Cuando las ilusiones se desvanecen

—¿De verdad crees que se puede encontrar a alguien que valga la pena en una aplicación de citas? —preguntó escéptica Lucía, removiendo pensativa su aromático capuchino con una cucharilla—. Me cuesta creerlo.

—¿Y por qué no? —sonrió ampliamente Valeria, recostándose en el respaldo de la silla y apartándose un mechón de cabello—. No vivimos en el siglo XIX. La gente se conoce en todas partes: en el metro, en clases de yoga, en librerías… ¿por qué no en una app? Además, ahora hay muchísimas opciones: puedes ver intereses, fotos, hablar un poco antes de quedar en persona.

—Bueno, supongamos… —murmuró Lucía, alzando una ceja y dando un pequeño sorbo a su café—. Pero, ¿qué escriben ahí? “Me gusta viajar, ver películas, pasear con mi perro”… todo suena igual, y lo que realmente hay dentro de la persona sigue siendo un misterio.

—A veces aparecen personas muy interesantes —dijo Valeria mientras sacaba el móvil, buscaba algo rápido y se lo mostraba triunfante—. Mira, por ejemplo, Mateo. Físico teórico, le encanta la fotografía, colecciona vinilos. Y escribe cosas de verdad, no frases vacías, con humor y profundidad. Ayer estuvimos hora y media hablando de observatorios… lo contaba con tanta pasión que casi me olvido de dónde estaba.

Lucía levantó aún más la ceja, sorprendida:

—Suena… inesperado. ¿Y es guapo?

—Por las fotos, bastante —guiñó un ojo Valeria—. Alto, delgado, mirada inteligente. En fin, tenemos una cita en tres días.

—Oooh —Lucía se inclinó hacia adelante, intrigada—. Bueno, amiga, suerte. Espero que no resulte ser un raro que te dé una conferencia sobre el significado oculto de los granos de café.

Valeria soltó una risa ligera y despreocupada:

—Ya veremos. En cualquier caso, peor no puede ser.

La cita resultó, en efecto, sorprendentemente fluida. Mateo era exactamente como Valeria lo había imaginado: tranquilo, atento, con una leve sonrisa irónica que asomaba cuando hacía alguna broma. Se encontraron en un pequeño restaurante italiano acogedor, pidieron pasta con mariscos y vino blanco con aroma afrutado. La conversación fluía sin esfuerzo: hablaban de sus películas favoritas, debatían sobre la vida en otros planetas, compartían anécdotas de la infancia, se reían de situaciones absurdas de la universidad. El tiempo pasó volando.

Al final de la noche, Mateo rozó suavemente con sus labios la mejilla de Valeria. Ella sintió un calor agradable recorrerle el cuerpo y su corazón latió un poco más rápido. Ya en el taxi, recibió un mensaje: “¿Quedamos otra vez en tres días?”. Sonrió mirando la pantalla y respondió: “Sí”.

La segunda cita comenzó con un paseo por la ciudad. Valeria llevaba un vestido ligero de verano con flores pequeñas, zapatos de tacón bajo, y el cabello recogido en un moño descuidado. Mateo estaba impecable: camisa color menta, vaqueros que le quedaban perfectos, un aire ligeramente desenfadado que le daba encanto.

Entraron en una cafetería con decoración vintage, pidieron capuchinos con espuma y croissants dorados, y luego decidieron caminar por las calles tranquilas del barrio donde vivía Valeria.

El día había sido caluroso, pero al caer la tarde el aire se volvió más fresco. Caminaban despacio, girando por calles estrechas. Alrededor, lo de siempre: edificios antiguos con balcones llenos de cosas, parques infantiles con columpios gastados, niños jugando al fútbol, señoras mayores sentadas en bancos hablando en voz baja.

Valeria hablaba de su trabajo en un estudio de arquitectura, de un proyecto nuevo: la rehabilitación de un viejo cine que soñaba convertir en un espacio cultural moderno. Mateo escuchaba con atención, hacía preguntas, mostraba interés genuino. Ella se sorprendía a sí misma sintiéndose increíblemente cómoda, como si se conocieran desde hace años.

Al doblar la esquina de su edificio, vio a tres hombres sentados en un banco junto a la entrada. Bebían cerveza, reían alto, intercambiaban bromas groseras. No le dio importancia al principio. Pero uno de ellos silbó fuerte al verla.

Valeria fingió no oírlo y siguió hablando.

—Vaya cuerpazo… ¿nos conocemos mejor? —gritó otro, y el grupo estalló en risas desagradables.

Sintió cómo se le subía el calor a la cara, pero intentó mantener la calma. No quería arruinar la noche. Sin embargo, Mateo se detuvo de golpe.

—¿Qué le has dicho a mi novia? —su voz sonó firme, con un tono que Valeria no había escuchado antes.

Se giró. Mateo avanzaba hacia ellos. Ella lo siguió, el corazón acelerado.

Uno de los hombres, corpulento y con la cara enrojecida, se levantó.

—¿Qué pasa, vas a hacer de héroe? —sonrió burlón—. Cuidado, que igual te llevas algo tú también.

Mateo no respondió. Se quedó quieto, tenso, sin dar un paso más. Valeria notó la rigidez en sus hombros… y algo más: duda.

De repente, otro hombre la agarró del brazo y la tiró hacia sí, rodeándole la cintura.

—¿A dónde vas, guapa? Vamos a charlar… —olía fuertemente a alcohol.

—Suéltame ahora mismo —dijo ella con firmeza, intentando liberarse.

El hombre se rió y apretó más fuerte. El asco le subió a la garganta.

Valeria miró a Mateo. Él estaba inmóvil. Perdido. No hacía nada.

“No”, pensó.

De un movimiento rápido, le clavó el codo en el abdomen. El hombre se dobló y aflojó el agarre. Ella sacó de su bolso un spray de pimienta y lo roció directamente en su cara. El hombre gritó, llevándose las manos a los ojos.

Sin perder tiempo, se giró hacia el otro. Un rodillazo rápido al muslo, otro chorro de spray. Retrocedió gritando. El tercero huyó sin mirar atrás.

Valeria se arregló el vestido, recogió su cabello y miró a Mateo. Él la observaba como si fuera una desconocida.

—Vámonos —dijo ella con voz firme.

Caminaron en silencio varios minutos.

Valeria intentaba ordenar sus pensamientos. El enfado, el alivio… pero sobre todo, la decepción.

Miró a Mateo de reojo. Caminaba encorvado, sin levantar la vista. El hombre seguro de antes había desaparecido.

—¿En qué estás trabajando ahora? —preguntó ella de pronto, con voz neutra.

Mateo se detuvo.

—Nunca había visto algo así… —dijo en voz baja—. No esperaba… ese comportamiento. Esa… agresividad. ¿Y si alguno pierde la vista por el spray?

Valeria esbozó una sonrisa tensa.

—Todo pasa por primera vez. Ellos empezaron. ¿Qué querías que hiciera? ¿Suplicar?

Mateo bajó la cabeza.

—No puedo con esto… mejor nos vamos cada uno a su casa —dijo, y sin esperar respuesta, se dio la vuelta—. Adiós.

Valeria se quedó sola bajo la luz parpadeante de una farola.

Dentro, todo estaba vacío.

En casa, preparó té. Las manos aún le temblaban.

El móvil vibró.

Mensaje de Mateo:

“Ha sido interesante conocerte, pero prefiero una mujer más femenina y delicada. Después de lo de hoy, ya no me atraes.”

Valeria leyó el mensaje varias veces.

“Más femenina y delicada…”

¿Eso significaba ser indefensa?

Se acercó a la ventana. La ciudad seguía viva, ajena.

Poco a poco, algo cambió dentro de ella.

No iba a encajar en la idea de nadie.

Abrió el chat con Lucía.

“Se acabó. Nos atacaron unos tipos, me defendí… y él se quedó mirando. Luego dijo que quiere una mujer más ‘femenina y débil’.”

Respuesta inmediata:

“¿QUÉ? Ese es un cobarde. ¿Te afecta?”

“Un poco… pensé que era distinto.”

“Pues no. Y tú no estás para esconder lo que eres. Eres fuerte, inteligente. Y quien no lo valore, no te merece.”

Valeria sonrió.

“Gracias. Creo que me decepcioné más de mi idea de él que de él mismo.”

“Exacto. Mejor saberlo ahora.”

Un año después, Valeria apenas recordaba a Mateo. A veces veía fotos suyas con su esposa: rubia, etérea, perfecta.

Parecían sacados de una revista.

Valeria los miraba sin dolor.

Solo pensaba:

Ojalá esa chica nunca tenga que caminar con él por una calle oscura.

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Lisa Weta
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Cuando las ilusiones se desvanecen
The Wrong Woman to Corner