La traición oculta tras la máscara de la amistad

Traición bajo la máscara de la amistad

Este invierno había decidido lucirse en Madrid: nevó tanto que los parques y calles se convirtieron en paisajes de cuento. Copos suaves y blancos bailaban sin descanso, cubriendo tejados y aceras, mientras el frío aportaba un aire fresco y cristalino, tan propio de la sierra madrileña.

En el piso de Clara y Sergio, en el barrio de Chamberí, reinaba un ambiente muy distinto: cálido y apacible. Detrás de los cristales se desplegaba el espectáculo blanco, pero dentro, el refugio era acogedor y sereno. Un flexo bañaba el salón con su luz suave y dorada, alejando todo rastro de la helada exterior.

Ambos, marido y mujer, estaban acurrucados bajo una manta de lana sobre el sofá. En la televisión ponían una comedia ligera, de esas que sólo sirven para reír sin pensar demasiado. Clara seguía el argumento, sonriendo de vez en cuando ante alguna broma privada. Sergio también miraba la pantalla, pero se distraía a menudo contemplando la nevada tras la ventana, embelesado por su belleza.

La calma se rompió de pronto cuando sonó el móvil de Sergio con su melodía característica. No respondió de inmediato, como si no quisiera interrumpir aquel momento tranquilo, pero el teléfono insistía. Al fin, resignado, sacó el móvil del bolsillo y tras ver quién llamaba, suspiró:

Otra vez Pedro, le dijo a Clara. Ya es la tercera vez esta noche.

Clara giró la cabeza hacia él, aunque no apartó la vista de la televisión.

Seguro que quiere que vayamos a su nueva casa en La Granja, respondió tranquila. Desde que la compró no deja de invitar a todo el mundo a celebrarlo. Ese hombre no sabe lo que significa “no”.

Sergio deslizó el dedo por la pantalla y cogió la llamada.

¿Qué pasa, Pedro? contestó con voz animada.

¡Sergio! ¿Cuándo os venís? Te tengo dicho que hay que estrenarla, hombre. El horno ya está en marcha, hay vino, embutidos, los amigos están llegando. ¡Salid de casa, anda! Venid con Clara, os vais a divertir.

Sergio dudó un instante, buscando la mejor excusa. Miró de reojo a Clara, que negó suavemente con la cabeza. No hacía falta que dijera nada: la idea de una fiesta ruidosa, música alta y charla sin parar no encajaba para nada en sus planes. Ambos preferían el abrigo de la intimidad, sin horarios ni obligaciones.

Tardó un segundo en decidir. Pensó rápido una escapatoria y la soltó al momento:

Mira, empezó en voz baja Clara se ha marchado este viernes a Toledo, a casa de su madre. Y la verdad, ir solo no me apetece nada, Pedro, ya me entiendes. No quiero líos ni que nadie diga algo inconveniente Prefiero dejarlo para otra vez.

Pedro guardó silencio unos segundos, luego preguntó confundido:

¿Cómo que a Toledo? ¿Y cuándo vuelve?

Mañana por la tarde, dijo Sergio fingiendo pesar. Nos había quedado el fin de semana libre para irnos al Retiro o al cine, pero se tuvo que ir de repente. Así que otra vez será, ¿vale?

Pedro se lo pensó, luego contestó, con voz extrañamente satisfecha:

Bueno, pero dime cuándo vuelva. ¡Me apetece veros a los dos!

Claro que sí, zanjó Sergio. En cuanto se pueda te aviso. Quizá el fin de semana que viene, si todo cuadra.

Terminó la llamada. Al dejar el móvil en la mesita sintió un gran alivio.

Uf, casi no me libro, murmuró, dirigiéndose a Clara. ¿Por qué será tan insistente? Si ya le he dicho que no me va ese rollo de casa rural llena de gente. ¿Para qué quiero ver a media pandilla pasando la noche bebiendo? Prefiero mucho más estar aquí contigo.

Abrazó a Clara, notando cómo poco a poco el ambiente volvía a la calma. En la otra cara del ventanal la nieve seguía cayendo, y la película, relajante, llenaba la casa de ese sabor tan hogareño que Sergio amaba.

Clara se pegó más a él, disfrutando del calor de su cuerpo y el ritmo pausado de su respiración. Reinado el silencio, sólo roto por el tictac del reloj y la música demodé del televisor. Ese rincón del mundo parecía invulnerable al estrés diario, creando una burbuja de protección y paz.

A mí también me apetece solo esto, murmuró ella levantando los ojos. Veamos la peli y luego a dormir, no hace falta más.

Sergio sonrió, apretándola del hombro. Ya se imaginaba dentro de un rato apagando la luz, tapados bajo el nórdico, mientras la ventisca rugía lejos. Pero volvieron a interrumpirlos con otro timbrazo. Peor aún: de nuevo Pedro.

Sergio se enfadó un poco, consultó el móvil y, resignado, contestó.

Pedro, ya te lo he dicho

La voz de Pedro le llegó totalmente distinta: grave, tensa.

Sergio, estoy en el club Cristal ahora, quería tomar algo antes de la casa rural y está Clara aquí, con otro hombre. Beben juntos, ella le abraza. No quería crear líos, pero tienes que saberlo, ¡a mí me dijiste que se había ido a Toledo! Así que os está mintiendo.

Sergio se quedó helado. Miró a Clara, luego a la televisión, preguntándose si sería una broma muy pesada.

¿Qué dices? ¿Seguro que es ella? Sabes que no tiene sentido. Está aquí a mi lado

Seguro, afirmó Pedro. Va algo bebida, y ni se corta conmigo delante. ¿Quieres que le pase el móvil?

Sergio cerró los ojos un segundo, intentando aclararse las ideas. Lo de Pedro sonaba tan absurdo pero podía tener sentido si alguien decidía jugar sucio.

Venga, pásamela, contestó, poniendo el altavoz.

Del teléfono brotaron los graves del club y risas lejanas, gritos apenas audibles. Después irrumpió una voz femenina, tan parecida a la de Clara que Sergio sintió el corazón en un puño.

¿Sí? ¿Quién es? preguntó la voz, fingiendo confusión.

Sergio tragó saliva. Clara, a su lado, estaba pálida, con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada.

¿Clara? Soy Sergio. ¿Qué significa esto?

Al otro lado, la voz más deslenguada contestó risueña:

Ay, Sergio, qué pesado eres. Quiero divertirme, ¿me entiendes? Me aburrí de tu vida monótona. Me lo pasaré bien hasta que me canse.

Clara saltó del sofá, lívida.

¡Qué disparate! ¿Quién es esa? ¿Cómo puede hacer esto? ¿Y por qué sabe mi nombre? susurró.

¿Dónde estás? gritó Sergio, muy serio.

¿Y a ti qué te importa? soltó la voz, desafiante.

Más risas, más copa, y Pedro se coló otra vez en el altavoz.

¿Ves, Sergio? Te lo advertí

Sergio cortó en seco.

Basta. Mañana hablaré con calma. No me llames más.

Colgó, tirando el móvil a un lado, confuso. Si Clara no estuviera sentada allí mismo, hasta podría haber creído lo que escuchó.

Ella cayó de nuevo sobre el sofá, mirando a Sergio. La voz era inquietantemente similar, pero lo importante era otra cosa: ¿cómo podía esa chica saber tantas cosas sobre ambos?

Increíble susurró Clara. ¿Quién ha montado esto?

Sergio negó, despeinándose aún más mientras se mesaba el pelo. Sólo tenía sospechas, y muy inquietantes.

Ni idea, contestó. Pero era igual que tú, ¡hasta la risa! Es imposible que sea casual.

Y Pedro hablaba tan convencido Imagina que yo no estuviera aquí, ¿habrías creído que estaba en ese club?

Sergio se volvió hacia ella, con expresión más blanda. La abrazó, sabiendo lo que necesitaba en ese instante: sentirse segura.

Tú no harías eso jamás, aseguró. Te conozco. Aquí hay una trampa, una broma mala o sabe Dios qué. Mañana preguntaré en el club, si hace falta veré las cámaras.

Clara se abrazó fuerte a él, notando el calor y, sobre todo, la confianza de no estar sola ante la duda. Respiró hondo.

Eso asintió. Pero, ¿quién y por qué?

Sergio se encogió de hombros, pero ya tenía la determinación de descubrir qué había pasado. Apretó su mano con firmeza: juntos podrían con todo.

***********************

A mediodía del día siguiente, Clara revisaba correos con una taza de té en la cocina. El móvil vibró, y vio el nombre de Pedro. Dudó antes de responder, pero la necesidad de entender lo sucedido pesó más.

Hola, comenzó Pedro, la voz calculadamente suave. ¿Has estado hablando con Sergio después de lo de ayer?

Clara apretó el móvil. Decidió seguirle el juego un poco para sonsacarle.

Sí discutimos. Me acusó de cosas absurdas y ni me quiso escuchar. Dice que le miento.

Pedro guardó silencio, luego, con una satisfación apenas disimulada, respondió:

¿Ves? Ya lo dije, Sergio no te valora como mereces.

Clara sintió el enfado subir, pero se contuvo.

¿De qué hablas? preguntó controlando el tono.

Pedro bajó la voz, cargándola de confidencia.

De que mereces algo mejor. Clara, hace tiempo que quería decírtelo Te quiero. Y aquí estaré si decides dejarle. Cuidaré de ti, de verdad.

Clara calló. Ahora todo cuadraba. Dan vueltas pensamientos: ¿Hace cuánto lo sentía? ¿Por qué ahora? Entendió que Pedro había orquestado todo, sabiendo que Sergio pensaba que Clara no estaba en casa…

Respiró hondo, y contestó fría, firme:

Pedro, esto es totalmente fuera de lugar. Yo amo a Sergio, y él y yo aclararemos lo sucedido. No quiero que te metas.

Lo siento si me he pasado, murmuró Pedro, menos seguro. Sólo quería que supieras que puedes contar conmigo. Sergio se ha portado fatal, buscaba un pretexto para dejarte

Clara apretó el teléfono tanto que los nudillos palidecieron. Tomó aire para no perder los nervios.

Mira, Pedro, dijo con hielo en la voz, primero: anoche estaba en casa. Segundo: no discutimos. Tercero: sé perfectamente que lo has orquestado tú. No sabía el motivo, pero ahora me queda claro.

Un silencio. Pedro trató de recomponerse y negó, pero Clara habló sin titubeos.

Has encontrado a una chica con voz similar, le diste instrucciones para que representara la farsa contigo. Sólo querías separarnos y que yo me fijara en ti, ¿no es así?

Otra pausa. Al final Pedro cedió:

Sí, lo hice porque te quiero. Porque Sergio no te merece. Porque quiero que seas feliz conmigo.

Clara cerró los ojos, sintiendo la decepción. Respondió, cortante:

¿Feliz? ¿Contigo? Has traicionado la amistad y el respeto, sólo por un capricho.

Sus palabras no tenían rabia, sino seguridad y un punto de compasión.

Perdóname, Clara

Pero ella ya había decidido.

No, Pedro. Se acabó nuestra amistad. Ni vuelvas a llamarme, ni a Sergio. Y te adelanto que él va a escuchar esta conversación.

Colgó, dejó el móvil en la mesa. Las manos le temblaban, pero se serenó. Miró hacia el ventanal: la nieve seguía cayendo, ajena a todo.

En ese momento entró Sergio en la cocina, notando su rostro serio.

¿Y bien? preguntó preocupado.

Clara le miró con desencanto.

Todo claro. Lo ha montado él. Dice que me quiere y buscaba separarnos, ofreciéndome el oro y el moro. Vaya traición

Sergio se sentó junto a ella, entrelazando sus dedos. Con aquel gesto sencillo le transmitió su apoyo incondicional.

Entonces nunca fue un verdadero amigo, murmuró Sergio. Mejor olvidarle. Ya llevaba tiempo sospechando de sus actitudes, pero no tenía pruebas claras. Ahora ya no quedan dudas.

Exacto, afirmó Clara, apoyándose en su hombro. Ahora sabemos en quién confiar.

En su tono no había ni rabia ni tristeza, sólo alivio. Cerró los ojos, respirando el aroma familiar del té y la madera.

Mira el lado bueno, dijo entonces con media sonrisa. Ya tenemos excusa perfecta para no ir a más de esas fiestas que detestamos. Si te preguntan, dirás que no es buen plan, porque hay alguien en esas reuniones que no nos cae bien.

Lo dijo en broma, pero era liberador. Ya no habría que buscar mil razones para no acudir, ni sentir miedo de ofender a nadie. Sólo quedaban ellos y su pequeño refugio ante el mundo.

Sergio se rio, con esa risa franca que cura heridas.

Tal cual. Nos quedamos con nuestras pelis y nuestro té asintió, devolviéndole la mirada.

Y sin salir, añadió ella, envolviéndose en la manta como si nada pudiera dañarla.

Perfecto, afirmó él, abrazándola fuerte.

Así, mientras los copos seguían danzando fuera y la luz cálida llenaba el salón, su pequeño cosmos volvió a ser seguro. Allí sólo cabían la confianza, el cariño y la certeza de que juntos podían sortear cualquier engaño. Algunos días sólo hace falta eso: saber con quién te puedes quedar, cuando todo lo demás sobra.

*************************

Pedro, por su parte, estaba solo en su cocina, clavando la mirada en una taza fría de café. Ni recordaba cuándo había dado el último sorbo. Sólo le retumbaban las palabras de Clara: No vuelvas a llamarme, jamás.

En vez de culpa, sentía un orgullo agrio, una ira sorda que le hacía apretar los nudillos.

¿Por qué ha salido mal? gritó en voz baja, pegándole un manotazo a la mesa.

Revivía una y otra vez la escena: aquel día en el club, su acuerdo con Marta, la chica de la cafetería que se parecía tanto a Clara. Le pareció magistral el plan: ella aceptó encantada fingir la voz y el papel. Él creía que, después de esto, Clara vería quién la quería de verdad.

Pero todo se había desplomado. No sólo perdió a Clara; también a Sergio, su amigo de siempre. Y aún así, en vez de reflexionar, sólo ahondaba en su resentimiento.

Se levantó y fue a la ventana. Afuera caían más copos sobre los tejados de Madrid. Todo parecía sereno y protegido.

¿Por qué ellos pueden tenerlo todo y yo nada? ¡Yo merecía su amor más que nadie!

Repasaba en su mente el tiempo que había pasado con la pareja. Les envidiaba, quisiera tener para sí esas miradas y esa complicidad.

En la soledad de la cocina veía que no le quedaba nada, sólo el peso de una amistad destruida, y ese deseo insano de tener algo que nunca fue suyo.

Cruzó la estancia, tiró al cubo de basura el papel donde había escrito el guión para Marta, símbolo de un fracaso absoluto. Miró otra vez por la ventana, imaginando a Clara y Sergio, juntos y felices, protegidos en su mundo.

Aun así, no pudo evitar murmurar para sí, resentido:

Eso podría haber sido mío Tenía que ser mío

***Lección de vida:***
La traición bajo la apariencia de amistad siempre revela la verdad al final; nada puede construir felicidad sobre el daño y la mentira. A veces, lo más valioso es defender el pequeño mundo auténtico que uno construye junto a quienes aman de verdad, y entender que la confianza es la base de cualquier relación sana. Y si alguna vez la envidia o la obsesión te tientan a traicionar esa confianza, recuerda: perderás mucho más de lo que crees ganar.

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Elena Gante
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