Broma
¡Sofía! ¡Sofía, déjame copiar!
El susurro de Valeria retumbó por toda la clase, haciendo que la señorita Marina Gómez alzara la vista del cuaderno de notas.
¡Valeria Castillo! ¡Déjate ya! ¡Hazlo tú sola!
Pero, señorita Marina, es muy difícil respondió Valeria, nunca sin respuesta.
¿Y quién ha dicho que la vida fuera fácil? Además, Valeria, Sofía tiene otro examen diferente al tuyo. Así que pedirle ayuda es inútil.
¿Cómo que otro? ¡Si está sentada en primera fila!
¡Por eso mismo! La profesora Marina esbozó una sonrisa, imitando a Valeria con su tono burlón. Le he dado un ejercicio especial.
¡Hombre, vaya injusticia! Valeria hundió la mirada en su cuaderno, sólo para enseguida buscar otra forma de salvación.
Nadie se percató de cómo Sofía se encogía sobre su pupitre, temerosa de levantar la mirada o girarse siquiera.
Todos los profesores sabían que Sofía era la tabla de salvación de la clase. Una mente privilegiada que utilizaba quien quisiera… Y si osabas negarte, las broncas no se hacían esperar.
Sin embargo, Sofía no era egoísta. De hecho, solía dejar copiar, pero, como le aconsejaba su madre, lo hacía con precaución para evitar problemas con los profesores.
Sofía, hija, sé que eres muy buena, pero también debes proteger tus propios intereses le había repetido su madre una y otra vez. Para entrar allí donde sueñas necesitas un buen expediente. No lo eches a perder por las tonterías de quien no estudia.
Las palabras de su madre eran lógicas, pero Sofía, al escucharlas, sólo suspiraba profundo. Si supiera su madre lo que cuesta ser la mejor en un grupo donde a nadie parece importar el estudio…
Habían cambiado a Sofía a ese instituto tras el divorcio de sus padres. Las razones fueron muchas, pero una de ellas fue que, en la nueva familia de su padre, había nacido un hermanito. El problema era que ese niño llegó cuando los padres de Sofía aún estaban casados.
A nadie se le ocurrió explicarle nada. Los mayores resolvían sus cosas, y Sofía se refugiaba en un cuaderno y sus pinturas, cubriendo las hojas de negro con esmero, intentando no dejar ni una rendija de luz.
La primera en darse cuenta de su obsesión fue su abuela Carmen.
¿Pero qué hacéis? ¿A esto habéis llevado a la niña?
Aunque era la abuela paterna, Carmen tomó partido por la madre de Sofía en esta guerra familiar.
¡Ay, igualitos! Su padre también era así protestaba la abuela, se iba y volvía… así toda la vida. Solo que el mío nunca volvió con hijos de por medio.
¿Le perdonaba usted?
¿Y qué podía hacer, Olga? La vida es así… Le quería, y él me quería a su peculiar manera. Si no, no habría regresado.
¿Costó mucho perdonarle?
¿Mucho? Ni siquiera sé si lo logré del todo. No vivía, sufría… Ahora pienso, ¿para qué? Pero ya no importa. Quizás suene extraño, pero da gracias al destino, Olga, porque tu marido sí tuvo un hijo fuera. Porque te veo, eres como yo… le habrías perdonado si volvía. ¿Verdad?
No lo sé… Duele mucho…
Claro que lo entiendo. Y sé que Sofía está en medio, entre el martillo y el yunque. Me temo que mi hijo no lo ve; no quiere. Pero tú siempre has sido inteligente. Haz lo posible para que Sofía no sufra. Ella no es responsable…
Sí. Es cierto. Somos los adultos quienes fallamos…
La madre de Sofía hizo algo inesperado: sentó a su hija de seis años delante de sí y le explicó la situación.
Sofía, cariño, papá y yo ya no vamos a vivir juntos en esta casa.
¿Por qué?
Nos estamos separando. Ahora tú y yo viviremos juntas, y verás a papá los fines de semana, o cuando pueda. Pero, Sofía, ¡no llores! Mírame: papá seguirá siendo tu papá, ¡nunca dejará de serlo! Te lo prometo.
¿Y tú? Sofía se frotaba las lágrimas, enfadada. ¡Los adultos siempre tienen que hacer lo que ellos quieren!
¿Y yo adónde voy a ir? le dijo su madre con ternura.
No te vayas…
Solo entonces Olga entendió el miedo que había llevado a Sofía a pintar de negro tantos papeles, a su silencio.
Le costó meses devolverle la seguridad. Fue difícil, claro, pero poco a poco Sofía fue adaptándose. Veía a su padre. No tanto como hubiese querido, pero lo suficiente para entenderlo: no la había dejado a ella, sino a su madre. Su padre mimaba a Sofía siempre que podía; y con el tiempo, Olga y él lograron acordar lo mejor para la niña. Sofía iba con la familia de su padre al mar, jugaba con su hermano pequeño y hasta cogió cariño a la nueva mujer de su padre, Inés, que resultó ser amable y cariñosa.
Aún así, lo ocurrido dejó cicatriz en el corazón de Sofía. A veces se preguntaba si su padre se había ido porque le faltaba algo… ¿Por qué con Inés sabía ser buen padre y marido, y a ella, Sofía, no le había bastado su presencia? Por mucho que su madre y su abuela repitieran que no era culpa suya, la duda seguía royendo su alma.
La duda era persistente. Sabía esconderse y aparecer precisamente cuando más necesitaba confiar en sí misma.
Al principio, no era tan evidente. Por ejemplo, en su primer día de colegio en Madrid, las rodillas le temblaron al ser llamada para recitar un poema.
Toda la semana anterior la pasó estudiando la breve poesía con su madre. Había actuado en el teatro del colegio, con papeles difíciles, siempre sin miedo. Pero esa vez, al encontrarse con el micrófono entre las manos, los nervios la bloqueaban. Vio a su madre entre el público y de pronto olvidó todo. Lloró en el escenario.
La jefa de estudios, doña Asunción, se acercó, le secó una lágrima y le susurró:
¿Me lo cuentas luego?
Sofía no pudo más que asentir con la cabeza.
Por suerte, Marina Gómez no se olvidó. Cuando la jornada terminó, esperó a Sofía en la puerta.
¡Ahí está mi campeona! ¿Me recitas ahora tu poema? ¡Me encantaría escucharlo!
Parecería una tontería, pero para Sofía aquel momento fue fundamental. Espalda recta, soltó la mano de su madre y recitó el poema al completo, ganándose un aplauso.
¡Muy bien! Sabía que lo lograrías.
Pero… en el escenario no pude…
¿Cómo que no? ¡Sí que pudiste! Aquí estamos todos, ¡y te hemos aplaudido! No importa si lo recitaste allí o aquí. Eso sí que es valor. Créeme.
Sofía atesoró ese recuerdo. Y cuando años después Marina fue su tutora, fue la más feliz, porque sabía que podía confiar en ella.
Y Marina, de hecho, cuidaba de Sofía.
Tu hija es muy especial, Olga. Brillante, buena niña, pero muy frágil comentaba la profesora. ¿No han pensado en llevarla a un instituto con enfoque matemático? Aquí se aburre, necesita gente tan apasionada como ella. La nuestra es una escuela decente, pero normal. Muchos no desean ir más allá. Es mejor para Sofía un entorno donde todos busquen lo mismo. Aquí intenta no destacar, y eso es como ponerle tres mantas y atarla por encima. ¿Me comprendes?
Olga lo sabía, pero de momento no podía hacer nada. El colegio especializado al que aludía Marina estaba en otro distrito de Madrid, y nadie podía llevar y traer a Sofía cada día. En la casa de su padre esperaban otro hijo; la abuela Carmen estaba enferma; y Olga hacía turnos partidos para poder pagar el piso de dos habitaciones en Vallecas al que se habían mudado. El diminuto apartamento tras el divorcio se les quedaba pequeño.
Sofía, aguanta un poco, ¿vale? Cuando organice todo, veremos lo del colegio le susurraba Olga, abrazando a su hija en el sofá durante las noticias.
No te preocupes, mamá, yo puedo esperar…
¿Y cómo va la cosa en el cole?
¡Va! respondía Sofía con optimismo fingido, aunque el colegio ya era otra cosa.
¡Que no va! bromeaba Olga, atacándola con cosquillas. ¡A ver, cuéntame, y con detalles!
Sofía reía, esquivando el ataque, pero luego acababa contándole toda la verdad.
Nadie la señalaba abiertamente, pero el murmullo era constante:
Mira, ya está la empollona, seguro que saca sobresaliente… Así, cualquiera.
Directamente, nunca le decían nada… hasta que un día todo cambió.
Sofía, ¡me quedan diez minutos! No llego de ninguna manera la crispada voz de Valeria finalmente llevó a Sofía a arrastrar el borrador hacia ella.
La profesora Marina, ocupada con un mensaje en su móvil, no notó nada.
Jaime, su compañero de pupitre, se inclinó para enseñarle el enunciado del examen de Valeria.
Gracias susurró Sofía, señalando con el dedo el fallo.
No necesitaban más explicaciones. Se conocían desde pequeños; un par de números anotados, un gesto de asentimiento, y Jaime corregía rápido en su libreta.
El borrador pasó a Valeria, y el aula quedó en silencio hasta el timbre.
Pero después, empezó el infierno.
¿Tú estás bien? ¡Como si fueras una estatua! ¡Fin de trimestre! ¡Yo sin nada hecho, y tú ahí! ¿Eso es ser amiga? Valeria golpeaba el pupitre de Sofía.
Valeria, no tienes razón Sofía mantenía la voz calmada, aunque hervía por dentro.
¿Y por qué demonios debía estar siempre al servicio de los demás?
Lo de los demonios era cosa de la abuela Carmen, que con frecuencia le prohibía palabrotas:
¡Eres una señorita! No una estibadora. ¡Nada de palabrotas!
Pero tú también las dices. Te he oído…
A mi edad ya poco importa, Sofía… Tú eres joven. Y una mujer necesita conservar su misterio. Los chicos casaderos quieren novias, no colegas. La abuela se reía.
Pero allí mismo, por dentro Sofía exprimía la rabia, pero esas lecciones siempre le surgían en la memoria para frenarla.
¡Valeria, deja ya a Sofía! intervino Jaime, mientras guardaba el libro de física. ¿Por qué todo debe estar a tu servicio?
¡Porque las amigas no se comportan así! Valeria remató, indignada.
¡Mentira! Sofía explotó. ¡Jaime hace sus ejercicios, yo solo le ayudo si se equivoca! Y a ti también te ayudé. ¿Qué más quieres?
Agarró la mochila, empujó a Valeria y salió del aula, evitando por todos los medios ponerse a llorar delante de la clase boquiabierta.
Valeria tampoco fue tras ella, pero murmuró para sí:
Ya te tengo calada, Martín. Ya verás…
Ese día no intercambiaron palabra. Ni al siguiente. Ni la semana siguiente.
Valeria dejó de relacionarse con Sofía, y la clase esperaba expectante el contraataque.
Valeria era especialista en venganzas discretas que convertían la vida de cualquiera en un festival de caos y lamentaciones.
Sofía temía su venganza, pero Valeria sorprendió a todos.
¡Sofía, ya está bien de estar de morros! ¿Hacemos las paces? sonrió Valeria, tan abiertamente que Sofía vaciló.
No estoy enfadada musitó.
Claro, claro… Bueno, todo olvidado. ¿Me vas a contar cómo pasarás Nochevieja? ¿En casa o de viaje?
Todo parecía de lo más natural, y Sofía bajó la guardia. Craso error. Lo de olvidadiza, solo lo fingía Valeria.
Porque, tiempo después, cuando Sofía encontró una extraña nota en la mochila, no relacionó nada con Valeria.
Sofía, me gustas mucho. Jaime.
La caligrafía era casi igual a la de Jaime, su compañero. A Sofía ni se le ocurrió pensar que aquello era una treta.
Lo que Sofía no sabía es que Valeria había ayudado casi una semana a la profesora de lengua a llevar los exámenes, y fisgoneando descubrió a un chico de otra clase con la letra idéntica a la de Jaime. En una operación digna de una novela negra, Valeria se hizo con la nota y la colocó en la mochila de Sofía, contando con el apoyo de amigas de otro curso.
Ahora vas a llorar, Sofía Martín. No voy a ser yo sola la que pille un disgusto susurró entre risas, dejando la nota en la mochila mientras Sofía entrenaba en el gimnasio.
¡Venga Sofía, dale más fuerte! insistían las compañeras para distraerla durante el entrenamiento de voleibol.
Ninguna emitió sonido cuando Sofía halló la nota.
¿Y esto? ¡Pero bueno, quién lo diría! Valeria exclamó, quitándole el papel y agitándolo en alto. ¡Menudo acontecimiento! ¡Jaime está colado por Sofía! ¡Habrá que armar estrategia!
Valeria, dámela, por favor…
Bah, tranquila… Mejor aún: ¡Jaime! ¡Jaime! Valeria salió disparada hacia el vestuario de chicos.
Sofía palideció.
Que le gustaba Jaime era un secreto confesado solo a su diario y, quizá, a su madre.
¿Es malo, mamá?
¿Por qué iba a serlo?
Soy joven, ¿no?
Nadie es demasiado joven para el primer amor, cariño.
¿Crees que es amor?
Todavía no. Es un preludio. Se llama enamoramiento. El umbral de una puerta; espiar por la rendija antes de entrar de lleno.
¿Y si duele?
Puede doler, sí. El amor es fuerte y nos hace sentir de todo. Buscamos compañía por miedo a la soledad.
Lo dices como si fuera maravilloso.
Lo es. Sobre todo si uno tiene cabeza.
Mamá…
No te preocupes, confío en ti.
Guardaba su secreto con el celo de quien sostiene una copa delicada. Y ahora, Valeria, con su teatralidad, iba a revelarlo.
Si no se hubiera dejado llevar por el griterío del vestuario, igual se daba cuenta de que Jaime jamás habría podido meterle una nota: jugaba el mismo partido de voleibol.
Los chicos salieron del vestuario muertos de risa al ver a Valeria agitando la nota mientras Sofía, más blanca que la cal, se arrinconaba.
¿Qué está pasando aquí? Marina Gómez apareció de la nada, haciendo que todos callaran en seco. Conocían ese don de su tutora para llegar en el peor momento posible, y temían sus castigos educativos.
Señorita Marina, tenemos telediario… anunció Valeria teatralizando, besando la nota que alzaba. ¡Suenan campanas de boda!
Valeria, ¿qué disparates dices? preguntó la profesora, seria. ¿Eso qué es?
Una nota que le ha escrito Jaime a Sofía. Le dice que le gusta.
La risa quedó cortada en seco.
¡Silencio! ordenó Marina. Sofía, querida…
Sin saber muy bien por qué, Sofía recordó aquella mañana de septiembre: la primera vez en la tarima, el llanto, la profesora que le recordaba puedes hacerlo.
Y de repente, Sofía dio un paso al frente hasta quedar frente a Marina, que la miraba con esa mezcla de firmeza y ternura que sólo una madre o una maestra dedicada pueden tener.
Valeria me quitó la nota. No quería que nadie la viera…
Te entiendo Marina asintió. ¿Jaime?
Y entonces sucedió lo inesperado. Jaime, rojo pero decidido, dio un paso adelante.
¡Sí, la escribí yo!
Aaah, la clase enloqueció, los chicos chillaban. Jaime quitó la nota de manos de Valeria y la devolvió a Sofía.
No se leen las cartas ajenas, Valeria.
Mientes gimió Valeria, viéndose derrotada.
Nada de burlas, ni humillaciones. Sofía seguiría caminando por el colegio con la cabeza alta.
Valeria nunca supo que ese orgullo era sólo el disfraz del miedo de Sofía al juicio y al rechazo.
Sin embargo, en ese preciso momento algo cambió. Sofía levantó la barbilla, no por miedo, sino por fortaleza. Una ligereza cosquilleó su espalda ¿alas? No, qué tontería. Pero sentía que podía flotar por el pasillo recién encerado y dejar atrás todos los temores.
¿Valeria? insistió Marina.
¡Era sólo una broma! ¡Y él miente…! casi lloraba Valeria.
Dámela Jaime cogió la nota, la dobló con delicadeza y se la pasó a Sofía. Es para ti, no para nadie más. ¿Volvemos a clase? Marina, ¿tocará redacción? Porque no la he preparado…
¡Qué chico más honesto! Igual la hago daros otro tema, uno más relevante… ¡Venga, todos al aula, que ya ha sonado el timbre!
Las veinticinco cabecitas desaparecieron rumbo a clase, sin hacer caso del rubor de Valeria, ni de las miradas que cruzaban Sofía y Jaime; tampoco a la pequeña nota, blanca y arrugada, apretada en el puño de la joven.
Esa hoja la pegaría luego en su diario, como tesoro. La conservaría toda la vida, y llegado el día, al casarse con Jaime en algún salón de Madrid, se la entregaría entre risas.
Toma, marido.
¿Qué es, esposa?
Nuestro principio…
¿Y me dejas leerlo todo?
¡Tú lo sabes ya!
No, no todo…
¿Y qué te queda por descubrir? preguntó Sofía, recostando la cabeza en su hombro, sin escuchar el bullicio de los invitados ni los “¡que se besen!” que retumbaban en el salón.
¿Recuerdas lo que decías del umbral, la puerta y el amor?
Sí.
¿Atravesaste esa puerta al final?
Y entonces, los ojos de Sofía brillarán y entre la música, él escuchará el susurro muy nítido:
Por supuesto. Y cerré la puerta detrás. Ya no estoy enamorada de ti, Jaime.
¿Cómo?
Que te quiero. ¿Entiendes ahora?
Ahora sí. ¿Beso?
Beso… muy, muy dulce.







