Habla conmigo, Churro
No tengas miedo, Churro. Tranquilo. Solo están gritando un poco más y ya se calmarán… creo…
Claudia apretó aún más fuerte contra su pecho a su inseparable amigo y cerró los ojos. No debía tener miedo. Total, ya era mayor. Eso le decía la abuela Carmen. Si ya tenía cinco años, entonces era grande. Para todos era la mayor. Hasta dejó de llorar cuando le ponen las vacunas. ¡Qué vergüenza! Pero con Churro, solo con él, podía seguir siendo pequeñita. Churro la había visto de todas las maneras. Lo recibió de su madre cuando nació: un oso de peluche un tanto torpe, con una patita más corta, pero su mejor amigo. A él le podía contar cualquier cosa. Y él jamás huiría, como hacía Lucía, su mejor amiga, para contarle luego todo a la profesora. Churro se limitaba a mirarla con sus ojos redondos y guardaba silencio. Pero Claudia sentía que Churro lo comprendía todo. Y cuando el miedo la empujaba, como ahora, era él quien la calmaba. Suave, cálido, familiar. Los papás también eran familia, claro, pero cuando gritaban así, se volvían duros, llenos de pinchos, como los rosales con enormes espinas de los cuentos. Nadie podía acercarse, y por mucho que gritaran, nadie se oía de verdad.
Claudia no lograba entender por qué discutían sus padres. Eran adultos, ¿no? ¿Qué podían reprocharse? Si eran adultos, deberían hablar, buscar ¿qué palabra era? No la recordaba, pero seguro que era idioma. Así lo decía la abuela Carmen. O quizás no eran simples rabietas de niños, sino enfados de verdad, de adultos. Esos enfados grandes que todavía no conocía, pero que seguro que eran espantosos. Si hasta los pequeños hacían daño, ¡imposible imaginar los grandes! Después de pelearse con Lucía, a veces ni quería helado, solo llorar. Así que los enfados de mayores debían de ser mucho peores.
Abrió los ojos y prestó oído. Silencio. Eso significaba que mamá estaría llorando en el baño y papá, enfadado, en la cocina. Le tocaba a ella. Se levantó del suelo junto al cabecero de la cama donde se había refugiado y suspiró. Su habitación era preciosa. Mamá había tardado en elegir el papel, siempre preguntándole qué colores le gustaban más. Había una cama blanca con una colcha rosa, un armario donde cabía toda su ropa, estanterías llenas de juguetes hasta que a veces ni recordaba cuáles tenía. Allí se sentía a salvo. Casi en paz, cuando por fin llegaba el silencio. Churro la miraba, y Claudia sollozó:
Ya lo sé, ya lo sé. Un momento. Tú espérame aquí.
Dejó cuidadosamente al osito sobre la almohada y salió. Primero, mamá; siempre era más difícil. La puerta del baño estaba cerrada, como de costumbre. Claudia golpeó suave:
¿Mamá?
¿Qué?
¿Puedo entrar contigo?
La puerta se abrió y allí estaba, sentada sobre el borde de la bañera, como siempre. El rímel corría por sus mejillas.
¿Te hace falta entrar al baño?
No. Quiero estar contigo. tomó aire Claudia y cruzó el umbral. Detestaba lo que venía ahora; mamá lloraría de nuevo, la abrazaría, le prometería que todo iría bien. Y ella también acabaría llorando, pero no porque se apenara por mamá, sino porque ya sabía que bien, bien, no volvería a estar. Siempre igual. Bien un par de días, y luego otra vez los pinchos, los gritos.
Claudia se frotó los ojos y miró a su madre.
¿Por qué?
¿Por qué qué, hija?
¿Por qué gritáis tanto? Si no os queréis, tal vez deberíais estar separados. Así lo dice la abuela Carmen. Cuando me enfadé con Lucía, ella lo dijo: si estás lejos, no hay peleas.
Marina se quedó paralizada, mirando a su hija. Jamás había hablado Claudia de lo que ocurría en casa. Marina creía que las discusiones pasaban de largo, que a Claudia aún no le llegaban. Que era pequeña y no entendía.
Claudia, ¿qué dices? Yo quiero a papá…
No es verdad, mamá.
¡Claudia!
Si le quisieras, no gritarías así. Ni discutirías. A mí no me gritas.
Marina se quedó muda. ¿Cómo explicar a una niña que las relaciones son complicadas? Que gritar no siempre es odiar O tal vez sí. Una pregunta tan sencilla: ¿por qué? ¿Cómo contestar?
Debes sentarte y pensar en tu comportamiento. ¡Eso! Claudia secó las lágrimas saladas del rostro de su madre con las manitas.
¿Eso también lo dice la abuela Carmen? Marina esbozó una sonrisa entre lágrimas.
Sí, y tiene razón. Yo me reconcilié con Lucía. Ahora casi no nos peleamos. Solo cuando ella le cuenta chismes a la señorita Amparo.
Te has hecho muy mayor Marina abrazó a la niña.
No, mamá, todavía soy pequeña. Si fuera mayor Claudia se apartó y susurró, no tendría tanto miedo.
¿A qué tienes miedo? Marina frunció el ceño.
A que la próxima vez que gritéis, os vayáis. Los dos.
¿Irnos dónde?
Donde hay silencio. No podéis quedaros donde todo está mal, ¿no? ¿A ti te va mal, verdad, mamá?
Me va mal Espera, ¿crees que te vamos a dejar sola? ¿Ese es tu miedo?
Sí Claudia empezó a llorar, y solo se quedará Churro. Y si se pierde otra vez, como en aquel taxi, ¿qué hago yo sola? Pregunté a la abuela Carmen y me dijo que es muy mayor para ser mi mamá.
Claudia cariño Para. Jamás te dejaré sola. ¡No podría! ¡Eres mi hija!
¿Y qué? Cuando gritáis, ¿os acordáis de mí?
Claro que sí De repente, Marina calló. Porque su hija tenía razón. No pensaba en nadie en esos momentos, solo el enfado, el dolor devorando por dentro. ¿Cuándo empezó su vida a convertirse en esto?
Con Raúl se conocieron en segundo de carrera. Marina corría por el pasillo, tarde para el examen, y atropelló a un chico larguirucho. Las gafas de él volaron en pedazos y solo pudo gritar ¡Perdón! mientras volaba al aula.
Aprobó con matrícula y al salir saltaba de alegría. El verano, las vacaciones, el ansiado mar. De repente, aquel chico medio ciego apareció, sonriendo:
¡Hola, AVE! ¿Hoy también te llevan las prisas?
Así empezó a llamarla: mi Trenecito. Sobre todo cuando se enfadaba.
Resoplas tan graciosa que no puedo ni cabrearme decía él.
Hasta las matronas se reían con él a grito pelado en el paritorio:
¡Nada de resoplar, Trenecito! ¡Ahora empuja!
¿Cuándo dejó de llamarla así? ¿Cuándo salieron los gritos? ¿En qué momento?
¿Mamá?
¿Qué, cielo?
¿Tan mal estáis juntos? ¿Estás enfadada?
Marina acariciaba un rizo de la niña, tan parecida a su padre. Deseó con toda el alma que heredara los rizos de Raúl, no los suyos.
Con que no herede mi pelo de tres puntas bromeaba.
¡No digas tonterías! Tienes pelo precioso.
Por el peluquero y el buen corte. Pero imagínala: tu melena y mis ojos, ¡los chicos irán detrás!
Y justo así fue: rubia con bucles y unos ojos claros como el Mediterráneo. Claudia sería guapísima de mayor, ya lo era. Marina se sorprendió sonriendo. Recordó las palabras de su madre: Elige bien al padre. Raúl era el padre perfecto. Excelente. Claudia era el centro de su mundo. ¡Ese era el problema! Claudia, no ella. Marina sintió un escalofrío. ¿Celos de su propia hija? Pero era cierto, dolía. Claudia tenía razón.
Recordó cómo Raúl llegaba a casa y la apartaba a ella con un beso rápido:
¿Dónde está mi princesa? ¡Toma chocolate, tu favorito!
Jugando con Claudia, luego el móvil, auriculares, y a su película favorita, ignorando a Marina mientras ella acostaba a la niña y recogía. En el coche, otra vez solo canciones para Claudia, ni caso a lo que decía ella. Luego preguntaba y tocaba repetirlo todo. Gritaba cuando Claudia enfermaba.
El primer grito fue dos años atrás. Claudia con cuarenta de fiebre, Marina sin dormir en toda la noche, luchando con termómetro y paños mojados, desesperada. Cuando le pudo el llanto, Raúl gritó:
¿De qué sirve llorar? ¿Mejorará así? Contrólate, ¡vaya madre estás hecha!
Marina dejó de llorar. No por consuelo, sino porque algo en su interior se rompió, y sintió un miedo profundo: Soy una mala madre. El mundo se volvió gris. Besó a Claudia en la frente sin notar que ya no ardía. Al final, Claudia se recuperó, y el episodio quedó atrás, pero aquel grito, ese sentimiento de inutilidad, Marina jamás lo pudo olvidar. ¿Enfado? Sí
Claudia la miraba esperando. Ahora tocaba el turno con papá.
Vuelvo en seguida.
Se soltó de su madre y salió del baño.
No llores más, ¿vale?
Marina no contestó. Volvía y volvía a repasar su vida con Raúl. ¿Realmente hubo tanto malo? ¿Y lo bueno, dónde quedó? Había, claro.
Recordó su mirada antes de casarse. Cómo tras sus gafas, los ojos se oscurecían al mirarla.
Me miras raro
¡Eres muy guapa! Solo no entiendo
¿El qué?
¿Por qué yo?
¿Por qué te elegí?
Sí.
¡Que tampoco estás tan mal tú! reía ella y le volvía la luz a los ojos.
Antes sabía qué decir. ¿Por qué ahora no?
Nació Claudia, dio sus primeros pasos, dijo su primera palabra, las primeras vacaciones juntos, la primera venta exitosa tras la baja de maternidad. Él, tan contento por ella, le hizo una tarta aunque no pisaba la cocina ni por casualidad. Imperfecta, empalagosa, a medio comer, pero sincera. Ella casi llorando de risa al tirarla.
Ya haré otra, no llores. ¡O la guardamos como en las bodas reales! bromeaba Raúl.
El piso recién comprado, sentados en el suelo, sin muebles, brindando y mirando cómo dormía Claudia en el colchón hinchable.
Habrá que tener otra niña decía Raúl, dejando la copa.
¿Otra?
¿Te piensas quedar solo con una?
No lo sé…
Pero como no hay para más habitaciones, de momento toca ahorrar.
El segundo hijo nunca llegó. Los médicos decían que estaba todo bien. Al principio le preocupaba, después se resignó. Si el destino quería Los problemas empezaron a crecer, enormes, como una bola de nieve. Las primeras discusiones, luego peores. Reproches tontos, palabras pesadas como plomo, llenándolo todo. Marina, si Claudia le hubiera contado lo de los pinchos, se habría sorprendido: exactamente así se sentía.
Se mojó la cara en el grifo. Ya basta. Bien, mal… uno puede pasarse la vida contando. Claudia tiene razón; si el resentimiento no se suelta, no hay nada que hacer. Hay que decidir: reconciliarse, o terminar. Se atrevió a imaginar a Raúl fuera de su vida, separada de Claudia. Tembló.
Claudia cruzó el pasillo, entró en la cocina. Papá estaba de espaldas a la ventana.
¿Papá?
¡Claudita! ¿Por qué no duermes?
Aún es pronto la niña subió a su regazo. Habéis estado discutiendo…
Perdóname.
¿Por qué?
¿Discutir?
Sí.
No lo sé. Así pasó.
¿Tú también te enfadas con mamá? Claudia lo miraba seria. Tenía que habérselo dicho antes. Tonta de ella, solo abrazada a Churro, sin hacer nada. Cuando discutió con Lucía, la señorita Amparo las sentó y les pidió que contasen toda la verdad. Luego les preguntó si estaban mejor siendo enemigas.
¿Mamá te dijo que estaba enfadada?
No. Lo sé.
¿Cómo?
Cuando os queréis, tú la abrazas y ella sonríe. Cuando os enfadáis, gritáis. ¿Sí?
Raúl apartó levemente a su hija.
Te has hecho tan mayor
Eso mismo ha dicho mamá.
¿Y qué más?
Que te quiere. Y a mí.
Raúl notó cómo se le caía el gesto serio, sus ojos se aclaraban, y Claudia, satisfecha, bajó de sus rodillas.
Voy con Churro, que tiene miedo de estar solo.
Claro, hija.
Raúl se quedó pensativo. ¿Cuándo empezaron los gritos con Marina? No lograba recordarlo. Primero Claudia, luego el distanciamiento… mucha responsabilidad, rutina… Marina era toda ternura, como un sol de primavera. Ahora, ya no. Todo era irritación, reproches. Sentía que todo lo hacía mal. Ya no había sonrisa, ella solo apretaba los labios. Evitaba el contacto, se refugiaba con Claudia. Era consciente de que no era justo, pero no podía parar. Vio que ella también le guardaba rencor, intentó arreglarlo, pero nada funcionó. Recordaba la primera vez que perdió los nervios cuando Claudia estaba enferma, su propio asco después de gritar. Quiso disculparse, la mirada de Marina le hizo ver que ya era tarde. Las palabras, como piedras, construyeron una muralla. Raúl se culpaba, y se alejó aún más. Claudia sanó, pero la relación no. Era como vivir con una vecina. Solo les unía Claudia. Nos une solo Claudia. Si no estuviera
Recordó cómo Marina se endureció por dentro ese día, ya no discutían realmente, solo cubrían el expediente. Él intentaba buscar a su antiguo amor, pero ¿estaría aún allí?
Suspiró. El silencio de la casa. El agua dejó de sonar en el baño: Marina estaría acostando a Claudia. Se asomó a la ventana: mil luces se encendían y apagaban en las casas frente a la de ellos. Tras cada ventana, otra vida. ¿Cómo sería la suya, si Marina se iba con Claudia? Vacío, absurdo. Toda su vida estaba en esas miradas verdes, queridas. Recordó lo que su madre le decía cuando tenía quince años y quería entender a las chicas:
Asume la responsabilidad, eso valorará cualquier mujer.
¿Cómo?
Aunque creas que es ella la culpable, piensa qué hiciste tú para que se apartara de ti. En las parejas, la culpa casi siempre es de los dos, pero el hombre tiene más.
¿Por qué?
Porque la mujer suele ser quien sigue, no quien guía. Si le das seguridad y calor, será feliz y tú también. Recuerda, no es de hierro ni una bestia de carga.
¿Y eso?
Muchos creen que, como no se queja, todo va bien. No es verdad. Si no ayudas, tendrás problemas. Y si la tratas como antes de casarte, no habrá nadie mejor que tú.
Eso antes del matrimonio, claro
Pues sí. Antes de la boda, es lo mejor que tienes. Luego te acostumbras y ya ni la ves, pero ella recuerda todo.
Aún me interesa más entenderlas antesreía Raúl.
Cada una será la esposa de alguien, hijo. Ahora no lo entiendes. Después, me darás las gracias.
Raúl se frotó la cara y susurró: Gracias, mamá…
Aún permaneció de pie, después abrió la nevera.
A Claudia se le hacía imposible dormir. Agarraba una mano de Churro y con la otra rodeaba el cuello de mamá, ya dormida. El rostro de Marina, cansado y triste. Claudia acarició la arruga entre las cejas de su madre. Antes no estaba ahí. Marina suspiró entre sueños y la frente se relajó. Claudia la abrazó más fuerte y cerró los ojos. Ojalá mañana, pensó, sea de verdad un día bueno. Muchas veces había oído esa frase, pero de verdad, pocos lo eran. Cerró los ojos y pidió un deseo.
Evidentemente, Marina no oyó el despertador, que estaba en el dormitorio. Saltó de la cama, miró el pequeño reloj-gato de Claudia y bufó: Ya iban tarde a la escuela infantil. Bueno, nada urgente en el trabajo hoy. Sonidos en la cocina, una cucharilla chocando con una taza. ¿Raúl aún en casa? Qué raro. Se levantó, procurando no despertar a Claudia, y fue al baño. Se lavaba, escuchando: a ver si Raúl se iba antes y así podía evitar las conversaciones incómodas, dejarlo para la tarde. Pero no hubo suerte. Al llegar a la cocina, él estaba allí, junto a la cafetera eléctrica.
Buenos días… le saludó. Tenía los ojos enrojecidos, ojeras profundas, claramente sin dormir.
Iba a responder, pero se quedó de piedra. Sobre la mesa, una tarta con rosas de crema. Torpe, casera, suya. ¿Para qué? Si la había hecho Raúl, seguro pasó la noche entera. Hasta había encontrado los accesorios para decorar que llevaba un mes buscando.
Marina alzó la vista, confundida. Raúl se le acercó.
Perdóname. Por todo, Marina. No he sido un buen marido. Soy responsable, por no cuidar de ti, por acusarte Eres lo mejor que me ha pasado. Tú y Claudia. Sin ti ni habría habido a ella. Sé que ya no todo puede arreglarse, pero ¿lo pensarías al menos?
Marina clavó la mirada en él, intentando entender, y luego le tapó los labios con la mano.
Aquí no hay inocentes. Perdóname también. Tengo que pensar. Seriamente y en muchas cosas…
¿Tardarás mucho?
Unos siete meses.
Raúl la miró, sin comprender. Ella sonrió traviesa.
¿Por qué me miras así? Sí, lo has entendido.
Él intentaba procesar lo escuchado cuando la puerta se abrió y Claudia asomó, aprisionando a Churro y restregándose los ojos.
¿Ya os habéis reconciliado?
Raúl y Marina se miraron y sonrieron.
¿Y esa tarta? ¿Se puede desayunar?
Hoy, todo vale Raúl abrazó a Marina y le susurró. Te quiero. Dame otra oportunidad.
Tú a mí también le contestó ella, y luego a Claudia. Pero si no te lavas la cara, nada de tarta.
¡Ya voy! Claudia sentó a Churro en la silla y ordenó. Dos trozos, para mí y para Churro.
Los ositos no comen tarta.
Para eso estoy yo, le ayudo.
Años después, Marina paseaba por El Retiro empujando el carrito y corriendo para recoger a la hermana mayor. El pequeño Hugo se despertó pronto y soltó un quejido suave. Marina se inclinó, pero unos brazos familiares la rodearon:
Déjame, yo me encargo Raúl alzó al niño y le sonrió. Os esperamos aquí.
Marina sonrió y entró a la escuela. Al día siguiente, Claudia tenía vacaciones; maletas hechas, billetes a Cádiz comprados. Hugo vería el mar por primera vez. Marina recordó los últimos tres años: todos los intentos, el tiempo fuera, los dos meses viviendo con Claudia en casa de sus padres. La reconciliación, en parte gracias a Carmen, su suegra. Luego la marcha de la abuela, tiempos complicados. El nacimiento de Hugo, sus primeros pasos, dientes, palabra… Marina recordó que la primera palabra no fue mamá, sino papá.
Así se hace, hijo. ¡Papá!
Claudia, en su primer día de colegio, tan seria y asustada, casi se pone del color de sus lazos, pero se rehízo y entró sin mirar atrás, valiente.
¡Mamá!
Claudia, cariño Marina la abrazó. ¿Cómo ha ido?
Mejor que nadie. La señora Carmen dice que solo somos perfectas Lucía y yo.
Muy bien. ¿Y papá? ¿Y Hugo?
En el parque, nos esperan.
¿Y Churro?
¡Sin él, nada! rió Marina. Está en el carrito.
Claudia suspiró aliviada. Había dado a Hugo su juguete más querido. Porque con quienes uno quiere, se comparten las cosas buenas. Pero lo echaba de menos. Solo a mamá le podía contar la verdad.
Mirando a sus padres, llevando el carrito mientras discutían animados, Claudia se inclinó y susurró a su oso:
¿Y tú, Churro, crees que ahora todo irá bien?
Churro la miró con sus ojos redondos y guardó silencio. Pero Claudia, por alguna razón, creyó haber escuchado la respuesta.






