El equipaje extraviado
La maleta pesaba de una manera extrañamente distinta.
Almudena lo notó ya junto a la cinta transportadora. Doce kilos habituales convertidos en otra cosa: más pesada, más compacta, el centro de gravedad desplazado. Pero el exterior era igual: carcasa gris, cuatro ruedas, un arañazo en la esquina izquierda. Tiró del asa y anduvo hacia la puerta.
El aeropuerto de Málaga olía a café y baldosas húmedas. Tras el cristal, la lluvia de marzo caía fina, persistente y sin glamour, nada de postal mediterránea. Almudena pensó que, sí, un congreso de revegetación urbana era excusa suficiente para volar desde Madrid a Málaga. Pero no lo suficiente para alegrarse del viaje.
Treinta y un años. Investigadora junior en el Instituto de Urbanismo de Madrid. Un estudio de alquiler de veintiocho metros cuadrados, libros apilados en las paredes. Su madre, en Salamanca, llamaba cada domingo y siempre preguntaba lo mismo: ¿Y tú? ¿Nadie especial? A lo que Almudena contestaba: Mamá, mi trabajo. Como si eso lo explicase todo.
El taxi hasta el hotel sólo tardó veinte minutos. El conductor preguntó si iba de vacaciones. Almudena dijo: Por trabajo. Él asintió como quien ya conoce la respuesta.
Su habitación era pequeña, pero limpia, con vistas a una tortilla de mar gris. En la repisa de la ventana había un geranio de plástico que nunca fue geranio. Almudena puso la maleta sobre la cama, apretó los cierres y levantó la tapa.
Se quedó helada.
Dentro había ropa de hombre.
Un jersey grueso color verde oscuro, con ese olor a plantas, no a colonia. La talla, imposible para ella: los hombros casi el doble de anchos. Unos vaqueros. Zapatillas talla 43 dentro de una bolsa. Un cargador de móvil ajeno. Un sobre de semillas con letras extrañas, algo botánico. Y una libreta gorda de tapas de cuero sueltas, cinta elástica floja.
Esa no era su maleta. Almudena se sentó al borde de la cama, mirando fijamente las pertenencias ajenas. Carcasa gris, cuatro ruedas, arañazo inconfundible. Pero la maleta, ajena. Alguien se había llevado sus cosas en el aeropuerto: libros, el vestido para la ponencia, ordenador con la presentación, la foto de su madre enmarcada… Y ella, en cambio, la de otro.
Durante cinco minutos sólo pudo quedarse sentada, sin saber qué hacer. Después marcó el teléfono del aeropuerto. El contestador automático le pidió que esperara. Once minutos estuvo escuchando una tonadilla hasta que por fin le atendieron. La muchacha tomó los datos del vuelo y la etiqueta, le pidió paciencia. Le llamaremos, seguro que sí.
Colgó y volvió a mirar la maleta abierta. La libreta encima, como puesta allí lo último. Las tapas de cuero arrugadas en los bordes, la goma pasada.
Sabía que no debía. Es ajeno: ajenas sus cosas, ajena su vida, ajenas sus anotaciones. Es como espiar tras las cortinas, mirar libros en la estantería de otro. No está bien. Almudena anduvo en círculos, sirvió un vaso de agua, bebió. Otra mirada a la libreta.
Su hombro izquierdo el que llevaba siempre más bajo de tanto andar cargando el portátil se inclinó hacia delante. La yema de sus dedos, pulida por el teclado, tocó la tapa: cuero blando y cálido.
Abrió la libreta.
***
La caligrafía era extraña. Letras redondas, inclinadas hacia la izquierda, colas largas en las y, las r. No era una pluma descuidada; al contrario: reposada. La persona que escribe así también debe hablar despacio, pensó.
La primera entrada no tenía fecha.
Granada. Subí andando a la Alhambra por la mañana temprano. La ciudad abajo parece un jardín mal cortado. Los árboles emergen entre las casas, los setos se alzan en los balcones. Dibujé una palmera frente al Carmen del Rey. El tronco es como un mapa de un país que nadie conoce: manchas claras, islas oscuras. Tres horas estuve allí, hasta que me enfrié.
Pasó de página.
Barcelona. Dibujé un olivo en el Botánico. No era un olivo de verdad, era una maceta, pero las raíces parecían querer escapar. Árbol serio en una escala absurda. Quizá así soy yo.
Sonrió. Primera sonrisa del día.
Pasó. Y pasó otra. Y otra más.
Las entradas seguían: Marrakech, Oporto, San Sebastián, León. Todas lugares, todas plantas. Esa persona viajaba, dibujaba árboles y pensaba en voz alta en el papel. Ni una línea sobre hoteles, restaurantes, monumentos. Sólo hojas. Troncos, copas, raíces. Bocetos rápidos, vivos: una rama de tres hojas, una raíz abrazando una piedra.
Marrakech. Vi un naranjo en mitad del zoco. Los vendedores cuelgan bolsas y precios en las ramas. El árbol, inmutable. Doscientos años, seguro. Ha visto todos los mercados, a todos los comerciantes. Lo dibujé como pude. Me temblaban las manos del calor.
Oporto. Las glicinas cuelgan en la Ribeira tan bajas que rozan la cabeza. Los portugueses las esquivan. Los turistas sacan fotos. Yo pensaba: árbol sin fronteras. Crece donde le place. Ojalá yo.
Almudena se sorprendió leyendo ya cuarenta minutos. Fuera había oscurecido. La lluvia golpeteaba en la ventana como una uña impaciente.
Pasó otra página.
San Sebastián. Me colé en un parque abandonado. Castaños que apenas puedo rodear abrazando. Las raíces rompen el asfalto. Aquí antes paseaba gente. Ahora sólo árboles. Y yo. Dibujé uno, quieto como un centinela, ni una hoja se movía. Así debe ser la lealtad: esperar en el sitio a que alguien regrese.
Notó que, en cada entrada, el autor charlaba con los árboles como otros con sus amigos: sin pudor, sin filtro. Eran sus compañeros. Y le intrigó saber por qué.
Entonces leyó aquella anotación tras la cual dejó la libreta y miró largo tiempo la pared.
León. Dos años después del divorcio. Viajé con Lucía catorce años desde la facultad hasta el final. Ella me dijo: Quieres más a los árboles que a la gente. Quizá tenía razón. Quizá nunca supe amar a nadie de forma que lo sintiera. Ya no creo que encuentre… No un árbol: a una persona. Que entienda para qué dibujo raíces.
Cerró la libreta, la dejó en la mesita. Se acercó a la ventana.
La lluvia seguía. El mar parecía una sombra dura, plana, sin lámpara alguna al fondo. Abajo retumbó una puerta, risas lejanas jóvenes, felices, ajenos.
Treinta y un años. Estudio de alquiler. Libros apilados. ¿Y tú? ¿Nadie? Lo último acabó año y medio atrás. Almudena dejó de buscar sin darse cuenta. Volvió un día al trabajo, se sentó en su cocina, y advirtió que estaba bien sola. O bien no pero acostumbrada. La costumbre sustituye la felicidad si no se piensa mucho.
Volvió a la maleta, fue ordenando cuidadosamente lo ajeno. Y entonces recordó.
La carta.
Aquella que había empezado en el avión, aburrida por el retraso de dos horas. Papel y bolígrafo, sólo para distraer los dedos. No un diario, ni una nota. Una tontería que una adulta no escribe. Querido desconocido, sueño con encontrar a alguien… No la terminó. Guardó la hoja en el bolsillo de la maleta y se olvidó.
Y esa hoja… está ahora en su maleta. La maleta que tiene otro, ese hombre del cuaderno.
Almudena se dejó caer sobre la cama. Le ardían las mejillas.
***
Por la mañana, llamó de nuevo al aeropuerto.
¿Servicio de objetos perdidos, le atiende Eugenia? la voz sonaba cansada y, de fondo, se oía crujir algo, tal vez una rosquilla.
Llamé ayer. Vuelo MadridMálaga, etiqueta…
Un momento… Sí. Estamos gestionando su solicitud. Le llamaremos.
¿Cuándo?
Por orden de entrada. De tres a diez días laborables.
¿Diez?
De trabajo, pero puede ser antes. Esté pendiente.
Colgó y miró la maleta ajena. Necesitaba ropa. El congreso empezaba en dos días. Su único vestido decente, portátil con ponencia, zapatos… todos en paradero incierto, en manos de un desconocido.
Salió a la ciudad. Un centro comercial a quince minutos andando. Compró pantalón, blusa, ropa interior, un cargador. En caja la dependienta preguntó:
¿Le han perdido una maleta?
Más bien la cambiaron.
En Málaga pasa mucho. Todas las maletas aquí son iguales. Grises.
Almudena asintió. No era la única. Y eso la consolaba algo.
Compró un cepillo de dientes en la farmacia, luego un café rápido de pie, porque todas las mesas estaban llenas de parejas. Al volver, llamó a su madre.
¿Has llegado bien? ¿Y el tiempo?
Está lloviendo.
¿Llevas paraguas?
He perdido la maleta.
¿Qué dices? ¿Te la han robado?
Me la cambiaron en el aeropuerto. Se han llevado la mía y dejaron otra.
Su madre guardó silencio. Luego dijo:
Así que alguien pasea tus cosas. Me intriga qué pensará de tus libros.
Mamá…
Es verdad. Siempre viajas con media biblioteca.
No explicó lo del diario de árboles ni la caligrafía inclinada. Ni la entrada de León. Solo dijo: Todo saldrá bien, mamá. Y colgó.
Después abrió de nuevo la maleta.
No buscaba la libreta. Buscaba una pista un nombre, un contacto, lo que fuera. En un bolsillo lateral, halló una tarjeta:
T. Rodríguez Bascuñana. Diseño paisajístico. Proyectos, asesoramiento, jardines.
Y un teléfono.
Almudena escribió al número por el chat:
Hola. Creo que hemos intercambiado maletas en el aeropuerto de Málaga. Bajo el nombre de T. Rodríguez. Dentro está su libreta, encontré esta tarjeta.
La respuesta llegó en nueve minutos.
Hola. Acabo de abrir su maleta. Tampoco es mía: libros, cuaderno, vestido. Estoy en Málaga también. ¿Podemos vernos para el cambio?
Almudena repitió el mensaje mentalmente. Libros. Cuaderno. Vestido. La conocía.
Claro. ¿Cuándo y dónde?
Café Faro, en el paseo marítimo. ¿Mañana a las diez? Llevaré su maleta.
Perfecto. Allí estaré.
Dejó el móvil. Luego lo tomó y releyó: Libros, cuaderno, vestido. Él también había abierto la suya. Seguramente vio su cuaderno de ideas. Quizás vio la foto de su madre enmarcada, que nunca llevaba en el móvil. Puede que leyera la carta.
Almudena cerró los ojos. Se imaginó a ese hombre, sentado en su hotel o en una terraza, en un café con la carta en la mano. Papel cuadriculado, letra apurada, las palabras que no pensó compartir jamás.
Abrió los ojos. Tomó la libreta y volvió a leer la entrada de León.
Ya no creo que encuentre…
Y ella, en su carta: querido desconocido, sueño con encontrar. Y esa hoja, ahora, en manos de quien dibuja raíces, que desea ser entendido.
Coincidencia. Absurda, imposible, de maletas idénticas y grises.
¿O no?
Se sentó ante la mesa. Abrió la libreta en la última página. Tras León había unas más.
Valladolid. Primavera. El balcón se ha convertido en selva. Ciento catorce macetas, lo he contado. Lucía diría: estás loco. Pero Lucía no está. Nadie puede quejarse. Sólo Ficus. Y Ficus no responde. El mejor confidente.
Y la última:
Vuelo a Málaga. Jardín Botánico. Quiero ver el árbol del tulipán. Dicen que tiene más de cien años. Vacaciones. Las primeras en dos años sin obligación de trabajo. Viajar porque sí. Da vértigo.
Cerró la libreta. La guardó. Cerró la cremallera.
Él viajaba porque sí en busca de un árbol. Ella, por el congreso de vegetación urbana. Él dibujaba plantas de ciudades ajenas. Ella escribía sobre cómo devolver el verde a la propia ciudad. En el cruce de esos motivos, dos maletas grises cambiaron de manos.
Almudena tardó en dormirse. Pensaba qué absurda es la vida. Vives, trabajas, viajas, llenas maletas, cierras cremalleras. Y un accidente mínimo, ridículo te enfrenta a la vida ajena como no lo haría un año de amistad.
***
El Café Faro daba al mar, entre palmeras y una farola torcida. Paredes de cristal, mesas de madera, aroma a pan recién horneado y canela. Una camarera con mandil de nudos marineros colocaba tazas.
Almudena llegó veinte minutos antes, incapaz de quedarse quieta. Eligió mesa cerca del ventanal, aparcó la maleta y pidió té. Las manos le temblaban un poco. Tonto. Solo era devolver objetos. Intercambio de equipaje. Nada más.
Pero no era sólo eso. Allí estaba toda una libreta leída, un desconocido convertido casi en conocido.
Le reconoció al verlo entrar.
El hombre llegó puntual con la maleta gris gemela. Alto, cazadora verde oscura idéntica al jersey del equipaje. En la nariz y los pómulos, una marca de sol tres tonos más oscura: signo de gafas, usadas a diario. Miró alrededor, vio la maleta. Se acercó.
¿Almudena? voz tranquila, con una micro pausa.
Sí. ¿Tomás?
Él asintió y se sentó delante. Colocó la maleta junto a la suya, mellizas.
Es raro dijo él. Miré la etiqueta y todo.
Yo también.
Supongo que mezclarían etiquetas. O ambos estábamos despistados.
O las maletas se pusieron de acuerdo.
Él sonrió. No abiertamente, pero cálido. Ella pensó: sonríe como escribe.
Te debo una disculpa, dijo Tomás.
¿Por qué?
Abrí tu maleta, pensando que era la mía. Al ver los libros, lo supe.
Yo también la abrí. No lo supe enseguida.
Pausa. Él daba vueltas a una cucharilla. Manos grandes, tierra bajo las uñas, no mugre, sino hábito.
Leí tu cuaderno musitó. Notas de artículos. Sobre las plazas, sobre revegetación. Me dio muchísima curiosidad profesional y luego, no sólo eso.
Yo leí tu diario dijo Almudena.
Él alzó la vista.
¿Todo?
Sí.
Silencio. Tras el ventanal, las olas besaban el paseo y se retiraban. Un niño lanzaba pan a las gaviotas.
Entonces sabes sobre Granada dijo Tomás.
Sobre Barcelona y el olivo enano.
San Sebastián.
El castaño de la lealtad.
Bajó la vista.
León.
Almudena asintió. No hizo falta más. Él comprendió.
Sabes de mí cosas que nunca cuento dijo él.
Y tú de mí.
Sacó del bolsillo una hoja doblada. Almudena la reconoció: cuadriculada, con la esquina doblada. Aquella.
La encontré en tu maleta dijo. La leí. No debía. Pero la leí.
Almudena miraba el papel. Sus mejillas de nuevo ardieron.
Fue una tontería susurró. La escribí por aburrimiento en el avión.
Querido desconocido Tomás recitó de memoria “, sueño con encontrar alguien con quien se pueda estar en silencio. No porque no haya nada que decir, sino porque no hace falta hablar. Me cansa explicar quién soy. Elegir palabras. Quisiera que alguien mirara mi estantería y me entendiera. Quiero que alguien…”
Basta interrumpió ella en voz baja.
Ahí se corta añadió él. Quiero que alguien… y ya no hay más. No terminaste.
No supe cómo seguir.
Yo sí dijo Tomás. Habría escrito lo mismo, solo que de árboles en vez de libros.
Almudena lo miró: el trazo de sol en la nariz, las manos con tierra, los ojos tranquilos.
Sabes sobre mi madre dijo ella.
La foto enmarcada. Muy guapa. Os parecéis.
Sabes a qué me dedico.
Las notas sobre jardines vecinales. Soy paisajista. Me interesó por trabajo luego, por otras razones.
Sabes que estoy sola.
Sé que viajabas con un solo vestido. Que llevabas cinco libros para cuatro días. Que llevas tu foto de familia en la maleta porque la prefieres en papel. Que escribes a mano aunque vives pegada a un portátil. Que dirigiste una carta a un desconocido que creías imposible.
Ella guardó silencio.
Yo dibujo árboles en cuadernos, me divorcié hace dos años y crío ciento catorce plantas en un balcón porque no sé hablar con la gente para que se queden. Eso también lo sabes.
Lo sé.
Hemos leído al otro sin quererlo. Ahora nos vemos sabiendo más de lo que sabíamos de casi nadie. Como si hubiéramos saltado las primeras citas.
Almudena rió, breve, espontánea. Tomás también sonrió esta vez abiertamente.
Te conozco mejor de lo que planeé añadió él. Y tú a mí. Quizá sea injusto, o quizá el comienzo más honesto que he tenido.
Porque no elegimos qué enseñar.
Eso es. La maleta es el resumen de la vida. No se prepara para impresionar. Llevas lo que necesitas y eso dice quién eres más que cualquier presentación.
Ella miró las dos maletas, juntas. Grises, iguales, con su arañazo.
¿Quieres que paseemos? preguntó Tomás. Justo aquí cerca está el Jardín Botánico. Vine por ver el árbol del tulipán.
Lo sé sonrió Almudena. Lo escribiste en tu diario.
Tomás asintió. Apuró su café. Se levantó.
¿Dejamos aquí las maletas? dijo ella, señalando las sillas.
Que charlen. Tienen historias que contarse.
Salieron del café. La lluvia había cesado esa mañana, el paseo marítimo brillaba como recién fregado. Las palmeras enhiestas, ni una hoja moviéndose, y Almudena recordó el castaño de la lealtad: esperar de pie.
Cuéntame algo que no esté en tu diario pidió ella.
Les tengo miedo a las palomas respondió él, muy serio.
¿En serio?
Una me cayó en la cabeza, de niño. Desde entonces, cruzo la acera.
Almudena rió súbitamente. Él la miró y también sonrió.
¿Y tú?
Les hablo a los libros. En voz alta. Cuando no estoy de acuerdo con el escritor le discuto.
¿Y quién gana?
Casi siempre el autor. Pero sigo insistiendo.
Caminaban sin prisa y Almudena pensó que era raro pasear junto a una persona a quien conoces sólo por la letra, por trozos de vida y árboles, y verla ahora de verdad. Como si hubieras leído un libro, y ahora ves al autor.
Escribiste que ya no creías encontrar a alguien le dijo. León.
Me acuerdo.
Has encontrado mi maleta.
Y tú la mía.
Guardaron silencio. Pero no era incómodo: era de ese silencio donde todo se entiende.
El Jardín Botánico aparecía al girar la esquina: verja de hierro negro y copas de árboles sobresaliendo sobre los tejados.
El del tulipán es aquel señaló Tomás. Tronco como columna. Ciento veinte años. Sobrevivió a dos guerras y varias crisis.
Y sigue en pie.
Y florece en mayo.
Sacó su cuaderno no el grande de la maleta, uno pequeño de bolsillo y lápiz. Empezó a dibujar.
Almudena lo observó: la mano se movía rápida, segura. Tronco, ramas, contorno de las hojas. El sol rayaba sus mejillas doradas.
¿Puedo preguntar algo?
Adelante.
¿Cuando leíste mi carta, qué pensaste?
Él no levantó la vista del papel.
Que querría saber cómo terminaba.
Pero te dije que no sabía qué decir.
Quizá ahora sí sepas.
Almudena no contestó. Pero tampoco se apartó. El sol jugaba entre las hojas, dejando motas como pecas en su cara.
Estuvieron tres horas en el parque. Pasearon por los senderos, se detenían bajo cada árbol. Tomás explicaba no como guía, como un amigo de los árboles que los presentaba a su invitada. Él dibujaba; Almudena le hablaba de su trabajo: de patios convertidos en junglas, del alcalde que ponía trabas, de un anciano que plantó veintitrés manzanos en la calle y peleaba con la comunidad para salvarlos.
¿Veintitrés manzanos?
Cada uno con nombre de mujer. Decía que le hacían más compañía que los vecinos.
Le entiendo rió Tomás. Mi ficus se llama Arcadio. Cinco años conmigo. El único que sobrevivió al divorcio.
¿Arcadio?
Tiene cara de Arcadio. Un poco torcido, pero noble.
Almudena soltó una carcajada. Se dio cuenta de que hacía un año no charlaba así con nadie. Sin estar a la defensiva, sin esfuerzo por quedar bien. Sólo dos que hablan sobre árboles con nombre propio.
En el banco bajo el árbol del tulipán quedaron medio metro en blanco entre los dos. Nadie acortó la distancia.
Tienes congreso mañana dijo él.
Sí. Mi ponencia es a mediodía.
¿Sobre qué?
Sobre la influencia del verde en el bienestar psicológico. Es un tostón.
Para algunos. Para mí no.
Ella le miró.
¿Te animas a venir?
¿A un acto científico aburrido sobre árboles?
He pasado la vida en conferencias sobre árboles. Es mi especialidad.
Los dos rieron. Era justo: sin pretensiones.
Volvían despacio. Él contaba historias de Valladolid el balcón jungla, la vecina que riega sus plantas y luego se queda a charlar. De cómo, tras el divorcio, no salió meses de casa, hasta que compró un vuelo barato a Granada.
¿Y empezaste a dibujar?
Siempre dibujé. Pero en Granada empecé a escribir. Antes sólo líneas. Allí lo necesitaba todo: palabras.
Almudena asintió. Conocía esa urgencia de poner palabras cuando ya no bastan los trazos.
Al llegar al café, recogieron sus maletas. Al fin, cada una en su sitio.
***
Esa noche, en el hotel, Almudena tomó té ya frío junto a su maleta recuperada. Todo estaba en orden: portátil, cargador, foto de su madre, libros, cuaderno, vestido. Solo faltaba la carta.
En la silla, un dibujo.
Tomás lo había entregado antes de despedirse. Hoja arrancada de su cuaderno, impecable. Dibujaba un árbol, imaginario: copa desbordante, raíces gruesas extendidas como brazos.
¿Qué es?
Un árbol inventado para ciudades sin naturaleza dijo Tomás. No existe. Pero tú diseñas ciudades. Puedes plantarlo.
Se marchó. No miró atrás, aunque pareció dudar un segundo en la esquina.
Almudena se quedó con el dibujo y pensó que tal vez la persona con la que se puede guardar silencio es con quien ese silencio dice más que cualquier frase. Aquel hombre se había ido, con su carta aún en el bolsillo.
Sacó el móvil.
Gracias por el árbol. Lo plantaré.
Un minuto después, la respuesta.
Te lo digo en serio. Si diseño un jardín para tu barrio, ¿me lo revisas como experta?
Por supuesto.
Entonces mándame tu dirección en Madrid. Yo aún mando planos en papel.
Almudena sonrió. Tecleó su dirección. Añadió:
Mi buzón es pequeño. Los planos grandes tendrás que traerlos tú mismo.
La contestación fue instantánea.
Tomaré nota.
Apagó el móvil. Tras el tabique, voces de telediario. Una noche cualquiera. Pero ya distinta.
Almudena sonreía. Sin querer, de puro insólito. Y la causa era tan absurda que ni podría explicarla a su madre: Me cambiaron la maleta y conocí a alguien. Parece un mal guion.
Abrió la maleta, del bolsillo lateral sacó un folio limpio y un bolígrafo el bolsillo de la carta no devuelta.
Almudena se sentó. Escribió:
Querido desconocido, sueño con encontrar a alguien con quien se pueda guardar silencio. No porque no haya nada que decir, sino porque todo está entendido. Me cansa explicar qué soy, buscar palabras. Quisiera que alguien mirase mis libros y simplemente supiera. Quisiera que alguien…
Se detuvo. Miró el dibujo del árbol, colgado con una chincheta.
Y añadió, despacio, una sola palabra.
Tomás.
Dobló la hoja y la guardó, redondeando el círculo.
Afuera, el mar murmuraba. Málaga olía a tierra mojada y a una primavera que aún no arrancaba pero ya prometía. La lluvia, al fin, había cesado. El cielo, entre nubes y agua, mostraba una franja rosa sobre el horizonte.
Apagó la luz. Mañana su ponencia. Estaría en el estrado, con un vestido que había vivido en otra maleta, hablando de ciudades verdes. Y quizá, en la tercera fila, estaría el hombre que dibuja árboles para lugares donde no hay ninguno.
Pasado: paseo. Él le había prometido mostrarle la avenida de cipreses al otro lado de la ciudad. Decía que crecían tan juntos que las copas trenzaban un túnel verde. Te gustará como experta, le había escrito, y también porque sí.
Luego, Madrid. Luego, Valladolid. Cada cual su ciudad, su destino. Pero ahora entre ambas había un plano en papel, viajando por correo, una dirección compartida, y una carta completada.
La maleta descansaba junto a la pared: gris, con la misma cicatriz en la esquina. Ya igual que la de anoche, y sin embargo, todo distinto a su alrededor.
El equipaje, al fin, estaba en casa.






