En el porche de casa

En el porche de casa

Después de despedir a su marido camino al trabajo, Laura sonrió para sus adentros y se puso manos a la obra. Aquel día prometía ser especial: la esperaba otra inspección, y ella se había preparado con un cuidado rayano en el arte escénico.

Mucho antes de la boda, Carlos le había advertido sobre la tradición familiar: su madre, doña Carmen, tenía la costumbre de presentarse en casa de su hijo los miércoles y viernes, siempre sin avisar. Era una especie de ritual de control que llevaba años practicando sin falta. De esa manera había conseguido romper dos matrimonios anteriores de su hijo. Carlos, hombre apacible y poco dado a los enfrentamientos con su madre, temía ahora que doña Carmen arremetiera contra Laura con redoblada energía.

Laura, sin embargo, no sentía el menor miedo. Al contrario, había urdido un plan audaz y original para evitar acusaciones injustas y, tal vez, cambiar las reglas de aquel extraño juego. El plan era arriesgado, pero ella tenía todas las razones para creer que saldría a la perfección. Por eso se preparaba con seriedad y el entusiasmo de una actriz consumada.

Lo primero fue transformar su aspecto. Se aplicó un poco de gel para dar a su cabello un efecto de mechones húmedos y lo alborotó hasta conseguir la impresión de que no se lo había lavado en al menos una semana. Enrolló algunos mechones en viejos rulos de plástico que guardaba desde su abuela; el resto apuntaba en todas direcciones, creando la imagen de una mujer que acababa de levantarse después de una noche en vela. Se difuminó ligeramente el rímel bajo los ojos para simular un rostro lloroso o sin lavar: el resultado era tan convincente que ella misma apenas podía contener la risa al mirarse en el espejo.

Los toques finales fueron la ropa y el calzado. Del fondo del armario sacó una vieja bata de franela, ya inservible. Laura la había conservado hecha un ovillo en un rincón precisamente para ocasiones como esta. Una de las mangas estaba manchada de grasa, el bolsillo colgaba medio arrancado de un hilo y bajo el brazo se abría un agujero considerable. «Perfecta para recibir a la querida suegra», pensó Laura con satisfacción mientras se la ponía. Completaban el cuadro unas viejas zapatillas de Carlos, del número 43, en las que ella, que calzaba el 37, se hundía y arrastraba los pies a cada paso.

Terminado su propio disfraz, Laura se dedicó al apartamento. Esparció arena por el suelo del recibidor y la cocina, arena que había traído de un parque infantil cercano. En el fregadero amontonó una pila de platos sucios, añadiendo algunos limpios para dar más volumen. Llenó la bañera de ropa sucia y la cubrió de agua para que pareciera que estaba en remojo. Sacó todos los alimentos del frigorífico y los escondió en un segundo frigorífico empotrado en un armario, del que doña Carmen no sabía nada. En la balda dejó solo un queso fundido que había dejado en el balcón para que se ablandara y perdiera su aspecto apetecible.

En el momento en que sonó el timbre, Laura terminaba su «preparación» en la cocina: freía cebolla en aceite de girasol sin refinar hasta que se quemó y llenó el piso de un olor acre a chamusquina. Corrió a abrir la puerta, arrastrando ruidosamente las zapatillas por la arena.


Para entender cómo había llegado Laura a esta situación hay que retroceder unos meses.

Laura y Carlos se conocieron en una página de citas. En el mundo actual ya nadie se extrañaba de eso. Ambos habían dejado atrás la juventud y cargaban con experiencias fallidas: Carlos con dos divorcios, Laura con uno. Los dos deseaban de corazón formar por fin una familia de verdad, encontrar a alguien con quien compartir la vida, criar hijos y envejecer juntos.

Su primer contacto virtual pronto dio paso a encuentros reales. Carlos resultó ser un hombre atento, cariñoso y algo inseguro, cualidad que a Laura incluso le gustaba: siempre había preferido llevar las riendas de la relación sin dominar. Tras varias citas comprendieron que su búsqueda había terminado con éxito. Sentían esa rara y casi olvidada sensación de mirar en la misma dirección y sonreír de la misma manera.

Sin embargo, el recuerdo de los fracasos anteriores no los abandonaba. Los corazones que ya habían sufrido el derrumbe del amor temían nuevas heridas. Durante todo un año simplemente se vieron, sin compromisos, adaptándose y acostumbrándose el uno al otro. Solo entonces Carlos le pidió matrimonio y Laura aceptó sin dudarlo.

Desde el principio Carlos había dejado claro que sus intenciones eran serias y lo demostró con hechos. Presentó a Laura a su madre, doña Carmen, incluso antes de la boda. Desde el primer momento aquella mujer mayor pero aún enérgica causó en la futura nuera una impresión muy positiva: amable, educada, de modales suaves y con un sincero cariño hacia su hijo en la mirada.

Antes de ese encuentro Carlos ya había insinuado que su madre era demasiado exigente con las parejas de su hijo y no siempre justa. Laura incluso le preguntó después de aquella primera visita:

—Qué raro que dijeras que tu madre se metía tanto con tus ex y casi os separó. A mí me pareció una mujer encantadora. ¿Cómo lo explicas? ¿Eres injusto tú, o le caí bien desde el principio? ¿O soy yo la que no entiende a la gente?

—Todavía no estamos casados ni vivimos juntos —respondió Carlos con una sonrisa triste—. Al principio es así con todas. Con Elena, mi primera mujer, recuerdo que tú ahora te alegraste. Aprobó la elección y la trataba casi como a una hija. Nunca dijo nada malo de ella delante de mí. Solo: «Elena, cariño, si tengo que hacer alguna observación o dar un consejo, me disculpo mil veces para que no te ofendas». Sus visitas de control las hacía cuando yo no estaba en casa. Yo nunca vi ni oí cómo se hablaban a solas. Todo lo sé por lo que ellas me contaban.

—¿Y qué pasaba? —no terminaba de entender Laura.

—Todo por lo que ellas decían. Según Elena, mamá criticaba todo y se quejaba constantemente. Según mamá: «Perdóname, hijo, no le dije nada a Elena, pero tú ponla en su sitio. Así no se lleva una casa, así no se cocina…». Elena era muy joven, apenas diecinueve años, no sabía contradecir a los mayores y solo lloraba. No aguantó mucho y se marchó. Así terminó el matrimonio, ni un año duró.

—¿Y con la segunda mujer pasó lo mismo? —preguntó Laura. No era celos del pasado. Solo quería conocer todos los detalles para no convertirse ella misma en víctima de la antipatía de su futura suegra. No quería perder a Carlos, pero sabía que él dependía mucho de la opinión de su madre.

Carlos sonrió, esta vez con más amargura:

—Margarita era harina de otro costal. A ella no le metías el dedo en la boca; le gustaba mandar. Ahí mi madre tuvo que llorar. También empezó con sus visitas sorpresa, pero Margarita le dejó claro enseguida quién era la dueña de la casa. Casi la echó a empujones. Luego me montaba escenas a mí, diciendo que no sabía poner a mi madre en su sitio. Y yo precisamente no podía ni quería. Quiero a mi madre. Entiendo que se quedó sola joven. Yo era su vida. Así se lo dije a Margarita: «No te atrevas a ofender a mi madre. Ella no nos desea nada malo». Por eso se enfadaba, discutía y al final recogió sus cosas y se fue. Esa fue mi vida familiar hasta ahora.

Laura guardó silencio, pensando en lo oído, y luego dijo:

—En la destrucción de tus relaciones anteriores no creo que tu madre tenga mucha culpa. Al menos eso me parece. La primera mujer era muy joven, cosa que yo no puedo presumir. Yo tengo más experiencia. La segunda tenía carácter fuerte. Allí chocaron dos voluntades. Y eso tampoco va conmigo. Yo sé llevarme bien con la gente. Además, creo que doña Carmen sacó conclusiones del pasado. Ella quiere que seas feliz. ¿A qué hombre solo se le puede llamar feliz? Así que en la tercera vez tú no tienes nada que temer, y yo menos aún.

—Bueno, si tú lo ves así… —Carlos frunció el ceño, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta con exagerada solemnidad, buscó algo y finalmente sacó una cajita de terciopelo rojo en forma de corazón. La abrió y se la tendió a Laura—. Entonces cásate conmigo, Laurita. Yo también estoy seguro de que nos irá bien.

—Acepto —dijo ella sonrojándose ligeramente y admirando el delicado anillo—. Qué bonito. Y tú también eres un encanto. Planeaste la pedida y me llevaste a esta conversación.

Los enamorados se besaron. Ni por un momento se le ocurrió a Carlos que había sido Laura quien había dirigido la charla para que él terminara proponiendo matrimonio. Era una fina psicóloga y sabía conducir las conversaciones de modo que el interlocutor creyera que la idea era suya.

Pronto celebraron la boda. Doña Carmen resplandecía de felicidad, deseaba a los novios amor eterno y una familia sólida, y decía lo contenta que estaba de que su hijo, tan poco afortunado antes en el amor, hubiera hecho por fin la elección correcta. Todo ello daba confianza en que no habría conflictos entre nuera y suegra. Y no los hubo, probablemente porque vivían separados. Laura tenía un apartamento de un dormitorio heredado de sus padres. Carlos tenía otro similar, heredado de su abuela. Poco después de la boda intercambiaron las dos viviendas por un piso de dos dormitorios. La operación salió muy bien y pronto comenzaron su vida en común.

Al principio todo fue maravilloso. Antes de casarse Laura trabajaba como contable, pero el trabajo no le gustaba, ni el ambiente del equipo, lleno de envidias y peleas. Al ver que su mujer llegaba muchas veces de mal humor o incluso llorando, Carlos le dijo:

—Deja ese trabajo. Quédate en casa al menos un año, descansa. Hay mucho que hacer en casa. Luego ya veremos. Si quieres buscar algo, lo buscas; si no, también está bien. Mi sueldo siempre alcanza para los dos.

Laura aceptó y se convirtió en ama de casa. Y al cabo de medio año de vida en común notó en su marido cierta nerviosismo. Carlos parecía temer algo, esperar alguna contrariedad, pero no hablaba del tema. Laura pensó primero que serían problemas en el trabajo, pero luego comprendió que no era eso.

Por experiencia de su matrimonio anterior sabía que los problemas no se pueden callar. Hay que hablarlos enseguida y con franqueza. Por eso le preguntó directamente:

—Carlos, ¿algo te preocupa? Lo noto. Cuéntamelo. ¿Tiene que ver con nosotros?

—Desgraciadamente sí —no lo negó él—. ¿Recuerdas que te hablé de mi madre y de sus visitas de control? Creo que pronto empezará contigo.

—¿De qué hablas? En medio año no ha hecho ni una sola visita. ¿Y de repente va a empezar? ¿Tan terribles son? Míralo tú mismo: la casa está ordenada, yo la mantengo bastante bien, cocino bien. ¿Tienes alguna queja de mí? —se extrañó Laura.

—Yo no. Pero mi madre… siempre encuentra defectos en cualquier cosa. Ya te conté cómo funciona. Llega sin avisar, cuando yo no estoy. Por eso no sé exactamente cómo inspecciona el piso, pero siempre encuentra indicios de que mi mujer es una pésima ama de casa. La casa sucia, la mujer no sabe vestirse ni cuidarse, no sabe cocinar, no sabe comprar… Puede que mis matrimonios anteriores fueran errores, pero acusar a Elena de ser una dejada era difícil: era más bien excesivamente limpia. Margarita tal vez tuviera defectos en el hogar, pero que no supiera cuidarse o tuviera mal aspecto… eso no me lo creo. Entiendes que mis anteriores mujeres no aguantaron y se marcharon. Yo no quiero discutir con mi madre. Sé que es inútil: ella siempre se queda con su opinión. Pero tampoco quiero perderte a ti.

—No te preocupes, no me perderás —le aseguró Laura—. Pasaré cualquier inspección. Que venga cuando quiera y verá que todo está perfecto.

—¿Estás segura? ¿Y no te ofenderás si te dice cosas que no son? No puedo prohibirle que venga. No puedo pelearme con ella.

—No hace falta. No se te ocurra prohibir nada ni decir nada. Ya verás cómo todo sale bien. Ofenderse por observaciones de los mayores es señal de inmadurez, me parece. Y además no las hará. Yo me encargaré.

—Las hará seguro. Por más que se esforzaran las anteriores, siempre encontraba defectos en el manejo de la casa y en su aspecto. Así que solo te aviso: no le des importancia. Diga lo que diga mi madre, yo seguiré queriéndote. Al fin y al cabo es una persona mayor y estas visitas no son tan frecuentes. Se puede soportar —intentaba convencerla Carlos.

—Exactamente. No te preocupes antes de tiempo. Lo importante es que tú no eches leña al fuego. Si mi madre se queja de mí después de la visita, ni se te ocurra discutir con ella.

—No discutiré. Sé que es inútil. Tú lo principal es que no te disgustes —suspiró Carlos.

Pero Laura veía que seguía preocupado. Ella, en cambio, no sentía la menor inquietud. Al contrario, la invadía una especie de excitación, como la de una actriz antes del estreno.


Y ahora, de pie en la puerta delante de su desconcertada suegra, Laura se aplaudía mentalmente. Doña Carmen, acostumbrada a que las nueras temblaran ante ella e intentaran complacerla, parpadeaba desconcertada.

—¡Ay, doña Carmen, qué alegría! —exclamó Laura, fingiendo sorpresa y alegría—. No la esperaba hoy. ¿Por qué no avisó?

—¿Es que no se puede venir sin avisar? —preguntó la suegra, todavía sin recuperarse de lo visto.

—¿Por qué no se va a poder? —sonrió Laura radiante—. Siempre somos felices de verla. Venga cuando quiera, incluso todos los días. Solo digo que si hubiera avisado habría preparado algo rico o comprado algo. Pero no importa. Pase, pase.

Retrocedió un poco hacia el recibidor, arrastrando las zapatillas por la arena. Doña Carmen cruzó el umbral y enseguida arrugó la nariz.

—No entiendo qué olor es este —dijo con repugnancia, olfateando.

Realmente olía fatal: cebolla quemada friéndose en aceite de girasol sin refinar. El olor se había metido en la nariz y parecía impregnarlo todo.

—¿Olor? No sé, yo no noto nada —murmuró Laura fingiendo desconcierto mientras olfateaba—. Me parece que el aire está fresco; he ventilado.

—¿Cuándo ventilaste?

—Hace tres días. Y hoy también. Se lo habrá imaginado. No huele a nada especial. Seguramente viene de la escalera. Allí hay gatos.

Laura se esforzaba por mostrar esa misma distracción y dejadez de la que se dice que es peor que el robo. La suegra la observaba con desprecio y asombro.

—¿Y tú, querida, en qué estado estás? ¿Qué tienes en la cabeza y qué llevas puesto? ¿De qué vertedero sacaste esa bata? ¿Es que también te presentas así delante de tu marido?

—¿Qué tiene de malo? Estoy en casa —preguntó Laura fingiendo sorpresa mientras se miraba—. Sí, la bata no es nueva. Tengo otra, pero ¿para qué ensuciarla si estoy sola? Además, Carlos no se queja cuando cocino o hago otras cosas con ella. Y en general lo recibo de distintas maneras. Ayer mismo, por ejemplo, anduve delante de él…

—Basta, ya entendí —la interrumpió doña Carmen—. ¿Vas a tenerme todo el día en el recibidor o me dejas pasar? No he venido de visita, solo pasaba por aquí y por eso no avisé. Pero nunca imaginé encontrarte tan desarreglada.

—Ay, pase por favor. ¿Cómo no? Siempre es bienvenida, en el estado que sea. Y ahora, me parece, estoy bastante normal —por dentro Laura pensaba: «Claro, pasaba por aquí. ¿Adónde ibas a las ocho de la mañana, me pregunto? Además, Carlos está al tanto de tus costumbres. ¿De verdad crees que no me avisó?».

Sin embargo, no sentía especial antipatía hacia su suegra en ese momento. Más bien la divertía aquel juego. Laura se dirigió a la cocina, perdiendo las zapatillas a cada paso. La suegra la seguía, chocando a veces con su espalda y asombrándose de que la arena que crujía bajo los pies estuviera no solo en el recibidor sino también en la cocina. ¿Cómo no iba a estar si Laura la había traído del parque y la había esparcido a propósito?

—Veo que no eres muy aficionada a la limpieza —seguía reprochando la suegra, arrugando la nariz por el olor—. No entiendo qué vio mi Carlos en ti.

—Ay, no sé —suspiró Laura feliz—. Me quiere, supongo. Dice que le encanta mi falta de practicidad.

—Sí, claro, poco más hay que admirar. ¿Al menos barres el piso alguna vez? Nunca he visto suelos tan sucios —se indignaba doña Carmen.

—Claro que barro. El fin de semana pasado incluso hice limpieza húmeda. Es que no tengo tiempo todos los días, ¿sabe? Y andar persiguiendo cada mota de polvo… entonces no queda tiempo para vivir. Me parece que está bastante limpio. ¿No? —preguntó Laura parpadeando con ingenuidad.

—Claro, más limpio imposible. Se nota que limpias cada quinto fin de semana del mes —ironizó la suegra.

Pero Laura fingió no captar la ironía.

—No tengo un horario fijo de limpieza, pero cuando tengo tiempo siempre limpio y cuido la casa.

—Interesante. ¿En qué empleas tu tiempo entonces? No trabajas.

—La vida moderna es tan agitada, ¿sabe? A veces te sientas delante del ordenador o de la tele, te enganchas y… ¡Ay! ¿Usted ve en el primer canal ese programa? —empezó a parlotear Laura.

—No lo veo —gruñó la suegra, decidiendo no contenerse más—. No tengo tiempo para estar delante de la tele. En cambio, a mí los invitados inesperados nunca me pillan en este estado. ¿Y esto qué es? Explícamelo.

Doña Carmen abrió el frigorífico con autoridad y se quedó mirando su vacío interior. En una balda reposaba solitario el queso fundido.

—¿Qué? ¿Dónde? —preguntó Laura asustada, mirando hacia donde señalaba el dedo de su suegra—. Es queso fundido, muy rico y fresco. Con él se hace una sopa riquísima. Le cuento cómo la preparo. Mire, he frito cebolla en aceite. El queso se ralla, se echa en agua hirviendo y luego la cebolla con el aceite. Queda delicioso.

—¿Y Carlos se lo come? —se horrorizó la suegra.

—Claro. Es un queso muy rico, de verdad, fresco. Mire. Si no es en sopa, se pueden hacer bocadillos. Con té queda estupendo. Siempre lo compramos.

—Bien. ¿Y dónde están los demás alimentos, por favor? ¿Dónde las verduras, las frutas, la mantequilla, el embutido, el yogur, la leche? —doña Carmen estaba dispuesta a seguir enumerando todo lo que faltaba.

Con la última esperanza abrió el congelador, pero allí también reinaba el vacío absoluto.

—¿Dónde está la carne, los precocinados, las empanadillas, las croquetas? ¿O vas a decirme que tú y tu marido coméis solo un queso fundido para los dos?

—No, claro que no —se enfurruñó Laura—. Es que aún no he tenido tiempo de ir al supermercado. Es temprano todavía. Luego compraré de todo: empanadillas, croquetas…

—¿Cómo que «compraré»? ¿No las haces tú? ¿Las croquetas también las compras hechas? ¿De soja o de cualquier porquería? —preguntaba la suegra desconcertada.

—¿Por qué de porquería? Están muy ricas. Las empanadillas, las croquetas, las tortitas… todo comprado. ¿Para qué las venden si no es para que la gente las coma? Nadie hace ahora empanadillas ni croquetas caseras. Es una pérdida de tiempo. Ni hablar de ensuciar la cocina con harina y masa pegada que luego hay que quitar durante medio día. No, nosotros lo hacemos mucho más sencillo. Las compradas, por cierto, no son tan malas como dice. Carlos las come encantado.

—Claro, como alternativa al queso fundido. Supongo que las empanadillas compradas también estarán buenas. ¿Y esto qué es? —señaló el fregadero lleno de platos sucios.

—¿Cómo que qué es? Platos sucios, listos para fregar —explicó Laura—. Como ve, cocinamos mucho y comemos bien, por eso solo quedan platos.

—Maravilloso. ¿Y cuándo se van a fregar? —preguntó la suegra sin esperanza.

—Cuando vuelva del supermercado con la compra, entonces fregaré. Los dejé en remojo a propósito para que se ablanden. Así se friegan más rápido. Casi ni hace falta fregar: un enjuague con agua caliente y listo. Ahorro de detergente, de agua y, claro, de tiempo. No se puede estar todo el día en la cocina. Tengo otros intereses. Precisamente le hablaba del programa…

—No me hables del programa. No me interesa. Me interesa saber hasta dónde quieres llevar a mi hijo. ¿A una úlcera, a una disentería o tienes planes más ambiciosos?

—¿Por qué dice eso? —hizo una mueca Laura, como a punto de llorar—. Nunca tendrá úlcera. Comemos bastante bien. Carlos nunca se queja.

En ese momento estornudó, sacudió la cabeza. Uno de los rulos cayó directamente en la sartén con aceite. Laura se limpió la nariz con la mano, luego se limpió la mano en la bata, sacó el rulo de la sartén y lo tiró al fregadero, riendo avergonzada.

—Pero eso se lo preguntaré a él: de qué se queja y si está contento con esta vida. No te quepa duda, hablaré con él hoy mismo.

—¿De verdad se va ya, sin siquiera tomar un té? —preguntó la nuera. Y se veía que la idea más bien la animaba.

Doña Carmen se quedó de nuevo de piedra, ahora por el descaro.

—¿Me estás echando?

—Qué va, solo pensaba que hay que poner el agua. ¿Dónde está la tetera? Ay, siempre se me pierde… Ah, aquí está. Ahora hago té, tómese uno.

—¿Tienes té? —preguntó la suegra con sarcasmo—. ¿O me vas a decir que también tienes azúcar?

—Claro que sí. Debe de estar por aquí. No, ¿dónde lo puse? Había té. Aquí está —exclamó Laura—. Negro con jazmín. Y el azúcar estaba por aquí. Ahora lo encuentro.

Laura rebuscaba nerviosa en los armarios, tirando al suelo unas cosas y otras.

—¿Y con qué vamos a tomar el té? —quiso saber doña Carmen.

—Pues ¿con qué? Con el queso fundido, claro. Ya verá qué rico. Y sobre todo económico. De un queso salen cuatro bocadillos. Sí, pan solo quedan dos rebanadas, pero se las doy a usted.

—Muchas gracias. Estoy encantada con tu hospitalidad. Pero el té, al parecer, me lo tomaré en otro sitio.

Doña Carmen se dirigió decidida hacia la salida. Laura la seguía arrastrando los pies y murmurando disculpas e invitaciones a volver pronto.

—No te quepa duda, seré visita frecuente en esta casa y espero que la próxima vez encuentre un cuadro más decente —respondió la suegra entre dientes y salió sin despedirse.

Al cerrar la puerta, Laura se acercó a la ventana. Doña Carmen salió del portal, se detuvo y sacó el teléfono del bolso.

—Está claro —susurró Laura—. Llama a su hijo para quejarse de mi horrible comportamiento. Ay, doña Carmen, ¿cómo ha llegado a esta edad y se comporta como una niña?

Suspiró y miró alrededor. Le esperaba un buen trabajo: tenía que volver a poner orden.


Doña Carmen llamó realmente a su hijo.

—Carlos, ¿te molesto mucho? Perdóname, pero no puedo callarme. Acabo de estar en vuestra casa. Si es que se puede llamar casa a ese cuchitril.

Carlos sonrió comprensivo. Su madre estaba en su salsa. Algo así esperaba y solo deseaba que Laura no hubiera quedado muy ofendida tras la visita.

—No entiendo, hijo, cómo lo soportas —continuaba la madre dolida—. Tú, criado en la limpieza, acostumbrado a los cuidados, a la comida sana, que te cuidas y entiendes de belleza… ¿Con quién vives ahora, cariño? ¿Cómo puedes vivir así? Entiendes que tu mujer te va a llevar a enfermedades graves con sus costumbres.

—¿De qué hablas, mamá? ¿Qué has visto tan horrible en nuestra casa? —preguntó el hijo con un suspiro.

—¿En la casa? Eso es un establo, un verdadero chiquero. Allí no se puede vivir, allí no se puede seguir siendo persona. Sí, me quejé de Elena y de Margarita, pero, sinceramente, ahora estoy dispuesta a llamarlas y pedirles perdón. Comparadas con tu Laura eran amas de casa ideales.

—No sé, mamá. Me parece que Laura no es peor en cuanto al manejo de la casa. Ni siquiera imagino qué te ha indignado tanto.

—¿No lo imaginas? ¿Estás bien de la vista y de la percepción de la realidad? —doña Carmen, alejándose un poco del edificio, se sentó en un banco apartado. Tenía mucho que contarle—. Vives con un ser al que no se puede llamar mujer. Me recibió con una bata rota, unas zapatillas imposibles, con el pelo sucio y la cara sucia. ¿Se lava alguna vez?

—Mamá, ¿qué bata rota? ¿Estás segura de que estabas en mi casa? —se desconcertó Carlos.

—Al principio yo misma no creía lo que veían mis ojos. Antes, al menos, intentaba presentarse arreglada. Pero ahora, con solo llegar sin avisar, vi aquello. Y no estoy tan loca como para entrar en un piso ajeno y hablar con una desconocida desaliñada. Sinceramente, habría sido mejor. Bueno, su aspecto es cosa suya. Si una mujer no sabe cuidarse, ya no tiene remedio. ¿Pero en qué ha convertido el piso? ¿O eso tampoco te molesta?

—¿En qué lo ha convertido? —suspiró pesadamente Carlos—. Estoy seguro, mamita, de que exageras un poco. Cuando me fui por la mañana todo estaba en orden. Y Laura también. Desde luego, no llevaba batas sucias.

—Tú me conoces. Nunca he creído en ninguna mística, pero ahora no puedo quitarme de la cabeza que ella de alguna manera te ha hechizado. Simplemente te ha hecho algo para que no veas lo evidente en vuestro piso, en el recibidor, en la cocina. Más allá no entré; me dio miedo mirar la habitación. Pero lo que vi no se puede describir. Arena en el suelo, papeles… Al parecer nunca limpia. Y lo principal: ¿con qué te alimenta? Esa cebolla quemada en aceite… Me parece que estoy impregnada de ese olor insoportable. Todavía lo tengo en la nariz. En el frigorífico hace tiempo que no hay nada. Absolutamente nada. ¿De verdad piensas comer sopa de queso fundido?

—¿Qué queso? ¿De dónde? No tenemos ninguna sopa ni queso. Y Laura nunca fríe cebolla; a ella ni siquiera le gusta. Comemos con normalidad. Y en el frigorífico hay comida de sobra.

—¿De sobra? Solo un miserable queso fundido que piensa usar para sopa, para bocadillos y vete a saber para qué más. De verdad, decía que iba a ir al supermercado a comprar empanadillas, croquetas y demás porquerías que tú nunca has comido.

—Yo tampoco las como ahora. No tenemos ningún queso y Laura lo hace todo ella misma, y muy bien, casi como tú —intentaba calmarla Carlos.

—¿Quieres decir que tu madre está loca? ¿Que no ve el frigorífico lleno de alimentos ricos? ¿Que tengo alucinaciones? ¿O que soy una calumniadora que cuenta cuentos acusando a tu inocente y perfecta mujer de todos los pecados? Gracias, hijo. Claro, no esperaba que tuvieras esa opinión de tu madre.

—No pienso que estés loca. Pienso que exageras un poco. Puede que ayer no compráramos leche y, por cierto, tampoco huevos, pero eso no significa que no tengamos nada que comer salvo un queso que, por cierto, ni pensábamos comprar. Por lo demás, el congelador está lleno. Hay pescado, carne, pollo. Laura hoy pensaba prepararlo. Sí, compramos queso, pero no fundido, sino mi cheddar favorito. No pudo haberse comido todo en la media hora que estuve fuera.

—No, Carlos, no entiendo por qué me engañas. ¿De verdad quieres volverme loca? ¿O así justificas a tu mujer? Sé perfectamente que me culpas de haberte separado de las dos primeras, pero eso no significa que tenga algo en contra de tu tercer matrimonio. No quiero que mi hijo se case y se divorcie a los dos meses, pero mucho menos quiero que te salga una úlcera o algo peor. Y con las dotes culinarias de tu Laura te llevará a eso muy rápido.

—Perdona, mamá, estoy en el trabajo y no tengo tiempo para hablar. Cálmate, por favor. Comemos muy bien y en casa siempre está limpio. Te aseguro que soy completamente feliz con mi mujer. Esta tarde llegaré y aclararé de dónde ha salido la arena, qué queso y qué bata rota.

Carlos terminó la conversación, sabiendo que de todos modos no convencería a su madre, y negó con la cabeza apesadumbrado. Esta vez doña Carmen se había superado a sí misma intentando difamar a la nueva nuera.


Mientras tanto Laura, canturreando alegremente, se movía por el piso poniendo orden. Lo primero fue quitarse la horrible bata, la arrugó y la metió en el rincón del armario. Allí fueron también las zapatillas. Laura no dudaba de que volverían a ser útiles. Se cambió a su ropa de casa, se quitó los rulos y dejó para más tarde arreglarse del todo. Tenía que fregar el suelo de la cocina y el pasillo, pasar la aspiradora, fregar los platos. No le llevó mucho tiempo: cuando quería, Laura era una ama de casa experimentada.

Cuando el piso brillaba como siempre, abrió el segundo frigorífico empotrado en el armario. Afortunadamente su suegra no lo conocía. Sacó todos los alimentos y los colocó en su sitio habitual, y se puso a preparar la comida. Incluso le intrigaba qué le habría contado doña Carmen a Carlos, con qué impresiones y en qué términos. No dudaba de que su marido se lo contaría todo al llegar.

Por la tarde escuchó con atención y seriedad el relato de Carlos.

—Laura, mi madre nunca se había quejado tanto de nadie. Incluso de pasada elogió a mis anteriores mujeres, ¿te imaginas? Y lo que contó de lo que encontró en nuestra casa… Ay, hasta me da vergüenza repetirlo.

—¿Qué pudo haber contado? —se extrañó Laura con gran naturalidad—. Me pareció que todo estaba bastante decente.

—No lo dudo. Aunque, sinceramente, lo contaba con tanta convicción que al venir para casa hasta temí encontrarte con una bata rota, según ella.

—Perdóname, Carlos —se ofendió Laura—. ¿Dónde tengo yo una bata rota? Ni siquiera tengo batas, salvo la que me pongo después del baño. O ese salto de cama, con el que, naturalmente, solo te recibo a ti.

—Así lo espero. Me refiero al salto de cama. Pero mamá dice que estabas con una bata sucia, rulos en la cabeza y zapatillas que no eran de tu número. Y ni te cuento lo sucio que estaba el piso según ella. Arena en el suelo, papeles y de todo.

—Vaya imaginación la de tu madre. Puede que viera alguna mota de polvo o un papel. Aunque… tú mismo ves que los suelos están limpios.

—Claro que los veo. Y no le creí, la verdad. Solo bromeo. Pero lo que más me sorprendió fue cómo describió tus habilidades culinarias. Sinceramente, hasta me preocupé por ella. Aseguraba que habías frito cebolla en aceite y que pensabas prepararme sopa de queso fundido para comer. Receta interesante.

—Ya sabes que yo no soporto la cebolla frita. Sobre los quesos fundidos… sí, hay algunos especiales para sopa, pero yo no los preparo. Bueno. Y ella asegura que el frigorífico estaba completamente vacío y que lo único que había era ese pobre queso. Enséñamelo, a ver dónde está —preguntó Laura sonriendo—. Yo misma lo miraría encantada. Sabes perfectamente que nunca hemos tenido quesos fundidos. Aquí está tu cheddar favorito, por favor. Y no pienso hacer sopa con él porque, sinceramente, no sé. Pero si te apetece mucho, averiguaré la receta.

—No, gracias. Nos conformamos con tus sopas habituales. Por cierto, ¿qué hay hoy de comer?

—Tu favorita: de alubias, y guiso según mi receta especial.

—Vamos rápido a la mesa. Tengo hambre. Te esperé sin comer.

—Dices que viene los miércoles y viernes. Para el próximo viernes tendré que preparar algo rico, ¿no? Un pastel de pescado. Me sale bastante bien. No sea que vuelva a decir que te alimento con cebolla y queso.

—Espero que no te quejaras a ella.

—No, qué va. Entiendo perfectamente que no lo hace por maldad. Solo tiene celos, no se resigna a que yo crecí hace tiempo y debo comenzar mi propia vida.

—Me alegra mucho que lo entiendas —dijo Laura—. Porque yo también entiendo que estropear la relación con tu madre es el camino seguro al divorcio. Y yo no quiero divorciarme de ti, Carlos. Y a doña Carmen la comprendo perfectamente. No lo hace por maldad. Muchas en su lugar se comportan mucho peor. Yo sé, hablo con otras chicas que sufren bastante con sus suegras.

Era verdad. Historias de suegras terribles las había escuchado Laura ya en su primer matrimonio. Todas sus amigas la envidiaban: su primer marido era de otra ciudad y solo había visto a sus suegros una vez en la boda, ni siquiera había tenido tiempo de conocerlos bien. Pero sus amigas sí habían pasado de todo. Incluso una había recibido golpes de la madre de su marido, que luego echaba la culpa a la nuera de todo. Y ahora Laura consideraba que nada malo la amenazaba. Vivirían separados y, al verse solo de vez en cuando, sobre todo en fiestas familiares, no habría grandes discusiones.

Y, en efecto, no las había.

—Bueno, veremos qué pasa más adelante —dijo Carlos.

La paz familiar se mantuvo. Lo que pasaba por la cabeza de doña Carmen no preocupaba especialmente a Laura. Pero no podía actuar de otra manera: había que acabar con las acusaciones infundadas. Que ahora al menos su suegra tuviera motivos para acusar a la nuera de dejadez e ineptitud.


Para la siguiente visita de la suegra, que debía ser el viernes, Laura se preparó con igual cuidado, incluso con más inventiva. Si había que dar motivos, no valía la pena escatimar.

Los preparativos empezaron después de despedir a Carlos camino al trabajo. Laura amontonó toda la vajilla sucia en el fregadero, añadiendo también la limpia. Lo importante era que el montón fuera grande; la suegra no se pondría a distinguir qué estaba limpio o sucio. Para rematar, echó encima algunos restos de comida para que se agriaran. En la bañera volcó ropa: la que había que lavar y la que servía para aumentar el montón. La cubrió de agua, como si estuviera en remojo.

Los alimentos del frigorífico volvieron a pasar al empotrado y en la balda dejó solo el queso fundido, el mismo que llevaba desde el miércoles en el balcón. Como el tiempo era bastante cálido, el queso había perdido bastante su aspecto.

Esta vez no encontró arena suficiente, así que Laura regó el suelo de la cocina y el pasillo con café dulce fuerte y luego lo pisoteó con las viejas zapatillas de su marido. El suelo quedó repugnantemente sucio y además pegajoso. Para completar el cuadro atrajo a un gato de la escalera y le permitió instalarse en la cocina. Puso bajo la mesa un plato lleno de leche en la que flotaba una mosca. El gato, al parecer no hambriento y poco contento con el traslado, se subió a la mesa de la cocina y se quedó mirando por la ventana. A Laura le bastaba con eso.

—Veo que no piensas enmendarte —dijo doña Carmen apretando los labios al entrar en el piso—. ¿Al menos lavas esa bata alguna vez? Tienes manos, podrías haber cosido el bolsillo. Es imposible andar así.

—Ay, doña Carmen, perdone, es mi bata de trabajo. Me la puse porque pensaba ponerme a limpiar. Y tengo una gran colada. Mire, tengo toda la bañera llena de ropa en remojo. Tengo mucho trabajo de todo tipo. ¿Voy a ensuciar ropa buena?

—¿Qué dices? ¿Acaso sabes algo de fregar suelos o de lavar? No entiendo qué hay que hacer en el suelo para que quede tan pegajoso. Casi no se despegan los pies. ¿Y esto qué es? —vio al gato.

—Pues sí, hemos adoptado un gatito. Tuvo que ser. Los vecinos dicen que hay ratones. Pensé… Yo, sabe, tengo miedo a los ratones. Donde hay gato, no los hay. La verdad es que no está muy contento viviendo aquí. Siempre intenta escaparse.

—Sería muy raro que un animal limpio quisiera quedarse en este establo. ¿Y ratones? No entiendo por qué no los habíais tenido antes. Esto es una pesadilla. No tengo nada en contra de los gatos, pero ¿por qué está encima de la mesa? ¿O eligió el único sitio más o menos limpio? ¿Y dónde hace sus necesidades, dime?

—Lo saco a la escalera, supongo. Allí vivía. Y el suelo pegajoso, dice, seguramente es por él. Porque derramó leche hace poco y además le compré comida que luego arrastró por todo el piso. Y nosotros pisamos.

—Espero que este pobre animal escape pronto de ti. Y más aún espero que mi hijo entienda por fin que vivir contigo no solo es desagradable, sino peligroso. Nunca tuve nada en contra tuya, pero ahora me das miedo, Laura. Bueno, ¿al menos compraste algo de comida?

La suegra abrió el frigorífico y vio el mismo miserable queso.

—Claro que compré. Ese mismo día fui y compré. No recuerdo qué, pero nos lo comimos todo. Ahora no es época de hacer acopio. Se va, se compra fresco, se come y se va a por más. Hoy haré lo mismo. Termino las tareas, voy al supermercado y compro algo.

Laura se esforzaba por fingir ser una muchacha algo tonta y desorientada que se avergonzaba ante la estricta suegra pero no podía vencerse a sí misma. Interpretar ese papel no era fácil. A veces apenas contenía la risa y no podía entender cómo su suegra podía creer de verdad que vivían constantemente así. ¿Cuánto hay que odiar a la mujer del hijo para considerarla no solo una dejada, sino casi una retrasada? Y bueno, odiar a la nuera es algo habitual. Pero además considera a su propio hijo un tonto que se conforma con esa situación y además la defiende ante su madre.

—No se preocupe, doña Carmen, la verdad es que vivimos muy bien —exclamó Laura con el mismo entusiasmo bobalicón.

—Ya veo —dijo la suegra severamente—. El mismo queso en el frigorífico.

—No entiendo por qué le molesta tanto ese pobre queso. Por cierto, está muy rico.

—Sí, gracias. No pienso comer tus quesos. Y a una mesa así, disculpa, no me siento. Solo de verlo se me puede revolver el estómago. Cómo se puede vivir así, no lo entiendo. Eres una mujer joven. ¿No te da asco a ti misma vivir en tanta suciedad, alimentarte con esas porquerías? Y además ese gato callejero… Echadlo de una vez.

—Bueno, en lo del gato estoy de acuerdo. Es un gato de lo más desobediente. De él solo sale más desorden que de cien ratones. Lo sacaré. Vivía en la escalera, allí lo alimentaban todos. Supongo que se acostumbró —murmuraba Laura culpable—. Pero usted, doña Carmen, venga más a menudo, pero por la tarde y avisando. Entonces le prepararía algo rico especialmente para usted. Así no sabía que vendría. Por eso…

—¿Y cuando viene tu marido por la tarde tampoco lo sabes? ¿O crees que si te pones enferma habrá alguien que te cuide? Tu marido tiene mucho dinero que gastará encantado en tu tratamiento. Y sobre los avisos… Sí, sé que sabes arreglarte, y no dudo que si aviso, preferiblemente con un día de antelación, al menos pondrás mínimamente en orden el piso y a ti misma. Pero no puedo venir constantemente. Al fin y al cabo es absurdo. Es indecente que yo tenga que vigilar a una mujer adulta y enseñarle las reglas más elementales de la vida.

—Sí, claro —decía Laura desconcertada, jugueteando con el bolsillo arrancado de la bata—. No es que yo me prepare especialmente. Siempre tengo orden. Y ahora tampoco es nada grave. Ahora iré al supermercado, volveré, limpiaré, prepararé algo…

—Sopita de queso con cebolla quemada. No, querida, así no puede seguir. Ahora entiendo por qué tu primer marido no aguantó ni un año contigo: huyó. Y el segundo, espero, tampoco tardará mucho. Te ruego una cosa: al menos no tengáis hijos. Me da miedo imaginar lo que sufrirían mis nietos y si llegarían al año con una madre así.

Doña Carmen, al parecer, estaba tan disgustada que ni siquiera tenía fuerzas para discutir en serio. Después de decir todo lo que pensaba de su nuera, se dispuso a marcharse.

Al despedir a su suegra, Laura sonrió. Estaba segura de que sabía lo que hacía y de que actuaba correctamente. Doña Carmen, mujer ya mayor y nada tonta, debía entender por fin lo que ocurría. Por ahora, parecía que no. Qué se le va a hacer: habría que continuar las lecciones. No siempre iba a ser la suegra la que se burlara de las nueras. Ya había echado a dos. A ver si la tercera le ponía en su sitio.

Laura lo entendía todo e incluso sentía cierta compasión por su suegra. Sí, su único hijo se había casado, se había alejado de ella, se sentía sola. Lo que no entendía era cómo ayudaba a eso el lanzar calumnias contra las mujeres que su hijo amaba. Que se convenciera de que no a todas se las puede criticar impunemente, y menos de esa forma. Con Laura, al menos, ese truco no funcionaría. Para la próxima visita de la suegra se prepararía aún más a fondo.


Doña Carmen, mientras tanto, volvió a describir a su hijo con todo lujo de detalles la historia de su visita. En su relato había sitio para el gato, para la bañera llena de ropa sucia casi enmohecida y, por supuesto, para el queso fundido que esperaba su turno en la balda del frigorífico vacío.

Esta vez la mujer, preocupada por el destino de su hijo, ya buscaba salidas a la situación.

—Claro que no pienso pedir vivir con vosotros. Primero, sé que no os gustaría, y segundo, yo misma no aguantaría esa vida. Además, no soy de esas madres locas que no pueden soltar a su hijo y no le dejan tener vida propia. Pero tampoco se puede dejar todo como está. Simplemente temo por tu salud.

—Qué va, mamá, estoy perfectamente de salud —le aseguraba Carlos.

—Pero no sé si seguirás así después de la comida de hoy. Si vas a comer en esa mesa de la cocina, límpiala bien. ¿Tenéis antiséptico? Compra de camino a casa. Ese gato callejero estaba sentado directamente en la mesa.

—Bien, compraré y la limpiaré. No te preocupes, mamita.

—¿Cómo no preocuparse? Bueno, lo he estado pensando y buscando salidas a esta situación tan rara. ¿Sabes, hijo? Tal vez deberíais contratar a una mujer para las tareas de la casa —propuso doña Carmen.

Carlos no se entusiasmó mucho con la idea:

—Mamá, entiendes que las mujeres de la limpieza hoy no trabajan por cuatro perras. Nunca tendré dinero para pagar sus servicios.

—Lo entiendo perfectamente. Pero también hay solución. Laura puede volver a trabajar. Si no se las arregla con las tareas domésticas, que al menos gane dinero para pagar a una ayudante. A ella le resultará más fácil y yo estaré más tranquila. Yo te ayudo a encontrar una buena mujer hacendosa. Ya tengo una idea —empezó a desarrollar su pensamiento doña Carmen.

Carlos se aguantaba la risa escuchando los planes de su madre para organizar su vida doméstica. Pero estaba en el trabajo y, sabiendo que las ideas de doña Carmen podían ser infinitas, dijo que él y Laura pensarían en su propuesta, y que por ahora no tenía tiempo.

Por la tarde se rieron a gusto con su mujer de los planes de mamá, aunque ambos entendían que no era solo divertido.

—Risa aparte, Laurita, ya estoy seriamente preocupado por la salud de mamá. ¿No convendría llevarla al médico o al menos consultar a un buen neurólogo? —dijo Carlos poniéndose serio—. Pero algo pasa de verdad… Me parece que no ocurre nada alarmante. Solo se preocupa por ti, eso es todo. Tú mismo dijiste que antes también actuaba así.

—Pero antes no tenía esas fantasías. Lo cuenta como si realmente hubiera estado aquí. La bañera llena de ropa sucia, el fregadero lleno de platos, el gato sucio sentado en la mesa, el frigorífico vacío con un solo queso fundido. No había nada de eso, ¿verdad? ¿O hay algo que no sé? —sonrió el marido.

—Me parece que lo sabes todo. Solo que no conoces muy bien a tu madre. Ella ve y entiende todo perfectamente, pero multiplica por diez todo lo que ve. Sí, en el fregadero había un tenedor que se me olvidó fregar. Sí, en el baño había una toalla de cocina en remojo. Sí, en la conversación dije que no me importaría tener un gato. Pero de ellos sale mucho desorden, sobre todo no me gusta que los gatos se suban a las mesas. Además, llevamos varios días olvidando comprar huevos: no hay en el frigorífico. Multiplicamos todo y obtenemos el cuadro que te describió mamá —explicó Laura.

Carlos siempre había considerado a su madre una mujer normal y sensata, de carácter algo complicado. Sin embargo, últimamente le asustaba. Doña Carmen describía con total seriedad y convencimiento el desorden que había en su casa, y él veía que nada de eso existía ni podía existir. ¿Por qué le ocurría eso? ¿Cambios de edad, demencia? Sucede, y es terrible porque no tiene cura. Eso significaría que pronto su madre se volvería completamente dependiente.

A Laura también la inquietaron las palabras de Carlos: ¿no se habría pasado? Demostrar que la nuera lo había preparado todo a propósito no podría hacerlo doña Carmen. Y Laura no podría confesar que lo había hecho ella. Carlos no le perdonaría esas bromas.

Así que había que terminar el juego. Pero ¿acaso ella misma no se daba cuenta de lo que pasaba? Las escenas que montaba Laura eran realmente incompatibles con la imagen de una mujer mínimamente sensata. ¿De verdad pensaba que Laura era así?

No lo pensaba, pero no conseguía llegar a la decisión correcta. Mientras tanto, en cualquier momento doña Carmen podía presentarse con su inspección. Menos mal que no cambiaba sus costumbres y venía precisamente los miércoles o viernes. Pero ¿y si un día decidía hacerlo en otra fecha? Incluso sería mejor. Vería que la casa estaba en orden y Laura le diría que sus observaciones le habían sentado muy mal y que su marido le había llamado la atención. Y se calmaría. Y comparado con el caos que Laura montaba en las visitas anteriores, su orden habitual le parecería simplemente ideal. Incluso a ella. Bueno, una vez se alegraría, pero luego volvería a las inspecciones. Ay, qué complicado es esto de las suegras.


El siguiente miércoles Laura volvió a prepararse para la visita de doña Carmen, montando un desorden espectacular. Pero ella no vino ni por la mañana temprano ni hacia el mediodía. A Laura le tocó recoger todo a toda prisa y dejar la casa impecable para cuando llegara su marido. Se enfadó con la suegra: ¿por qué habría decidido dejar las inspecciones? Costaba creerlo. ¿Acaso había sospechado algo y cambiado de táctica? —se preguntaba Laura.

De un modo u otro, durante un tiempo la vida de Laura y Carlos fue relativamente tranquila. La suegra llamaba a su hijo, pero por temas domésticos, sin tocar el comportamiento de su nuera.

«No creas, querida, que me voy a quedar tranquila y te dejaré vivir en paz —pensaba doña Carmen—. Tú, Laura, de alguna manera has conseguido nublarle la vista, pero conmigo esos trucos no funcionan. Al final conseguiré que siempre mantengas el orden. O lograré que Carlos vea tu verdadera naturaleza y se separe de ti. Cómo sueño con que se case con una mujer normal. Las anteriores quizá no estaban mal. Elenita era realmente muy limpia, pero tan torpe. No sabía tratar con la gente. Claro, era muy joven, pero se notaba que nunca maduraría, esa era su naturaleza. Y Margarita era simplemente grosera, cosa que creo que el propio Carlos entendió y se alegró cuando se separaron. Demasiado brusca para ser mujer. En cuanto a Laura… ¿qué pasa con Laura? Es mayor, más experimentada y más lista que las dos anteriores. Sabe echar polvo a los ojos como nadie. Lástima que mi hijo no lo entienda. Claro que algún día se le abrirán los ojos, pero ojalá no sea tarde: seguro que pronto decidirán tener hijos y entonces el divorcio traerá problemas serios. Es muy difícil ser madre de un chico, no hay que negarlo».

Realmente pensaba demostrar a Carlos su razón por las buenas o por las malas, aunque a veces ella misma dudaba de estar actuando correctamente. Al fin y al cabo llevaban ya más de medio año juntos y parecían felices. Y los defectos que había encontrado en su nuera tal vez fueran solo un juego. Bueno, el desorden en el piso se puede entender. Y que ella ande por casa con ese aspecto horrible. ¿Pero si finge? ¿Para qué? La única forma de averiguarlo es hablar con ella directamente. Pero si ha tramado algo, difícilmente será sincera. Aun así vale la pena intentarlo. Que al menos sepa que ella no es ninguna vieja tonta y que entiende algunas cosas.

Laura, por su parte, se preparaba para el encuentro estelar con su suegra. También había decidido aclarar las cosas de una vez. Para eso hacían falta medidas más radicales. Con platos sucios y queso fundido, al parecer, no bastaba. A doña Carmen no se la impresionaba con pequeñeces.

Por eso el lunes por la mañana Laura se fue al mercado de animales para buscar un ayudante en su tarea de influir en la suegra. Primero se acercó al puesto de cucarachas de Madagascar, horrorizándose por su aspecto y tamaño.

—¿Qué, señorita, quiere comprar? ¿Mejor lanzar un par a la nuca de una amiga? —preguntó con perspicacia el vendedor, un hombre mayor.

—No, yo… —se desconcertó Laura, sorprendida por su intuición, pero luego decidió no andarse con rodeos—. Sí, algo así. Necesito cinco para una pequeña broma.

Laura se informó de cómo mantener a aquellos seres vivos para que no murieran antes de tiempo. Tomó un frasco con las cucarachas y siguió hacia la zona de animales pequeños. Le interesaban los ratones, que en realidad no le daban miedo, pero tampoco quería tener un contacto demasiado estrecho con ellos.

Para el miércoles siguiente, día de la inspección, ya estaba casi lista. Esta vez la suegra tendría que convencerse de que su nuera era un auténtico monstruo y una fanática del desorden, y nada más lejos. Y entonces o entendería lo que pasaba o Laura misma se lo explicaría de forma sencilla y clara: que lo hacía precisamente para que doña Carmen dejara de quejarse y calumniar. Porque por más que se esforzara, ellos no pensaban divorciarse. Vivían juntos no por la limpieza, la cocina y demás, sino porque se querían. Y en esos casos ni un ligero desorden en casa ni siquiera un queso fundido para la cena tienen importancia. Y puede resultar hasta muy apetitoso si se sirve con amor y se come con gusto.

El miércoles Laura decidió no esforzarse y no montar el desorden habitual. Optó por una versión ligera: rompió una taza y barrió los trozos a un rincón, dejó la bañera con ropa sucia de cualquier manera, escondió la comida del frigorífico dejando solo el queso fundido. En la mesa de la cocina esparció cáscaras de pipas que se había molestado en comer. Tenía para ese día un arma mucho más demoledora.

«Espero que no se dispersen por todo el piso», pensaba mientras soltaba las cucarachas en el armario de la cocina. Al ratón lo metió en el frigorífico. «Aguanta un poco, he bajado la temperatura para que no te congeles. Mientras come queso», le dijo al animal.

Y por fin sonó el timbre tan esperado. Laura corrió a abrir, todo lo rápido que le permitían las zapatillas que se le caían de los pies.

—Buenos días, doña Carmen. Hoy la esperaba. Usted viene los miércoles y viernes. Espero no asustarla tanto como las veces anteriores —empezó a hablar alegremente, volviendo a interpretar a la tontita.

—Al menos no te has dignado arreglarte —gruñó la suegra mirando la misma bata—. ¿O lo preparas todo a propósito para hacerme quedar como una vieja chismosa loca?

—¿Cómo dice? —abrió mucho los ojos Laura—. ¿Cómo iba a hacer eso? Al contrario, estaba empezando una limpieza general para su visita. Por eso la bata de trabajo. No me pillará desprevenida otra vez. Se lo aseguro. Y perdone por lo anterior, usted misma propuso olvidarlo. Olvidémoslo, sentémonos, charlemos, tomemos un té. Solo que otra vez no he comprado nada. ¿Voy corriendo al supermercado así como estoy? —señaló la bata.

—Dudo mucho que salgas a la calle de esa manera. Ese look es solo para tu querida suegra. Gracias por la atención, pero no pienso esperar a que te arregles.

—Aunque en el armario creo que había un paquete de galletas. Vamos a la cocina.

Doña Carmen pasó, miró alrededor.

—Pues sí, comparado con la última vez esto parece un quirófano. Pero desde el punto de vista de una persona normal, los trozos hay que tirarlos a la basura, no barrerlos a un rincón. Y las cáscaras de pipas también. No hay gato: ya es algo.

—Sí, ahora limpio la mesa. El gato vive en la escalera. No es de casa. Qué se le va a hacer. ¿Dónde se me ha vuelto a perder la tetera? Ah, aquí. Ahora la pongo. Las galletas están en el armario. Mire.

Laura estaba llenando la tetera de agua cuando a su espalda sonó un grito desgarrador. Doña Carmen había visto las enormes y gordas cucarachas.

Laura corrió hacia su suegra, que se sujetaba el corazón, y cerró el armario.

—Ay, qué horror, ¿se ha asustado? Ahora le echo unas gotas de valeriana. ¿Por qué se ha alterado tanto? Son solo cucarachas de los vecinos. Los de arriba son unos borrachos, por eso suben de su casa —murmuraba Laura mientras se afanaba alrededor de la suegra.

—Cállate. No necesito nada. Déjame —la apartaba la suegra—. ¿Qué era eso? No sé… Ni siquiera son cucarachas, son monstruos. Auténticos… Aquí hay que llamar no al servicio de plagas, sino a los bomberos. Son capaces de comerse a una persona —se lamentaba doña Carmen horrorizada.

Y Laura, ya más calmada, seguía:

—Sí, ya compré trampas para cucarachas. Están ahí, pegadas en el armario, pero no caen en ellas. Y llamaré a los que exterminan insectos. No tenemos muchas. Es la segunda vez que las veo, de verdad. Ay, he tirado la tetera, pero no pasa nada, ahora la pongo. ¿Ha mirado las galletas?

—Vale, vale. No quiero té ni galletas. En esta casa no solo es peligroso comer y beber, sino hasta respirar. Aquí te puedes manchar solo con el aire. ¿Y mis cucarachas no se me meterán en el bolso?

—Qué va, ahora las mato todas. No se preocupe. ¿Quiere un poco de agua fría?

—Déjame respirar. No revolotees a mi alrededor, que me mareo.

—Creo que tengo una botella de agua fría en el frigorífico —recordó Laura y abrió la puerta. Y al instante exclamó ella misma—: ¡Mire, ya le decía yo! También han entrado ratones de los vecinos. Menos mal que eché al gato a tiempo.

En la balda del frigorífico estaba sentado un ratoncito royendo el queso fundido. Doña Carmen gritó horrorizada, agarró su bolso y salió corriendo al recibidor. Allí, enredándose con las mangas, se puso el abrigo y, sin despedirse, huyó del piso.

Laura se acercó otra vez a la ventana, vio cómo salía su suegra y si llamaba a su hijo. No. Doña Carmen había salido tan deprisa que parecía temer que los ratones y las cucarachas la persiguieran, y corrió hacia la parada sin mirar atrás.

«Esta vez la he asustado demasiado. Bueno, esperemos que no pase nada. Y yo, antes de que llegue mi marido, tengo que desinfectar urgentemente y recoger a mis animalitos», pensó Laura.

Afortunadamente las cucarachas no se habían dispersado. Laura consiguió meterlas de nuevo en el frasco. El ratón también volvió a su casita temporal, y la dueña se dedicó a limpiar a fondo la cocina.

Por la tarde Laura se enteró con sorpresa de que doña Carmen ni siquiera había llamado a su hijo después de la visita. Eso ya era una señal bastante preocupante. ¿Le habría pasado algo malo de verdad? ¿Qué había hecho? ¿Cómo se podía tratar así a una persona mayor?

A Laura le remordía la conciencia y no sabía cómo decirle a su marido que llamara él mismo a su madre. Carlos, sin sospechar lo ocurrido, se comportaba como siempre y parecía de buen humor.

Laura no aguantó y dijo que ese día había estado doña Carmen y que parecía no encontrarse muy bien. Se había quedado muy poco tiempo y había rechazado el té. La noticia inquietó a Carlos, que llamó enseguida a su madre. Pero todo estaba bien: doña Carmen se encontraba perfectamente, simplemente se había olvidado de llamar a su hijo.

—Salí de vuestra casa, hacía tan buen tiempo que decidí ir andando. Y llamando mientras camino, ya sabes, no es muy cómodo. Cuando llegué a casa me encontré con María José, nos pusimos a charlar y se me olvidó. Además, hoy no había nada que contar. Laura me recibió muy bien. Todo estaba en orden en casa. ¿Para qué iba a molestarte en el trabajo? —contó la suegra.

Carlos alegró a su mujer diciendo que todo estaba bien. A Laura le daba vergüenza. Al parecer doña Carmen había descubierto su truco. ¿Pero en qué acabaría aquello? ¿Estaría pensando ahora cómo desenmascarar a su nuera de la mejor manera? Porque si Carlos se enteraba de toda la verdad, su vida familiar podía correr peligro.

Laura decidió que al día siguiente llamaría ella misma a doña Carmen. Tal vez sería mejor incluso ir a verla, confesar todo y pedir perdón. Aunque no, no era la mejor idea. Seguramente ahora no querría verla en su casa. Y confesar era lo que menos le apetecía. Al fin y al cabo no había hecho nada malo. Solo había intentado salvar su matrimonio. Quería demasiado a Carlos y no podía arriesgar su relación. ¿Acaso doña Carmen, siendo mujer, no podía entenderlo?


A la mañana siguiente, sola en casa, Laura seguía dándole vueltas a la misma idea: cómo actuar ahora para no empeorar la situación y no quedar mal. No podía estarse quieta. Las tareas no le salían. Tenía el alma inquieta.

Ya se había decidido a ir al supermercado cuando sonó el timbre. Laura se extrañó, abrió y se extrañó aún más. Era doña Carmen. La suegra sonreía alegremente y le mostraba una caja con un pastel.

—He venido a alimentar a tus mascotas. Y de paso endulzar y pegar nuestras relaciones con algo dulce. ¿Vas a quedarte ahí como un pasmarote? ¿O solo me vas a dejar entrar los viernes y miércoles? ¿Solo cuando estés vestida con esa bata sacada de debajo de la escoba? ¿Y en condiciones decentes no me quieres ni regalada?

—Pase, doña Carmen —se apartó Laura avergonzada.

—Venga, no te pongas colorada —dijo la suegra entrando en la cocina—. Lo has ideado con mucha astucia, lo reconozco. No lo entendí enseguida. Así que soy yo la que debería avergonzarse. Por no haberlo entendido y por haberme comportado así, organizando inspecciones.

—Qué va, entiendo que se preocupaba por su hijo —murmuró Laura.

—Bonita forma de preocuparse. Prácticamente he echado a dos mujeres de su vida. Si no hubiera sido por ti, habría seguido hasta dejarlo soltero. Y tú has sido lista: me has demostrado que no es asunto mío —dijo doña Carmen.

—No piense que quería algo malo. Pensaba que al final usted lo entendería.

—Lo entendí solo después de conocer a tus ratones y cucarachas. ¿Dónde están, por cierto?

—En el balcón, en tarros —sonrió Laura—. Hay que llevarlos al mercado. Los compré allí y no quiero soltarlos. Por cierto, de eso es de lo que más vergüenza tengo. Perdóneme. Pensaba que entonces sí que lo entendería. Y cuando no llamó a Carlos, me asusté: pensé que le había dado un ataque.

—No, querida, no esperes. Aunque esos bichitos eran horribles: casi me dan náuseas. Pero me ayudaron a entender que ya basta. ¿Sabes qué era lo primero que comprobaba? No la calidad de la limpieza ni de la comida. Mi hijo no es tan tonto como para vivir en la suciedad o alimentarse de queso fundido, cebolla quemada y lo que fuera. De una ama de casa así se habría escapado él solo. Lo que más me interesaba era hasta qué punto mi nuera era capaz de aceptar críticas y cuánto quería a mi hijo.

—La primera, Elena, era muy joven, como el propio Carlos. Él solo le lleva un año. Claro, también hay matrimonios así que duran. Así que decidí comprobarlo. Entendí que no era nada serio. Y empecé a ponerla un poco nerviosa. Se fue. ¿Qué amor era ese? Él, Carlos, parecía afectado, pero ni movió un dedo para recuperarla. ¿Para qué sirve un matrimonio así, si ante la primera dificultad se separan?

—Sí, Carlos mismo decía que había sido un error. Pero ¿cree usted que si no hubiera sido por sus inspecciones habrían seguido juntos? —se extrañó Laura.

—No lo sé. La costumbre es muy fuerte. Habrían vivido un año o dos, habrían tenido hijos. ¿Cómo divorciarse entonces? Ya no quedarían sentimientos, pero ¿divorciarse cómo? El piso, el dinero, las cosas, los niños… habrían tirado juntos. Los jóvenes en sí no tendrían la culpa, pero ambos saldrían ganando: se divorciarían y vivirían felices.

—Sí, en eso quizá tenga razón. Por un amor verdadero habrían luchado. Y con la segunda fue igual. Pero no. Margarita sí luchó, pero no por el amor, no por su familia, sino contra mí. ¿Eso es razonable? Veía que Carlos me quería y me respetaba. Por cierto, eso es una buena característica en un hombre. Si un hombre quiere a su madre, también querrá a su mujer. Pero esa belleza lo interpretó a su manera. Decidió pelearse conmigo, casi echarme de casa. No creas que yo me quejé a Carlos. Es decir, le dije que su mujer era una dejada y una grosera, pero es que lo era de verdad. Él lo entendió sin mí. No sé si la quería, pero cuando ella empezó a decirle cosas feas de mí… en fin, se separaron. Y, por lo que entendí, sin grandes lamentaciones. Pero tú, Laura, ¿no deberías alegrarte? —de pronto sonrió con picardía doña Carmen—. Gracias a mis maniobras has conseguido un buen marido, me parece.

—Exacto. Quiero mucho a Carlos —respondió sinceramente la nuera—. Pensaba que usted, por celos, quería separarnos.

—¿Qué celos? Carlos vive solo desde los dieciocho años. Mucho peor es cuando un hijo adulto y soltero vive con su madre. A los veinticinco ya es ridículo, y a los treinta da pena.

—No quería engañarla —se llevó Laura las manos al pecho—. Yo solo…

—Sí, lo entiendo. Lo entiendo. Bueno, quedemos en que las dos somos listas y actuamos correctamente. Solo que por caminos distintos, pero perseguíamos el mismo objetivo y, en realidad, lo hemos alcanzado —sonrió ampliamente doña Carmen.

A Laura se le quitó un peso de encima. Aunque quedaba una pregunta por aclarar.

—¿Se lo contaremos a Carlos? Sinceramente, ahora temo cómo vaya a reaccionar cuando sepa que yo la he estado gastando esas bromas.

—No pienso contárselo y te aconsejo que tú tampoco lo hagas. No hemos hecho nada delictivo. Hemos resuelto todos los problemas nosotras solas, para mutuo beneficio, ¿no es así? ¿Para qué meterlo a él en esto? —se encogió de hombros la suegra, y Laura estuvo totalmente de acuerdo.

Y doña Carmen le recordó:

—Bueno, ¿tomamos el té? Querías ir al mercado a devolver a tus animalitos. Ya cumplieron su función. Vamos, te acompaño. Hace tiempo que no voy al mercado de animales.

Y las dos, charlando alegremente de cosas suyas, de mujeres, se fueron al mercado. Y parecía que hasta el sol de primavera se alegraba por aquellas dos personas que habían llegado a entenderse.


La vida a menudo nos obliga a ponernos máscaras. Fingimos ser fuertes cuando tenemos miedo. Sonreímos cuando por dentro nos arañan los gatos. Interpretamos los papeles que los demás esperan de nosotras. Pero a veces la máscara deja de ser un medio de engaño y se convierte en el único puente hacia la verdad.

Laura y doña Carmen eran dos mujeres que amaban al mismo hombre. El amor materno es posesivo, celoso, exigente. El amor de mujer es tierno, abnegado, dispuesto a todo por conservar la familia. Durante mucho tiempo estuvieron en bandos opuestos. Una se defendía, la otra atacaba. Pero al final comprendieron que tenían un objetivo común: la felicidad de Carlos.

Laura se arriesgó. No eligió el conflicto directo, ni la sumisión humillante, ni las quejas al marido. Eligió el juego. Un juego arriesgado, casi loco, que podía destruirlo todo. Pero creía —creía que doña Carmen era lo bastante inteligente como para descubrir la treta. Y no se equivocó.

Esta historia nos enseña que a veces el medio más directo no es el más eficaz. Que detrás de un aparente caos puede esconderse una estrategia profunda. Que los enemigos pueden convertirse en aliados si encuentran un lenguaje común. Y que el amor no es un campo de batalla donde uno tiene que ganar y otro perder. El amor es un puente que se construye desde las dos orillas.

Laura y doña Carmen encontraron ese puente. No enseguida, no fácilmente, con pérdidas y errores. Pero lo encontraron. Y ahora podían mirarse sin sospechas, sin miedo, sin ganas de pincharse. Podían simplemente tomar el té y charlar de tonterías. Porque entendieron lo principal: no eran enemigas. Eran familia.

Y en la familia, como se sabe, no hay extraños. Solo hay quienes todavía no han encontrado el camino hacia la mesa común.

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Elena Gante
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