había sufrido él durante la dichosa estancia en el extranjero. No quería dejar sola a Lucía, pero era el último año de carrera, con exámenes y trabajo en la oficina imposible llevársela. Se llamaban a diario, él intentaba mimarla, animarla, le decía cuánto la echaba de menos. Y al volver, se encuentra con otra persona. Como si alguien hubiera cambiado a su chica por una especie de muñeca de cera.

A lo mejor quería sorprenderte, agradarte Clara hablaba con cautela, acercándose al sofá. Quizá alguien le hizo pensar que sería mejor así, que tú te morirías de alegría al verla cambiada.

Rodrigo esbozó una sonrisa amarga.

¿Agradar? Pero si se perdió a sí misma. Yo quería a Lucía, no a una imitación. Ahora ya ni sé quién tengo delante.

Lo que más le dolía era que Lucía llevaba meses evitando las videollamadas. Siempre le daba largas, con excusas y una vocecilla alegre, diciendo que preparaba una sorpresa. Pero a Rodrigo le olía raro. Igual ni era eso: igual tenía a otro, y no quería romper por teléfono. Esa sospecha le quitaba el sueño, lo tenía día y noche carcomido.

Al final, medio paranoico, Rodrigo le pidió el favor a un colega de la facultad, que vivía por la zona de Príncipe Pío. Hazme el favor, Juan, investiga un poco, pero que no se note. Fíjate si sale con alguien, pregunta por ahí. Y su amigo, aunque extrañado, aceptó.

Un par de días después, Juan le llamó.

Está preparando algo… raro le dijo con tono extraño. Sin duda, te vas a llevar un sorpresón, pero no estoy seguro de que te vaya a gustar. Eso sí: Lucía no tiene a nadie. Pregunta por ti cada dos por tres, anda nerviosísima porque vuelvas.

Eso le tranquilizó, al menos. Rodrigo hasta se permitió sonreír un poco. A lo mejor la sorpresa no es para tanto. Lo importante es que sigue esperándome. Eso lo calmó, y desde aquella noche se aferró a esa esperanza.

Hoy entiende que rechazar la foto que le ofrecía Juan fue un error. Si llega a aceptar el chivatazo, igual habría podido evitar aquel desastre. Qué tonto Habría cogido un AVE y se habría plantado en Madrid al día siguiente.

El día del reencuentro fue un puro nudo. En el avión, no paraba de mirar el reloj, tamborileaba los dedos en el reposabrazos, mil veces abrió y cerró el WhatsApp sin atreverse a escribir. El corazón le latía tan fuerte que hasta juraba que los demás podían oírlo.

Se imaginaba la escena: sale por la puerta de llegadas, Lucía le espera sonriendo, corriendo a abrazarlo, besándolo. Se van a casa, preparan un café, charla, risas, confidencias sobre los meses separados

Pero la realidad le dio un zasca. Al verla en el aeropuerto, Rodrigo se quedó clavao. Esa mujer con el pelo platino y la figura demacrada, ¿de verdad era Lucía? Tardó segundos en reaccionar.

¡Rodri! ¡Por fin! Lucía fue corriendo a abrazarlo, pero él retrocedió, sin dejarse coger. Ella vaciló, se le notaba la decepción y el dolor y, al quedarse con los brazos en alto y el gesto a medias, una de sus amigas se rió por lo bajo.

¿Qué te pasa? ¿Tan fuerte es mi cambio? intentó bromear Lucía, nerviosa. Tocó un mechón corto, esperando arrancarle aunque fuese un piropo.

Me pregunto quién eres, sinceramente dijo Rodrigo, distante, luchando por no perder el control. Te veo y no sé dónde está la chica de la que estaba enamorado. ¿Estás enferma? ¿O es que te ha dado por la moda loca? ¿Dónde está tu melena? ¿Tu figura natural? Siempre me gustaste tal y como eras.

¿Me estás llamando gorda? se le quebró la voz a Lucía y se mordió el labio, esforzándose por no llorar. Miró fugaz y dolida a las amigas, que hacían como quien no veía.

Bah, dilo sin miedo. Sé que me descuidé mucho, por eso lo hice intentó recomponerse. Pero mírame, ahora ya puedes pasear conmigo sin vergüenza. ¿A que sí? Modernísima, estilosa Mejor que antes, ¿no?

¿Y quién ha dicho que ahora quiero ir a ningún sitio contigo? cortó Rodrigo, seco. De guapa, a todo esto. Yo quería a la Lucía de siempre, no a una versión tuneada. ¿Por qué no me preguntaste ni consultaste? Siempre hablábamos de todo

¡Pero si está para portada de revista! metió baza una amiga. ¿No ves cuántos chicos le tiran los tejos ahora? Todo el mundo la mira, las transformaciones han sido todo un éxito Mira que escote, eh.

Rodrigo se giró, destilando rabia.

No lo ha hecho por mí, sino por ella, o por vosotras miró a Lucía, con los ojos llenos de rabia y pena mezclados. Y encima hacéis que yo parezca el malo

Se acercó a Lucía, y el tono le tembló de tristeza.

Tú sabías que adoraba lo natural. Para mí eras única. Ahora siento que estoy frente a una desconocida. Quería pedirte que te casaras conmigo, fíjate Había comprado hasta el anillo. Pero no puedo vivir con una copia de Instagram.

Lucía se quedó blanca y se le escaparon las lágrimas. Quiso hablar, dar un paso, pero ni fuerza le salía.

Rodri, espera solo quería hacerte feliz. Creí que así

Pero él ya se había marchado, rápido, sin mirar atrás. Por dentro hervía: rabia, tristeza, una punzada de vacío.

Déjalo ir, tía sugirió la amiga que la sostuvo por los hombros. Está en shock, ya volverá y se disculpará. Eres un pibón que llama la atención, no te va a faltar novio.

Lucía ni escuchaba, mirando a Rodrigo alejarse, con las lágrimas mezclándose con la máscara de pestañas. Por dentro, sólo sentía un pozo, sabiendo que, intentando ser mejor, perdió lo más importante.

Y de verdad que quería casarme, Cla susurró Rodrigo al final, enterrando el rostro entre las manos. Me había hecho mil películas de pedirle matrimonio De verla sonreír, saltándome al cuello, soñando juntos. Pero viéndola me rompí. No la reconocí.

Guardó silencio unos segundos, luego aclaró la voz.

¿Sabes otra cosa? Rodrigo se secó una lágrima, apretando los puños. Todo lo causó la amiga esa, la que dice que su belleza es más auténtica. Hasta se atrevió a venir a mi casa a decirme que me quedara con ella Casi la echo a patadas.

Rodrigo se dejó caer en el sofá, exhausto.

Y lo más asqueroso es que se pensaba que me iba a lanzar en sus brazos al momento. Pero, por mucho dolor, yo amaba a Lucía. Me repatea pensar en lo fácilmente influenciable que fue

Clara le apretó la mano, en silencio. Veía cómo su amigo sufría, incapaz de encontrar palabras para consolar.

¿Y ahora qué? ¿Has hablado con Lucía? Clara le rozó el hombro, dulcemente.

Dice que le gusta su nuevo yo, que no tiene nada que cambiar Rodrigo negó, con una mueca amarga, como quien intenta apartar los malos rollos. Me llamó pidiéndome que no la dejara, que lo mínimo era darle una oportunidad, después de haberme esperado tanto tiempo Pero siento que esa Lucía ya no existe. Supe que ella se había ido el día que dejó de ser ella misma.

Se hizo un silencio. Clara notó el temblor en su mano.

¿Sabes qué me mata? siguió Rodrigo, la voz casi rota. Yo no necesitaba ninguna transformación: me valía con sus manías, sus bromas, hasta sus defectos. Lo que me enamoraba de ella era todo lo particular, todo lo suyo Pero ella decidió borrarse para ser, no sé, algo que ni reconoce.

No es culpa tuya, Rodrigo. Tú le quisiste bien, la cuidaste y todo el mundo lo sabe. Hay gente que por inseguridad Y hay amigas que, de ayudar, solo saben enredar.

Él levantó la mirada, de ojos rojos, perdido.

¿Y si he sido injusto? Quizá solo tenía miedo, y fue mi culpa por no verlo ¿Y si solo necesitaba un poco más de cariño y yo no lo supe dar?

Clara lo abrazó fuerte.

Tienes derecho a sentir lo que sientes. Si quieres intentarlo, háblalo con ella. Hazlo por lo que fuisteis, por ese amor. Pero, si no puedes seguir también mereces darte tiempo y perdonarte.

Rodrigo aspiró hondo y miró de nuevo por la ventana, donde el sol volvía a entrar entre los nubarrones de Madrid.

Tienes razón, Clara De verdad que necesito tiempo. A ver si me aclaro. No quiero perder lo bueno, pero tampoco puedo obligarme Solo necesito tiempo.

Y así nos quedamos los dos, callados, mirando la luz cálida de la tarde, mientras afuera por fin escampaba.

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Elena Gante
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Belleza fingida
— Czyli ci szkoda? Liczysz każdy grosz?