Tía, mi hermana está completamente volcada en su trabajo, obsesionada con su carrera, me decía Inés el otro día, medio suspirando. Tiene ya 40 años, sigue soltera, sin niños, y se ha comprado ella sola un piso y un coche. Apenas habla con nosotros o con mis padres, pero se nota que espera algo de ellos.
Inés y su hermana mayor, Lucía, nunca han tenido una relación muy cercana, ni siquiera de pequeñas. Entre ellas había diferencias muy marcadas, tanto físicamente como de carácter. Inés siempre ha sido más tranquila, muy familiar, se casó joven y ahora tiene tres hijos, volcándose en la casa y criando a los niños. Lucía, en cambio, es de esas personas súper determinadas y ambiciosas que no se conforman nunca. Siempre ha currado muchísimo para lograr lo que quiere y se pasa el día viajando por trabajo. Por eso, apenas coincide con la familia, ni siquiera en reuniones importantes, tipo las navidades en casa de los padres.
Inés se ha mantenido pegada a sus padres, que además le echan una mano con los críos, les acompañan a los partidos, a los cumpleaños, y hasta celebran fiestas en su piso grande de tres habitaciones.
Ahora Inés, su marido y los tres peques viven en un mini piso de una sola habitación. Viendo las estrecheces, sus padres le han estado dando vueltas a cómo echarles un cable. Al final, han decidido cambiar de piso con ella. El problema es que el piso que tiene Inés no les sirve para nada, y claro, no pueden ni ampliarlo ni pagar una hipoteca ellos solos porque solo su marido trabaja. Así que pensaron en hacer el cambio y poner el piso a nombre de Inés directamente, para que puedan mejorar la situación ahora mismo.
Pero claro, sus padres no contaban con la reacción de Lucía. Cuando se enteró, saltó indignada: ¿O sea que el piso entero para Inés, y yo qué? ¿No soy vuestra hija también? Su madre le explicó: Cariño, ponte en nuestro lugar. No es que no te queramos. Tú has conseguido todo por tu cuenta, y si necesitas algo más grande estamos seguras de que podrás hacerlo como siempre. Pero lo de Inés es más urgente. Tiene tres niños y viven súper apretados. A pesar de todo, Lucía no se queda convencida, y se le nota cierto rencor. Inés, por su parte, lo ve clarísimo: Es que se comporta como una niña pequeña porque no le han dado su caramelo. Mamá tiene razón, lo necesitamos más. Ella tiene de todo, se puede ir otra vez a Bali si le apetece. Es que tampoco coge el teléfono en semanas, se ha distanciado porque quiere. Eso sí me parece egoísmo.
La pregunta que queda en el aire es: ¿está Lucía siendo egoísta por no pensar en la necesidad de Inés, o tiene derecho a reclamar su parte como hija, aunque ya haya conseguido tanto por sí sola? Yo lo veo complicado, pero a veces en las familias españolas estas cosas generan unos líos enormes, ¿verdad?






