La vida aplazada
¡Mamá, déjame coger sólo un caramelo de la caja! ¡Sólo uno! ¡Por favor! Rocío se deslizaba como una comadreja alrededor del mueble donde Isabel había escondido con tanto esmero las chucherías que tanto le había costado conseguir.
¡No! Son para la mesa. Si los comes ahora, en Navidad no quedará nada.
Rocío infló los mofletes. ¿Qué más daría tomar el caramelo hoy o en Nochevieja? ¡Si ni siquiera pedía todos, solo uno! ¿Por qué mamá siempre era así? Si algo era delicioso, para después; si era bonito, para las ocasiones especiales. Pero ella deseaba salir corriendo a casa de Lucía, con un caramelo, luciendo el vestido nuevo que su padre había traído de Madrid tras un viaje de trabajo. ¿Por qué a Lucía no le prohibían llevar ropa nueva a la guardería? Lo oyó sin querer: su madre le hacía sus propios vestidos. Pues por eso siempre es la más guapa, pensaba Rocío. Mientras ella tenía que ponérsele su vestido a lunares, ya tan gastado que no lo podía ni ver.
En aquellos años, Rocío todavía no comprendía lo difícil que era para sus padres conseguir aquellos dulces y vestidos. Su madre era bibliotecaria, su padre trabajaba de ingeniero. Desde niña, Rocío escuchaba el verbo conseguir: significaba que tendrían algo nuevo, algo imposible de comprar en la tienda. Así obtuvo unos zapatos preciosos y su madre, unas botas nuevas. Eso sí, después de tal compra, pasaron casi un mes a base de macarrones y patatas, pero su madre estaba tan contenta que ni siquiera se puso las botas los primeros días, solo las admiraba. Es curioso cómo precisamente esas botas se quedaron grabadas en la memoria de Rocío, hasta el punto de recordar cada rayón, cada golpe en el tacón aunque los años pasasen.
El tiempo fue pasando y, al fin, todo cambió a su alrededor. En las tiendas ya había de todo: ropa, dulces, lo que uno quisiera. El problema ahora era el dinero. Rocío tenía quince años cuando, una tarde, su padre llegó a casa y anunció con una alegría contenida:
¡Me han cogido!
Rocío aún no comprendía de qué hablaba, pero la felicidad de sus padres le hacía pensar que era bueno. Y así fue. En la nueva empresa mixta de electrónica, el talento de su padre encontró por fin el lugar y reconocimiento merecido. Le vio cambiar de repente: aquel hombre melancólico y siempre un poco gruñón halló su sitio, y, sobre todo, confianza en sí mismo como organizador. Su vida profesional despegó.
La vida se volvió más fácil. Isabel ya no pasaba las noches intentando estirar el presupuesto con una vieja libreta. Llegaron los primeros vaqueros, las zapatillas de Sport, y más. Rocío abandonó la idea de irse de aprendiz tras la ESO sólo para ganar dinero pronto y se preparó para entrar en la universidad. Sus padres la apoyaron por completo. Y tras dos años de encierro y libros, olvidando las discotecas y las amigas, Rocío se presentó brillantemente a los exámenes y entró en la universidad. Ahora, quizás podría relajarse, pero ella pensó de otra forma. Primero, estudiar y un buen empleo; luego, todo lo demás. Y lo consiguió. Titulada con honores, su padre, ya con buenos contactos, la ayudó a encontrar un trabajo excelente. Por fin”, pensaba, ya lo he conseguido todo. Ahora puedo pensar en mí, quizás en una familia. Pero incluso ahí, Rocío decidió postergar. ¡Carrera ante todo! Quería no volver jamás a preocuparse de si tendría ropa suficiente, de dónde iba a vivir… Siguió, una tras otra, superando las metas. Sus padres no podían estar más orgullosos: lista, exitosa, compró piso y coche, viajaba al extranjero de vacaciones. Solo faltaba una cosa: estaba sola.
A Rocío no le pesaba. Nunca fue de las ‘niñas buenas’ y pretendientes no le faltaban, pero no quería relaciones serias. ¿Para qué? Aún era joven; tenía tiempo para todo. Ya pensaría en hijos: ahora primero tocaba todo lo demás.
Los primeros amores serios llegaron recién a los treinta y cinco. Ella y Víctor eran compañeros de trabajo, años con despachos contiguos, apenas charlando lo justo. Jamás pensó que a él le gustara. Víctor era apuesto, inteligente, justo lo que Rocío siempre admiró en un hombre. Él, tras mucha indecisión, una noche de la fiesta de empresa, cuando Rocío apoyó su cabeza algo embriagada en su hombro durante un baile, se decidió:
Cásate conmigo. Somos los dos exitosos, y la edad aprieta. Es hora de formar una familia. Me gustas desde hace tiempo De hecho, te quiero, Rocío.
Ella se rió bajo:
Vaya tontería, ¿verdad, Víctor? Si todavía somos jóvenes. Hay tiempo para todo.
Pero al amanecer, mirándole de verdad a los ojos, se sorprendió diciendo:
De acuerdo.
Hubo una boda grande, Isabel lloró de alegría, pensando que ya nunca vería nietos, y tres años en que Rocío descubrió cuán vacíos eran todos sus logros frente al premio de aquello que había ido aplazando sin parar, lo más importante.
No… mi futuro ya no existe, mamá… Rocío ni lloraba sosteniendo los resultados médicos. ¿Por qué he sido tan tonta?
Espera, hija. Es solo una clínica. La medicina avanza cada día. Todo puede cambiar, aún.
¿Cuándo? Rocío arrojó los papeles, que volaron desparramándose por el suelo del salón.
Todo seguía igual que en su infancia. Sus padres se negaban a aceptar su dinero para reformas o muebles, aunque su padre ya no trabajaba y sufría de salud, y su madre apenas salía, temiendo dejarle solo. Rocío, por más que se quejasen, se ocupaba de ellos: llenaba la nevera de lo mismo que compraba para sí misma, y la vieja casa revivió tras la restauración de sus muebles. Al menos, algo había logrado. Les arregló el piso hacía diez años, pensaba distraídamente ahora, observando una mancha en la pared; quizás tocaba cambiar el papel, pulir el parqué Qué cosas tontas asaltan la cabeza cuando ves como se viene abajo una vida construida con tanto esfuerzo.
¿No lo ves, mamá? Si lo que no tengo es tiempo…
Permanecieron sentadas, sin darse cuenta de cómo el crepúsculo llenaba la habitación y el teléfono sonaba sin respuesta. Rocío lloraba y callaba; después se calmaba, pero sin hablar, como si nada quedara ya por comentar. Al fin, con voz apagada y sin ver la cara de Isabel, murmuró:
Gracias, mamá…
¿Por qué, hija?
Por escucharme. Ya no tengo a nadie más… ¿Para quién soy importante?
¡Pero qué dices! Isabel le tapó la boca. ¡Nos importas! A mí, a papá, a Víctor.
A Víctor, ya no.
¿Por qué, Rocío?
Porque este problema es mío, no suyo. Tampoco tiene tiempo para perder. Podrán venir otros hijos para él.
Rocío se levantó, abrazando brevemente a su madre y, sin atender a más argumentos, partió hacia casa.
Mamá, no te preocupes. No voy a hundirme le lanzó un beso, cerrando la puerta. Isabel cayó exhausta sobre la silla del pasillo. Dios mío, ¿por qué a mi niña, por qué a ella este dolor?
A Rocío no le apetecía volver a casa; tomó el desvío de la ribera. En esta época del año, la orilla del Manzanares no era sitio agradable: apenas algún paseante con perro y una pareja mayor, arrimada contra el viento otoñal. Rocío los miró y, súbitamente, rompió en llanto. ¿No soñaba ella con eso? Llegar viejos juntos, comprenderse sin hablar, tener algo propio y a la vez compartido… Pero comprendió que ya no, que nunca lo tendría. Porque en el fondo siempre había amado a Víctor, sólo que se engañaba, iban posponiéndolo todo, hasta el amor.
Observó el río, ahora ajeno y hostil. Recordó los paseos de los domingos con sus padres. Siempre caían en la tentación del helado, hiciera frío o no. Y nunca, jamás, había cogido un resfriado… Su hija jamás pasearía así con ella.
Se sacudió: ¡Basta de autocompadecerse! ¡Toca seguir adelante! Nada de eso importa ya. Por algún motivo, sus logros carecían de sentido. Ni la carrera, ni el éxito, ni el dinero llenarían lo perdido. Había que hallar otra cosa. Aunque ni idea de qué.
Se dirigía hacia el coche cuando se detuvo, sobresaltada. Varios adolescentes rondaban su vehículo. El paseo estaba vacío Si había un problema, ni quien la defendiese. Pero la invadió una furia desconocida. ¿Y qué más dá lo que suceda?, pensó.
Metió las manos en los bolsillos y se les acercó:
¿Qué pasa aquí?
Los chicos unos dieciséis años se volvieron.
¿Es su coche?
El mío.
Debajo del capó… hay que abrir. ¡Hay que sacarlo! hablaban todos a la vez, y Rocío intuyó que no eran hostiles.
Tranquilos, no entiendo nada. Uno solo, por favor. ¿Qué buscáis ahí?
El más bajito dio un paso adelante. El líder, pensó.
Hay un gatito. Lo vimos entrar por debajo del coche, y luego subió más arriba. Quizás sobre la rueda, o más adentro. Hay que sacarlo, si no, se haga daño.
Rocío arqueó las cejas.
¿Seguro?
Sí, lo vimos. Con este frío, los gatos se meten a los coches para calentarse.
Dio al mando del coche y abrió el capó, mientras los chicos atrapaban un diminuto gato negro como el carbón.
¡Vaya, cómo araña! dijo el chico mientras lo presentaba a Rocío. ¡Tome!
¿A mí? la sorpresa de Rocío era genuina. Yo nunca he tenido gatos.
Aprenderá. ¡Lo importante es que le dé de comer!
Los chicos, riendo, se despidieron, pero ella, recordando algo, los llamó:
¡Esperad! Rebuscó en el abrigo y les dio un billete. No se puede salvar a un animal sin darle algo a cambio Como decía mi madre.
¡Gracias! respondieron, y se alejaron riendo.
Rocío se sentó al volante, mirando al nuevo inquilino.
¿Y ahora qué hago contigo?
El gatito, tranquilo sobre su regazo, empezó a ronronear.
Vale Ya estamos, una señora mayor y un gato Lo que me faltaba. Arrancó para casa. ¡Vamos, compañero!
Dejó la conversación con Víctor para la mañana. Aquella noche la pasó lavando el gato, que tenía más pulgas que pelo.
¿Dónde te has metido para salir tan sucio? ¡Eres un desastre! ¿Cómo me he dejado liar así? refunfuñaba.
Víctor, toalla en mano, observaba divertido.
¡Curioso!
¿Qué?
Normalmente, los gatos odian el agua. Este ni protesta.
Y encima ronronea. ¿No oyes? Parece un motor.
Después de secarlo y alimentarlo, el animal se acurrucó junto a Rocío en el sofá. Víctor, al fin, preguntó:
¿Hay novedades?
Rocío suspiró. Mejor ahora que nunca.
Nos divorciamos, Víctor.
¡Qué tontería! ¿Y eso?
Porque no tendré hijos, y la culpa sólo es mía. En cambio tú aún puedes conocer a otra, tener familia.
Víctor la miró como si nunca la hubiera visto.
¿Así de simple? Su voz sonaba áspera. ¿Crees que soy un robot, Rocío? ¿Que puedo cambiarte de un día para otro? Yo te amo, y los niños no son lo esencial para mí. Lo esencial eres tú. Pero claro, tú ya has decidido.
Tomando el gato dormido, añadió:
Hoy duermo en el despacho. Buenas noches.
Rocío asintió en silencio, conteniendo los sollozos hasta quedarse sola. Era lo correcto, se repitió. El remordimiento siempre termina floreciendo. Y él nunca se lo echaría en cara. Simplemente, porque era un buen hombre.
Durmió solo de madrugada, hechas un ovillo las piernas, la cabeza sobre la butaca. No oyó cómo Víctor preparó el desayuno ni cómo se fue. Despertó al mediodía, envuelta en una manta. Sobre la mesa reposaba una nota: Vuelvo por la noche. Ni sueñes con dejarme. Te quiero.
A sus pies, el gato la miraba con ojos verdes.
¿Qué pasa? crujió el cuerpo rígido. Quiero café. ¿Tú también?
Por primera vez en mucho tiempo, sonrió viendo al gato correr a la cocina.
Te has adaptado rápido…
Puso una cafetera al fuego. No sabía si era la nota, el tiempo, o qué, pero se sentía menos hundida que el día anterior, casi como si un hilillo de esperanza flotara en casa.
Llamó al trabajo para pedir día libre mal de salud, excusó y se apuntó a la peluquería y manicura. Salió a la lluvia de Madrid, empapándose porque olvidó el paraguas, pero decidió no volver atrás. Nada de llorar; había que actuar.
La peluquería iba con retraso por el tiempo. Hurgando en una pila de revistas, cogió la primera que encontró. Todo era publi, maternidad, niños Rocío miró la portada y sonrió, amarga: ¿En serio? De entre tanta revista rosa, elijo justo esta. Pasó páginas y se clavó en una doble: unos ojos verdes, redondos, de niño pequeño. Esa cara sentía que la reconocía, en lo profundo. Como una idea vaga e insistente. Leyó el texto bajo la foto.
La estilista, extrañada de la tardanza, buscó a Rocío: había desaparecido, y nadie notó tampoco la ausencia de la revista.
Víctor la vio entrar en el despacho, agitada.
Mira esto dejó la revista y señaló la foto. ¿Lo ves?
¿Quién es, Rocío?
No lo sé sólo hay el nombre y los años. ¡Pero mira!
Con brusquedad, lo llevó hasta el espejo de su oficina. Le pegó la foto en las manos.
¿No te recuerda a alguien?
Víctor comparó la foto, alzó la vista y tembló: su propio reflejo, treinta años mayor, era idéntico al del niño.
Increíble murmuró, aún sorprendido. Volvió a leer. ¿Seguro que?
No, Víctor. No estoy segura de nada. Ni siquiera sé si ya tiene padres. Sólo sé que es imposible Y no quiero volver a aplazar nada más.
A Samuel lo adoptaron medio año después. Y dos años más tarde, Rocío encontró de nuevo en una revista la mirada de una niña que acabó siendo su hija: Marina, año y medio y sin familia propia, se convirtió en su mundo. Cinco años después, Rocío, que atribuía raros síntomas al inicio del climaterio, se llevó una última gran sorpresa.
¡No me lo puedo creer! le espetó, boquiabierta, a la ginecóloga.
Yulema nació puntual, causando asombro y alegría en la familia.
Isabel conoció a su nieta. Se fue un año después, derrumbada por la enfermedad. En sus últimos días, pasaba cada minuto posible con sus nietos.
Vosotros sois mi alegría En vosotros vive mi vida.
Al ordenar sus cosas para mudarse con su padre, Rocío halló en el fondo del armario una caja. Al abrirla, se echó a llorar, tan alto que asustó a los niños.
¡Mamá! ¿Por qué lloras? Samuel corrió a ella.
Rocío sacó las botas viejas, las apretó fuerte y por fin dejó que el dolor fluyera. Había sido fuerte durante la enfermedad, en el funeral, pero ahora no pudo más.
¿Por qué lloras mamá? Marina se agachó, la abrazó y sollozó igual.
Yulema tampoco tardó en romper a llorar, y solo Víctor, desde la puerta, interrumpió el mar de lágrimas:
¡A ver, silencio! Rocío, ¿qué pasa?
Las niñas guardaron silencio y miraron a Víctor: si papá estaba, ya nada podía pasar.
Ay, Víctor Eran suyas. Las guardó Imagina, todos estos años…
Dejó las botas y revolvió en el armario. Allí estaban las sábanas, toallas, todo el ajuar que se negó a llevarse al casarse. Ahora, al tocar aquellos paños custodiados con mimo y llenos de saquitos de lavanda, entendió: su madre los guardó toda una vida. Hasta algunas sábanas de gran encaje, nunca estrenadas
¿Cómo puede ser, Víctor? Que la persona no esté, ¡pero sí sus cosas! ¿Por qué lo vamos aplazando todo? ¡Que la vida pase y nosotros esperando el momento ideal, que igual ni llega! Es injusto.
Víctor la abrazó en silencio. No hacían falta palabras: tenía razón.
Yulema se aferró a su madre y alzó sus ojos verdes:
¡Mamá!
Rocío contuvo el aliento. Víctor asintió, sonriendo. Se arrodilló.
¡Dilo otra vez!
¡Mamá! Yulema se subió a sus brazos y la abrazó. Mamá…
Samuel y Marina aplaudieron.
¡Al fin ha dicho mamá! Samuel guiñó a su padre. ¡Has perdido, papá!
Toca zoológico entonces.
¿Cuándo? ¿El sábado? Marina saltó radiante.
¿Para qué el sábado? Rocío besó la nariz de su hija. No hay que dejar para mañana lo que se puede hacer hoy. ¡Vamos!
Echó una ojeada a las cosas desperdigadas por el suelo. Eso, ya podía esperar. Ahora sí lo sabía.
Conducía mientras escuchaba las risas de sus hijos en el asiento trasero. No sabía hacerles felices del todo; nadie lo sabe. Pero les enseñaría, al menos, una lección: que no hay que aplazar la vida. Que ese luego es caprichoso y cuando parece llegar la vida da un vuelco y quizás nunca llegue.
¿Podemos un helado?
¿Ahora? Samuel se sorprendió. ¡Mamá, si aún no hemos comido!
¡Tiempo hay! Entonces, ¿cómo lo veis?
¡Sí! los tres saltaban. Víctor sonrió.
¿Mimándolos, madre?
¡Y qué menos, padre! ¿Cuándo, si no es ahora?







