Poner punto final


Poner punto final

Compró un billete solo de ida. No sabía cuánto tiempo le llevaría resolver todo.

Hacía muchos años que Laura no veía a su padre. Después del divorcio, él se marchó a la costa de Andalucía, concretamente a un pequeño pueblo cerca de Almería. La miró por última vez y dijo: «Voy a construir una casa».

Su madre soltó una risa amarga: – ¿Una casa? ¡Si nunca tuviste dinero ni para un piso en Móstoles! ¿Qué casa vas a construir?

Laura se quedó con su madre, convencida de que su padre las había abandonado. Las había traicionado. Su madre nunca la sacó de ese error.

Los primeros dos años aún hablaban por teléfono. Conversaciones cortas: – ¿Cómo estás? – Bien. – Yo también estoy bien.

Luego las llamadas se fueron espaciando. Al final, Laura dejó de contestar. Ya no era por rencor, sino por la vida: la universidad, el trabajo, un novio, su propia existencia.

A veces su padre le enviaba mensajes: «Hija, ¿cómo va todo?». Ella respondía: «Normal». Él insistía: «Ven a verme, te enseño cómo vivo». Ella contestaba: «Sí, algún día tendré que ir…».

En realidad, nunca tuvo intención de hacerlo. Simplemente no le parecía necesario.


Hace un año, la madre de Laura se casó de nuevo y se marchó a vivir a Portugal con su nuevo marido.

Laura se quedó sola. Treinta años, un apartamento de alquiler pequeño, un trabajo en marketing y la sensación de que la vida se le había escapado entre los dedos. Ni matrimonio, ni hijos, ni casa propia. Todo parecía haber pasado de largo. Y para colmo, en el trabajo anunciaron recortes.

Entonces pensó: iré a ver a mi padre. Pondré punto final. Si ha construido algo, lo venderemos y nos repartiremos el dinero. Cada uno seguirá su camino. Definitivamente.


Compró un billete de tren de Madrid a Almería, en litera, dos días de viaje. Llevó solo una pequeña maleta, el portátil y una firme determinación.


Su padre la esperaba en la estación. Laura bajó del tren, entrecerrando los ojos por el sol de marzo, y casi no lo reconoció.

Antes su padre era un hombre grande, corpulento, con cara de cansancio permanente. Ahora tenía delante a un hombre delgado, fibroso, completamente canoso. En las manos llevaba un ramo de flores silvestres.

¡En marzo!

– Hola, hija – dijo con la voz temblorosa. – Hola – respondió ella, incómoda.

Se quedaron en el andén sin saber si abrazarse o no. Su padre no se movió. Solo la miraba y sonreía. Sus ojos brillaban como si estuviera viendo un milagro.

– Vámonos – dijo al fin–, tengo el coche. ¿Tienes hambre? He preparado unos bocadillos. – No hace falta – lo cortó Laura bruscamente–. Vamos directamente a la casa. Solo me quedo dos días.

Su padre asintió sin preguntar para qué había venido. Probablemente lo imaginaba.

El trayecto duró hora y media. La carretera serpenteaba entre colinas, se veían olivos, casas blancas y un cielo intensamente azul. Su padre hablaba: – Aquí hicieron una autovía nueva… antes había un viñedo… en ese pueblo hay un mercado muy bueno, allí compro la carne.

Laura escuchaba a medias. Se sorprendió mirando las manos de su padre: nudosas, llenas de callos, con tierra bajo las uñas. Manos de alguien que trabaja duro de verdad.

– ¿Trabajas de albañil? – preguntó casi sin interés. – Sí, en una cuadrilla. Ayudo a la gente a construir sus casas. La mía ya casi está terminada. – ¿Casi? – Sí, quedan detalles. Terminar la terraza, poner las losas del camino. Ya se puede vivir.

Ella pensó con ironía: «Se puede vivir»… seguro que se refiere a paredes de hormigón y un tejado con goteras.

Salieron del asfalto a un camino de tierra, pasaron varias casas antiguas y se detuvieron frente a una verja.

– Ya hemos llegado.

Laura bajó del coche y se quedó con la boca abierta.

Aquello no era una casa. Era una pequeña finca preciosa.

Una casa de dos plantas, construida en piedra clara, con tejado de teja árabe roja. Delante, una amplia terraza con barandilla de madera cubierta de jazmín. Alrededor, un jardín cuidado: árboles jóvenes, rosales, caminos de piedra. Todo pensado, limpio y hermoso.

– ¿Todo esto… lo hiciste tú? – preguntó Laura, incrédula. – Diez años tardé – respondió su padre con sencillez–. Conozco cada piedra. Ven, te lo enseño.

Ella lo siguió como en un sueño. Dentro de la casa todo era luminoso y olía a madera y a algo dulce. Los suelos eran cálidos, en las paredes había cuadros con paisajes andaluces.

La cocina era amplia, con una gran chimenea. El salón tenía una chimenea más pequeña, un sofá cómodo y una librería llena de libros.

– ¿Tú lees todo esto? – se sorprendió ella.

Laura no recordaba haber visto nunca a su padre con un libro en las manos. Siempre estaba trabajando o en el garaje.

– Pues sí – sonrió él–. Bueno, ven, que te enseño lo más importante.

Subieron al segundo piso. Un pasillo, tres puertas. Abrió la primera. – Esta es mi habitación.

Luego: – Esta es la de invitados. Todavía estoy terminando los detalles.

Y esta… – su padre se detuvo frente a la última puerta, la voz le tembló–, esta es para ti.

Laura entró y se quedó paralizada.

Era una habitación amplia, en esquina, con dos ventanas. Por una se veía el mar a lo lejos. Por la otra, el jardín y las montañas. Las paredes estaban pintadas en un suave azul claro. En el suelo, una alfombra mullida. Una cama con cabecero de madera, cubierta con una colcha blanca. Un escritorio. Sobre él, una vieja caja de música. La suya. Aquella que desapareció hace muchos años. Pensaba que la habían tirado.

Encima del escritorio, fotografías suyas. Con cinco años disfrazada de princesa en una fiesta. Con diez años abrazando a su perro. Con diecisiete en la graduación. Con veinte en la universidad. Él había conseguido fotos que ella ni siquiera sabía que existían. También había dibujos infantiles, hojas secas y una vieja horquilla.

No podía respirar.

– Cada año iba haciendo algo – dijo su padre en voz baja detrás de ella–. Primero las paredes, luego el tejado… después esta habitación. Pensaba que tal vez vendrías. En verano, a pasar unos días… o quizá para quedarte.

Ella se giró. Él estaba en el marco de la puerta, con los brazos caídos, mirándola. Su rostro mostraba una mezcla de esperanza y miedo, como quien espera un veredicto.

– ¿Por qué hiciste todo esto? – susurró ella–. Tú nos abandonaste. Te fuiste. – Yo no os abandoné – respondió él–. Construí una casa. Sabía que en Madrid no podía ayudarte con nada. No podía comprarte un piso ni darte una vida mejor. Pero aquí… pensé que si tenías un lugar propio, una habitación que yo hubiera construido para ti… quizás algún día me perdonarías.

– ¿Perdonarte? – los labios de Laura temblaron–. Ni siquiera llamabas como es debido. Solo enviabas mensajes. Yo pensaba que te daba igual. – No sabía qué decir – confesó él con tristeza–. Cuando contestabas, notaba en tu voz que yo ya no te importaba. Pensé que si insistía demasiado, te alejarías del todo. Así que decidí construir la casa. Para que siempre tuvieras un sitio al que venir… si algún día querías.

Se hizo el silencio.

Laura estaba en medio de aquella habitación que la había esperado durante años sin saber cómo reaccionar.

Abrió la caja de música.

Dentro había cartas. Dobladas en triángulo. Papel sencillo de cuaderno.

Desdobló la primera. Arriba ponía:

«Hija mía, feliz cumpleaños. Hoy cumples 23. He terminado el segundo piso. Tu habitación será la de la esquina, con vistas al mar. Miraba la puesta de sol y pensaba en ti. ¿Cómo estás? ¿Trabajas? ¿Ya te habrás casado? Si necesitas algo, aquí estoy. Tu padre.»

Abrió la segunda. La tercera. La cuarta…

Cada año, el día de su cumpleaños, él le escribía una carta. Diez cartas. Nunca las envió. Las guardaba en la caja.

«Cumples 24. He plantado rosales bajo tu ventana. Dicen que esta variedad se llama “Hija”. No sé si es verdad, pero me gustó el nombre. Que florezcan para ti.»

«Cumples 27. Tu madre me dijo que habías roto con tu novio. Quise llamarte, pero me dio miedo. Supongo que soy un cobarde. Pero si alguna vez estás muy mal, recuerda que aquí hay una casa. Y tu habitación.»

«Cumples 30. Mis amigos ya tienen nietos. Yo todavía no. Espero. Pero no te apresuro. Lo importante es que tú seas feliz.»

Estaba allí de pie, llorando sin vergüenza, sin secarse las lágrimas. Él se acercó y le puso una mano en el hombro. Ella se giró y hundió la cara en su pecho.

Su padre olía a madera, a tierra y a sol.

– Papá… – susurró ella. Era la primera vez en muchos años que pronunciaba esa palabra.

– Perdóname – dijo él contra su cabello–. Perdóname por no haber sabido hacerlo de otra manera. – Perdóname tú a mí – sollozó ella–. Pensaba… vine para vender la casa. Creía que vivías en una ruina, que nos habías abandonado…

Él se separó un poco, la miró a los ojos y sonrió entre lágrimas.

– Pues véndela. No me importa. Pero no ahora. Quédate un poco. Verás el mar, tus rosales. Te haré un potaje, que sé que te gustaba mucho de pequeña…

Ella rio entre lágrimas. – Me encanta el potaje.

Pasaron la tarde sentados en la terraza. Él le contaba cómo había construido cada rincón, cómo aprendió a poner azulejos, cómo encontró tejas antiguas y las limpió una por una. Ella le hablaba de su trabajo, de su madre, de que no tenía a nadie. Él escuchaba, asentía y le servía té de una gran tetera.

– ¿Y ese cuadro del salón, el de los olivos? – preguntó Laura. – Lo pinté yo – confesó él, algo avergonzado–. Fui a clases durante dos años. Me dio por pintar. Para que las paredes no estuvieran vacías.

Sabes, nunca es tarde para empezar algo cuando sabes para qué lo haces.

Laura miraba la puesta de sol sobre el mar, la cabeza canosa de su padre, y pensaba lo afortunada que era. Resultaba que en este mundo había alguien que la quería así. De verdad.

Gracias, papá.


Laura ya no pensó más en vender la casa. Se quedó tres semanas con su padre.

Le ayudó en la terraza, fueron al mar, él le enseñó a preparar aquel potaje que tanto le gustaba de niña.

Y por las noches se sentaban en la terraza y hablaban, hablaban y hablaban…

– Sabes – le dijo él una tarde–, tenía miedo de que nunca vinieras. Pero aun así seguí construyendo. Porque tenía esperanza. Siempre la tuve…


Laura regresó a Madrid, dejó su trabajo, devolvió el apartamento y vendió el coche. Dos meses después ya vivía en Almería, en su habitación con vistas al mar.

Juntos terminaron la terraza. Plantaron más rosales. Laura encontró un trabajo remoto.

Por las noches empezó a pintar. Resulta que ella también tenía talento.

O quizá simplemente todo era más fácil al lado de su padre…

Las cartas que él escribió siguen en la caja de música, sobre el escritorio, junto a una foto reciente de los dos. En ella él la abraza por los hombros y ambos sonríen.


Alguna vez Laura llegó pensando que pondría punto final.

Y en cambio, empezó una nueva vida.

Y hace poco, al hijo de los vecinos de al lado vino a pasar unos días. Es de su misma edad.

Parece que también se va a quedar.

Algo lo retiene aquí…

O alguien…

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Elena Gante
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