FIFA: El fenómeno mundial del fútbol en España

La Presumida

¡Vaya pintas! La gente decente va por la mañana a trabajar como es debido, y esa… ¿A dónde demonios va, con esos pantalones blancos, por este lodazal nuestro?

¡Pero si ella nunca va andando! Siempre con su coche ese… Que parece el autobús de la línea 27.

Da gracias, mujer, que viene vestida. ¿Has visto lo que lleva en el cuello?

No, ¿el qué?

¡Un tatuaje! Ni más ni menos. ¿Pero quién se hace eso? Como una que ha estado en la cárcel, por Dios. Y tan jovencita… ¿Qué diría su madre si la viera? Sin rumbo, pobre alma perdida…

El banco de la entrada se agitó como avispero, todo por la estela que dejaba Lucía.

¿Y qué iban a hacer, callar? Más vale darle a la lengua que volver a casa, donde solo nos espera la rutina: los niños, grandes o chicos, la comida, la limpieza… Y la alegría, poca, salvo algún cumpleaños o la Lotería de Navidad. ¿De dónde va a salir la alegría para la gente sencilla? Bastante tenemos con sacar adelante a los hijos y ayudar si hace falta. Llevarle un detalle a los nietos ya es suficiente felicidad… Y no todas pueden. Fíjate en la señora Manuela, le han dicho sus hijos que de nietos nada, que ahora lo que toca es viajar a las Canarias o a la Costa Brava, y olvidarse de pañales. Así va el mundo… Igual que la Lucía esa, la hija de Carmen.

Si era una chica normal, de las que iban al instituto, sacaba buenas notas y siempre saludaba con educación. Ahora ya ves. Después de morir la madre, ha perdido el rumbo. Anda por ahí todo el día, sin trabajar, ni estudiar siquiera. Eso sí: ha montado un estudio de tatuajes. ¿Te lo puedes creer? ¡Un estudio de tatuajes! ¡En Salamanca! ¿Qué será lo próximo?

Cuando el padre de Lucía reapareció un par de años atrás, todas pensábamos: La endereza, seguro. Y al final, le compra ese armatoste de coche que nos quita media acera y, después, ni se le ve el pelo. Y la niña… bueno, la niña acaba de cumplir veinte, ¡más joven imposible! Y así, sola, a ver si un día mete en casa a cualquiera y adiós herencia, coche y hasta los azulejos del baño.

¡Mírala, que se va! ¿A dónde? ¿Quién sabe? Ni mira atrás. ¡Es una presumida, una auténtica presumida! Con los pantalones blancos…

Lucía no tenía tiempo ni ganas de escuchar a las cotillas de siempre. Bastantes líos propios tenía encima, gracias. Hoy el día lo tenía cronometrado. Tantas citas aquí y allá que desearía que el día tuviera, como mínimo, veintiséis horas.

Hija mía solía decirle su madre, tienes que aprender a organizarte. Alguien que se lleva bien con el tiempo, llega muy lejos O por lo menos, llega.

Podía tener buena intención, pero Lucía, ni con agenda nueva, lograba encajar todo. Lo de hoy era de traca: tenía tres clases en la universidad y solo podía ir a una porque tenía dos clientas en el estudio, tenía que pasar por casa de Marta, y a casa de Enrique ayudarle con la mudanza… Ni hablar de las nuevas del grupo de voluntariado, a las que ni nombre ponía aún. Si al menos el tráfico cooperase…

Pero nada, ahí estaba, atascada en la avenida, y el coche viejo y robusto, heredado del padre, parecía comprenderla.

¿Ves? ¡No pasa nada! pensaba Lucía mientras acariciaba el volante. Gracias, papá.

Quién le iba a decir que acabaría agradeciéndole algo. Durante casi toda la vida, le había guardado rencor, pero su madre jamás le habló mal de él. Siempre, Es tan listo; Eres igualita que él, Lucía.

Pero qué listo ni qué niño muerto: ¿Qué clase de cerebrito deja a su hija en pañales y se olvida de ella para seguir en la suya? En el cole, cada festival del Día del Padre era una puñalada. Las demás bailaban con papá y Lucía, sentada, cual estatua, sin echar ni una lágrima, pero bien dura.

Ni en el instituto la cosa mejoró. Cuando Ana, su mejor amiga desde los tres años, le soltó:

Mi padre dice que, si entro en la Complu, me regala coche. Y si no, pues paga privada. ¡Qué stress!

Ahí acabó su amistad. No fue envidia, fue rabia. Y, sin embargo, nunca le envidió nada a nadie: ni los viajes al Caribe, ni los abrigos del Corte Inglés, ni el móvil caro que le regaló su madre al cumplir los dieciséis.

El mejor regalo llegó ese mismo día: mientras Lucía admiraba el envoltorio, apareció en la puerta, por primera vez, el famoso padre. Escándalo, gritos, llanto… Y ni caso a su madre, que intentaba calmarla.

¡Eres una traidora! le chilló, apartando sus brazos. ¿Para qué lo has traído?

Lo que no sabía era lo que pasaba entonces: a su madre le habían dado el diagnóstico, y poco tiempo quedaba ya en la cima del mundo. Lo poco, acabaría siendo una cuesta abajo, arrastrando todo lo seguro, hasta que ni el suelo sería firme, solo un charco de gelatina rosa y pegajosa, como la de fresa del cole que Lucía odiaba. Pero, al final, sería su madre quien, antes de irse, hablaría con ella.

La culpa fue mía, Lucía. En la ruptura, en no dejar que tu padre te viera. Toda mía, entiendes… Odíame a mí, no a él.

La historia era larga: casados jóvenes, madres celosas, vidas truncadas, Lucía que llegó en mal momento… Alucinante, pero cierto. Y luego, lo de siempre: la culpa, el silencio, el secreto. Hasta que por fin se abrieron las ventanas y salió la verdad.

Lucía nunca estuvo segura de perdonar del todo a su madre, pero agradeció la sinceridad, aunque sospechase que lo más importante se había quedado entre mamá y papá, en las noches de hospital.

El padre no tardó en quedarse a vivir con ella, ¡y ni se le pasó la cabeza largarse hasta que Lucía cumplió dieciocho!

Y, en ese tiempo, Lucía empezó a dibujar. Hasta entonces, solo garabateaba por aburrimiento. Pero su padre, un día, vio sus dibujos.

¡Vaya! No está nada mal dijo quitándose la camiseta. Y ahí tenía él, en la espalda, la cosa más espectacular que Lucía viera jamás. Un tatuaje precioso, a color.

Me lo hizo un amigo. Si quieres, te presento y te enseña

Y así, sin que nadie prestara atención, Lucía se marchó casi un año. Primero a Madrid, a aprender, y luego, de vuelta a casa, porque, bueno, hogar es hogar.

El padre no discutió. Es más, vendió su piso y con ese dinero le compró a Lucía un local diminuto en el centro, junto con el coche cochambroso. Equipamiento nuevo, papeles en regla ¡A currar, hija! Estudia, eso sí, que la formación es un seguro. Nadie daba un euro por ella (o mejor dicho, ni un céntimo).

Pero la peluquera del tercero, don Ciriaco el del cuarto (ahora metido a motero a pesar de la mujer) todo el mundo tuvo que tragarse el a ver si lo logra.

A partir de ahí todo fue ir corriendo: trabajo, estudio, montaje del local… Y entonces entró Marta en su vida. Na, una clienta rara: bien vestida, pero cara desencajada, uñas de desastre y cero ganas de tonterías.

¿Puedo ver a la jefa? pidió Marta.

Soy yo contestó Lucía sin levantar la vista.

Venga, niña, en serio, ¿está la dueña?

Después de demostrarle que los mejores dibujos del catálogo eran suyos, Marta pidió algo especial: un nombre en la muñeca, bien visible.

Fue Lucía quien echó el cierre, y cuando la clienta se echó a llorar, no preguntó por qué. Solo más tarde, cuando esa mujer la saludó en el hospital, se enteró: era el nombre de su hija, Alejandra.

Unas semanas más tarde, Lucía conoció a Alejandra.

¿Tienes nueces? ¿Y pipas? ¿Nada de nada? la niña, con gafas tapadas por esparadrapo, la miraba incrédula ¿Y cómo vas a alimentar a las ardillas?

¿Qué ardillas?

Las del parque, claro. ¡Hay un montón! Las busco todos los días con mamá Me dicen que están tan gordas de tantas nueces que ya ni pueden saltar.

Bah, no se van a poner gordas nunca si no paran quietas.

¡Eres sabia!

Lucía no lo creía. Pero la niña se presentó, muy seria:

Soy Alejandra Pérez Ramírez. ¿Y tú?

Lucía Gómez de Castro.

Y ahí empezó su amistad. Lucía llevaba ya los bolsillos llenos de nueces a la siguiente visita.

No fue hasta mucho después cuando Marta, completamente agotada, le contó lo de la niña: operación, miedo, ni rastro del padre biológico (Fue un apaño, lo utilicé y ya, de amor, nada). Y justo ahí Lucía se vio haciéndole de coach: ¡Tira palante, mujer!

La operación salió bien y, mientras tanto, el doctor Hugo, siempre tan formal, andaba por allí, pendiente de una y otra. Era evidente hasta para Alejandra que entre Lucía y Hugo ocurría algo, aunque ellos ponían cara de póker, hablando solo del tiempo o los dibujos animados.

Cuando Alejandra fue trasladada a Madrid para rehabilitar la vista, Hugo siguió ayudando, y Lucía, inspirada, empezó a tratar de ayudar a otros niños, haciendo de su coche un microbús ambulante para casos especiales. Nadie quería tren, todos coche. Y poco a poco, Hugo admiraba más y más a Lucía, aunque de declararse, nada.

No fue hasta que Alejandra volvió (¡Quiero decirle algo a Hugo!) que todo saltó por los aires:

Hugo, ¿por qué no le cuentas a Lucía que te gusta?

Es complicado…

¿Complicado, el qué? ¡Ay, los adultos…! Dicen que les gusta alguien, pero hacen como que no…

El rollo de no tengo casa, solo una habitación compartida y Lucía va montada no colaba. Alejandra lo resolvió a lo castizo:

¿Y el amor no vale nada?

Hugo ni respondió, claro, y la niña se largó a buscar a su madre, a la vez que convencía a Lucía de hacer algo.

Esa noche, Lucía cerró el estudio, vio a Hugo llamándola desde la acera, y por fin…

¡Hola!

Unos meses después, las cotillas volvían a la carga:

Se ha echado novio, ¡y nadie sabe de dónde ha salido!

Dicen que es médico.

¡Eso habrá que verlo! Como mínimo, hay que avisar al padre

Pues ya ha venido. Lo vi el otro día

¿Y ahora qué?

Pues ya veremos

Y claro, lo vieron: a Lucía en vestido blanco, con el tatuaje asomando entre la tela, a Hugo, tierno y despistado, a Alejandra, radiante, vendiendo a Lucía y haciéndose selfies, a Marta llorando de alegría, a los desconocidos que la abrazaban como familia.

Y nadie entiende por qué Lucía, antes de subir al coche, se quitó los tacones, pidió unas zapatillas que Marta trajo del maletero, y su flamante marido le ayudó a atárselas mientras todos reían.

¡Todo al revés! murmuraban las de la banca.

¡Claro, es que es la presumida del barrio!

La nuestra, sí señora.

Y ahí quedaban, viendo cómo, por una vez, la felicidad aparcaba en la puerta.

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Elena Gante
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