La herencia de la bondad

La bondad según el testamento

¡Ay, Almudena! ¡Qué bien llegas! Que no sé ya ni por dónde empezar…

Almudena dejó caer la bolsa cargada de compras en el banco del portal y suspiró.

¿Qué ha pasado, Doña Aurelia?

Paciencia, Almudena, mucha paciencia susurró para sí. Con las personas mayores, cortesía ante todo. Aunque sean un poco punzantes.

Y de lo resistente y peculiar que era Doña Aurelia Sánchez Bernabé, lo sabía todo el barrio de Chamberí. Más ruidosa que los coches de la Gran Vía.

¿Que por qué la llamaban dama?

Porque sus quejas eran siempre educadas, con una ironía elegante, pero capaces de sacarle el mal genio hasta al santo más tranquilo.

Querida, no tiene usted razón del todo.

¡No soy su querida!

¡Ay, qué desgracia! En mis tiempos, ser llamada querida era casi un halago. Ahora Ya no quedan valores, hija. ¡Una generación perdida! Pero, por favor, recoja lo que ha dejado su perro.

¿Y si no?

Entonces, mi querida, todo el barrio sabrá lo que le faltan las buenas maneras.

Quienes subestimaban sus amenazas, comprobaban rápido que con Doña Aurelia no se jugaba. Al día siguiente, su fotografiíta adornaba árboles, farolas y tablones del barrio, bajo un imperecedero NO NOS ENORGULLECEN. Siguían una descripción del delito. Tenía más hojas impresas que una copistería. Nadie le quitaba el mérito: el hijo diseñador gráfico le enseñó a sacar pleno rendimiento a la impresora. Cartulina nunca le faltaba su pensión pública y la ayuda de los hijos daban para mucho. Y como ella consideraba sagrada su misión de mantener Chamberí bajo orden y decoro, las mínimas multitas del juez por propaganda no autorizada le parecían menos que un estornudo. Ella iba religiosamente a cada juicio, saludando al magistrado habitual con un recatado perdón por las molestias.

En realidad, había gente que hasta le agradecía sus cruzadas: ahí estaba la reforma de la alcantarilla del barrio, lograda tras diez años de lucha feroz contra funcionarios varios y una colección de noches en vela. Desde entonces, hasta los conductores que antes suplicaban flotar sobre olas de agua después de cada tormentón, le dedicaban una reverencia, temiendo que sus caritas adornaran el tablón siguiente.

Era un terror para quienes no recogían los excrementos del perro; para esas madres distraídas del parque, obsesionadas más con la caña y el móvil que con sus criaturas; para los caraduras morosos; para los borrachines ruidosos y los silenciosos; para todo aquel alérgico a las normas básicas de convivencia.

Por supuesto, no todos la tenían en alta estima. Hasta un día la esperaron en una callejuela oscura, de vuelta de casa de su hermana enferma. Le dieron un escarmiento corto, porque alguien debió asustar a los delincuentes, pero lo suficiente para que saliera de allí con más ganas de justicia. Si llegaron a ser tan cobardes de atacarle, ¡es que algo estaba haciendo bien!

La pierna, eso sí, le curó a medias, y desde entonces, cada vez que cambiaba el tiempo, el barómetro se lo recordaba.

Al menos sé si hay que llevar paraguas. ¡Eso es un chollo, hija!

Los culpables no tardaron en aparecer frente a los jueces, cuyos pasillos Doña Aurelia recorría como Pedro por su casa. Y gracias al asunto, se hizo con un grupo de amigos policías de barrio y un detective, a los que no dudaba en llamar cuando la gestión huisse de sus manos.

Danielito, cielo, ¡estás más solicitado que un pincho de tortilla en la feria!

El tal Dani, un armario con bigote que vivía puerta con puerta con Doña Aurelia desde que se independizó por fin de su madre, acudía a la llamada sin rechistar. ¡Y cómo no! Porque esa señora, tan seca pero tan entrañable, había conquistado hasta a su suegra, esa temible mujer que ninguno de sus familiares se atrevía a contrariar. A la buena señora le puso los puntos sobre las íes de una vez, con la firmeza del que ha repartido muchas hojas impresas en su vida:

¿Y de verdad piensa usted que su hijo, con cuarenta años, todavía necesita mocos y arrumacos, querida? ¡Piénselo! Una madre es madre, pero ¡que no se le pase la mano con los pañuelos!

Desde entonces, las visitas maternas al hogar de Danielito se redujeron a la mínima expresión, y su familia respiró por fin. Las gracias a Doña Aurelia se multiplicaban.

Almudena, que ya llevaba varios años de asistenta social por el barrio, conocía la fama y particularísimas redes de Doña Aurelia. Por eso le sorprendió verla sollozando en el banco del portal.

¿Llora usted, Doña Aurelia?

Ay, hija Tu protegida Doña Matilde

¿Qué le ocurre? Almudena miró instintivamente hacia la ventana conocida.

Ahora está Dani allí. Matilde ya no está…

El mundo se le vino a Almudena encima y se sentó de golpe, casi quedándose en el aire.

¡Vaya día! Por la mañana, el desagüe estropeado; los niños, tarde al colegio; bronca monumental con su marido. A ella, que su Pablo era un santo no bebía, no fumaba, buen padre, buen marido, curraba como nadie, como no cansan de repetirle las amigas, pero hasta ella acababa harta a veces. Y la dichosa bombillita, por la que discutieron, la podía haber cambiado ella media docena de veces, pero los nervios la traicionaron. Serán las hormonas, pensó. O será la edad…

Pero, allí sentada, el problema de la bombilla le pareció una tontuna de campeonato. Ayer mismo, Doña Matilde le encargó pienso para sus felinos, y hoy…

Un par de lágrimas y Almudena acabó por romper a llorar como una niña.

Toma, hija, limpia esa cara, que bastante tienes ya dijo Doña Aurelia, entregándole un blanquísimo pañuelo.

El pañuelo era idéntico al que Matilde le regaló en Navidad.

Para ti, Almudena, con todo mi cariño. Es poca cosa, pero es de corazón.

¡Qué preciosidad! ¿Pero esto… es bordado?

Sí, con tus iniciales.

¡Pero esto es para enmarcarlo, no para sonarse!

Tonta, si sólo es un pañuelo y ya sabes cómo ando de pensión.

¡Si mi abuela decía que el mejor regalo es saber que se acuerdan de ti!

Sabia mujer. ¿Sigue viva?

Hace años que no tengo familia, sólo mi marido y niños.

¡Qué rabia! No me malinterpretes, no siento pena por tu familia, sino por la soledad. Tuve -y tengo- mucha parentela, pero a la vejez, todas esas ayudas han terminado por dejarme sola. Ni familia propia, ni hijos, pero primos, hermanas, hasta tías; todos sabían perfectamente cómo debía vivir mi vida. Si la medicina familiar hubiera funcionado, no estaría sola. Pero ni caso. Yo tengo culpa también, pero… ay, querida, la soledad apesta, te lo digo yo. Sin mis gatos, ni sé…

Una sobrina quiso convencerla de cederle el piso condiciones mejores, y la hermana ya le tenía plaza apalabrada en un geriátrico. Ella no puede decidir, decían los de la familia.

¿Y qué has hecho entonces?

Que he dejado el piso a repartir, a ver si con eso se apañan. No tengo corazón para beneficiar solo a uno. Pero los gatos… ¡Eso no me lo tocan!

Seguro que los gatos acabarán mejor contigo que con ellos. Si quieres, déjame a mí en herencia los gatos. Así los tendrás a salvo, hagamos un testamento felino solidario.

¡Pero Almudena! ¡Eso sí que no me lo esperaba! Pero, hija, ¿no es mucha carga?

¡Carga ninguna! Sin gato, la vida no es igual. ¿No lo dicen siempre?

Uno de los gatos, Benito, vivía con Matilde desde hacía años; el otro, Lucas, lo había rescatado la mismísima Doña Aurelia frente al Ahorramás y, por supuesto, no puedo quedarme con él, Matilde, pero seguro tú sabes cuidar de esta criaturita… que yo con la alergia, ¡imposible!.

Resultó, por cierto, que Lucas era Lucía, y poco antes de que Matilde se fuera al otro barrio, Lucía trajo al mundo unos gatitos monísimos directamente sobre la cama de la pobre señora.

¡Ay, Lucía, menuda sorpresa! Pensando una que engordaba por el pienso…

No te preocupes. Mi jardín es grande, los gatitos encontrarán hogar. Y si hace falta, hasta Doña Aurelia nos ayuda. Los suyos van y vienen como Pedro por su casa.

En medio de estos pensamientos, Almudena saltó del banco de un brinco.

¡Pero qué hago aquí sentada! ¡Que los animales estarán sin pienso!

Ese mismo día Almudena asumió su legado felino. Dani le ayudó con la cesta de mininos hasta el portal, y hasta le pidió uno para los peques.

De miembros de la familia, ni rastro. Ahora no nos viene bien, dijeron cuando Dani preguntó. Ocúpense ustedes.

Almudena casi soltó la cesta al suelo de la sorpresa y la indignación.

Eso no va a quedar así; esto lo arreglo yo.

¿Pero para qué te molestas tanto, si no era de la familia?

¡Y qué! Hay gente con la que en dos días compartes más que con familia en toda la vida. No dejaré que a Doña Matilde la despidan como a un mueble viejo. No se lo merece, ¡vamos!

Dani sonrió y la aplaudió por el discurso:

En serio, cada vez te pareces más a una amiga mía. No te preocupes, que de esto me encargo yo.

Almudena respiró hondo. ¿Por qué se ponía tan nerviosa? Debía estar fina.

Al tomar el camino de vuelta y cerrar la verja de su modesta casa madrileña un chalecito en Carabanchel, herencia de sus padres, construido por su abuelo para que todas las generaciones tuvieran un hogar acogedor, Almudena sintió el peso de las familias y su ausencia, el calor de las paredes que no sólo eran ladrillos, el enigma de cómo podía la gente simplemente desentenderse de los suyos

Al aldabón llegó el olor a cocina, el barullo de sus hijos. Pablo salió al recibidor al escuchar la puerta.

¡Almu! ¡¿Qué te pasa?! Mira, cambié la bombilla. Y arreglé el grifo ese que goteaba. Ya mismo estamos regando tus tulipanes y no llores más, ¿vale?

No lloro dijo Almudena echando las lágrimas sin parar.

¿Y eso tan pesado qué es? preguntó cogiendo la cesta.

Gatos…

¿¡Cómo!?

Los niños llegaron corriendo y armando un estruendo que Pablo tuvo que poner orden.

¡No asustéis a los gatitos!

En menos de una semana, la pequeña colonia felina se adaptó al hogar. Benito, por si hubiera alguna duda, compensaba la pensión dejando ratones muertos en la escalera. Incluso, a veces, salía rumbo a la antigua casa de Matilde y se quedaba subido al árbol mirándola, llamando bajito como si esperara a que su vieja amiga asomara.

Almudena, abriendo una ventana una noche de insomnio, se preguntaba cómo era posible que la vida se escurriera tan deprisa. Ella ya tenía su secreto ese cosquilleo mañanero, ese hormigueo de que quizás otro pequeñín venía en camino, aunque ni Pablo lo supiera aún, y acariciando a Lucía y los guateques de mininos, murmuraba:

Voy a ser mamá otra vez y me asusta. ¿Crees que lo haré bien, Lucía?

El ronroneo de Lucía atraía a Benito, siempre vigilante.

Pero, vamos a ver, con tanto ayudante, ¿cómo no vamos a arreglarnos?

El día fatídico llegó justo cuando Almudena pensaba contarle la noticia a Pablo. Benito llevaba dos días sin aparecer. Nadie le había visto, ni en el antiguo piso, ni en la patrulla de Dani, ni en el cruce de Doña Aurelia.

Almu, a la cama, vendrá cuando tenga hambre.

No puedo Si se pone a llover con lo friolero que es. ¡Dónde estará ese bicharraco!

Los gatos son gatos, Almu. Siempre vuelven.

¡Lo castro! ¡Esta vez lo encierro en casa, palabra!

Ni se enteró de que Benito regresó, porque el canalla no volvió tranquilo. Se puso a maullar y a revolotear por el jardín como si tuviera que despertar a todo Carabanchel. Pero puertas y ventanas cerradas, y la casa en paz.

Sólo Lucía, entre sueños, alborotó, se acercó, le mordió a Almudena un pie y bufó como si le fuera la vida y así era.

¡Ay! ¿Pero se puede saber Lucía, me has arañado?

Fue entonces cuando Almudena oyó el maullido de Benito y olió el humo.

¡Pablo! ¡Niños! ¡Que hay fuego!

Lucía saltó a la habitación de los niños y los mordisqueó hasta que los dos se levantaron despavoridos. Almudena cogió a uno, Pablo al otro, y los cuatro, con la cesta de los mininos, salieron por la puerta mientras los vecinos llamaban a los bomberos, que en media hora tenían el susto bajo control.

Todo arreglado anunció el bombero con acento castizo. Huele a quemado, pero el chalé aguanta. Y han salido a tiempo.

Almudena apretó a Lucía con agradecimiento.

Pablo dejó que los niños diesen las gracias a los bomberos y luego abrazó a Almudena:

¿Tú cómo estás?

Estoy bien.

¿Seguro? le puso la mano en el vientre y Almudena ahogó una risilla.

¿Tú lo sabes?

¡Claro, mujer! ¡Pero si en casa no hay secretos! Dos niños, y en camino el/la tercero/a. Sé cuando estás contenta y sé la cara que pones cuando me lloras por la bombillita.

Pablo, me da miedo.

Tonterías. Estamos juntos. Están los gatos, los niños, la casa. ¡Con lo que tenemos, que venga lo que sea!

Almudena repartió gatos y gatitos, y subida al porche, miró al cielo.

Gracias, Doña Matilde, por tanta bondad Mil gracias.

©Esa noche, mientras el silencio regresaba y el olor a humo iba cediendo al de la colonia de los niños, Almudena notó el peso suave de Lucía enroscada junto a su cuerpo. Los niños dormían, Pablo roncaba quedo. El reloj tic-tac, los gatos ron-ron. Todo era nuevo y al tiempo inmutable.

Dejó que su mente viajara un instante hasta Doña Matilde y, sin saber cómo, sintió una calidez inaudita, como si una mano anciana le acunara el corazón. Tal vez la bondad, pensó, no era hacer grandes gestas, ni heroicidades de película: era recoger a un gato solitario, velar el sueño de un hijo, escuchar a los mayores, no dejar que a nadie se lo lleve la vida sin anécdotas ni amor.

Al cerrar los ojos supo que, aunque la familia se disperse o se olvide, aunque la vida cambie y las casas ardan y los días se vuelvan costumbre, siempre quedarán los lazos diminutos el ronroneo, un pañuelo bordado, una mano que ayuda, una promesa de cuidar, esas cosas chiquitas que en el fondo son todo lo que tenemos.

Y entonces lo comprendió: en Chamberí, en Carabanchel, en cualquier rincón del mundo, la bondad viaja de persona en persona sin testamento, heredándose solapadamente, como un viejo abrigo que siempre encuentra abrigo nuevo. Sonrió, acarició a Lucía y prometió no olvidarlo nunca.

Al fondo del pasillo, un maullido leve respondió, como bendiciendo el porvenir.

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Elena Gante
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