Sin alma

Sin alma

Hoy he regresado a casa tras mi visita habitual a la peluquería. Aunque ya he cumplido 68 años, me gusta seguir mimándome con esos pequeños lujos: arreglarme el pelo, las uñas… Son detalles sencillos, pero a mí me sientan de maravilla y me animan el día.

Claudia, ha venido una parienta tuya a buscarte. Le he dicho que llegarías más tarde y ha prometido volver me anuncia mi marido Yuri al entrar en casa.

¿Parienta? Si ya no me queda familia… Será algún familiar lejano, de esos que sólo aparecen cuando desean pedir algo. Deberías haberle dicho que me fui a las antípodas respondo, molesta.

No me parecía bien mentirle. Era una señora educada, refinada, bien vestida… Se parece un poco a tu madre, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada trata de tranquilizarme Yuri.

Pasados unos cuarenta minutos, la tal parienta llama a la puerta. Le abro yo misma. Me sorprende lo mucho que se parece a mi madre fallecida: alta, elegante, con un abrigo y unos guantes caros, unos pendientes de brillantes en las orejas… Eso sí lo distingo enseguida.

La invito a pasar a la mesa, que ya estaba preparada.

Bueno, vamos a presentarnos, ya que somos familia… Soy Claudia, puedes llamarme así; veo que tenemos una edad parecida. Este es mi marido, Yuri. Y dime, ¿de qué rama somos parientes? le pregunto.

La mujer titubea un instante, incluso se sonroja.

Me llamo Gema… Gema Valderrama. Realmente, no nos llevamos muchos años. Cumplí cincuenta el doce de junio. ¿No te dice nada esa fecha? susurra.

Noto que la sangre se me escurre de la cara.

Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. Por favor, tranquila, no quiero nada de ti. Solo quería verte, mirarte. He pasado la vida entera sin entender por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella murió hace ocho años. Nunca supe por qué solo papá me quería. Hace apenas dos meses que falleció y, antes de irse, me habló de ti. Me pidió que, si podías, le perdonaras me cuenta, visiblemente emocionada.

¿Pero tú tienes una hija? pregunta Yuri, desconcertado.

Parece que sí. Luego te explico le contesto.

¿Así que eres mi hija? Bien. ¿Ya me has visto? Si esperas que me derrumbe o te pida perdón, no va a ocurrir. Yo no tengo la culpa de nada le digo a Gema. Espero que tu padre te lo haya contado todo. Si vienes a despertar maternidad en mí, tampoco lo conseguirás. De verdad, lo siento.

¿Puedo venir a verte otro día? Vivo aquí, cerca de Alcalá de Henares, en una casa grande con dos plantas. Venid tú y tu marido cuando queráis. Te he traído fotos de tu nieto y bisnieta, por si quieres verlas… me dice Gema, insegura.

No. No quiero. No vengas. Olvídate de mí. Adiós le espeto, cortante.

Yuri le pide un taxi y acompaña a Gema hasta la puerta. Cuando regresa, yo ya he recogido la mesa y estoy viendo la tele, tan tranquila.

Vaya entereza la tuya… Pareces hecha de acero. De verdad, siempre supe que eras fría, pero no imaginaba que tanto me suelta Yuri, molesto.

Empezaste a salir conmigo cuando yo tenía veintiocho años, ¿no? Pues bien, mi alma la arrancaron mucho antes. Era una muchacha de pueblo, siempre soñando con mudarme a la ciudad. Por eso estudiaba tanto, logré ser la única de mi clase en entrar en la universidad.

Tenía diecisiete años cuando conocí a Víctor. Le quería con locura, aunque él me sacaba casi doce años. Después de la pobreza de mi infancia, la vida en Madrid para mí era un sueño. El dinero de la beca no alcanzaba y nunca paraba de tener hambre. Así que aceptaba todos los planes de Víctor: ir a tomar un chocolate con churros, algún helado los domingos…

Él nunca me prometió nada, pero yo estaba convencida de que acabaríamos casándonos. Un día, me invitó a su casa de la sierra y, sin pensar, acepté. Aquello se volvió algo habitual. Fue cuestión de poco tiempo para entender que iba a ser madre de su hijo.

Cuando se lo conté, se puso contentísimo. Y, como pronto se notaría, le pregunté cuándo nos casaríamos. Yo ya tenía dieciocho y podía firmar papeles.

¿Y yo cuándo te prometí casarme? respondió.

No, no te lo prometí. Ni tengo intención. Además, estoy casado… me contestó, tan ancho.

¿Y el niño? ¿Y yo?

Mujer, eres joven y fuerte. Puedes ir esculpiendo como musa para una fuente. Pide una excedencia en la universidad. Mientras no se note, sigue yendo a clase. Después mi mujer y yo te traeremos a nuestra casa. No hemos conseguido tener hijos y, tal vez, si tú nos lo das… Cuando nazca, nosotros nos haremos cargo. Ya me encargaré yo de los papeles. No te preocupes, soy joven pero tengo mano en el ayuntamiento. Mi mujer es jefa de sección en el hospital, todo irá bien. Después, te repones y vuelves a la uni, y, encima, te pagaremos un dinero.

En esos años nadie había oído hablar de la gestación subrogada. Fui, probablemente, una de las primeras “madres de alquiler”. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Volver al pueblo, avergonzar a mi familia?

Viví con ellos en su chalet hasta que llegó el momento. La mujer de Víctor ni se asomaba, quizás por celos. Di a luz a una niña en casa, con una comadrona. Todo perfectamente. No la amamanté; se la llevaron al momento. Nunca la volví a ver. Una semana después, me dieron un sobre con dinero y me hicieron una despedida discreta.

Regresé a la universidad. Luego empecé a trabajar en una fábrica. Me dieron una habitación en una residencia. Fui poco a poco ascendiendo de maestra a encargada. Muchos amigos, nunca pretendientes serios… hasta que apareciste tú. Tenía 28, ya ni quería casarme, pero sentía que ya era hora.

El resto ya lo sabes. No nos ha ido mal. Hemos cambiado de coche tres veces, tenemos una casa estupenda, la finca está siempre impecable. Cada año de vacaciones juntos. La fábrica sobrevivió a la crisis porque el mecanismo que hacemos solo se monta aquí. Por eso sigue todo cercado y vigilado.

Pude prejubilarme con todos los derechos. No nos falta de nada. Y sin hijos, ¡mejor así! Viendo cómo es la juventud de ahora… terminé mi confesión.

No. No ha sido una buena vida. Te he querido, he tratado de abrigarte el corazón y nunca lo he conseguido. Vale que no tuvimos hijos, pero tampoco has sentido cariño por ningún gato, ni por un perro… Cuando mi hermana te pidió cobijo para su sobrina, ni una semana la quisiste en casa. Y hoy ha venido tu hija y la has recibido así. Tu hija, ¡tu propia sangre! Si fuéramos más jóvenes, te dejaría, pero ya es tarde. A tu lado hace frío, Claudia, mucho frío replicó Yuri, herido.

Me dio miedo al oírlo hablar así; jamás me había hablado de ese modo. Toda mi tranquila vida la ha trastornado esa hija.

Desde entonces, Yuri se fue a la casa de campo, donde vive con tres perros recogidos y un número indescifrable de gatos que rescata. Solo viene a casa de vez en cuando. Sé que va a visitar a mi hija Gema, se lleva bien con todos y adora a la bisnieta.

“Siempre has sido un sentimental y lo seguirás siendo”, pienso cada vez que le veo marchar.

Yo jamás he sentido el impulso de acercarme a mi hija, a mi nieto o a mi bisnieta. Sigo viajando sola al mar, descanso, recupero energías y, la verdad, me siento de maravilla.

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Elena Gante
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The Boy Who Wouldn’t Let Go