El aroma del hogar de ancianos

El olor de la residencia de ancianos

¿Sabes a qué hueles? A residencia de ancianos. A alcanfor y a viejo. No puedo seguir así.

Isabel estaba de pie, junto a la ventana, mirando el patio, donde la gata de los vecinos cruzaba un charco con ese paso minucioso y elegante. Las palabras de su marido le llegaron a través de una especie de algodón, y tardó unos segundos en girarse. Al final lo hizo.

Jorge estaba en medio de la cocina, con una camisa limpia. La misma camisa azul que ella le compró en abril, en el mercadillo de la Plaza Mayor, porque él dijo que necesitaba algo ligero, que no se arrugue. Ella se tomó su tiempo, tocando telas, preguntando a la mujer del puesto por la composición. Y mientras, él esperaba en el coche escuchando la radio.

¿Me oyes? preguntó él.

Te oigo respondió Isabel.

Su voz salió extrañamente serena, lo que a ella misma la sorprendió.

Jorge dejó una bolsa de deporte grande, azul, con el logotipo de alguna firma, sobre la silla. Isabel reconocía bien esa bolsa: llevaba años guardada en el trastero, bajo las botas de esquí que ya no utilizaban desde hacía ocho años.

Me voy dijo él. Los dos sabemos que esto debíamos haberlo hecho hace tiempo.

Isabel miró la bolsa, luego las manos de él. Tranquilas, sin retorcer la camisa ni evitar su mirada. Su decisión ya estaba tomada desde hacía tiempo; sólo ponía voz a algo que para él ya había ocurrido.

Hace tiempo, sí afirmó ella.

Eso es asintió Jorge, encogiéndose de hombros. Isabel, no quiero líos. Es que… somos muy distintos. Tú todo el día aquí, con mi madre, con las rutinas, ese olor. Yo no lo soporto.

El olor, pensó Isabel. Cinco años. Durante cinco años se levantó a las seis porque doña Encarnación también lo hacía. Cinco años de aceite de alcanfor, de empapadores (que ahora se llaman finamente pañales absorbentes), cinco años de tos tras la pared y llamadas nocturnas de urgencia. Cinco años dejando sus planos en la mesa del estudio, entrando cada vez menos porque no había tiempo, o porque no hay nadie más, Isabel, sabes que no hay nadie.

Y lo sabía.

¿Te vas ahora mismo? preguntó.

Sí.

Bien dijo Isabel.

Él la observaba, esperando otra reacción. Quizá lágrimas, quizá un grito, quizá la pregunta ¿con quién?. Ella no preguntó, no porque no lo supiera, sino porque en ese momento la respuesta le daba igual.

Jorge cogió la bolsa, se detuvo un segundo en la puerta.

Dejo las llaves en la mesilla de la entrada.

Déjalas asintió Isabel.

Sonó la cerradura, luego el portazo de la vieja puerta del edificio, cuatro plantas abajo, ese sonido que ella conocía de memoria. Entonces llegó el silencio. No un silencio cualquiera, sino el que se da cuando apagas la tele y sólo entonces te das cuenta de cuánto ruido hacía.

Isabel miró las llaves sobre la mesilla y la silla en la que estaba la bolsa. Ya no estaba.

Volvió a la cocina y añadió agua al hervidor.

Cinco años atrás, doña Encarnación sufrió un ictus durante la fiesta de cumpleaños de Jorge. Isabel había preparado una tarta de cerezas; doña Encarnación dijo qué rica, y al instante dejó caer el tenedor y le lanzó a Isabel una mirada que ella supo descifrar. Fue ella quien llamó a la ambulancia, estuvo a su lado en el trayecto, sujetándole una mano que ya no respondía.

Jorge, esa noche, estaba en una cena de empresa. Contestó al teléfono a la tercera llamada.

Después el diagnóstico: parálisis parcial del lado izquierdo, recuperación larga y atención constante en casa. Y él: Tú ahora no estás trabajando a pleno, Isabel. Tus proyectos no son el principal ingreso. Ella no replicó. Guardó sus carpetas cuidadosamente en una caja y la metió en el estudio.

La tetera silbó. Isabel preparó un té y se apoyó en la ventana, mirando al patio. La gata ya no estaba. El charco permanecía.

Los primeros tres días Isabel apenas salió. No porque no pudiera, sino porque no sabía ya adónde ir. El cuerpo recordaba el horario: seis de la mañana, siete y media rutina, desayuno a las diez, la comida a la una, la merienda en la terraza a las cuatro, a la cama a las siete. Ahora no había horarios y el cuerpo se sentía extraviado.

Iba de una habitación a otra, observando las cosas: la silla de ruedas aparcada junto a la pared del salón, las bolsas de pañales bajo la cama, la caja de medicinas en el pasillo, todo etiquetado con su letra: mañana, noche, con tensión. Doña Encarnación había muerto hacía tres meses, tranquila, en su sueño, y nadie se había ocupado de todo lo demás. Jorge no tocó nada, y a Isabel no le salieron las fuerzas.

Al cuarto día sacó tres bolsas grandes de basura y empezó.

Lo hizo de forma meticulosa, sin prisa. Los pañales, las sondas, las gasas, los guantes, los empapadores. Luego, las medicinas, caja por caja. Después, la silla: desmontarla fue lo más difícil, porque recordaba cómo la sacaba a pasear por la manzana y Doña Encarnación observaba los árboles con esa intensidad de quien los ve por última vez. Desmontó la silla todo lo que pudo y la llevó al contenedor en tres viajes.

Después, una larga ducha caliente.

Al salir y mirarse en el espejo, vio algo que hacía tiempo no reconocía: a ella misma. Ni cuidadora, ni esposa, ni esa hija sin nombre. Una mujer de cincuenta y dos años, con el pelo mojado y canas que no teñía porque nadie tenía tiempo o razones para notarlas.

La mañana del quinto día pidió cita en la peluquería.

La peluquera se llamaba Sonia, una mujer joven de manos rápidas y seguras. Cuando Isabel le explicó que quería quitarse largo y hacer algo con el color, Sonia no hizo preguntas. Sólo la miró a través del espejo con ese profesionalismo serio que recuerda al de un buen médico.

Tu color natural es bonito dijo al final. Podemos hacer unas mechas, para que las canas se mezclen y no se vean parches. Quedará moderno. Y un corte que no sea excesivamente corto, pero sí que te deje el cuello despejado. Tienes bonito cuello.

Hazlo dijo Isabel.

Dos horas estuvo sentada viendo en el espejo cómo surgía otra mujer. No una nueva, sino la de siempre, liberada de los sedimentos de los años.

Al salir hacía viento. Viento frío de octubre. Le alborotó el corte nuevo y, de pie en la acera, pensó que hacía años que no sentía el viento en el pelo. No porque no hiciera viento, sino porque no paraba nunca: de la farmacia, al centro de salud, de vuelta a casa.

Esta vez no tenía prisa.

Entró en un pequeño café y pidió uno para llevar. Caminó sin rumbo.

El divorcio duró cuatro meses.

Jorge fue al juzgado con un abogado joven vestido de chaqueta cara, que hablaba rápido, sin mirarles directamente. Isabel fue sola. No por orgullo, simplemente porque no pensaba pelear por nada.

En la segunda vista, Jorge fue acompañado.

Isabel la vio en el pasillo: una mujer joven, quizá treinta y cinco, rubia, coleta, abrigo de cuadros, tacones altos. Permanecía apartada, mirando fijamente el móvil. Cuando Jorge se acercó a Isabel, la otra echó un vistazo rápido, desinteresado, como quien mira a un desconocido en una cola.

Isabel lo observó casi con curiosidad. No había en esa mirada ni desprecio ni condescendencia. Sólo indiferencia.

Isabel murmuró Jorge. Sobre el piso…

No hace falta le cortó ella.

Pero…

Jorge. Le miró tranquila. Yo necesito el estudio, el que era mío antes de casarnos. Nada más. El piso, el coche, la casa en la sierra… todo lo demás, haz lo que veas.

Él dudó.

¿Estás segura?

Totalmente.

El abogado escribió algo rápido. Jorge la miró de una forma rara. Ella lo identificó: esperaba que negociara, que mencionara lo de cuidar a su madre, aquellos cinco años de sacrificio.

No lo hizo, no porque no tuviera razones, sino porque no quería ese diálogo. Ni las justificaciones, ni los reproches, ni unas lágrimas que aún sentía aparcadas detrás del esternón.

El estudio estaba en la calle Prado, segundo piso de un edificio antiguo, veintidós metros cuadrados, techos altos y una ventana grande al norte. Isabel lo había comprado a los treinta y cuatro, nada más sacar el título, con los ahorros de tres años. Estaba su mesa de dibujo, aún vieja, ya innecesaria pero familiar. Estanterías con carpetas. Macetas sobrevivientes a todo, verdes e imperturbables en el alféizar.

Pasó allí su primera noche tras firmar el divorcio.

Acostada en el sofá cama, mirando el techo, pensaba: y ahora, ¿qué? No había respuesta, pero eso no daba miedo.

La primera llamada fue a Verde Parterre, el despacho con el que había trabajado antes. Allí la recordaban: la secretaria se alegró, la pasó con Don Ricardo. Habló con cortesía: recordaba sus proyectos, especialmente aquel parque junto al hospital infantil. Después, con cierto pesar:

Isabel, cinco años son mucho tiempo. El sector ha cambiado, los programas, los clientes… Ahora buscamos gente que pueda, bueno, incorporarse ya…

Lo entiendo dijo ella.

Si cambia algo, te avisamos.

Sabía que no lo harían.

La segunda llamada fue al taller privado de una antigua compañera de clase, Carmen. Le alegró oírla, pero al rato salieron los requisitos nuevos, la gente joven maneja otras herramientas, la competencia hoy es tremenda.

La tercera sin apenas esperanza: el servicio municipal de jardinería. Se quedó a la espera y después de una pausa administrativa le dijeron que el equipo estaba completo.

Isabel dejó el teléfono y se asomó a la ventana.

Afuera noviembre, árboles pelados, gente abrumada con el cuello levantado del abrigo. Miraba y reconocía: cinco años son muchos, pero sólo lo notas desde fuera, donde cuando intentas volver, tu sitio ya lo ocupa otro.

Encendió el portátil y se puso a ver los programas nuevos de paisajismo. Al principio todo parecía raro, pero al rato distinguió lo nuevo de lo de siempre y tomaba notas hasta la madrugada.

En diciembre encontró un trabajo, no el que soñaba, pero trabajo: ayudante en un pequeño vivero en las afueras. La dueña, tía Carmen, resultado curioso de la vida, juzgaba todo con un solo criterio: utilidad.

¿Sabes trabajar con plantas? le preguntó nada más llegar.

Sí.

Perfecto, aquí no pagamos el oro, pero es trabajo de verdad.

Lo era. Isabel entraba a las ocho y pasaba la mañana con plantones, trasplantes, asesorando clientes. No era su meta, pero era real. Tierra en las uñas, olor a corteza y turba, hileras rectas de tiestos donde algo siempre crecía.

Así supo de la existencia de la vieja invernadero.

Tía Carmen mencionó casualmente que en la calle del Río había un invernadero abandonado junto al jardín botánico viejo. El director intentaba ponerlo en marcha, pero faltaba gente.

Isabel dudó antes de ir. Primero sólo lo pensó. Poco después, un domingo libre, se puso el abrigo y fue.

El invernadero surgía en el fondo de un parque maduro, tras los árboles, y lo primero que vio Isabel fue cristal. Muchos cristales sucios hacía años, tras los cuales asomaba algo oscuro pero con vida. La estructura metálica mostraba óxido, algunos cristales cambiados por madera. El sendero estaba cubierto de hojas.

Por dentro.

Abrió la pesada puerta, le envolvió el calor húmedo, y se quedó quieta.

Dentro era un caos, pero un caos vivo. Las plantas crecían al azar; algunas buscaban luz, otras se apoyaban entre sí, una enredadera había trepado hasta el techo. Mandarinos bajos cargados de frutos, sombras de palmeras creciendo sin control, orquídeas medio olvidadas en estanterías, plantadas con cariño antaño.

Isabel miraba el conjunto y algo en su interior, hasta entonces comprimido, empezó a aflojarse.

¿Busca a alguien?

Se giró. Bastante mayor, jersey de lana, gafas en la frente, manos de las que sólo tienen quienes han trabajado en serio, apareció un hombre.

No respondió Isabel. He visto desde fuera y… he entrado. Si molesto, me voy.

No, mujer. Él la estudió breve. Luis Jiménez. Director, si sirve de algo.

Isabel Rodríguez. Arquitecta paisajista.

Pausa.

¿Paisajista?

Con un parón. Cinco años de parón.

Él asentía, pensativo, sin juzgar.

Bueno, venga, te muestro esto.

Recorrieron juntos el recinto bajo explicaciones: qué había, qué faltaba, qué habían intentado sin éxito. El invernadero cerró cinco años atrás para una reforma temporal que nunca llegó. Cambió la dirección y ahí quedó, ni abierto ni cerrado.

Luis consiguió permiso y mantenía él solo lo que podía: regaba, abonaba, cuidaba la temperatura.

¿Puedo ayudar? preguntó Isabel.

No puedo pagarte… por ahora.

Lo sé.

Ven el jueves, entonces.

Y fue el jueves, luego otro y después a diario. Dejó el vivero (tía Carmen aprobó: hija, tú no naciste para macetas). El invernadero ya era su proyecto.

Lo hizo todo por fases: primero el inventario, planta por planta, revisando estado y necesidades. Tomaba notas tan metódicas como antes en sus proyectos. Seis semanas después, empezó a pensar el espacio. Era grande, unos cuatrocientos metros, pero caótico. Isabel hacía esquemas por la noche, en el estudio, a mano, como en la universidad.

Luis miraba sus dibujos y asentía.

Aquí quiero zona de cítricos le contaba Isabel. Necesitan menos humedad, se pueden agrupar: mandarinos, limoneros, kumquat. Queda bonito y dan aroma.

Ese olor aprobaba él. En invierno, tras la calle, es otro mundo.

En el centro, las palmeras altas; dan sensación de altura. Bajo ellas, arbustos tropicales y una sendita.

Camino… bien. Para que pase la gente.

Vendrán, Luis, lo verás.

No era cortesía: lo creía porque sabía que la buena arquitectura llama a quien la necesita.

Pasó el invierno trabajando duro. Isabel traía plantas, negociaba con proveedores, usando ahorros del divorcio para lo imprescindible. Reparaba, encontraba operarios, mientras Luis regaba y cuidaba plantas como sólo alguien que entiende la honestidad puede hacerlo.

En enero llamó a Rita.

Rita era una vieja amiga de estudios, de las que primero te insisten y luego, con el tiempo y el no puedo, la madre de Jorge, dejaron de insistir. Tercer tono y Rita contestó:

¿Isabel? ¿Sigues viva?

Viva estoy.

Menos mal. Pausa. ¿Y ese exilio?

Largo de contar, ¿estás en casa?

Estoy, traete unas empanadillas.

Isabel fue. Pasaron la noche en la cocina; té, luego algo de vino, y contó. Rita escuchaba en silencio, apenas algún ya, claro, lo justo. Era lo mejor: ninguna frase de consuelo.

¿Y Jorge sabe que trabajas en un invernadero?

¿Por qué tendría que saberlo?

Por nada, por curiosidad. Revolvió otro té. ¿Y tú, cómo estás?

Estoy bien. Por primera vez en mucho tiempo, bien.

Rita asintió y cambiaron de tema.

Febrero trajo sorpresas.

Isabel llevó nuevas plantas: unas macetas de geranios y un gran arbusto de romero que había encontrado de saldo. Luis estaba ocupado al fondo y ella sola, midiendo distancias, organizaba el espacio. De tanto en tanto, la puerta se abrió y apareció un hombre.

Unos cincuenta y ocho años, chaqueta, carpeta bajo el brazo; hombros anchos, mirada atenta, cierto modo reservado de moverse, como quien se ha curtido en obras complicadas.

¿Está Luis Jiménez? le preguntó.

Por allí, pasado el grupo de palmeras.

Gracias. Antes de irse, observó el conjunto. Esto empieza a verse bonito. Hace meses… era otra cosa.

Otra cosa, sí.

¿Lo has hecho tú?

Entre los dos.

Pero la idea es tuya.

Él la observaba el espacio, no a ella, y en sus ojos vio el modo en que alguien que entiende el trabajo ajeno se fija en la estructura más que en lo directo.

¿Y tú quién eres?

Alejandro Vargas. Ingeniero. Lo de la cubierta, han saltado humedades.

La tercera y la séptima sección respondió Isabel.

Alejandro se la quedó mirando.

¿Cómo lo sabes?

Vengo cada día.

Se fue al despacho de Luis. Volvió más tarde comentando algo técnico, y antes de irse:

¿Puedo preguntar algo? le dijo a Isabel. ¿Estos mandarinos florecerán para primavera?

Deberían. Si mantenemos la temperatura.

¿Cómo lo ves claro?

Isabel vaciló.

Los brotes se hinchan, verdes oscuros, pequeños. Si los ves, calcula tres semanas para la flor.

Gracias.

Se fue.

Luis asomó por la palma.

Buen tipo ese Alejandro comentó. Nos arregla cosas desde hace años. Cumple.

¿Ingeniero de estructuras?

De rehabilitación. Le interesan los edificios antiguos. El invernadero le gusta como reto.

Isabel siguió con el romero.

Alejandro apareció otra semana. Revisó la estructura, tomó notas, charló largo con Luis. Cuando cruzó su camino con Isabel, se apartó.

Perdona.

Nada.

Silencio.

¿Tú antes, a qué te dedicabas? le preguntó él, serio pero sin ser indiscreto.

Al paisajismo. Espacios públicos.

Se nota.

¿Por el invernadero?

Por cómo has dispuesto las plantas. Vas pensando en la gente, no solo en lo bonito, sino en por dónde pasarán.

¿Tú sabes del tema?

Un poco. Cuando llevas años con edificios, acabas pensando en el espacio.

Luis llamó a Alejandro, él se marchó, y Isabel se dio cuenta: desde cuándo nadie le hablaba así de su profesión.

En marzo, abrieron al público.

Pusieron un cartel en la verja del parque y lo anunciaron en el grupo del barrio en internet. El primero día vinieron siete personas; la semana siguiente, treinta. Paseaban, olían los cítricos, fotografiaban las palmeras. Una anciana estuvo largo rato junto al arbusto de romero recordando el de su abuela.

Funciona decía Luis.

Funciona…

Luis comentó que el Ayuntamiento había aprobado una pequeña plaza fija, modesta, pero oficial.

¿Qué puesto?

Jefa de espacio verde. Suena raro, pero es lo que haces.

Perfecto.

Bien. Esa palabra había cobrado un peso distinto con los meses. No era resignación, sino afirmación.

En abril, Alejandro la invitó a tomar café: Hay un sitio bueno cerca, llevas una hora sin parar. Era cierto. Y así, caminando, supo que él tenía una hija lejos, que se divorció hace ocho años, que le gusta trabajar viajando porque cada lugar es distinto.

¿Por qué edificios antiguos? preguntó Isabel.

Por la historia. Cada vez que restauras un sitio así, ves todo lo que han hecho otros: uno lo ideó, otro construyó, otro reformó, otro salvó. Es como una conversación en el tiempo.

Isabel miró por la ventana.

¿Y el invernadero?

Es especial. Ahí la historia sigue viva.

Viva repitió ella, suave.

Él la miró sin otra cosa que atención verdadera y tranquila.

Se despidieron, prometiendo verse pronto.

Cuando lo contó a Rita en mayo, la otra exigió detalles.

¿Esto va en serio? le preguntó.

No lo sé. Todavía no lo sé.

¿Y él?

No le pregunté.

¡Isabel! Con tu edad…

Cincuenta y tres intervino Isabel.

Más a mi favor. ¡Pregúntale!

Isabel rió a carcajadas, pensando lo bien que sienta reír sin permiso.

De Jorge supo por conocidos. Nerea, de su antiguo bloque, llamó:

Isabel, ¿sabes que la chica nueva de Jorge se ha ido? Recogió sus cosas en mayo. Que él quería niños y ella no, o al revés.

Gracias contestó Isabel.

Después, Antón, colega común:

Jorge… bueno, está mal, le han hecho salir de la constructora. No te dije nada antes.

¿Por qué lo dices ahora?

Silencio.

Llamó varias veces no está bien.

Antón, me alegro que sigas siendo su amigo. Pero no puedo ayudarle.

Colgó y volvió al invernadero. En el parque florecían las lilas, dentro palmas y cítricos, incluso ya con pequeños frutos.

Cogió la regadera y siguió el camino.

A veces pensaba en Jorge, claro. Hubo momentos buenos, los primeros años aún mejores. Todo cambió con los pequeños descuidos, esos detalles que nunca se ven hasta que ya no hay vuelta. Ella misma lo asume: se le fue la vida en los cuidados, hasta ser invisible en su propia casa.

Pero aquellas palabras… Olor a residencia de ancianos.

Dejó la regadera ante el limonero y pensó en las hojas brillantes, densas, vivas.

Eso dolió, dolió porque esas frases se dicen no para marcharse, sino para herir, para asegurarse de que el otro cargue con la culpa.

Luego siguió regando.

Alejandro seguía visitando el invernadero, a veces por trabajo, otras sólo para ver, comentar, charlar con Luis o con ella. A veces le traía cosas del mercado: Vi este higo y pensé que quizá pegaba aquí. Luis se alegraba; Isabel explicaba que sí, pero con ciertas condiciones y Alejandro la escuchaba de verdad.

En julio, fueron juntos a una exposición de arquitectura. Alejandro conocía a media sala y ella escuchaba historias de quién construyó, por qué fallaron ciertas estructuras, la vida profesional muy contada y cercana.

¿Hace cuánto que te dedicas a la rehabilitación? le preguntó.

Desde los cuarenta. Antes, obra nueva. Pero lo viejo tiene también interés.

¿Por qué?

Por los errores honestos. Cuando los encuentras entiendes a quien los cometió, al ingeniero de hace un siglo. Eso te acerca.

Isabel pensó mucho en ello después: tal vez así deba contemplarse el pasado, como errores ajenos que podemos comprender, no solo condenar.

El agosto fue calor puro y el invernadero algo más público. Más visitas, excursiones de colegios. Una maestra pidió hacer un ciclo de clases de biología. Luis era feliz.

Esto es gracias a ti decía.

Es cosa de todos.

No, la cabeza es tuya. Yo sólo traigo agua.

Isabel reía y luego volvía a su escritorio: ordenador, papeles, ahora el proyecto de ampliación; en el edificio vecino podrían habilitarse talleres para niños, zona didáctica. Hacían falta fondos, pero ella postulaba a becas, y Luis, con sus gafas, revisaba las bases legalmente.

En septiembre, el teléfono vibró: Jorge.

Esperó.

¿Sí?

Isabel ¿te pillo mal?

Estoy ocupada. ¿Qué pasa?

Nada importante. Querría verte.

¿Para qué?

Hablar. Necesito hablar.

Isabel se puso en pie, se acercó a la ventana de su estudio. Afuera, la tarde de septiembre caía, gente camino a casa.

¿De qué tenemos que hablar, Jorge?

De mucho. Me cuesta todo. Quiero que me escuches.

Te oigo ahora.

No, en persona. Quiero verte. ¿Dónde trabajas?

Ella dudó.

En el Invernadero de la calle del Río. En horario laboral.

Y colgó.

Apareció en octubre. Era un martes cualquiera, hacia la una y media. Isabel estaba colocando soportes nuevos para las orquídeas. Se abrió la puerta y las pisadas de Jorge rompieron el ambiente. Llevaba un ramo: crisantemos baratos, de los que venden junto al metro.

Lo miró. Tenía cincuenta y seis años, algo más ancho que antes, diferente hasta en la mirada. Cuando él se fue, arrastraba una ligereza de quien abandona. Ahora, no.

Hola dijo.

Hola.

Esto está precioso.

Lo sé.

Le ofreció el ramo.

Para ti

Isabel miró las flores, sus manos, esa torpeza que denota incomodidad en dar flores. Los tomó.

Gracias. Anda, vamos a la mesa.

Se sentaron en una pequeña zona con dos sillones de mimbre, una mesa y revistas de jardinería. Luis desapareció con discreción.

Te veo bien intentó él.

Gracias.

De verdad. Hacía tiempo que no te veía así.

¿Así cómo?

Viva. Antes eras todo atención: la madre, la rutina ahora eres otra.

Sigo siendo yo.

No. Movió la cabeza. No eres la misma.

Isabel calló, mirando los árboles de mandarina y esperando algo.

Isabel empezó. Sé el daño que te hice. Sé lo que dije fue injusto.

Sí repuso ella.

Estaba no entendía nada. Quería otro tipo de vida. Ahora sólo veo que tuve miedo

¿A qué?

A envejecer, a la enfermedad, a que la vida no era como de anuncio. Lo comprendo, Jorge. Es humano.

No sabía que lo pensabas.

No siempre lo pensaba. Llegó con el tiempo.

Silencio largo. Afuera, hojas volando con el viento.

Isa dijo al fin, usando un diminutivo que llevaba años sin pronunciar. Quiero volver. Sé cómo suena solo pido que lo pienses.

Isabel lo miró. Tenía la respuesta lista hace tiempo, aunque no lo supiera.

Jorge habló. No te guardo rencor. Lo que siento ahora es comprensión. No eres el malo. Hiciste lo que supiste.

¿Entonces tengo alguna opción?

No.

Tardó en contestar.

¿Por qué?

Porque yo elegí otra cosa.

¿El qué?

Esto. Señaló el invernadero. Este trabajo. Este espacio. Estas plantas. A mí.

Él la miraba, comprendiendo que eso era verdad, sin ánimo de ofenderle.

Y ese ingeniero, Luis me dijo que venía un tipo por aquí.

Luis habla mucho dijo Isabel, tranquila.

¿Estás con él?

Jorge le sostuvo la mirada. Ya no te corresponde la pregunta.

Él asintió.

Perfecto.

Me alegro que hayas venido continuó ella. No por la charla, sino porque ya ha acabado todo.

Fuiste mejor esposa de lo que merecí musitó. No supe valorarlo.

Lo sé. Se levantó. Tengo que seguir. Si quieres, te enseño el invernadero.

Se levantó. La miró largamente, a esa mujer a la que conoció veinte años y que ahora permanecía en medio del sol de invierno, serena, ajena y firme.

No. Gracias. Me voy.

Bien.

Él caminó hasta la salida, luego se detuvo.

Tú No terminó. Bueno. Suerte.

Igualmente.

La puerta se cerró.

Isabel se quedó un momento, recogió el ramo, buscó jarrón, agua, lo dejó en una esquina. Los crisantemos dan mucho si los cuidas.

Luis apareció, haciendo como si nada, aunque el invernadero transmite el ruido como una catedral.

¿Un té? sugirió.

Eso es ella sonrió.

Tomaron té mientras él hablaba de mariposas de cítrico para la primavera. A los niños les gustaría. Isabel pensaba que sí, que sería bonito intentarlo.

Noviembre llegó sin ruido. Isabel avanzaba con la ampliación, el expediente aprobado. Luis contento, celebraron con una tarta en la mesa del trabajo.

Alejandro apareció ya sin excusas. Un día trajo un termo con vino caliente.

Es noviembre, se permite.

¿Cómo sabes que me apetece?

Lo sé.

Isabel rió.

Sentados en los sillones de mimbre, tras el cristal el parque desnudo era otro mundo, y dentro olía a clavo y naranja.

¿Me cuentas tu idea de ampliación? pidió él.

Y ella explicaba, planos en mano, llena de entusiasmo mientras Alejandro corregía detalles, sugería mejoras. Era una charla profesional, de igual a igual, algo que Isabel no sentía desde hacía tiempo.

Esto se puede acristalar de doble, problema de condensación resuelto. Lo vi en una invernadero en Finlandia.

¿Aguantarán las vigas?

Tendríamos que calcular. ¿Te hago un avance?

Por favor.

Él la miró.

Me gusta hablar contigo, Isabel.

Ella aguantó la mirada.

A mí también.

Algo cambió en la luz. Al mirar a la ventana, vio el primer copo, luego cinco, luego cientos minúsculos cubriendo bancos y ramas. La luz se hizo blanca y suave.

Nieve dijo Alejandro.

Eso es.

Observaron juntos.

Isabel apretó la taza, agradecida por el calor, y pensó: fuera noviembre, dentro la vida, plantas y ese aroma de cítricos y pino que Luis había traído sin más, por cuestión de estación.

Y pensó: esto es lo que he hecho este año. Encontrar un espacio donde, aunque afuera haga frío, dentro hay calor y algo vivo.

¿En qué piensas? preguntó Alejandro.

En cosas buenas.

Miró la nieve, los mandarinos con frutos, las orquídeas florecidas, las palmas que rozaban el cristal donde se deshacían los copos.

Sí, en cosas buenas.

Alejandro no dijo nada. Sirvió más vino caliente y se quedaron sentados, juntos, en ese invernadero cálido, mirando caer la primera nieve de noviembre.

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Elena Gante
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