¡Eh, bigotes! ¿De quién eres tú? Claudia se quedó quieta, mirando fijamente al enorme gato naranja sentado justo en la alfombra de su puerta.
El gato, claro, pasó olímpicamente de contestar. Es más: ni se dignó a mover un solo músculo. Solo una oreja medio descolgada se agitó, como diciendo: «Sí, sí, te oigo perfectamente, pero no cuentes conmigo para mantener una conversación».
Pues nada, oye. Allá tú Claudia bufó, herida en su orgullo, y empezó a buscar las llaves en el bolso.
El felino, comprendiendo la maniobra, se hizo un poco a un lado sobre el felpudo, pero ni pensar en marcharse: seguía espiando a Claudia de reojo mientras ella intentaba atinar con la cerradura.
No hacía tanto que Claudia y su marido, Mateo, habían comprado el piso. Dos habitaciones, tirando a minúsculas, pero era su pequeño palacio. Nadie les iba a convencer de que soñar con algo propio en una corrala antigua no era suficiente. ¡Bah! Que vinieran a decírselo a la cara, que se iban a reír. Medio año atrás, ni se lo imaginaban. Se apañaban en el viejo cuarto del abuelo de Mateo en una vivienda compartida. Y felices, oye: al menos allí tenían llave de paso.
Claudia, ¡no os peleéis con los vecinos! le aconsejaba Adela, la madre de Mateo, mientras limpiaban la habitación antes de la boda. Son buena gente, aunque les guste el tintorro más de la cuenta.
Hombre, ¿y en qué son buenos si se beben hasta el agua de los floreros? respondió Claudia, retorciendo la bayeta y echándose el pelo rebelde para atrás.
Su melena era motivo constante de alborozo para Mateo, pero en las faenas se convertía en la peor de las condenas. Da igual cuántas pinzas, diademas o peinetas, los rizos escurridizos terminaban adornando la cara como si fuera un revoltijo de cables.
Es complicado, hija negreaba la suegra, negando con la cabeza. Les ha caído de todo en la vida. No todos saben encajar los golpes con estilo.
Eso Claudia sí que lo entendía. De orfandad sabía un rato. La familia de acogida, muy legal y todo eso, pero cuando cumplió dieciocho la invitaron a probar suerte fuera. Si alguien sabía de decepciones, era ella misma.
Su madre la dejó tirada en la estación cuando era todavía una pulga de tres años. Con una notita en el bolsillo y un conejo de peluche con la oreja coja que bien podría haber sido símbolo nacional. Claudia esperó sentadita, apachuchando el peluche y con el pánico pintado en la cara. A la madre ni se le vio. Pero a Claudia la recogió un hombre gordo con uniforme reluciente. Mucho preguntar, poco escuchar; Claudia solo acertó a balbucear el nombre de su conejo: Esteban.
El poli, al menos, le acarició la cabeza y le preguntó cuánto tiempo llevaba sola. Y entonces Claudia rompió a llorar tan fuerte que asustó a la sala entera (que tampoco se habían dignado a mirarla en horas).
Por qué se fue su madre, Claudia lo descubriría bastante más tarde. Una tipa rara se plantó un día a la puerta de su colegio, los brazos abiertos y berreando:
¡Hija, te he encontrado! ¡Ven, que te eche un abrazo, caray, que he pasado mucha pena!
Para entonces Claudia ya estaba con una familia de acogida y otros seis niños, cada uno de una esquina diferente de España. Ciertamente nadie pasaba hambre ni frío, y todo el mundo tenía claro que al cumplir los dieciocho: carretera y manta. Otro ocuparía su cama.
Cariño y ternura, lo que se dice cariño, poco. Aquello era logística. Así que, por mucho que soñase con una madre, Claudia no corrió a los brazos de esa extraña. Por ganas, que no quedara. Cuando el dormitorio se quedaba en silencio, muchas veces acurrucaba a Esteban bajo la almohada y soñaba con una madre de verdad. Pero claro: que tu única familia sea un peluche Eso sí es surrealista.
Aquel reencuentro, a diferencia de los culebrones, no terminó en lágrimas emotivas abrazadas. Aunque luego, una compañera de acogida llamada Sonsoles la más borde del grupo se plantó delante de la desconocida y zanjó el asunto:
¿Y esta quién es? Sonsoles extendió el brazo y apartó a Claudia.
Ni idea contestó Claudia, con la cabeza dando vueltas.
Señora, se equivoca usted. Claudia es mi hermana. Lárguese.Y para rematar, la arrastró del patio. ¡A mamá le voy a contar todo, já!
A pesar de no congeniar mucho con Sonsoles, Claudia apretó agradecida esa mano salvadora. Así llegaron aquel día a casa: mano con mano. Cuando la madre de acogida las miró raro, contestaron al unísono: ¿Qué pasa?
Desde ese día, Claudia y Sonsoles se convirtieron en hermanas.
Sonsoles había sufrido otro abandono, esta vez por el lado paternal, y estaba igual de necesitada de tener alguien cerca, aunque no fuera de sangre.
Claudia se armó de valor y una semana más tarde, habló con su madre biológica. La mujer, emperrada en lo de «hijita», venía todos los días a rondar por el colegio.
Son palabras, nada más decía Sonsoles, cuando Claudia se quejaba.
Fue ella la que instó a que hablara claro:
Tú pregunta, agota las dudas. Luego podrás dejar de comerte la cabeza. ¿Cómo sabes lo que pienso? exclamó Claudia. Ay, hija, ¡tampoco hay que ser Freud! Todos pensamos igual. Algo habremos hecho para que nos dejaran rió sin alegría.
La charla con su madre no descubrió América.
Me dejaste tirada.
Perdóname, hija
¡No me llames así! ¡Me pone de mala leche!
Vale, vale, ya está. No te enfades
¿Por qué lo hiciste?
Me vi sola, me dejó tu padre
¿Por qué?
Le dije que no eras suya.
¿Era cierto?
No.¿Entonces?
Tonterías y mucho genio. Jovencitos y cortos de luces. Luego me peleé con mi madre, me fui ¿Y qué iba a hacer con una niña? Pensé que te cuidarían bien. Incluso dejé una notita diciendo que volvería
Pues menuda solución ¿Y ahora quieres arreglarlo?
Si me dejas Sí.¿Y cómo piensas devolverme los años sola? No quiero verte más. No vengas.
¿No me perdonas?
No lo sé. Pero aunque perdone olvidar no se puede. ¡Eso seguro!
La madre insistía: «Pero si eras pequeña, ¡cómo vas a recordarlo!» Claudia, harta, se marchó. Y se juró que nadie decidiría por ella jamás lo que era capaz de recordar ni de sentir.
Sonsoles la entendió sin dramas:
Haz lo que necesites. Y si te parece bien, ni pienses más en ello. Sonsoles, eres más lista que una perdizBueno, a veces. Eso sí, quiero ser psicóloga. A ver si así aprendo a vivir bien.
Años después lo recordarían entre carcajadas. Sonsoles había tenido ya su primera hija y anunciaba risueña:
¡Paparruchas! Nadie sabe cómo hay que vivir. Ni tú, ni yo, ni nadie.¿Y entonces, Sonsoles?
¡Pues muy fácil! Ve viviendo, chica. Que los tuyos estén bien y los demás no tengan tema para el Sálvame.
Y sí: se le daba genial.
Ver esa tranquilidad en Sonsoles ayudó a Claudia a relativizar lo suyo. ¿Vivir en una corrala? Bah, céntrica y bien comunicada. Reforma cutre pero digna, y, oye, todo en orden. Los vecinos, mucho mejor que su fama. Sí, beben; sí, están de capa caída. Pero molestan poco y saludan. Hay que saber tener compasión.
Eso de la compasión costaba. ¡No le había tenido compasión nadie (salvo Sonsoles) en su vida!
A Claudia le ayudaron la suegra y el yayito.
Adela, la madre de Mateo, era una mujer incombustible, grande de cuerpo y espíritu, y con esa alegría efervescente que a veces abruma. Claudia, que apenas estaba acostumbrada a las carantoñas mínimas, no sabía bien qué hacer con tanta efusión. Lo de «causar bien» se le daba regular.
Claudia, mi abrigo está ya que da pena, ¿me acompañas de tiendas?
¿En qué te ayudo?
A elegir, hija. Mateo es un sieso para esto. Solo quiere salir pitando. Yo necesito tiempo; para mi talla normal no encuentro nada. ¿Vamos?
Claudia accedía con reticencia, y volvía de las tiendas cargada. Misteriosamente, la mayoría de las bolsas eran para ella: abrigos, bolsos, botas que no pensó que se pondría jamás. Adela tenía el don de detectar en qué escaparate se le iban los ojos a Claudia y, sin despeinarse, la arrastraba dentro.
¿Te gusta la bolsa esa? ¡Venga, pruébate! Ese color es demasiado alegre para mí, pero a ti te queda genial!
Rechistar no servía. Así que al final Claudia se resignó al cariño extraño de su suegra.
Porque Adela era rara como un perro verde. ¿Qué era Claudia para ella? ¿Novia del hijo? Vale. Pero al fin y al cabo, una extraña. Eso de la suegra encantadora, solo en cuentos de hadas. Los regalos y la confianza le costaban.
Tampoco Adela era tonta y dejó de forzar la cercanía. Pero entendió el deseo de Claudia de tener independencia y lo resolvió sin dramas:
El abuelo ya no está para muchos trotes. Deberíamos mudarle a mi casa. Mateo, tendrás que dejar la habitación libre.¿Y nosotros, mamá?
Hacéis el cambiazo, os mudáis al cuarto del abuelo. Así os apañáis y el abuelo está bien atendido.
El abuelo se reía con los bigotes, asintiendo con la cabeza. Cuando se mudó, aprovechaba el domingo para lanzar proclamas:
¡Venga, dormilona! ¡Levántate, que nos vamos al Retiro a correr!
Adela salía refunfuñando, pero dispuesta a lo que el abuelo mandaba: paseo, gimnasia y hasta cubo de agua fría para espabilar.
Papá, ¿lo he hecho bien?
¡Por supuesto! Los jóvenes tienen que explorarlo todo solos. Hasta que pidan ayuda, no metas la cuchara.
¿Y Claudia? La pobre vino casi con lo puesto.
Eso es distinto. Ahí tienes que ejercer de madre, pero tampoco te pases. Es muy suya. No la agobies que si no sale mal.
Adela hizo caso. Les visitaba solo cuando la llamaban y, eso sí, se repetía a sí misma que ella también fue joven y novata. Ella y su suegra se llevaron a matar hasta que nació Mateo; aquello les unió más que mil charlas. La abuela entonces se enterneció al ver al nieto.
Eres la madre, ¿a qué le tienes miedo?
A equivocarme. Es tan pequeño
¡Basta ya de dramatizar! Nadie nace sabiendo. Pero el instinto no falla. Si tienes dudas, pregunta. Yo aún me acuerdo de algo, hija
Mateo, al que la abuela y el padre le sonaban a nombres de calle, solo recordaba a Adela dándole dosis doble de cariño.
Te quisieron muchísimo, mamá. ¿Lo sabes?
Y tanto, hijo. Si no llega a ser por ti, no sé qué habría sido de mí.
¿Y sabías que papá te quería?
Sí. Sin duda.
¿Cómo se sabe si es amor de verdad y no rutina?
¿Rutina? A ver, hijo, hay quien confunde las cosas Pero te diré una cosa: vivir juntos no es compartir gastos, ni el menú en Uber Eats. Es otra cosa.Yo quiero amor como el vuestro, no por obligación ni porque toca casarse. Cuando lo sienta, lo sabré.Entonces lo encontrarás, hijo.
Por eso, cuando Mateo llevó a Claudia a casa, Adela no dijo ni mu. Si su hijo la elegía, por algo sería.
Con Claudia la relación costó al principio, pero poco a poco bajó la guardia, y Adela pasó a ser casi más amiga que suegra.
La noticia de vender el cuarto del abuelo dejó a Claudia abatida.
¿Ya te vas a poner en plan drama, niña? El abuelo repasaba papeles con su ayuda. ¿Preocupada por dónde vais a ir?
¡Bah, ya somos mayorcitos! Nos apañaremos, aunque solo nos llegue para un zulo. Mateo acaba de cambiar de curro y ni idea aún de lo que va a cobrar. Y mi sueldo da para poco.
¿Y no te gustaría este cuarto?
¡Claro! Si tuviera dinero, se lo compraba ahora mismo. Pero nada, a juntar dinerito. Por lo menos tenemos un objetivo. Sonsoles me dice que tener ahorros aunque sea calderilla da confianza. ¡Y tiene razón!
Así me gusta: con dos narices y tirando para adelante.
¿He dicho algo gracioso?
El abuelo no respondió, solo la invitó a poner el té.
Así charlamos un rato. Ya solo me queda el vicio del té y pelar la lengua. ¿Que te da la lata Adela?
¿¡Qué va!? ¡Si no me ha hecho nunca nada malo!
Tranquila, hija, que te me pones colorada. Respira, mujer.
¿A qué viene eso?
Porque es tu suegra.¿Y qué pasa?¿Cómo que qué? ¡Si las suegras son las malas de los cuentos!Eso son leyendas. ¡A mí no me come nadie! Y lo sabe usted mejor que yo.
¡Hombre, claro! Adela te quiere como una hija. Déjala acercarse. Es de lágrima fácil.
¡A mí no me hace falta que me tengan pena! Ya me basta con querer bien a los míos.
Eso está bien ¿pero por qué te molesta que te tengan compasión?
¡Pues claro!
Pues entonces no te visito más.
¿Perdón?
Mientras pensé que me querías, me sentía cómodo. Pero si ves mal la compasión, ya no tengo nada que hacer aquí.
No entiendo, ¿no es malo compadecerse?
Depende. Antes, en España, «tener compasión» lo decíamos por cariño. Si un familiar estaba enfermo, ¿qué preferías: besitos o que te cuiden?
Cuidar, claro.
Eso pensaba yo. Y si uno está de bajón, lo que necesita es eso: una mano que te reconforte. Pero tampoco hay que pasarse: compasión sin medida puede ser inútil, por ejemplo si tu marido es un desastre y tú solo sientes pena sin poner límites.
Yo a usted sí lo quiero pero de verdad.
Lo sé, y te lo agradezco. Porque no me quieres porque soy viejo. Sino porque te caigo bien.
¡Y mucho!
¡Y yo a ti! Así que ya sabes, cuidado con la diferencia entre compasión y lástima vacía.
¿Y a quién hay que querer así?
A quien te salga del corazón: familia, pareja, amigos, los animales Pero ojo, cariño bien dado. Invitar a una croqueta al gato de la calle una vez no es compasión verdadera. Si quieres de verdad, lo metes en casa y le das familia. Eso sí te cambia la vida, a ti y a él.
¿Y por qué?
Siempre vuelve el bien que das. Si lo das de corazón, te vuelve el doble.
En ese justo momento, Claudia recordó la conversación.
El gato naranja seguía a la puerta, ahora mirándola con cara casi interesada. Hasta se dejó acariciar. Pero al invitarle a pasar, el bicho pegó un salto y se perdió escaleras arriba.
¡Pues si ni te dignas!
Entonces, volvió a aparecer. Esta vez traía un minúsculo clon, un cachorrito anaranjado.
¡No me lo puedo creer! Claudia recogió al minino maullador en sus manos, mientras el gato padre subía de nuevo las escaleras.
El segundo cachorro era igual pero bastante más gamberro. No había modo de que el padre lo arrastrase hasta la puerta sin soltarlo por el camino. Claudia se partía de la risa al verlo intentarlo.
¡Vaya mamá estás hecho! le soltó agarrándolo y abriendo la puerta de par en par. ¿Hay más? ¿O solo sois tres?
El gato, tras asegurarse de que todo estaba bajo control, entró despacito, mirando de reojo a Claudia y sus crías en brazos.
Venga, pasa, que aquí sois bien recibidos. ¿Y la madre, qué? ¿Vacaciones?preguntó Claudia, pero el gato ni contestó. Se dispuso a instalar a los cachorros en la bandeja más vieja de cocina y hasta les hizo demostración de cómo usar el arenero.
¡Si es que eres todo un sacrifício materno! se reía Claudia, tapandose la boca para no asustar aún más a los chiquitines. Voy a buscaros qué comer, que menudos sois.
El gato aprobó su diligencia con solemnidad y Claudia fue a la cocina a por leche y galletas.
Esa noche, convocó consejo familiar.
Adela, si no te parece bien, intento buscarles casita. Pero no los echo a la calle, ¿eh? Son unos bebés. No sé si la madre ha desaparecido o qué clase de novela turca es esta en la que es el padre quien cuida, pero esto es rarísimo.
Claudia, ¿por qué me preguntas a mí? Adela acariciaba a un cachorro en el regazo, sonriente. El piso es vuestro. Pues decidid vosotros. ¿Vale?
Es que En fin. Los he alimentado con leche, por ahora.
Ese me lo pido para cuando crezca. Los otros, ya encontrarás a quién se le ablande el corazón. Pero deja al papá, eso sí. Tienes mucho que aprenderle.
¿Aprenderle, el qué?preguntó Adela, alzando la ceja.
Mateo sonrió y le cedió la palabra a Claudia, que llevaba una semana tragándose el anuncio hasta cumplir el cumpleaños de Adela.
A cómo ser una buena mamá Porque dentro de poco tendré dos maestros: tú, suegra y este mamá-papá de bigotes.
Claudia acarició la oreja rota del gato, y justo entonces se echó a llorar, cuando Adela, sin pensárselo, la envolvió en un abrazo.






