¡Ya está bien! ¡Estoy harto! Si no dejas de machacarme, no pienso presentarme al examen, ¡ni aunque me pagues en pesetas! Cojo y no voy. ¿Y qué harás entonces, eh? Alba lanzó la mochila al rincón del recibidor y se quitó la bufanda de lana con un gesto brusco.
Mi madre no respondió. Simplemente negó con la cabeza y desapareció hacia la cocina.
Me quité la chaqueta y, tentado de tirarla junto a la mochila, cambié de opinión. Abrí el armario, la colgué despacio en una percha y solté un suspiro.
Vaya tela, otra discusión ¡Y como siempre por una tontería!
¿Por qué mi madre tiene que estar siempre encima con preguntas, consejos e instrucciones? ¿Es que no se da cuenta de que ya no soy un niño? ¿O cree que no tengo ni dos dedos de frente?
Por supuesto, tengo clarísimo que hoy toca mi primera clase con la nueva profesora de Lengua y Literatura. No hace falta que me lo recuerde cada media hora.
Exagero, claro. Realmente solo me lo ha preguntado una vez, a ver si me acordaba de la clase con la que ya va siendo la tercera profe que pruebo este año. Pero a mí me pesa tanto el control de mi madre, esas ganas de dirigir hasta el más mínimo detalle de mi vida, que ya me sale el cabreo por inercia, aunque no venga a cuento.
Fui al baño, me lavé las manos y me miré en el espejo que cuelga sobre el lavabo.
Vaya pinta Granitos, la nariz respingona de mi padre, y el pelo rebelde y pelirrojo de mi madre. ¿Cuántas veces le habré suplicado que me deje teñírmelo? Pero ella, que no, que la belleza se conquista, y que cuando sea mayor se lo agradeceré.
¡Ya, claro! Que vayan y se lo cuenten a otra. Todos los chicos y chicas normales y yo aquí, con estas trenzas de pueblo viejo. ¿Trenzas? ¿Quién lleva ya trenzas, por favor?
Por un momento, sonreí recordando la bronca monumental que se llevó mi madre cuando me las corté casi al ras, con unas tijeras desafiladas del estuche del colegio. No tenía otras a mano. Cerré los ojos, apreté los dientes, y ataqué con saña aquellos mechones rebeldes, imaginando la cara de mi madre:
¿Alba, pero qué has hecho?
¡Eso! Porque estoy hasta el moño. ¡Que ya vale de mandar! ¡Es mi vida y hago lo que me da la gana!
Todos dicen que tengo que obedecer. ¿Por qué? ¿Para qué quiero yo su mundo desfasado? ¡Tengo mi propio mundo! Uno que ni sueñan, donde encuentras cualquier cosa al instante tocando una pantallita. Tres segundos y está todo al alcance de la mano, no como ellos, que ni internet tenían cuando eran jóvenes. ¿Cómo sobrevivían? Es un misterio. Y no entienden que ahora, empollarse libros horas y horas no sirve, que el mundo es otro. Mi madre responde que el internet no enseña a ser persona, pero, ¿qué sabrá ella? Mejor haría yendo a algún taller de psicología adolescente. Igual aprendía algo útil.
Me quité una costra de la frente y me dolió. Menos mal que no me ve mi madre, si no ya estaría formándome la bronca. Siempre repitiendo que me van a quedar marcas, médicos y más médicos. Pero me da igual. Lo importante de las personas está dentro, no en la cara. ¡A ver cómo se lo explico yo a mi madre!
Qué palabra tan rara Madre Me dio la vida, sí, pero eso no la hace dueña de nada. No soy una posesión suya. Y la forma en que me trata lo deja muy claro.
Guiñé un ojo a mi reflejo.
¿Qué, has visto, mamá? Por mandona y pesada con las clases particulares. Y no debiste insistir en lo de Derecho. Sé más yo sobre leyes a estas alturas que tú y papá juntos. Si tuvieran la mitad de idea, se habrían divorciado de otra manera; no como lo hicieron.
A mi madre le faltaba orgullo y ambición. No solo es que papá se fuera con una chica joven, es que encima lo dejó quedarse casi con todo y no quiso discutir. Bueno, el piso me lo dejó a mí la abuela, que es lo normal. Mi madre ¿la pensión de alimentos? Poco más. ¿Y el tiempo perdido? Yo, que ya no soy Pequeño Koala como me llamaba mi padre, lo sé todo. Lo he visto, lo he vivido.
Esa tensión muda cuando mi madre ponía los platos en la mesa El desapego en el gracias seco de mi padre Aquella litera en el minúsculo despacho porque no cabía un armario y, aun así, se metía cada mañana en el dormitorio para coger sus cosas El despertador de mamá sonando antes de tiempo para no verse las caras Y el alivio de todos cuando por fin a mis catorce años fui yo quien le dije a mis padres que lo dejaran ya, que dejasen de amargarse para siempre. ¡Basta ya!
De verdad, los adultos son rarísimos. Con su vivimos para ti, eres nuestro motor. ¡Sí, claro! ¡Qué mentirosos! Todo el mundo va a lo suyo. A ver quién me rebate, tengo mil ejemplos. Incluso, en las cosas que supuestamente hacen por mí, lo que buscan es su propio interés. Yo soy el peón, la excusa para negociar con ventaja.
Ejemplo: la casa donde vivimos ahora mi madre y yo. Es el mismo bloque de antes, solo que en otro portal y más pequeña. Éramos tres en el piso grande, ahora vivimos en un dos habitaciones. Bonito, amueblado, pero mi madre la consiguió apretándole las tuercas a mi padre por culpa. La niña debe vivir bien. Si te vas, déjala con todo en condiciones. Y mi padre accedió para no discutir más. Yo aquí tengo más espacio, sí, pero no porque piensen en mí, sino porque necesitaban firmar una tregua que les diera paz. Me toca hacer de parachoques.
Resoplé y, al final, cogí la crema que me mandó el dermatólogo. No tiene nada de malo. No admite mi madre por eso. Simplemente, sí, funciona; seca la piel y elimina rápido los granos, y hoy la necesito.
Porque por la tarde subo a la azotea
La azotea apareció en mi vida hace poco. Unos meses atrás. Pablo, el chico más popular del insti al que yo solo miraba de lejos sin atreverme ni a saludarle un día me mandó un mensaje por Instagram: ¿Nos vemos?
Juré que era una broma pesada. Toda la clase sabía que me gustaba Pablo. Se reían, sí, pero con cariño. Siempre me trataban bien: dejaba copiar, levantaba la mano cuando veía que otro no sabía la respuesta.
Alba, ya te pregunté la última vez. ¿Por qué levantas la mano ahora?
Ay, profe, es que el tema me encanta. Y, oiga, Isabel II, ¿fue una reina absolutista? ¿Su régimen fue totalitario?
¿Y eso a ti quién te lo ha dicho? respondía la profe, esa de Historia que imponía tanto respeto pero a mí me respondía y se liaba a hablar, con lo que la clase suspiraba de alivio porque sabía que hoy no toca repaso.
Por eso, cuando le enseñé el mensaje de Pablo a mi amiga Marisa, alzó una ceja:
¿Y qué? ¿Por qué te estás rayando tanto?
¿Pero es suyo el mensaje?
Chica, ¡estás fatal! Ve y pregúntaselo. ¿Estamos en el siglo pasado? Si ahora las chicas piden salir a los tíos, ¿y tú no te atreves a decirle dos palabras? ¡Por favor!
No respondí. No podía explicar el lío de emociones al ver ese único ¿nos vemos? en la pantalla.
Fui a la cita. Y desde entonces, sentí que empezaba una vida nueva.
La azotea vieja de un edificio, medio abandonada y conquistada por los chavales para fumar y hablar, no es el sitio más seguro del mundo. Soy consciente. Pero cada vez que Pablo me cogía de la mano y susurraba ¡Cuidado, no tropieces!, yo iba tras él, contando los escalones.
Contaba y escuchaba esa vocecilla de victoria en mi cabeza:
Quince, dieciséis ¡vamos! Treinta y dos, treinta y tres ¿de qué tienes miedo si está él contigo?
En esa azotea, Pablo me abrazó por primera vez. Sin aviso, sin decir nada, delante de todos, su mano en mi hombro, como diciendo: Es mi chica.
Ni una palabra contraria, aunque vi la mirada torva de alguna compañera con la que llevaba en clase desde primaria. Pablo eligió a la rara de los otros, a mí.
En la azotea también me besó por primera vez
Aquel día nos quedamos solos; los otros se fueron al cine. Yo también quería ir, pero cuando Pablo apretó mi mano y murmuró al oído que ya iríamos él y yo, otro día solos, me quedé con él, convencido de que sería especial.
Y acerté. Aun hoy a veces me quedo embobado, cierro los ojos, y escucho su voz:
Alba, me gustas Mucho No sé hablar bonito, pero quiero que sepas No he conocido a nadie como tú ¿Puedo?
Y sus labios cálidos Tan suaves, tan dulces y raros
Me estremecí otra vez recordando esa felicidad, pero en ese momento mi madre llamoteó en la puerta:
Alba, que llegas tarde La comida está lista
La rabia me invadió. ¡Hasta cuándo!
Salí del baño como una centella, furioso. Tenía la cara igual que una caricatura de internet, esa bruja con alas gritándole a alguien fuera de plano.
¿¡Pero qué quieres de mí?! ¡Que sí, que lo recuerdo! Deja de dar la lata. ¿A mi padre también le agobiaste hasta que se fue? ¿Ahora me toca a mí? Pues también me marcho. ¡Con papá! ¡Me largo con él! ¿Te enteras? Si no paras
No pude acabar la frase. Mi madre suspiró raro, y me soltó una bofetada.
Vete. Pero cuando vuelvas, recuerda que mañana tienes simulacro de Lengua. Así que duerme.
Me quedé de piedra. Mi madre nunca me había pegado. Ni una sola vez. No es que me doliera el golpe. Me lo había buscado. Pero el mero hecho de que hubiera perdido la paciencia fue una revelación.
Obedecer sin rechistar nunca fue lo mío. Mochila, chaqueta, auriculares Estuve por dar un portazo digno de asustar a los vecinos, pero me contuve. No quería darle la satisfacción de pensar que soy tan histriónico como ella cree.
Salí a la calle y miré el reloj. Una hora entre trayecto y la clase, otra con la profe. Eso me deja con Pablo hacia las seis. Genial. Un rato juntos en la azotea, y mi madre que se aguante y se preocupe, que así desayuna humildad. Mi padre ni responde ya a la primera llamada de mi madre, así que tenía tiempo para contarle mis penas a Pablo. Lo mismo me daba un consejo. Él tiene suerte, sus padres van a lo suyo. Vive como quiere. Tarjeta propia con el límite que le pusieron, ropa de marca, ni un control. Me cuenta que a su madre no le da la vida y su padre dice que a los dieciséis toca ser adulto y valerse por sí mismo. Puede hasta trabajar y sus exámenes dependen de él. Así sí, así dan ganas.
Nada que ver con mi madre
Papá me llamó cuando llegaba ya al portal de la profesora.
¿Qué ha pasado ahora? Tu madre dice que te quieres venir a casa
Anda, papá, ni caso. ¿Para qué quiero yo vuestros líos? Tu novia está al caer con el niño y ¿yo qué pinto allí? ¿De canguro? Bastante tengo con lo mío.
Está bien. No te pelees con tu madre, o te corto el grifo. ¿Vale?
Eso es lo que me gusta de ti, papá, que vas al grano. Entendido.
Así me gusta. Y deja en paz los nervios de tu madre. No se lo merece.
Me colgó de seco y se me atragantaron las ganas de discutir.
Siempre igual. No se soportan, pero ante mí, van a una. Surrealista, en serio.
La nueva profe particular no me gustó demasiado. Cuando me puse intelectual con los fraseologismos, soltó una risilla y me dio un libro para que leyera una serie de capítulos. Al principio casi protesto, pero en dos ejemplos me convenció de que algo útil sacaría.
No quería parecer tonto. Pablo es listo. Tengo que estar a la altura. Llevo viendo vídeos en TikTok de psicología de parejas a patadas, todos dicen: La chica tiene que ser independiente y lista. Lo de independiente está por llegar, pero la inteligencia se puede trabajar. Mi madre lo dice, y ahí hasta le doy la razón. Ella, al fin y al cabo, acabó con su carrera tras mucho esfuerzo, teniendo que dejarla cuando nací hasta poder retomarla una vez que encontró la oportunidad.
De pequeña me puse mala a menudo, sin abuelos y sin guarderías que valieran. Mi madre dejó la universidad y se centró en mí. Después, cuando ya pude ir sola del cole a casa, volvió al trabajo y a los estudios.
Bravo por ella, porque ahora, al menos, tiene una empresa, pequeña pero suya, decorando salones de celebraciones. Me gusta lo que hace, es bonito, muy de mujer. En la empresa se transforma, saca esa energía que yo mismo querría tener.
Aun así, el control materno agota. Mi padre tiene razón. Acaba cansando. Ya solo entra en mi cuarto si llama primero, y no suelo dejarla meterse en nada, pero aun así siempre parece controlarlo todo, no con amenazas como papá, sino con ese tono suave, insistente:
Alba, ¿qué tal el día? ¿Plan para hoy? ¿Tienes hambre?
Su preocupación me saca de quicio. Me entran ganas de gritar, de que finalmente se dé cuenta:
¡Déjame! ¡Ya no soy un crío!
A veces, lo hago. Grito, pataleo, y me enfado porque mi madre solo ve en ello los caprichos de un niño.
Salgo de clase corriendo rumbo a la azotea, deseando perderme en los brazos de Pablo y olvidarme un rato de padres, exámenes y tonterías. La vida vuela y ellos, a lo suyo. ¡Qué cansancio!
Frente a la verja, el sitio donde suelo verle, Pablo no estaba. Esperé un poco y, al ver que no respondía, fui a la azotea sola. Para colmo, la incertidumbre. Nunca antes había dejado de responder. Algo iba mal.
Mientras subía, por primera vez sentí miedo. Antes volaba por esos peldaños, agarrado a la mano grande de Pablo. Hoy, cada paso me costaba más.
Arriba, me recibió el viento duro de una primavera anticipada y el silencio.
No había nadie.
Pensé en salir pitando, saqué el móvil para encender la linterna antes de que anocheciera del todo, pero justo entonces, algo se movió al borde. Me quedé helado, sin atreverme a respirar, hasta ver quién era.
Pablo
Él, sentado en el borde mismo, las piernas colgando, los hombros caídos. Apenas le conocía, pero en ese segundo supe que sentía un dolor de los que hacen daño de verdad. Se le veía derrotado, encogido, con una postura imposible en el chico que siempre iba dos palmos por encima del mundo.
El miedo a que ocurriera algo irremediable me empujó hacia adelante. Dejé la mochila en las escaleras, entré a la azotea y, sin atreverme a llamarlo más fuerte:
Hola
Me senté algo apartada del abismo, en el pretil. No llegué a colgar las piernas como él; siempre he tenido vértigo. Ni sé cómo subí. Lo que era por Pablo, ni se entiende.
Hola ni me miró, así que fui yo quien buscó y apretó su mano, que estaba fría como un mármol.
Tienes frío
¿Eh? Pablo alzó la mirada y sus ojos, vacíos y tan distintos a los que yo conocía, me asustaron y atrajeron a la vez.
Tal vez fue ahí cuando entendí el miedo de mi madre cuando discutimos. Era el miedo bestia de no llegar al fondo de quien quieres.
Era ese mismo miedo que yo sentí al notar su mano inerte en la mía, helada, sin vida.
¿Qué te pasa?
Me escuché hablando como mi madre. Mismo tono, misma súplica:
Dímelo. ¿Qué te ocurre? No te dañes
Y funcionó.
Fatal respondió. Al menos, apretó mis dedos. Estoy fatal, Alba
¿Te ha pasado algo serio?
No pregunté más, lo afirmé. Y eso también funcionó.
Sí.
¿Me lo contarás? Ya sé que no somos tan íntimos, pero quizá quieras.
Me miró tan raro que me dio escalofrío.
¿De verdad crees que no eres importante en mi vida?
No, quise decir que para mí eres el más importante, pero no sé si tú me ves igual
Alba, ¿cómo dices eso? No tengo a nadie en el mundo, solo a ti.
Sentí un tambor brutal en el pecho, tan fuerte que pensé que Pablo lo oiría.
¿Cómo que a nadie? ¿Y tus padres?
¡Ah! saltó, temblando tanto que creí que iba a caerse. ¡Ni los nombres! Me han echado hoy en cara que soy adoptado. Alba, ¡me han dado los papeles! ¡No soy su hijo! Lo intuía, pero ahora lo sé. ¡He ocupado el lugar de otro! ¿Lo entiendes? ¡No era mío, era de otro!
Gritaba y yo me aferré a su mano, aterrorizado ante la idea de que saltara.
Yo sabía que, de verdad, lo pensaba. Ante los demás podía hacerse el fuerte, pero yo veía al chico de verdad cuando estábamos solos. Me sentía mal por todo el rencor que arrastraba; injusto.
No sabría decir en qué era injusta la vida Solo ahora comprendí que todos mis intentos por marcar mis normas eran teatro. Delante de mí, estaba alguien que se había hecho adulto de golpe y sin red.
Pablo, me da miedo rompí a llorar y eso le hizo espabilar un poco.
¡Eh, eh! ¡No llores! me abrazó fuerte.
No lo hagas Aunque tus padres te hayan fallado, yo no renuncio a nosotros. ¿Vale? No tengo a nadie más importante que tú.
No soy Pablo su voz sonó tan rota que me asusté. Me llamaba de otra forma.
¿Cómo?
Alejandro. Y tenía otro apellido.
Eso da igual. Da lo mismo cómo te llames. Yo te conozco, eres tú. Me da igual.
Pero a los demás no. Alba, ¿y ahora qué hago? ¿A dónde voy?
¿No puedes volver a casa? ¿Te han echado?
Mi madre lloraba, me pidió quedarme. Mi mi padre le pegué.
¿Por qué?
Quiso encerrarme, impedir que me fuera. Gritó que no lo entendía todo
¿Pero tú lo entendiste bien? ¿Seguro?
¿A qué te refieres?
¿Por qué te lo han contado ahora, y no antes?
Mi pregunta se perdió con el viento. Pablo se encogió aún más, tratando de hilar lo que yo quería decir.
No lo sé al fin, y yo suspiré. Ya no había desesperación en su voz. Había una pregunta. Y mientras esa pregunta existiera, la azotea, el borde, le retendrían.
¿Quieres que te acompañe?
¿A dónde?
A hablar con los tuyos Pablo, vamos juntos, y que te digan por qué te lo han contado ahora. Después, si quieres, volvemos y haces lo que piensas. No te lo impediré.
Me sostuvo la mirada, alucinado, y entonces tiré de su brazo, obligándole a moverse lejos del borde.
Anda, vamos.
Se giró, subió las piernas y me abrazó, aceptando mis manos urgentes, concentrado en lo que le proponía y no en el abismo detrás.
Soy un cobarde
Mentira protesté, arrastrándole hacia las escaleras, encendiendo mi móvil de linterna. Si yo me entero de algo así flipo. Le pasaría a cualquiera, ¿me oyes?
Tropecé, él me sujetó.
¡Cuidado!
¡Mira quién lo dice! le sonreí, cogiendo su mano todavía. Anda, vamos, tenemos mucho que hablar.
Aquella noche nunca la olvidaremos.
La charla con los padres de Pablo, difícil, llena de silencios y aclaraciones.
El reencuentro. El conocer que su padre biológico salía pronto de la cárcel y quería contactar con él.
Y las lágrimas de quien había hecho de madre adoptándolo, al responsabilizarse de un niño de un año huérfano tras el drama de su amiga y su pareja equivocada.
Mi madre la otra madre
Sí, Pablo, fue tu padre
Y ahora quiere que yo
Quiere verte.
No quiero.
Lo entendemos. Por eso te lo hemos dicho nosotros, no él. Esperábamos tener un par de años más para decírtelo, pero le dejan salir antes.
No quiero verle.
Es tu derecho. Sea lo que decidas, estaremos a tu lado.
Hablaron y hablaron. Yo supe entonces que a la azotea no volveríamos. Algo había cambiado, girado hacia otro sitio: el futuro.
Cuando llegué aquella noche a casa, abrí silencioso la puerta con mis llaves, ni me quité la chaqueta. Entré de puntillas a la cocina oscura, donde mi madre, en su sitio de siempre, miraba por la ventana. La abracé fuerte, apretando la nariz contra su pelo, sintiendo un perfume que era hogar y que me supo a otro tiempo.
Y dije lo que había que decir, lo único importante:
Perdón.
Y el eco, porque para ella nunca habrá nada más grande que mis secretos y dolores:
Y tú ¿tienes hambre?
No, mamá. Gracias ¿Sabes? Creo que hoy he aprobado un examen
¿Examen? ¿Pero no te tocan hasta dentro de semanas?
El más importante, mamá Ya te contaré.
¿Por qué no ahora?
Porque mañana tengo simulacro y necesito dormirMe senté junto a ella, notando aún el temblor en las piernas. Miré mis manos, buscando las palabras justas, las que siempre me costaban tanto delante suya. Pero esta vez no me salió ninguna excusa.
Porque aprendí que a veces hay que escuchar antes de gritar. Y que querer mucho a alguien también es dejarle equivocarse, o preguntarse cosas feas, o enfadarse y volver tragué saliva, y me atreví al fin a mirarla a los ojos, los mismos ojos cansados que me esperaban cada noche. Que da miedo perder lo que amas pero hay veces que, aunque te duela, quedarse es lo valiente.
Ella, sin decir ni una palabra, me cogió las manos. Por un segundo, el silencio llenó la cocina y mi cabeza. Afuera, la ciudad seguía con su música ida de bocinas y risas lejanas. Aquí dentro, solo nosotros.
Mamá dije, en voz baja, pidiendo permiso. ¿Te puedo contar algo solo para que me escuches?
Ella asintió, y aquel gesto, el más sencillo y el más difícil de todos, fue el verdadero aprobado, el final de mi examen. No de Lengua, sino de la vida.
Y así, en ese rincón donde a veces solo hay broncas y platos sin fregar, empezó algo distinto. Una tregua, una promesa, quizá hasta un comienzo: el nuestro, mamá y yo, como iguales.
Te escucho, Alba respondió, sonriendo, y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había sitio para mí. Querido. Propio. Y, pase lo que pase fuera, aquí siempre habría luz.






