Plátanos para la abuela

¡Y no te olvides de comprar plátanos para la abuela Carmen! ¡Solo los pequeños, como a ella le gustan! ¡La última vez trajiste algo raro! ¡Elena! ¿Pero cómo puedes ser así? ¿De verdad es tan difícil hacer lo que se te pide?

Elena Fernández de la Vega, jefa de contabilidad de una empresa reconocida, madre de dos niños y, según decían quienes miraban desde fuera, feliz esposa, suspiró y asintió al vacío, olvidando por completo que su madre no podía verla al otro lado del teléfono. Bastaba con saber que la señora Lucía siempre adivinaba cualquier reacción que tuviera ante sus órdenes.

¡Y no asientas, haz lo que te digo! ¡Que te conozco! ¡Tienes la cabeza llena de pájaros! ¡Elena, ya es hora de hacerte adulta!

Por segunda vez, Elena no movió ni un músculo. Solo respondió: «Sí, claro, mamá», y se despidió.

Hacerse adulta Claro, si usted lo dice. Cuarenta y pico, es verdad, no parecen suficientes.

Quedaba media hora para terminar la jornada, y Elena intentó centrarse en el balance. Resultados flojos. Por su cabeza paseaban pensamientos varios y casi todos sombríos. Al fin y al cabo, ella era, según su madre, «una buena hija». La mejor, decían en el barrio cuando era aún pequeña, con sus trenzas y sus vestidos con volantes.

¡Elenita es una joya! ¡Una niña ejemplar!

Qué tierno era aquello, siendo ella una chiquilla en la guardería. Como si fuese un prodigio.

Sí, prodigio… o más bien ciclón. Porque al recogerla su madre tras la siesta, una jamás se llevaba a una princesita, sino a un torbellino.

Elena, ¿qué llevas en el pelo?

Un nido, mamá. Lo ha dicho la seño Teresa. Y me ha recomendado quedarme quieta, por si vienen unos pájaros a anidar. Por lo menos así sirve de algo mi pelo.

¿Y los lazos que te puse?

No me acuerdo. Uno se lo llevó Joaquín, necesitaba cuerda para el ancla de su barco. ¡Mamá, tiene un barco de verdad! Su padre lo hizo, hoy lo enseñó la seño Teresa en una palangana llena de agua. ¡Navegaba precioso!

¿Y la otra cinta?

Ni idea. Me la pidió Lucía y desapareció. Mamá, ¿por qué sopla el viento?

¡Elena!

¿Quéeee?

¡Déjame en paz con tus tonterías que me duele mucho la cabeza!

Elena callaba, y de camino a casa observaba a su madre de reojo. Quizá le dolía tanto que se le iba a romper o vendería su cabeza como esas cáscaras vacías de huevo que tiraba al freír una tortilla.

Una imaginación desbordada era su condena. Antes de llegar a casa ya sollozaba, luego rugía con un llanto grave, hasta sacar a su madre de sus casillas.

¿Qué es este concierto, Elena?

En realidad, nunca pudo explicar nada. Solo sentía una pena inmensa por su madre, por su dolor de cabeza y su mal humor, y deseaba unirse al aullido de la perra del vecino, Trufa.

Trufa era la perra más tonta del barrio, aullaba por nada, pero el drama llegaba cuando su dueño, Don Fermín, el fontanero, se perdía en el bar. Entonces aullaba sin descanso, y los vecinos de la Calle Laurel número 9 rezaban para que alguien se la llevara. Finalmente, solo una vez se calló Trufa: cuando Don Fermín se marchó para siempre. En ese momento, todos supieron que la desgracia se cernía sobre la escalera.

A Don Fermín lo despidió todo el barrio. Buen hombre, siempre presto a ayudar, aunque de carácter débil, como decía la madre de Elena.

Aquel día, Trufa salió del portal y se quedó sentada en el umbral, mirando la procesión que caminaba por la calle con flores en las manos, y jamás volvió a ladrar. Elena, que ese día no fue a la escuela porque tenía cita con el dentista, la acarició, pero ni siquiera movió el rabillo cortado. Su madre la tomó de la mano y siguieron, y cuando regresaron, Trufa seguía igual, inmóvil, con las patas entumecidas. Elena hasta juraría cruzándose la barriga como le enseñó Joaquín que la perra sollozaba.

Mamá, ¿por qué no se le ve el llanto?

No entendía entonces Elena el peso de esa pregunta. Su madre se agachó junto a la perra y murmuró, acariciándole la cabeza:

Trufa… Trufita… Ven conmigo. No volverá…

¿Sabía la perra lo que le decían? Elena nunca lo supo. Su madre la recogió entre los brazos y dio la orden:

Vamos. Hay que cuidarla.

Trufa fue así la perra de Elena. Vivió muchos años. Ni idea de cuántos tenía cuando murió Don Fermín, pero en la casa de Elena resistió diecisiete. Le dio tiempo a Elena a acabar el instituto y casarse. No volvió a escuchar su aullido, solo obedecía, paseaba, y cuando se fue, solo suspiró, cerrando los ojos sobre la mano húmeda de lágrimas. Elena no volvió a tener perro, ni fue capaz más adelante, aunque los niños se lo pidieran, de criar a ningún cachorro: recordaba el fondo extraño y sabio de los ojos de Trufa.

En verdad, Elena fue una niña feliz, con todo lo que pudiera soñar: madre, padre, dos abuelas, un conejo de trapo con una oreja cosida y crepes caseros los domingos. Y la finca de la abuela Pilar, la madre de su padre, donde rara vez iban las dos juntas. No entendía bien por qué, era secreto de adultos.

Vacaciones al mar con la otra abuela, Carmen, a la que adoraba. Carmen no tenía temas prohibidos y le respondía a todo, aunque eso le costara alguna regañina a la hija.

¡Por Dios, mamá! ¡Para qué le cuentas eso! ¡Si es una niña, no se entera de nada!

Tú tampoco eras boba. Lo entendías todo. Elena es igual que tú.

Elena no sabía ni la mitad de lo que la abuela explicaba sobre cómo venían los niños al mundo, pero escucharlo era tan entretenido que planeaba preguntar, un día, por qué los adultos no siempre decían la verdad.

Nadie quería que entendiese los entresijos de la familia. A fin de cuentas, ¿para qué? Pero por las noches, tras las puertas cerradas, llegaban discusiones ahogadas y el llanto suave de la madre. En la casa de la abuela Pilar, se apretaban los labios y se miraba a otro lado. Elena pedía a su madre que aprendiera los secretos culinarios de la abuela.

¡Mamá, vamos! ¡La abuela te enseñará el secreto! Así haces tarta de cereza en casa.

No quiero.

No le explicaban nada y fingían que no pasaba nada. Elena, con los años, lo entendió: ser familia no siempre significa ser cercano.

El divorcio llegó cuando Elena cumplió diez. En plena fiesta, la puerta sonó, la madre la miró y solo dijo:

Ya está… Se acabó.

Trufa, más hábil que cualquier niña, se pegó a la pierna de su dueña intentando consolarla. Elena se dispersó con sus amigas, gritando que pronto llegaría la tarta. Minutos después, al volver, vio a su madre y a Trufa, una junto a otra, mirando hacia un punto invisible.

¿La tarta? preguntó ella, insegura.

¡Sí, cariño! ¡Ahora mismo! Ve con tus amigas.

Al rato, la madre apareció en la puerta con una sonrisa cansada y el pastel por el que había pasado noches sin dormir, soñando con reconocimiento.

Cuando acabó el jolgorio, Elena se sentó junto a su madre, que le dio una cuchara de postre:

¿Está rico, verdad? ¡Nada de dietas, Elena! ¡Que también merecemos fiestas en la vida!

No entendió entonces de qué tipo de fiesta hablaba su madre. Más adelante tampoco. Con la pensión justa que enviaba el padre para los gastos de una adolescente en Madrid, las celebraciones se redujeron a los cumpleaños y la Nochevieja. El cumpleaños de la madre, nunca más.

Carmen no tenía reparos en repetir delante de Elena que su hija tenía que rehacer su vida.

Pero, mamá, ¡por favor! Ella no quiere.

Tú tampoco querrías si supieras lo difícil que fue todo. Pero deberías dejarla, hija.

De adolescente, Elena se preguntaba cómo habría sido la vida si su madre hubiese vuelto a casarse, si hubiese dejado atrás el pasado. Imaginaba un hermano, quizá, y a su madre riendo.

Pero la realidad fue otra. Su madre abandonó la risa y se volvió aún más severa, y Elena apenas contenía las ganas de saltarle a la yugular con una mala contestación. Solo el recuerdo de Trufa, y los dientes puntiagudos que la advertían en silencio, le cortaban el genio en seco.

Una vez, después de una rabieta adolescente, Trufa entró a su cuarto y le mordió suavemente el tobillo: mordisco suficiente para recordarle quién conocía de verdad lo que necesitaba una madre, una hija y una perra testaruda.

Fue Carmen quien finalmente le explicó a Elena algo más sin tapujos cuando ya era casi adulta.

¿Qué esperas de tu madre? Cualquier mujer se vuelve amarga si no tiene amor.

Pero la queremos nosotras, ¿no?

Ay, hija… Eso no basta. Hace falta un hombre. Eso lo entiendes más adelante. Yo amé a tu abuelo, y aunque después tuve algún romance… Ay, qué risa te da, ¿eh? Pero es que tú solo conoces la abuela que soy ahora. Yo también amé. Quise a tu abuelo siempre.

Elena reía mientras escuchaba a su abuela recordar aquellos tiempos como leyendas de algún país lejano: tiempos donde las mujeres lloraban por amor bajo la luna llena y aceptaban ramos de flores en secreto.

Pregúntame tú cuando encuentres a alguien para toda la vida…

Así, tal cual profetizó la abuela, Elena conoció a su marido, Carlos. Chocaron en el pasillo de la Universidad Complutense, ella recibió su abrazo antes de estamparse contra el suelo, y la voz segura le pidió el teléfono antes de que saliera corriendo.

No le dio el número, pero le vio esperándola a la salida del examen.

Ahora no tienes prisa, ¿verdad?

Tres años después estaban casados, primero con la madre de Elena en casa. Pero la convivencia no era fácil.

¿Informático? ¿Eso es un trabajo? Se pasa todo el día delante de la pantalla y comiendo pan con chorizo. Te va a salir un oso como marido, hija.

No seas exagerada, mamá. ¿Te molesta que coma un bocadillo?

Me molesta que vayas a sufrir, eso sí.

Costó casi una década que la madre reconociese el valor de Carlos hasta llegar a decir que tenía un yerno «de oro» para entonces ya vivían en su propia casa, dos habitaciones en el barrio de Chamberí, mientras Carlos montaba su empresa y Elena hacía de agente inmobiliaria, sobreviviendo a base de enseñar pisos.

Las primeras señales preocupantes surgieron con el segundo embarazo.

¡Elena, qué crees, que mi vida es solo para ti? Me dejas sola una hora y no te vuelvo a ver. Tengo muchas cosas por hacer. refunfuñaba la madre mientras removía la olla del cocido que tanto gustaba a Carlos.

Ya llego, mamá, solo fui a consulta. Pero era ayer…

Ya me has hecho perder la mañana… La próxima vez, planifica también mi tiempo.

Elena, todavía ingenua, no entendía nada mientras veía a su madre preparar la casa para una boda imaginaria. Supo entonces que algo grave pasaba: la madre confundía días o se enfadaba porque Elena no había salido siquiera de casa.

Negó en redondo hacerse revisiones:

No digas tonterías, estoy mejor que tú. ¡Deberías pensar en la abuela!

Elena, tras consultar a Carlos, buscó un especialista privado que pudiera venir al piso.

No tengo buenas noticias. Deben prepararse.

Escuchando al médico, sentía que el frío le agarraba las manos. ¿Su madre? Imposible, si era tan joven…

Puede haber múltiples causas. ¿Le serviría saberlas? Lo importante es evitar el sufrimiento y ganar tiempo.

¿Eso es posible?

Tal vez. Quizás la investigación avance, quién sabe.

Desde entonces, la vida dio la vuelta. Y aunque no quería, Elena aceptó: su deber era cuidar.

Convencer a la madre para mudarse al chalet una locura hipotecada por Carlos y amueblada por Elena en las afueras de Madrid fue una de las charlas más dolorosas.

Tranquila; lo importante es que ahora estaremos todos juntos.

Pero la madre, entre olvidos, a veces preparaba la maleta para volver al piso de Lavapiés.

Mamá, tu habitación está aquí, al fondo del pasillo.

No quiero tu cuarto de invitados, yo tengo mi casa.

Pero te necesito para ayudarme con los niños. Y la abuela está enferma…

Bueno… Pero no te acostumbres, tengo vida propia.

Si no hubiera sido por la abuela Carmen, que todavía vivía y cuidaba de la hija, Elena no habría resistido.

Elenita, ¿de verdad ha olvidado todo?

No todo. Recuerda lo antiguo. Cosas que ni yo recordaba. Ahora entiendo que pasé poco tiempo con ella. Guardería, colegio, actividades extraescolares. Le dediqué más tiempo a tu madre. Mi primer reto: ser madre de verdad vino contigo, hija. Y ahora, siento que todo esto sucede para que ella me perdone…

A Elena la abrumaba ver a su abuela, demacrada bajo la luz, vigilando a su hija adulta.

¿Me la llevo?

No, déjala. No será por mucho.

La abuela se fue un año después de asumir que la vida nunca sería igual.

Cuídala, Elena. Como la niña de tus ojos. No podré más.

Elena solo podía asentir, reprimiendo el pánico para que la abuela no descubriera lo sobrecogida que estaba ante el futuro en soledad.

Piensa en ella no como madre, sino como una niña. Así cuídala. Llora si tienes que hacerlo, pero sin que te vea. Cuando termines, acuérdate de lo que te he contado y sigue cuidándola, como quieres que te cuiden tus hijos. ¿Lo prometes?

Lo prometo…

¿Cuántas veces recordó Elena esa conversación? Innumerables. Como ahora.

Miró el reloj, suspiró, recogió el bolso: monedero, llaves, paraguas. Todo listo. Hora de ir a por el mayor al entrenamiento, recoger al pequeño en el colegio, y pasar por el supermercado a por plátanos. Los pequeños, como los que le gustaban a la abuela.

Porque cuando le entregara el manojo, la madre, por alguna razón más próxima al misterio que a la lógica, pensaría que la abuela aún vivía. Y bastaría caminar, sin mirar el gesto inquisitivo de la cuidadora, abrir la puerta de la sala y ver el sillón, desfasado pero imprescindible, ocupando su lugar.

Y oírla protestar:

¡Elena! ¿Tanto cuesta limpiar la tapicería? ¿Cuántas veces hay que decirlo? ¿Has comprado los plátanos? La abuela vendrá pronto. Los pidió.

Claro, mamá. Siéntate, te hago un té.

El sillón tendría dueña, aún quedaría tiempo para apoyar la mejilla en aquellas manos que olían a jara y a jabón. Responder a esa mirada severa y enternecedora. Y sonreír conmovida ante el asombro ingenuo:

Elena, ¿qué llevas en el pelo? ¿Dónde está tu cepillo? Tráelo, anda, que te peino. Ay, qué tarde es ya ¡A la cama! ¿Quieres sémola o tortitas para desayunar mañana?

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Elena Gante
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La segunda madre (Cuento)