Tres años después, el arrepentimiento era amargo
Isabel gritó a su nuera: Coge a tu hijo y márchate de esta casa. Ese niño no es de nuestra familia. ¡Y Fernando ha confiado tanto en ti! Lo único que Lucía pudo hacer fue abrazar a su pequeño y romper a llorar. Isabel, durante todo el embarazo de su nuera, no dejaba de decir que el niño que esperaba no era de su hijo. Fernando siempre fue el niño mimado de su madre, dominado por ella desde siempre. Ni siquiera el matrimonio consiguió cambiarlo. Lucía, impotente, sólo podía mirar a su marido con los ojos llenos de lágrimas.
Fernando, ¿por qué dejas que tu madre me acuse siempre de todo? ¿En qué he fallado yo?
Ten paciencia, querida. ¡Es mi madre! Pero la frase de su suegra negando al recién nacido como nieto, fue la gota que colmó el vaso Ya no había vuelta atrás. Lucía recogió sus cosas, metió las pequeñas pertenencias del bebé en una bolsa y se marchó a casa de sus padres. Pero eso no fue lo más doloroso; lo más triste fue ver como, el día de su partida, Fernando ni siquiera intentó detenerla.
La suegra se sintió vencedora y satisfecha. Por fin podría volver a su rutina de siempre. Recordaba con nostalgia aquellas noches en las que su querido Fernando llegaba del trabajo, se sentaban en la mesa, cenaban juntos, tomaban una infusión y conversaban tranquilamente.
Sin embargo, un día le sucedió algo que nunca habría esperado. Fernando regresaba a casa tarde del trabajo cuando de repente, un desconocido lo abordó, lo golpeó y lo atracó. Por desgracia, Fernando nunca volvió en sí y partió de este mundo Isabel quedó deshecha, al borde de la locura. Todas las noches entraba a la habitación de su hijo, acariciaba sus cosas y se deshacía en llanto
Mientras tanto, la vida de su nuera mejoraba. Lucía era feliz, corriendo cada día a recoger a su pequeño del colegio. Le ascendieron en el trabajo, su nuevo compañero le preparaba la cena, y el niño la colmaba de alegría con sus logros tan tempranos. Un día, mientras paseaba por la ciudad, Lucía se cruzó con su antigua suegra. La visión casi le produjo un sobresalto: Isabel apenas parecía la sombra de lo que fue, demacrada y desorientada, como una mujer perdida.
Ay, ese es Fernando Así es, Fernando dijo entre lágrimas. Por favor, perdóname. He destruido tu familia, y la mía. Soy la peor persona del mundo A Lucía le dio compasión ver así a la mujer. De vez en cuando, permitió que la abuela viera a su nieto, aunque ya nada sería igual.







