Arréglatelas como puedas
Rafael, el coche se ha parado. Justo en la Gran Vía. El móvil se me está quedando sin batería, te llamo desde otro.
Sostenía el teléfono fijo con ambas manos, los dedos rígidos bajo unos guantes finos de piel que ya no le daban el calor que antes. La ventisca barría la acera, llenaba los escaparates de nieve y le cegaba la mirada. Olalla estaba junto a la entrada de un salón de belleza, bajo la mirada de la dueña que, al salir un momento a fumar, al verla con aquel abrigo caro y el gesto perdido, le había alargado el teléfono en silencio.
Rafael, ¿me oyes?
Te oigo. La voz de su marido era tan plana y distante como si dictara una nota a su secretaria. Sin emoción. Estoy en una reunión.
Vale, pero necesito ayuda. Un grúa, o dime al menos a quién puedo llamar. No tengo batería y no encuentro el número.
Una pausa. Tres segundos, no más. Pero en esos segundos estaba todo: la cara de él mirando a otro lado, la mueca, el cálculo mental de excusas para cortar cuanto antes.
Olalla, no puedo ahora. Arréglatelas como puedas. Ya eres mayor.
Tonos de llamada.
Ella sostuvo el auricular un instante y luego lo bajó. La dueña del salón seguía allí, mirando hacia la tormenta, con una bata azul sobre el jersey y el pitillo aún sin encender.
Gracias le dijo Olalla, devolviendo el teléfono.
¿Has conseguido hablar?
Sí.
Salió de nuevo al frío. La nieve se coló por el cuello, las mangas, en el hueco entre bufanda y oreja. El abrigo era bueno, de pura lana, forro cortaviento, pero la ventisca no entendía de prendas selectas. Olalla se quedó quieta, pensando. El coche estaba a dos manzanas, bloqueado. No había llamado a la grúa. El móvil, muerto. Caminar hasta casa eran cuarenta minutos, y eso con buen tiempo. Parada de bus, justo a la vuelta.
Se encaminó hacia allí.
Algo dentro se tensó y se acalló. No era enfado ni rabia, solo esa callada y vieja certeza de que no podía contar con nadie. Aquello lo conocía bien. No era cuestión de ayer ni de hace un año; iba creciendo en su vida despacio, como la cal en el fondo del hervidor, capa a capa, hasta un día notar que el sabor del agua ya no era el mismo.
Nueve años llevaba casada con Rafael. Los primeros fueron otra cosa. Después llegaron su carrera, sus proyectos, sus viajes. Luego la costumbre de callar durante la cena. Luego dejaron de cenar juntos; cada uno picoteaba algo frente a la nevera, en horarios diferentes. Olalla trabajaba en su propio estudio de arquitectura, hacía reformas, a veces iba a obras. Tenía su propio dinero. Eso, Rafael lo mencionaba como la virtud principal de su esposa: Eres independiente, repetía. Independiente. Arréglatelas sola.
La marquesina era pequeña, pero suficiente amparo. Olalla se acomodó en un rincón, lejos del vendaval. Solo había dos estudiantes con mochilas, un anciano con zamarra de lana y una mujer con un carrito rebosante.
Olalla miraba la calzada. La nieve caía en horizontal. El farol de la parada se balanceaba, recortando sombras sobre el pavimento. Detrás de la cortina blanca se oían claxonazos a lo lejos.
Fue entonces cuando la vio.
Primero distinguió el abrigo de piel. No a la mujer, sino el abrigo. Lo conocía de memoria: media pierna, ligeramente evasé, cuello tipo mao con tres botones de madera oscura, y ese pelo peculiar, entre castaño y cobrizo, denso pero ligero, como tela viva. Era de una peletería madrileña, Pieles del Norte, hecha a medida, nunca expuesta en escaparate.
Rafael se lo regaló año y medio atrás.
Fue tras una bronca seria, portazos incluidos. Olalla ya pensaba que era el final. Pero él apareció con una caja enorme, atada con cinta burdeos. No supo regalar, ni mirar mientras ella abría el papel. Se quedó aparte, de espaldas, pero el abrigo era precioso. Bien hecho, cálido, cosido con amor a su futura dueña. Olalla se lo puso en el recibidor y por un momento sintió calor por dentro. Pensó: aún le importo, aún queda algo bajo esos silencios.
La abrigó desapareció medio año después. En un descuido, desde el coche, aparcado cerca del centro comercial. En el bolso, junto con llaves, cartera y móvil de repuesto. Diez minutos. Al volver, ni rastro. Sin forzar cristal, solo una puerta mal cerrada.
Tendrías que haber cuidado tus cosas dijo Rafael, y ni una palabra más.
Ahora, allí estaba el mismo abrigo, bajo la marquesina y la ventisca de enero.
Sobre los hombros de una chica a la que Olalla nunca había visto.
Tenía menos de treinta, baja, firme. Rostro sencillo sin apenas maquillaje, mejillas rojas del frío. El pelo recogido bajo un gorro de lana, blanco con banda azul. Guantes de punto barato y botas muy trotadas. El abrigo, inconfundible.
Olalla la miró. Al principio no quiso creerse lo que veía. Abatida pensó que habría otros muy parecidos. Pero vio los tres botones de madera en el cuello; la tercera, cinco tonos más clara, porque una vez la piel se desgastó y la reemplazaron con otra partida. Ella lo recordaba cada mañana.
Allí estaba.
¿De dónde has sacado ese abrigo? soltó Olalla.
La joven se volvió con calma, sorprendida al oír su voz sin aviso.
¿Perdona?
El abrigo. Te pregunto de dónde lo has sacado.
Es mío.
No, dijo Olalla, más serena de lo esperado. Ese abrigo es mío. Me lo robaron hace un año. Te pido que me expliques cómo es que lo llevas puesto.
La joven la sostuvo la mirada. El anciano se apartó. Los estudiantes fingieron ignorar la escena.
Te equivocas afirmó ella, tranquila pero firme. Lo compré.
¿Dónde?
En El Rastro. Un puesto de segunda mano.
¿Y no te extrañó que una prenda así estuviera barata en una esquina?
Algo cruzó fugaz en el rostro de la chica. No miedo, sino el esfuerzo interior de quien debe contenerse.
Pagué lo que pedían. Una compra legal.
Legal, pero de objeto robado, respondió Olalla.
Quedaron cara a cara, la ventisca colándose desde el lateral. La muchacha sujetaba una bolsa de supermercado, de la que asomaba un gorro infantil de lana con pompón.
¿Tienes hijo? inquirió Olalla.
Sí.
¿Cuántos años?
Cinco. Está ahora en la guardería respondió, y tras una pausa. Mira, no vamos a discutir bajo este frío. Ahí hay una cafetería. Hablamos dentro. Si quieres llamar a la policía, adelante.
Olalla miró el cartel: La Tertulia. Qué palabra más precisa sobre aquello que la vida le había quitado.
Entraron.
El local era cálido, apenas ocho mesas, bancos de madera, y viejas macetas de geranios en la ventana. Olía a canela y a pan dulce. Una pareja mayor en una esquina, un hombre con portátil al fondo.
Se sentaron junto a la ventana. No se veía nada fuera, sólo una nube blanca y la luz del farol.
La joven se quitó el gorro. Tenía el pelo oscuro, ligeramente rizado. Las manos, bien visibles, eran toscas, agrietadas, de uñas rotas: manos de quien las usa de verdad, no ante un ordenador. Una camarera tomó nota. Olalla pidió café; la joven, té y una rosquilla.
El silencio pesaba. Al fin, Olalla preguntó:
¿Cómo te llamas?
Rebeca.
Yo, Olalla. Háblame del mercado.
Rebeca abrazó la taza caliente. Su tono era neutro, sin buscar compasión.
Llegué a Madrid en septiembre. Buscaba trabajo y alojamiento. Dinero, poco; sólo lo ahorrado de meses de limpiar pisos. Encontré empleo de auxiliar en el hospital, habitación decente y metí a mi hijo en la guardería. No fue fácil, pero lo conseguí.
¿Es Mikel?
Sí.
¿Y el padre?
Una mirada leve, seca.
Ya no estamos juntos.
Olalla asintió.
Y el abrigo.
Vi el puesto en noviembre en el Rastro, zona de segunda mano. Siempre paso de largo, ese día vi la prenda colgada ahí y quise tocarla. Era auténtica. Pedí precio. Trescientos euros. Sabía que era una ganga. Pero no pregunté más.
Sabías por qué estaba tan barato.
Sí. Rebeca la miró de frente. Lo entiendo. Pero no tenía abrigo para el invierno y en Madrid hace frío. Trabajaba de noche, el niño en la calle, todo el día con una cazadora fina. Y surgió esto. Lo tomé.
Olalla saboreaba el café, fuerte, bueno. La historia era corriente, pensó. Una madre sola, situación dura, trabajo precario y el instinto de arreglárselas.
¿De dónde eres?
De Ávila. Una ciudad pequeña. Tenía que irme.
Silencio.
Mikel conoció a su padre?
Este verano. Antes de irnos, había visto demasiadas cosas para un niño de cinco años. Yo no quería que pensara que eso era normal.
Se quedó ahí la conversación. En la cafetería, tras la tormenta de enero, nada parecía tan relevante.
Si el abrigo era tuyo y lo necesitas, te lo devuelvo dijo Rebeca. No tengo papeles; tampoco el vendedor. Si vamos a la policía, contaré la verdad.
¿Y qué te pones entonces?
Mi cazadora.
Pero no es de invierno.
No.
Olalla observó el abrigo sobre la silla, impecable, cuidado, tal vez mejor ahora que antes. El pelo, brillante, las tres botonaduras lustrosas.
Lo cuidas dijo.
Claro. Es lo mejor que tengo.
¿Cómo lo limpias?
Le compré un cepillo especial en el chino, barato. Lo guardo con bolsas de cedro para las polillas. Le tembló la voz apenas. Es la primera prenda buena que he tenido en mi vida.
¿Te sienta bien?
La pregunta salió sola. Rebeca no se sorprendió.
Sí. Es cálido, pero sobre todo me siento persona. Al llegar al hospital, la gente me mira diferente. No mejor ni peor. Como a una igual.
Olalla apartó la taza.
Te entiendo dijo. Y era cierto.
¿Tú, a qué te dedicas?
Arquitecta. En un estudio pequeño, somos cinco.
¿Te gusta?
Olalla dudó. Hacía mucho que no pensaba si disfrutaba con su trabajo, simplemente lo hacía. Pero asintió.
Sí, creo que sí.
Rebeca asintió.
Lo mío no es un sueño Limpiar salas en Cirugía no es fácil. Pero los compañeros son majos, y eso pesa mucho.
Sí, eso importa.
Fuera, crujió una chapa del toldo. Los tres clientes restantes empezaron a recoger.
Cuéntame de Mikel sugirió Olalla.
Se iluminó Rebeca, gesto fugaz y sincero.
Charlatán. Habla todo el rato. Las cuidadoras se quejan, pero a mí me tranquiliza: habla, no se encierra en sí mismo.
¿Antes callaba?
Sí, en Ávila estuvo meses sin hablar apenas. Se refugiaba en sus coches y pasaba relojadas mudo. Aquí suelta todo. Ayer me explicó por qué los perros mueven la cola y los gatos no. Tuve que mirarlo en internet.
¿Cuánto llevas aquí?
Cuatro meses.
Y todo ha cambiado.
Los niños se adaptan. Somos los adultos quienes nos atascamos.
Olalla lo pensó: cuatro meses atrás, en septiembre, estaba en la oficina, planificando una reforma para una pareja joven que quería tirar muros y reunir la cocina y el salón. El otoño había transcurrido sin incidentes: trabajo, cenas solitarias, charlas insulsas con Rafael sobre facturas y chapuzas pendientes. De vez en cuando algún evento de trabajo, donde Rafael socializaba mientras ella sonreía. Y ahora no recordaba la última vez que sonrió como lo hacía Rebeca hablando de su hijo.
Cuando te pusiste el abrigo por primera vez, ¿qué sentiste?
Rebeca la miró, seria.
Parece tonto, pero sentí que lo había conseguido. Me fui con mi hijo, sin nada. Cuatro meses, nueva ciudad, partiendo de cero, sola, y ahí estaba, con trabajo, casa, Mikel seguro, y este abrigo. Para mí no es sólo calor. Es señal de que no he caído. ¿Me entiendes?
Olalla la entendía.
Notaba un nudo interno, no por pena. Era reconocimiento. Palabras que golpeaban donde dolía, pero que había aprendido a ignorar.
Ella también llevó ese abrigo así, una vez.
Recordaba el día que lo estrenó de verdad. No el primer día, sino una mañana cualquiera, cuando se lo echó encima antes de salir, se vio en el espejo y sintió: no está todo perdido. Aún queda algo vivo entre Rafael y yo. Abrigo, no era sólo una prenda, era un signo.
Pero era un signo falso.
Dos semanas después, Rafael volvía a estar de viaje. Luego, reuniones, luego visitas y la vida igual que antes. El abrigo en el armario, todo lo demás igual. El regalo no fue un gesto de amor, sino de cierre: Aquí tienes esto, no pidas más.
Luego se lo robaron. Lloró una tarde, luego lo olvidó.
No, nunca lo olvidó; solo fingió que sí. Era más fácil así.
Rebeca, ¿tienes algo para llevar mañana al hospital?
La cazadora respondió.
¿De invierno?
No. Pero me apaño.
Olalla miró el abrigo sobre la silla. Hermoso, robusto, casi ajeno a todo lo que pasaba allí: solo tres botones de madera, la tercera más clara, igual que siempre.
Pensó; no mucho, menos de un minuto.
¿Para qué quería ese abrigo? Dio vueltas a la idea, como si revisara un plano. ¿Para qué lo necesitaba ahora? Sí, hacía frío, pero tenía buen abrigo. Y de todo. No era cuestión de necesidad.
¿Era por principio? ¿Estaba en su derecho? Sí, se lo habían robado, Rebeca lo había comprado casi a ciegas. Podía exigirlo, denunciar.
Pero.
Recordó la llamada a su marido. Las tres largas pausas, la voz marcial: Arréglatelas sola. Eres adulta.
Recordó haberse refugiado en un teléfono prestado, bajo la tormenta, sintiendo solo vacío.
La sonrisa de Rebeca, hablando de su hijo.
Su propio reflejo con el abrigo, el calor que creyó señal, pero que era solo buena piel, buenos botones de madera.
El calor no estaba en el abrigo.
Rebeca dijo, ya convencida, quédate el abrigo.
¿Perdón?
El abrigo. Es tuyo.
¿Hablas en serio?
Sí. Olalla apuró el café. No es por lástima. Sencillamente, lo necesitas tú, no yo. No es lo mismo.
Rebeca vaciló. Algo se movía bajo su rostro, lucha interna que intentaba disimular.
No puedo aceptar eso así.
Ya lo pagaste. Trescientos euros no es un regalo.
Es ridículo para lo que vale.
No lo es para quien tiene que reunirlos, de cero, en noviembre. No minusvalores tu esfuerzo.
¿Por qué? preguntó en voz baja.
Porque ese abrigo significaba algo para mí que resultó falso. Para ti, significa algo que te has ganado. No pesa igual. Déjalo donde pesa más.
Rebeca asintió, sincera.
Gracias dijo. Nada más.
Charlaron un rato más, ya sin apremio. Hablaron de cómo era trabajar en un servicio de cirugía y de cómo la luz y la distribución afectan el ánimo en el hospital. Rebeca se sorprendió de que existieran arquitectos pensando en eso, Olalla insistió en la importancia de esos detalles.
En la planta las ventanas son mínimas y el pasillo oscuro dijo Rebeca.
Eso es un error. La penumbra amarga.
Habría que cambiarlo todo.
Sí, pero nadie lo paga ni lo valora hasta que es tarde.
Fuera la ventisca no paraba. Habían pasado al menos una hora allí. Olalla, que siempre controlaba el reloj, no pensaba en la hora esta vez. Era extraño.
Tengo que recoger a Mikel, la guardería cierra en media hora.
Claro. ¿Te acompaño?
Ambas se levantaron. Rebeca se puso el abrigo, lentamente, y le miró desde el otro lado de la mesa.
¿Y tú? ¿El coche sigue ahí?
Sí, llamaré a la grúa desde tu móvil, ¿Puedo?
Por supuesto. Si me das prisa, llegaré.
Olalla hizo la gestión. Quedó en que la grúa llegaría en cuarenta minutos.
Salieron juntas al vendaval. La ventisca les recibía, Rebeca se caló el gorro, Olalla subió el cuello del abrigo.
¿A dónde vas?
Al coche. Por allí.
Yo, a la guardería. Que vaya bien.
Igual.
Caminaron, cada una su rumbo. Olalla miró atrás una vez: Rebeca, caminando resuelta, pegada al viento, el abrigo perfecto, oscuro con matices rojizos, el bajo moviéndose bien. Una buena prenda, con quien debía ir.
Olalla se dirigió al coche.
El viento le zumbaba en los oídos. Tenía frío. El abrigo abrigaba, pero no como la piel. Se le helaban algo las manos. Sensaciones concretas, sin metáfora. Simplemente, frío.
Pero por dentro, el silencio era nuevo. No agradable ni desagradable. Un silencio como después de apagar un ruido constante. Por fin sin aquello que molestaba sin saberlo.
El coche estaba donde lo había dejado. La grúa llegaría en cuarenta minutos. Olalla esperó de espaldas al viento y pensó en Rafael. No con rabia; eso sería más intenso de lo que sentía. Lo pensaba como quien repasa un trámite aplazado. Nueve años. Siete desde que dejó de ser otra cosa. Siete de convivencia profesional, de vidas en paralelo, de llamadas ignoradas, cenas ausentes.
¿Qué la retenía?
La costumbre. El miedo a recomenzar, la creencia de que a todos les pasa igual. Pero sobre todo, la esperanza de cambio, aunque ni acabara de admitirlo. Esperaba, sin saber qué. Que él volviera alguna vez con una caja y lazo burdeos, que regresase el calor.
El abrigo era ese símbolo.
Pero ya no hay abrigo. Mejor así.
Olalla aguardaba junto a su coche, en plena ventisca madrileña y sin pieles ni móvil, pensando qué diría a Rafael al volver. No las palabras exactas, nunca fue su fuerte, pero sí que habría una conversación. Sin drama ni llantos, sin portazos. Solo la verdad. Sencilla, como cuando hay que afrontarlo.
La grúa llegó en media hora. El conductor, joven y charlatán, enganchó el coche. Mientras, dejó a Olalla cargar batería: suficiente para avisar a la oficina.
Hoy no vuelvo le dijo a Vera, la secretaria del estudio. Es cosa del coche. Si hay algo urgente, avísame, lo reviso luego desde casa.
De acuerdo. ¿Todo va bien?
Sí, todo bien.
Y era verdad, curiosamente.
Vio la ciudad tras el cristal del camión, el perfil nevado, y pensó en muchas cosas. En marzo sería primavera, como siempre. Había pendiente el proyecto del centro infantil, cuyo diseño tenía que mejorar porque la sala de juegos necesitaba luz por ambos lados. Nada grandilocuente. Solo hacer las cosas como hay que hacerlas, sin posponer.
Llegó al taller, dejó el coche y se fue a casa en taxi. Al mirar por la ventanilla vio que la nevada aflojaba y ahora la nieve caía como debe, en vertical, despacio.
La casa olía a calma. Rafael no había vuelto, seguiría en su reunión interminable. Olalla se descalzó, colgó el abrigo, se fue a poner agua para el té. Se paró ante la ventana.
Afuera la nieve seguía, capa a capa, en orden. Todo blanco.
Pensó en Rebeca, camino de la guardería, sorteando el viento, en Mikel con su gorro y sus botas, en cómo lo recogería y marcharían juntos a su cuarto compartido, con la casera amable. Mikel no callaría, relataría cosas de perros, de colas, de cualquier cosa. Siempre hay historias.
Se dio cuenta de que no había pedido el teléfono de Rebeca. Poco importaba. Esas son relaciones casuales, de azar. No duran, simplemente ocurren.
Pero algo quedó. No el abrigo. Algo más. Algo que Olalla recordaría.
El agua hirvió. Preparó el té, se sentó, estiró las piernas. Seguía nevando.
Cuando Rafael volviera, le diría que tienen que hablar. En serio. No del coche ni del grifo. Él frunciría el ceño, diría que está cansado. Ella contestaría que lo entiende, pero no lo va a posponer más. Se sentaría, serio, y ella empezaría. Ya no sabe qué pasará, nunca se repiten bien esas conversaciones. Pero dirá la verdad: así están las cosas, esto es lo que siente y lo que quiere.
Lo que quiere, ha comprendido, no es tan difícil. No son regalos caros, ni eventos sociales. Quiere que alguien responda al teléfono, un tono de voz cálido, alguien que escuche cuando cenan. Puede que sea posible. O no. Ya no lo sabe, pero no mirará hacia otro lado.
Sentada, mirando la nieve, con el té caliente entre las manos.
En algún rincón de Madrid, Rebeca lleva a Mikel de la mano, escuchando historias. El coche espera en el taller, la reunión sigue por otro lado de la ciudad.
Y aquí, tranquilidad. Té caliente. La nieve tras la ventana.
De repente decidió: en marzo hará algo nuevo. Nada radical. Algo suyo, para sí misma. Quizá apuntarse a acuarela. O repensar el diseño del centro infantil, no solo la luz ni las paredes, sino el concepto del espacio donde crecerán esos niños. Eso era su trabajo. Un buen trabajo. Y quería hacerlo como debe hacerse, del todo.
Afuera, la noche caía. Solo quedaba la luz de la farola sobre la nieve.
Olalla terminó el té. Lavó la taza.
Al pasar por el pasillo, vio el abrigo de lana colgado en el perchero. Una buena prenda. Cálida.
Apagó la luz y entró en su cuarto. A esperar.
No, no a esperar.
A estar. Y con eso, por ahora, le bastaba.
***
Semanas más tarde, ya en febrero, con heladas algo más leves, cruzó fugazmente a una mujer con un abrigo muy parecido por la calle. El corazón le dio un vuelco, luego siguió. No era Rebeca. Solo otro abrigo.
Olalla seguía con su vida. Tenía una cita con el cliente del centro infantil. Llevaba nuevos planos en la carpeta; ahora la sala de juegos tenía luz de dos frentes y el muro opaco desaparecía, abriendo espacio. El cliente quizás frunciría el ceño por los cambios, pero ella sabría defender sus razones. Eso era lo suyo, explicarse, rediseñar.
La nieve se derretía en los bordillos. Febrero. Pronto marzo.
Caminaba pensando en cómo sucede: tropiezas una sola vez con alguien, bajo la tormenta, y esa persona no te da grandes consejos ni te cambia la vida, solo te cuenta la suya. Y escuchándole, comprendes lo que llevabas ya dentro, pero sin palabras.
Sólo eso. Nada más.
A veces, eso basta.






