La vida después del divorcio

La vida después del divorcio

A ver, Jimena, ¿por qué te emperras? La voz de Carmen sonaba con esa paciencia condescendiente que utilizaba cuando explicaba obviedades a un niño, y que conseguía que a Jimena se le retorciera el estómago cada vez. Hombre, que Iñigo es un partidazo. Guapo, listo, con buena nómina y piso propio en Chamberí. ¿Qué más quieres, hija?

Jimena dejó la cuchara con la que removía el caldo y miró a su madre con resignación. Los dedos le temblaban apenas, y disimuladamente los escondió bajo la mesa para que no se notara.

Mamá, me fue infiel susurró, mirándola a los ojos. No una, ni dos veces: un desfile de cuernos. Y para colmo, durante solo medio año de matrimonio. Tengo tanta prueba que el juez no dudó ni medio minuto. ¡Me negó hasta el periodo de reconciliación! ¿Entiendes? Hasta el juez que ni me conoce vio que eso no lo salva ni el Espíritu Santo.

Bah, ¿y qué? Carmen se encogió de hombros y recolocó el delantal, como quitándole importancia a un rayajo en la carrocería del coche familiar. Todos los hombres son iguales, hija. Y recuerda: un marido fiel es cosa de esposas que se lo curran. Te tenías que haber apuntado a zumba, haberte hecho unas mechas, cambiar el armario. Pero tú, escapando directa al divorcio

Jimena soltó un bufido, con un cansancio que ya le ocupaba hasta las pestañas. Llevaban con la misma conversación mínimo diez veces en dos semanas, y siempre igual. Desde el divorcio vivía con su madre en Alcorcón: su pisito en Lavapiés estaba ocupado aún por los inquilinos y ella contaba los días para la mudanza, soñando con ser adulta y libre de nuevo bueno, libre, libre, a ratos, si acaso.

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Cuando el portero automático chilló con esa urgencia tan poco sutil, Jimena supo quién era. Otra vez Iñigo. Y el corazón, cataplum, al suelo. Las manos le sudaban como si tuviera fiebre. Su madre, por supuesto, hacía caso omiso a sus súplicas y seguía invitando al malnacido a casa, como si fuera Navidad permanente.

¡Jimena, que viene Iñigo! anunció Carmen desde la cocina con voz que parecía la de una cría en la cabalgata de Reyes. Luego gritó hacia el pasillo: ¡Pasa, chaval! ¡Sientáte, que hay sopa!

Jimena apretó la cuchara tan fuerte que se clavó los nudillos y el metal. Nudo en la garganta, presión en el pecho.

Mamá, no quiero verle musitó, rezando que al menos la voz le saliera firme.

¿Y desde cuándo te pido permiso? Carmen le salió respondona, con el ceño algo torcido. Aquí mando yo. Si vives en casa, sigues mis normas.

Se le humedecieron los ojos, pero se tragó las lágrimas. Se levantó, esquivando la infusión, a paso redoblado, sorteó a Iñigo descalzándose en el vestíbulo y se refugió en el balcón, cerrando la puerta tras de sí con una contundencia involuntaria digna de drama familiar.

El aire madrileño, siempre dispuesto a enfriar ánimos y pulmones, entró directo bajo el jersey, pero a Jimena le daba igual: abrazada a la barandilla, fijaba la vista en los bloques grises de la manzana de enfrente, en el parpadeo de las luces y en un pobre peatón que corría a casa con paraguas en ristre. Abajo, un camión de la basura gruñía; en la ventana de enfrente, sonaba un reggaetón absurdo que parecía una burla al sufrimiento.

Solo quería que él se pirara rápido. Escuchaba la charla animada de su madre y el tintineo de vasos, risas y confidencias, como si su propia desaparición fuera irrelevante.

El tiempo se volvió espeso como el chocolate a la taza del San Ginés. Temblaba de frío, dedos tiesos y orejas ardientes, pero ni loca volvía al salón. Respiró hondo, intentando centrar la mente en la ciudad, el runrún de los motores, cualquier cosa menos Iñigos y carmenes del alma.

De repente, la puerta chirriante como si fuese parte del suspense se abrió. Iñigo apareció, a dos pasos y con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, ese aire de galán fracasado.

Jimena intentó arrastrar los ojos hasta los suyos, como si así obrara el milagro.

No tenemos nada que decirnos ella, emperrada en mirar la lluvia sobre el cristal del ventanal vecino, en calmar los temblores.

Escucha, he cambiado, de verdad. He pensado mucho. ¿Por qué no probamos otra vez? Ahora sí que no hay excusas, de verdad de la buena

Ni te has disculpado bien. Sólo quieres el cómodo como antes; no has cambiado. Solo quieres recuperar tu rutina.

Pero yo

Basta le interrumpió, para su propia sorpresa. No quiero promesas vacías ni un tío que no sabe ser fiel. Que prefiere la comodidad a respetarme.

Tiró de la puerta para entrar, pero ¡cómo no! la madre la había vuelto a atrancar.

¡Mamá! La desesperación le salió a grito limpio. ¡Abre ya, por favor!

Minuto y medio después, Carmen apareció tan sonriente que parecía la mismísima anfitriona del té de las cinco, con la taza humeante y el delantal de cerezas.

¿Pero qué hacéis aquí fuera? Venga, niños, a cenar, que el caldo se enfría y tengo menta fresca para el té

Jimena la esquivó, conteniendo una rabia tan grande contra el exmarido como contra la madre, que se inmiscuía en su vida con el entusiasmo de una abuela primeriza de programa vespertino.

Mamá en el pasillo, mirada firme por una vez, basta, ¿vale? No quiero verle. Ni que tú le invites. Yo elijo lo mejor para mí.

Aviso: los hombres a veces tropiezan, hija. Si fueras menos orgullosa y más comprensiva, otro gallo cantaría Carmen la palmoteó como si fuera un saco de patatas.

Jimena cerró los ojos, contando mentalmente hasta diez e ignorando la tormenta que llevaba por dentro. Discutir era peor que hablar con la pared. Se dio media vuelta, se encerró en la habitación y, apretando los puños, intentó no desmoronarse.

Desde la cocina, la ópera seguía: charla, cuchi-cuchi, y esa satisfacción maternal de quien se sabe la protagonista del melodrama. Todo le sonaba a repetición letal: las mismas excusas, los mismos no hagas una montaña, los mismos intentos de vender infidelidades como travesuras. Suficiente. Suficiente para toda una vida.

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Durante semanas, Iñigo siguió flotando por la casa y el barrio como un espíritu en pena, acechando el portal, plantándose con bombones y ramitos de perdón, reina, como si el tiempo no hubiera pasado y la dignidad valiera cuatro duros.

Una tarde llegó con rosas y una caja de bombones de cereza, sus favoritos de niña. Bonitos, frescos y supercuquis, pero lo único que vio Jimena fue ojeras y la misma sonrisa ensayada de siempre.

Son para ti. Sin motivo. Porque sí.

Miró las rosas y pensó en lo fácil que era, antiguamente, ilusionarse con un hoyuelo en la cara. Ahora veía solo líneas cansadas, la gracia marchita y la promesa tan rota como las pelis de sobremesa.

Mira, gracias pero no. Te pedí que no vinieras.

Ya, pero es que no puedo dejarlo estar.

Pudiste. Ese tiempo acabó.

Iñigo lo intentó una vez más, hasta que Carmen apareció y lo metió en casa con pastas y excusas.

¡Venga, pásate, que he hecho tarta! Jimena, hija, no seas antipática, que un exmarido también es familia. Y dale, anda, no le tires las rosas a la cabeza, qué feo

Jimena capituló y se retiró a sus aposentos, donde solo los rotuladores y el bloc de dibujo calmaban la angustia. Trazos de montañas, olas, garabatos mejor eso que discutir.

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Pasaron meses. Por fin Jimena se mudó a su piso de Lavapiés, bien cerquita del curro. Hizo amigas, se atrevió con clases de yoga en Malasaña, empezó a respirar y a echar raíces en su presente, lejos del qué dirán familiar.

Un buen día, después de yoga, acabó charlando con el profe: Antonio, unos años mayor, humilde, amable y con una serenidad que parecía mentira. Intercambiaron números; a la semana, quedaron para café.

Nada que ver con Iñigo: Antonio no prometía el oro y el moro, ni presumía de cochazos ni de puestos de directivo. Simplemente estaba presente de verdad, escuchando o callando, según hiciera falta. Por primera vez, Jimena se sintió segura y ella misma: ni perfecta ni de revista, solo persona.

Un día, al mencionarle a Carmen que veía a un entrenador de yoga, la respuesta materna fue toda una suite de interrogatorio policial:

¿Quién es? ¿De qué familia? ¿A qué se dedica? ¿Tiene hipoteca? Disparaba preguntas como si fueran albóndigas.

Un profesor de yoga, vive de alquiler, trabaja cerquita contestó Jimena, con paciencia de santo.

¿Y ya? El gesto de Carmen era el de quien muerde un limón. ¿Tanta desgracia para acabar con un don nadie? ¡Menuda decisión! ¿Pretendes mantenerle?

Es bueno, simpático y me respeta. Con eso me vale.

Respeta, respeta la madre bufó, con tono de te lo dije. Iñigo también te respetaba, hasta que dejaste de ser complaciente. Luego todo son lamentos.

Discutir era inútil. Para Carmen, el buen marido traía nómina, casa y coche; la buena esposa, paciencia infinita y cara de póker. Nada de lo que dijera Jimena cambiaría el manual de su madre.

La relación con Antonio fue creciendo a ritmo de domingo tranquilo: paseos por el Retiro, cenas sencillas, planes compartidos pero sin ahogos. Al cabo de unos meses, Antonio le propuso casarse, sentados en un banco de la Plaza Mayor con los primeros brotes del buen tiempo.

Jimena, ¿quieres compartir todos los inviernos y veranos conmigo?

Ella le miró a los ojos profundos, cálidos, ni un asomo de mentira y asintió. Por primera vez en mucho tiempo, le supo a triunfo propio.

Sabía que se avecinaba tormenta materna. Se cumplió.

Ay, hija, que vas a cometer el error de tu vida. Estás malgastando tu porvenir. ¡Me negaré a ir!

Mamá, es mi decisión abrochándose el abrigo, notando que el pulso ya no era de miedo sino de certeza nueva. Y estoy feliz. ¿No es suficiente?

Suficientemente tonta, sí sentenció Carmen, más fría que el mármol, brazos cruzados y drama garantizado. Ya vendrás llorando, ya

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La boda fue tan discreta como quisieron ambos: amigos cercanos, algún primo de confianza, sin parafernalia. Ella con vestido blanco sencillo; él, traje azul y corbata a rayas. Se prometieron, se besaron y Jimena sintió por fin que la historia era suya.

Carmen boicoteó el evento enviando un ramo de lirios con una nota negra: Ojalá recapacites. Jimena contempló las flores, les dio un minuto de duelo y las dejó de lado.

Sorpresa adicional: su madre convenció a Iñigo para que apareciera en la puerta del registro civil. Iñigo, con el traje arrugado y gesto de me han obligado, les vio salir cogidos de la mano.

¿Qué haces aquí? Jimena, a estas alturas, sólo sentía una punzada lejana.

Tu madre Dice que te arrepientes pero no sabes cómo volver. Yo aquí estoy, por si acaso

Su madre dice muchas cosas Antonio, a su lado, apretándole la mano con calidez. Pero no siempre acierta.

Oye, que tampoco hay que ponerse así Iñigo forzó una sonrisa cínica. Si te cansas de la vida sencilla, llámame. Sin condiciones.

Desapareció, dejando un rastro amargo. Pero Jimena simplemente soltó un suspiro y su nuevo marido apretó su mano.

Empezaron a planear la mudanza: les ofrecieron trabajo en Valencia sol, mar, paella y futuro. Jimena no lo dudó. Su vida, a estrenar, lejos del decorado de siempre.

Antes de irse, intentó despedirse de su madre. Carmen la recibió de espaldas, parapetada en la ventana, con el gesto de estatua antigua.

Que nos vamos, mamá. A Valencia.

¿Y qué? La voz amortiguada, fría. ¿Huyes otra vez?

No, corro hacia lo mío. Ojalá quieras ser parte de mi felicidad. Pero sólo si puedes respetar mis decisiones.

Carmen se giró con la vena de la sien palpitando de rabia, las manos agarradas a sí misma como muro.

¿Respetar qué? ¿Marcharte con un entrenador a otra ciudad y dejarlo todo? ¿Eso es felicidad? ¡Iñigo, sí que te daría cosas! Te compraría coche, te reformaría el piso, viajes al Caribe ¡No permitiré esta locura!

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Aquella noche, Carmen llamó a Antonio. Número restringido, tono dulzón impostado.

Antonio, hijo, me preocupas por Jimena Ella es así, impulsiva. No sabe lo que hace. Esto de Valencia es una locura, va a arrepentirse y tú solo has llegado en un mal momento. Vuelve a Madrid y te lo agradeceré.

Antonio, tranquilo pero firme, cortó el rollo. Jimena es más fuerte de lo que usted se piensa. Y yo la entiendo. Respete sus decisiones, de verdad.

Ingenuo Si crees que va a ser feliz lejos de su madre y sus raíces El día que se le pase la novedad, aquí estará Iñigo para consolarla.

Antonio colgó, medio divertido, medio apenado: lo que debía de ser crecer con una madre así

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Al día siguiente, Jimena fue a despedirse de Carmen con un paquete de pastas y unas margaritas humildes. La madre no estaba para sentimentalismos.

¿Ni si quiera te lo vas a pensar antes de largarte? se movía nerviosa por la cocina, atacando la mantelina. Quédate al menos un mes. Piénsatelo de verdad, que lo mismo estás agotada y confusa.

Está todo decidido. Piso, trabajo, parque, gente contestó Jimena, tragando el sinsabor.

¿Lo organizó él todo? ¿Te manipula? No te das cuenta, pero quiere aislarte. Si estuvieras aquí, cerca de mí (y de Iñigo), recapacitarías. Allí te controla mejor.

Por una vez, Jimena se quedó sin palabras: el disparate era tal, que sintió como si hablara con una desconocida.

¿Tú crees de verdad que Antonio es un manipulador? ¿Que soy una marioneta tuya?

Todos los hombres lo son. Al menos Iñigo era directo. Este se hace el bueno.

Ya basta Jimena tragó saliva. No puedo más. Ni un reproche más. Elijo estar feliz. Punto.

Se giró, dispuesta a marcharse, pero Carmen la agarró del brazo como si quisiera retener a la última hija que queda en el pueblo.

Yo solo quiero lo mejor para ti

Lo mejor es que yo decida. Y decido irme. Decido a Antonio. Decido mi libertad.

Carmen soltó su brazo, temblorosa, hecha un nudo de dolor y rabia. Así que prefieres a un hombre antes que a tu madre

No renuncio a ti. Renuncio a tus imposiciones. Si alguna vez puedes quererme como soy volveré, mamá. Pero no puedo seguir asfixiándome en tus normas.

Salió de casa de puntillas, dejando atrás la tristeza y el drama, con el nuevo móvil bien guardado y la llave de su vida estrenar apretada en el bolsillo. Algún día, tal vez, podrían llamarse. Pero ahora, por fin, tocaba respirar.

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Elena Gante
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La vida después del divorcio
Le fui infiel antes de la boda.