La venganza de Yulia

Querido diario,

Hoy el cielo de Castilla se sostenía gris, y una llovizna ligera calaba las calles, indecisa, como si no quisiera convertirse en verdadero aguacero. Observaba el mundo tras la ventana salpicada del autobús de línea que, tras dos horas desde Valladolid, me conducía de regreso al pueblo. Pero la verdad, ya hacía tiempo que sentía Madrid como mi auténtico hogar. Allí, en mi piso pequeño de Lavapiés, entre el ruido, la prisa y la gente, hallé mi sitio. El pueblo era mi infancia: madre, padre, el aroma de las tapias, los veranos eternos. Pero ahora… ya no soy esa niña.

A mis veintisiete años, me sentía orgullosa de lo conseguido. Estudié medicina; después, logré entrar en un centro de estética bastante reputado en Madrid. Eran jornadas eternas entre clientas exigentes, reciclajes, cursos, congresos El ritmo frenético me convertía un poco, también, en otra persona.

¿Habría vuelto si no fuera por esa extraña distancia percibida últimamente entre mis padres? Llamaba a mi madre y mi padre no estaba; llamaba a mi padre y, misteriosamente, era mi madre la que no aparecía. ¿Mamá, todo bien?, insistía yo. Todo tranquilo, hija, no te preocupes, respondía ella, siempre evasiva.

Al bajar en la estación de autobuses, el frío del otoño me golpeó la cara. Miré alrededor, y el pueblo seguía igual. Solo el letrero de la tienda frente a la estación había cambiado, y los álamos parecían crecer más altos que antes. Avisé a mi madre de que estaba llegando, aunque, por costumbre, no supe precisar la hora exacta.

Un taxista, uno de esos que conoce la vida de todos, se acercó arrastrando mi maleta sobre el asfalto roto. ¿Dónde voy, guapa?. Calle San Isidro, 26, le respondí.

La casa de mis padres ladrillo visto y contraventanas azul añil me miraba como si fuera un personaje más del ayer. Las tres acacias del jardín, plantadas por papá la tarde que acabé la ESO, saludaban a su manera.

¡Elena! la voz de mi madre, Carmen, brotó emocionada. Cruzó la puerta y me abrazó tan fuerte que sentí el pasado regresar. Hija, que por fin te veo Tres años sin verte el pelo.

Dejé la maleta junto a la entrada, me quité la chaqueta y las botas y me tumbé en el sofá, estirando las piernas. Mamá me abrazó otra vez y nos miramos en silencio. Sentía miedo ante la pregunta inevitable.

¿Y papá? ¿No viene?

Mamá, tras una pausa, trató de evadirme con comida. Puse atención a la nueva mantelería, el set de vajilla con flores, detalles nuevos pero impregnados de ese olor acogedor… Sus albóndigas de pollo, su ensalada del huerto y sus torrijas. Todo me evocaba la niñez.

Insistí:

¿Está en viaje de trabajo o qué?

Entonces, Carmen se puso seria.

Hija, quería decírtelo en persona. Tu padre y yo… Nos hemos separado.

Sentí que la taza de té helado se me deslizaba entre los dedos. Me levanté, fui a la habitación de mis padres y, al abrir el armario, supe que era cierto: la ropa de papá ya no estaba allí.

¿Dónde vive ahora?

En la casa de los abuelos, cerca del puente viejo. No quería dejarla vacía…

Me invadió una amargura inesperada. Sentí rabia, decepción, pero sobre todo una gran tristeza. Era hija única, y todos los mimos y caprichos siempre acababan por cumplirse. Papá no escatimaba: me compró la bici cuando la pedí, el equipo de música a los trece. Me cuidaron; crecí sin privaciones y, aunque aprendí a valerme sola, nunca sentí la tierra tambalear.

Mamá me lo explicó: su separación fue reciente. Vivieron juntos años, pero el amor se fue gastando como una balda horadada por la polilla. Y papá, ahora, tenía una nueva pareja en el pueblo de al lado. Dice que la vida es así, que mejor vivir en paz.

Mi reacción fue visceral:

No pienso verle, no quiero saber nada del traidor.

Mamá bajó los ojos, triste. Yo, sin poder estarme quieta, salí de casa con un chándal y la chaqueta con capucha, dispuesta a caminar hasta el río, a respirar el olor de la tierra mojada.

La casa de los abuelos estaba deslucida, pero tenaz. Entré sin dudarlo. En la cocina, una mujer morena, no muy mayor, removía algo en la olla. Tenía el rostro serio, marcadamente castellano.

¿Eres la nueva dueña de esta casa? le solté.

Me miró, asustada.

¿Eres Elena? Me ha hablado tanto de ti… Soy Rosa.

Me mantuve tensa. Ella intentó ser amable, pero la rechacé de plano y le exigí que se fuera de la casa de mi familia.

Salió un niño de unos doce años. Rosa le dijo que se marchara a jugar. Noté en el crío una mezcla de sorpresa y temor. Le juré, antes de irme, que no vivirían ahí por mucho tiempo.

Caminé hacia casa de mi madre entre la bruma. Rabia, decepción, ganas de gritar. Al llegar, mamá me preguntó. Le conté todo; se puso nerviosa y trató de calmarme. Insistió: Hija, no es culpa de Rosa, ella no rompió nada. Tu padre fue sincero.

Aun así, la sensación de injusticia bullía. Necesitaba castigo, quería vengar a mi madre.

Mamá, dolorida, respondió: No, Elena, no deseo odiar ni pelear. Si tienes que odiar, niégamelo a mí también, porque lo acepté. Nos queríamos como amigos, no más. Cuando tú te marchaste, solo quedabas tú como nexo.

Por primera vez, la miré como a una mujer, no solo como madre. Admitió que, quizás, había alguien más en su vida también. Me habló de Daniel, el padre de mi amiga del colegio, que ahora de vez en cuando venía a ayudarle a la huerta porque había perdido a su mujer.

¿Me reprochas, hija? ¿No puedo tener yo también otra oportunidad? preguntó con lágrimas.

La abracé fuerte. Nos consolamos entre sollozos. Yo, entre reproches y cariño, entendí de golpe tantas cosas.

Mi padre volvió al cabo de tres días. Llamó varias veces, pero no contesté. Le evité. No podía mirarle a la cara.

Anochecía cuando de pronto unos gritos resonaron desde la calle. Me asomé y vi que el niño, el hijo de Rosa, había caído del bici y se había clavado un hierro en una pierna. Mis reflejos médicos me salieron solos. Corrí a socorrerle, llamé urgente a mi padre. En menos de diez minutos, estaba allí junto a Rosa, los ojos desencajados, piel pálida. Llevamos al niño al hospital de la comarca. Yo le indiqué a los médicos la herida, cómo debía tratarse.

Al regresar sola bajo la lluvia, me di cuenta de lo que había hecho. Y esa noche sentí un peso menos en el corazón.

Al día siguiente llegó la hora de marchar. Junto a mamá, en la parada de autobús, me faltaba el aire. La familia de mi amiga Ana llegó a despedirme también. Hasta papá se acercó, junto a Rosa y el niño, que me saludó:

Gracias, Elena, ya estoy mucho mejor.

Eres muy valiente, pequeño. Le sonreí con cariño.

Mamá, desde la acera, sollozaba en silencio. Papá me miró y, en ese instante, supe que sería injusto no volver, no perdonar del todo. Nos abrazamos fuerte. Mi madre, mi amiga, todos Mi raíz.

Mientras el autobús arrancaba rumbo a Madrid, miré a todos una última vez, latiendo con el corazón en un puño. Oí sus voces entre la bruma de la ventanilla: ¡Vuelve pronto, Elena!.

Prometí para mí misma: volveré; sería injusto no hacerlo.

El sol, tímido, se abrió entonces paso entre las nubes e iluminó el asfalto, los árboles, la plaza y a las personas a las que más quiero.

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Elena Gante
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