Tres años de reformas sin invitados
Carmen apoyó la taza en el alféizar y al instante percibió cómo Javier se detenía en el pasillo. Lo sintió en la espalda aunque estaba de cara a la ventana. La pausa se hizo tan densa que parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo.
Has puesto la taza en el alféizar dijo él al fin. No era una pregunta. Era un hecho.
Sí, Javier. He puesto la taza en el alféizar.
La superficie es barnizada. Lo caliente deja marca.
Lo sé.
¿Entonces por qué?
Carmen se giró. Javier tenía cuarenta y ocho años, y aparentaba justo eso. Ni más, ni menos. Estaba en el umbral de la cocina con una camiseta gris y el nivel en la mano. El nivel era como una extensión suya cada fin de semana, igual que otros llevan el móvil.
Porque no tengo otro sitio donde dejarla respondió ella. La mesa está cubierta con plástico, la otra silla puesta del revés, el suelo del pasillo aún no se ha secado de la imprimación. Llevo tres años tomando el té de pie junto a la ventana, Javier.
Él miró la taza, después a ella, de nuevo la taza.
Pondré un posavasos.
No hace falta.
Quedará marca.
Que la deje.
Él entornó los ojos. Siempre miraba así cuando no sabía si estaba de broma. Carmen tampoco estaba segura ya.
Carmen, pero vamos a ver
Ya está dijo ella bajito, y la palabra cayó en el silencio como una piedra. Ya está, Javier.
Él no entendió. Repitió:
¿Qué ya está?
Que recojo mis cosas.
La pausa fue larga. Afuera, un claxon sonó y se apagó. Javier bajó el brazo con el nivel lentamente.
¿Por el alféizar?
No. No por el alféizar.
Carmen terminó el té y volvió a dejar la taza, firme, deliberadamente, sin remordimiento.
Tenía cuarenta y cinco años. Trabajaba como contable en una pequeña empresa, leía por las noches, tenía en el despacho un cactus diminuto que llamaba Félix y hacía años que no invitaba amigas a casa. Tres años exactamente.
Se dirigió al dormitorio.
Tres años atrás, cuando compraron aquel piso de dos habitaciones en una tranquila calle de Salamanca, Carmen era feliz. Feliz de verdad, sintiéndolo en el cuerpo. Recordaba cómo los dos, de pie en las estancias vacías de papel pintado raído y suelos desgastados, miraban por la ventana los álamos en otoño y pensaban: este es nuestro hogar.
Javier era distinto entonces, o eso quería creer. Caminaba con el metro, midiendo paredes, apuntando cosas en la libreta, y sus ojos brillaban con el fuego que tanto le había atrapado siempre: el fuego del que sabe lo que quiere y lo consigue con sus manos.
Mira, Carmen le explicaba, desplegando un boceto cuadriculado: aquí va la cocina-salón, todo abierto. En esta pared pondremos estanterías de obra del suelo al techo. Y aquí, luz indirecta con regulador.
Precioso decía Carmen, y era verdad.
Lo haremos nosotros, sin prisas. Bien hecho. Para toda la vida.
Ese para toda la vida era una promesa velada. Carmen debió entender entonces que había más detrás que el deseo de ahorrar en obreros.
Los primeros seis meses fueron una aventura. Vivían entre las obras: cocinando en una placa eléctrica porque no había gas, durmiendo en un colchón en el suelo, comiendo en platos de cartón porque no había dónde lavar. Incómodo, un poco romántico, y tolerable. Al principio.
Pero luego todo empezó a cambiar, lenta e imperceptiblemente, como cuando la tierra se desliza bajo la base de una casa.
Javier dedicaba cada fin de semana al piso, y entre semana si podía pedir el día libre. Era jefe de obra y sabía más de materiales y técnicas que muchos profesionales. Eso era bueno, hasta fantástico. Pero el problema no era el saber.
El problema era que nunca conseguía parar.
Al principio Carmen no lo notaba. La primera vez que sintió algo raro fue unos ocho meses después de empezar con las reformas, cuando, en un café, su amiga Lucía le preguntó:
¿Para cuándo acabáis? Estoy deseando ver tu casa nueva y probar tu cocido madrileño.
Pronto dijo Carmen. Javier asegura que para Navidad está terminado.
Pasaron las Navidades de obras: cero invitados, el salón lleno de tablas de pladur, comieron juntos ensaladilla rusa en una cocina casi acabada. Casi.
El año que viene celebramos bien el fin de año le propuso Carmen, brindando con cava.
Claro, cuando termine el techo del salón y ponga el parquet, montamos algo.
El techo lo terminó en marzo, pero entonces tocaba rehacer la fontanería del baño porque el instalador original la había dejado mal y Javier no podía soportarlo. Después fue la ventana-terraza: la espuma aislante había cedido y había una rendija de tres milímetros. Javier la detectó con la sonda.
Carmen por entonces aún lo tomaba a broma: Mi marido lucha contra tres milímetros. Sus amigas reían. Ella reía con ellas. Era gracioso.
El parquet en el salón lo pusieron en mayo, abriendo las ventanas al sol de Castilla. Carmen traía tablas, pasaba el aspirador, Javier instalaba con la calma precisa de un cirujano, siempre con el nivel y el láser en ristre. A veces levantaba filetes ya colocados para ajustarlos mejor.
¿Pero de verdad se nota? le preguntó ella una vez.
Yo lo noto respondía él, sin mirar.
Ahí, por primera vez, en vez de herida, notó un detenimiento. Estaba de pie con un trapo, mirándole inclinado sobre el parquet, con una sensación confusa, como de haber llegado a entender algo profundo sin saber qué.
El parquet quedó precioso, roble claro, líneas perfectas. Carmen lo acarició y le dijo:
Ha quedado bonito.
Falta el barniz dijo Javier. Ya he elegido uno alemán, resistente a arañazos.
¿Cuándo lo pones?
La próxima semana.
Pero la próxima semana detectó que un rodapié despegaba medio milímetro en una esquina y lo dejó.
Ahí fue cuando Carmen llamó a Lucía y salieron a una terraza. Lucía preguntó:
¿Qué tal? ¿Invito ya a la cuadrilla a tu casa?
Pronto dijo Carmen. Y enmudeció.
¿Pasa algo?
No. Es que empiezo a pensar que nunca acabará, Lucía. Es como si tener la reforma a medias fuera su coartada para todo: para no invitar a nadie, para no amueblar, para no vivir con normalidad.
¿Se lo dices?
Intento. Siempre responde que falta poco, y todo quedará perfecto.
¿Tú quieres perfecto?
Carmen respiró hondo.
Quiero hogar respondió. Eso quiero.
Esa noche Javier le mostró veinte muestrarios de pintura para la pared. Blancos, pero blancos diferentes.
Mira, este es blanco cálido, este tiene toque crema, este azul y este gris. La diferencia de día se nota mucho. Yo cogería este.
Carmen no veía nada más que blanco. Solo blanco.
Javier, me da igual.
Él la miró como si dijera algo absurdo.
¿Cómo te va a dar igual? ¿Aquí vamos a vivir?
Eso, vivir. Personas de verdad en una casa de verdad. No saben distinguir matices de blanco en las paredes.
Sí que los distinguen. Solo que no lo saben.
Elige tú zanjó ella, cansada.
Él siempre elegía. Al principio, a Carmen le tranquilizaba que Javier tomara todas las decisiones: sabía más. Poco a poco empezó a notar que rara vez le pedía su opinión. Y luego, ni eso. Sin brusquedad, sin querer, pero si ella decía me gusta este azulejo, él le explicaba los pros técnicos de otro. Si proponía poner el sofá en un sitio, le enseñaba un plano: no, rompe la zona. Si decía me gusta, él respondía pero lo correcto es esto.
Dejó de decir me gusta. ¿Para qué?
En octubre del segundo año, vino de visita un viejo amigo de Javier, Sergio, pasando por Madrid. Carmen, ilusionada, compró comida, sacó vajilla buena, limpió la mesa.
Javier dijo que Sergio no podría quedarse, porque estaban con obras en el dormitorio.
No era cierto. Allí todo estaba colocado y limpio. Carmen lo sabía.
¿Qué obras hay en el dormitorio, Javier?
Pausa.
Voy a levantar el suelo en una zona. Olvidémoslo, con ese olor no puede dormir.
¿Qué olor? No huele a nada.
¿Para qué va a ver la casa así?
¿Así cómo?
Inacabada.
Carmen sintió literalmente que el suelo temblaba bajo sus pies. Por primera vez entendió: Javier sentía vergüenza de su propia reforma, la misma por la que mentía a un amigo de toda la vida.
Vale dijo solamente.
Sergio vino, estuvo tomando el té tres horas, cenó fuera con Javier y durmió en un hotel. Carmen cenó sola.
Aquella noche, sin poder dormir, miró el techo pintado de blanco perfecto, sin una mancha. Ni una costura. Un techo perfecto sobre una cama perfecta en un dormitorio sin invitados desde hacía dos años.
Ese invierno, su madre cayó enferma. Gripe, nada grave, pero Carmen iba dos veces por semana a cuidarla cruzando media ciudad. A veces se quedaba a dormir. Javier no protestaba. Él, en ese tiempo, pintaba la terraza con un producto especial en dos capas.
Una noche, de vuelta antes de lo habitual, lo encontró sentado en el suelo del pasillo, lupa en mano, examinando el encuentro de rodapié y pared.
¿Ha pasado algo? preguntó, quitándose el abrigo.
Aquí hay una rendija.
No preguntó de cuánto. No hacía falta. Era incapaz de no explicárselo con detalle.
¿Has comido hoy, Javier?
Silencio.
No lo recuerdo.
¿Por la mañana?
Algo tomé.
Fue a la cocina, preparó macarrones y huevo. Javier se sentó en silencio.
Gracias.
De nada.
Comieron callados. En la mesa, un catálogo de pomos para el armario empotrado aún por decidir.
Javier dijo Carmen.
¿Mmm?
Cuéntame algo. Que no sea de obras.
La miró como si le hablase en otro idioma.
¿Algo? ¿Qué tipo de cosa?
Lo que quieras. Cómo ha ido el día. Qué piensas. Qué te preocupa. Qué te ha hecho reír o llorar. Cualquier cosa, menos rendijas y materiales.
Pensó. Carmen lo vio buscar de verdad un tema ajeno a cemento y herramientas. Y no pudo.
No sé reconoció al fin. Creo que, nada.
Después de eso, se pasó mucho tiempo mirando la oscuridad, preguntándose cuándo un hombre se convierte solo en función. ¿Siempre fue así, y no lo vio? No. Recordaba al otro Javier. El que en su coche viejo, yendo de viaje por León, le enseñaba las constelaciones: Esa es Casiopea, esa la Osa Mayor, aquellas son las Pléyades, ¿ves? Y entonces, ella sí veía.
¿Dónde estaban ahora las Pléyades?
Llegado el tercer año, dejó de contar a las amigas que pronto se acaba. Era mentira. Las reformas no acababan nunca: Javier encontraba un fallo o cambiaba de criterio el azulejo era poco resistente, la pintura clareaba de más, el tirador de la puerta crujía con frío. Cada imperfección era el inicio de otro ciclo interminable.
Carmen se compró una lamparita de mesilla, sencilla, pantalla de tela. La puso en su lado. Javier, al verla, preguntó:
¿Y eso?
La he comprado.
¿Para qué? Habíamos planeado focos empotrados.
Es que quiero leer antes de dormir.
Los focos son mejores.
¿Cuándo los pondrás?
No contestó.
Eso. Tú dices serán mejores, pero yo quiero leer ahora.
La lámpara duró una semana. Luego Javier trajo un flexo de metal y lo puso a su lado: Este es mejor por el haz de luz.
La lámpara de Carmen acabó apartada, primero al rincón, luego en la estantería, hasta ir a parar a la despensa, entre herramientas y cubos de imprimación.
No protestó. Solo la volvió a sacar y a dejar en la mesilla.
Javier la recolocó en la estantería.
Carmen la devolvió a la mesilla.
Ninguno dijo nada.
Y ahí se quedó. Era una pequeña victoria, aunque también una derrota. Porque en una pareja sana, eso no sería ni victoria ni derrota: solo una lámpara más.
En abril del tercer año, Carmen mandó un mensaje a Lucía, de pronto en el trabajo: ¿Te animas a ir unos días a un balneario? Sin maridos.
Lucía contestó enseguida: ¡Claro! ¿Cuándo?
Se fueron en mayo a un hostal tranquilo cerca del monte Segovia. Carmen pidió días libres. Javier se extrañó, no protestó: justo comenzaba a reformar el baño de nuevo.
En el hostal, Carmen tuvo una habitación sencilla, con muebles justitos, colcha colorida y ventanuco por donde olía a pinar. Todo era un poco gastado, imperfecto, con arañazos, con descuidos. Y de repente comprendió que estaba bien. Tan bien que esa noche, tumbada en la colcha, mirando el techo con una grieta, rompió a llorar.
Lucía no preguntó nada. Solo se tumbó a su lado.
Vivo en un museo dijo Carmen al cabo de un rato, sin mirar a su amiga. ¿Me entiendes? Un museo bonito, perfecto, muerto.
Lucía pensó y propuso:
¿Y hablarlo? ¿O ir juntos a terapia?
No irá. Dice que los psicólogos son para los que de verdad tienen problemas. Él solo tiene una reforma.
En el silencio del hostal, Carmen pensaba: eso era lo que faltaba. La ventanita abierta, el pinar, la grieta del techo, la colcha de flores comprada sin pensárselo. Vida.
Volvió a casa tras cuatro días. Olía a polvo de obra. Javier la recibió en el recibidor, con ganas de mostrar la nueva hornacina del baño. Carmen se descalzó, dejó la maleta, entró, miró:
Bien dijo.
¿Ves? Ahora ya está todo simétrico, antes la derecha medía un centímetro y medio más.
Ya lo veo.
Una semana me he pasado dándole vueltas a cómo rehacer sin estropear los azulejos, pero lo conseguí.
Muy bien.
Fue al dormitorio, se cambió de ropa, se tumbó. Techo perfecto.
En junio, una noche de domingo, Carmen le avisó:
¡Javier!
¿Qué?
La cena está lista en veinte minutos.
Vale.
Puso la mesa. Veinte minutos, Javier no salía. Cuarenta, tampoco. Llamó a la despensa.
Se enfría la cena.
Cinco minutos dijo él.
Pero no salió.
Carmen comió sola, recogió todo, fregó. A las diez y media Javier se dejó ver.
Se me fue el santo al cielo dijo.
Ya.
¿Te recaliento algo?
Hazlo tú.
En el dormitorio, ya con su libro, preguntó sin mirarle:
Javier, ¿eres feliz?
Larga pausa.
Pues sí, supongo.
¿Seguro?
¿Qué pregunta es esa, Carmen?
La de siempre.
Se tumbó él también. Silencio.
En cuanto acabe la despensa, ataco el balcón: falta el aislamiento. Así el piso estará listo por fin.
Ella cerró el libro.
Te he preguntado si eres feliz y me hablas de reformas.
No supo qué decir.
Buenas noches le dijo ella.
Buenas noches.
La luz de la lamparita siguió encendida mucho tiempo. Carmen la miraba, escuchaba el respirar de Javier, y se preguntaba si en otra vida, en otro modo, estarían así pero hablando de cualquier cosa. Una serie. Algún chiste de su madre. El cambio de carta en la cafetería de la esquina. Simplemente, estarían hablando.
Aquí había silencio. Un silencio limpio, perfecto como el techo.
Fue ese recuerdo el que le vino la mañana en que dejó la taza en el alféizar. Y entonces supo que el Ya está llevaba tiempo gestándose. Solo hacía falta la excusa de una taza.
Hizo la maleta metódicamente, sin lágrimas. Solo lo suyo. Un puñado de libros. La cosmética. La ropa. Su lámpara de pantalla de tela. El DNI, los papeles, el cargador. El cactus Félix, que meses atrás se trajo del despacho porque en casa no vivía ni una planta. A Javier nunca le molestó aquel cactus: al menos, no dejaba marcas.
Javier la observaba desde la puerta del dormitorio.
Carmen.
¿Sí?
¿Podemos hablar?
¿De qué?
No sé te vas.
Sí.
¿Por la taza?
Por favor, Javier, no te engañes.
No lo entiendo. De verdad.
Ella paró, lo miró. Estaba ahí, alto, esta vez sin nivel en la mano, y confuso de verdad. Una expresión que llevaba años sin verle.
Javier, hemos vivido aquí tres años.
Sí.
No hemos tenido una cena normal con amigos. Ni una. En tres años.
Pero porque el piso no está
Porque para ti nunca va a estar terminado, ¿lo ves?
Él enmudeció.
Siempre vas a encontrar algo pendiente. Eres así. No es malo. Pero yo no puedo vivir en una obra perpetua.
Enseguida acabo
No, Javier le cortó, suave pero firme. No es cuestión de tiempo. Es que llevo tres años siendo invitada en mi propia casa. Caminando de puntillas para no rayar nada. Quitando mi lámpara. No traía amigas porque te daba vergüenza que no estuviera perfecto. Yo
La voz se le quebró brevemente. Tomó aire.
Quiero vivir. Solo eso. Vivir. Con arañazos en el suelo y manchas de café en el alféizar. Con invitados los domingos y tu vieja cazadora colgada donde sea. Con todo lo que hace real un hogar. Pero esto, Javier, nunca lo ha sido.
Tras mucho rato, él susurró:
¿Dónde vas?
Con mi madre, de momento.
¿Mucho tiempo?
No lo sé.
Cerró la maleta, cogió a Félix. Paso firme al pasillo, abrigo, deportivas, evitando mirar el parquet perfecto.
Carmen llamó él a su espalda.
¿Sí?
No sabía que era para tanto.
Sí lo sabías. Solo que no pensabas en ello.
La puerta se cerró detrás, suave, silenciosa. Como todo allí.
Javier se quedó un minuto en el pasillo, bajó al salón y se sentó. Tardó tres meses en elegir aquel sofá, tejido grueso, anti-pilling, color neutro. Se sentó ahí, en su salón ideal.
El piso era bonito, de verdad. Paredes de color cálido exacto, parquet sin fisuras, techo sin juntas, estanterías perfectas, luz sin sombras feas, terraza sin rendijas, baño azulejado sin un solo desnivel.
Lo miró y sintió algo extraño. No orgullo. Algo parecido al vacío, pero más arriba de la barriga.
En la estantería quedaron sus libros, los que Carmen no se había llevado. Trató de recordar cuándo la vio leer por última vez. No por evasión, sino solo leer. Hacía años.
Fue a la cocina. La taza seguía allí. Miró el barniz. Ninguna mancha. El té estaba ya frío.
Friegó, la puso en el escurreplatos. Al dormitorio, se tumbó vestido, algo que nunca hacía, y se quedó mirando el techo.
Perfecto.
Pasó una hora, quizá dos. El tiempo dejó de importar. Bajó a la despensa, todo en orden: botes de pintura, redes, imprimaciones, herramientas. Hasta un antiguo azulejo de muestra. Lo giró pensativo y lo volvió a dejar.
Nada sobraba en la despensa. Solo él.
Por la noche, recalentó algo, lo comió sin saborear. La casa era silencio. Silencio de obras acabadas, sin un movimiento. Tele puso veinte minutos una película, pero no la siguió.
Miró largo rato su móvil, su contacto. No llamó aún. Pensaba en ella. En lo de ser invitada en casa propia. En lo de la lámpara. Eso de invitada le dolía especialmente.
Y recordó a Sergio, el amigo. La mentira del dormitorio en obras. Para no enseñar una casa aún imperfecta, aunque ya estaba lista hacía mucho. Solo que no era su ideal.
Se prometió un piso perfecto. Pero los ideales no se alcanzan nunca. No tienen techo, son siempre horizonte. Y Carmen lo había entendido, y él no. O no quiso.
Encendió todas las luces, se paró ante las estanterías. Libros alineados, objetos perfectamente equidistantes y funcionales.
Entre ellos, un pequeño corazón de vidrio, rojizo e irregular, que Carmen compró en el Rastro años atrás. Javier preguntó entonces: ¿Para qué? Eso solo acumula polvo. Carmen dijo: Porque me gusta. Y él, sin más, lo dejó quedarse.
Ahora lo cogió. El cristal estaba tibio. O se lo parecía.
Durante tres días, paseó por la casa, sin hacer nada más. Comida escasa, noches sin dormir. En el trabajo cometió errores y tuvo que rectificar. Un compañero le preguntó: ¿Sigues bien, Javier? Sí, todo bien, mintió.
Al cuarto día, le escribió.
Carmen, ¿podemos hablar?
Ella contestó a la hora: Sí.
Marcó su número. Cogió al segundo tono.
Hola dijo él.
Hola.
¿Cómo estás?
Bien. Aquí, con mamá.
Silencio. La oía respirar. No sabía cómo empezar. Nunca supo. Ella siempre supo.
Carmen, he estado pensando estos días.
Ya.
Supongo que… No es que lo haya omitido, sino que buscaba una palabra. He estado eligiendo lo que no debía.
Ella calló.
Lo de los invitados, lo de la lámpara. Todo eso, sí lo entiendo ahora. Antes no. O no quería.
¿Por qué lo dices?
Porque quiero que vuelvas.
Silencio largo.
Javier
No te pido que vuelvas ya. Solo digo la verdad. Quiero que vuelvas, y quiero intentarlo de otro modo. No sé si saldrá. Pero quiero probar.
Ella tardó en responder. Tal vez movía una taza, una planta, daba igual dónde.
¿Sabes que con quiero probar no es suficiente? preguntó al fin.
Lo sé.
¿Sabes que no puedo volver y vivir igual?
Sí.
No creo que lo sepas. No te ofendas. Dices lo correcto, pero estar asustado no es cambiar. No es como clavar un clavo.
Lo sé.
¿Qué propones, entonces?
Dudó.
Propondría vernos primero. Hablar de verdad. No por teléfono.
Vale accedió.
Quedaron en una cafetería cualquiera, sillas cojas, carta en pizarra. Carmen llegó con su abrigo beige, cansada, tranquila.
Pidieron café. Javier la miraba y pensaba en lo mucho, en tantísimo tiempo, que no la miraba así: solo mirar, sin reparar en imperfecciones.
¿Tu madre está mejor?
Mucho. Ha comprado plantas nuevas, está con los tiestos y semillas. Le ha encantado tenerme.
Me alegro.
Pausa.
Javier dijo Carmen, tienes que asimilar que no es por las reformas en sí. Que seas perfeccionista me parece bien. Pero te confundes de meta. El piso es para vivir, no para adorarlo.
Sí admitió él.
¿Lo aceptas sin más o de verdad lo entiendes?
Lo entiendo.
¿Cómo saberlo?
Cogió la taza. Dudó, la dejó.
No lo sabes respondió. Ni yo sé cuánto podré cambiar. Pero lo tengo claro: así no se puede. Cuando te fuiste, toda la casa fue solo una caja preciosa.
Una caja preciosa repitió ella.
Eso.
Bien que lo veas.
¿Volverás?
Carmen miró un rato por la ventana. Llovía. Gente con paraguas de colores corría por la acera. En la floristería de enfrente, tulipanes rojos, desgreñados por el viento.
Lo intentaré dijo por fin. Pero con condiciones.
Dime.
Primero: un mes sin obras. No quiero ver ni un clavo, ni muestrarios, ni catálogos. Solo vivir.
Hecho.
Segundo: el domingo que viene, invitamos a Lucía y Marcos, y a Sergio si puede. Cena en casa, así como está.
Javier asintió.
Tercero: si vuelves a hacer de cada arañazo una tragedia, te lo diré, y tienes que escucharme.
Bien.
¿Sabes que no es fácil? Es de verdad complicado.
Lo sé dijo Javier. Para mí es difícil. Pero lo intentaré.
Carmen lo miró largo, con ojo experto, buscando lo genuino.
Está bien.
Subieron andando, aún chispeaba. Iban juntos, sin cogerse, pero juntos. Carmen llevaba a Félix en el bolsillo, Javier la bolsa. En el portal, ella miró hacia arriba, hacia el quinto.
Bonito edificio apuntó.
Mucho dijo él.
En el ascensor, subieron despacio. Javier abrió la puerta. Carmen entró primero. Dejó a Félix en el alféizar, sin posavasos.
Javier contempló el cactus en lo barnizado.
No dijo palabra.
Carmen fue a la cocina, llenó el hervidor. Agua, botón abajo.
Javier cruzó el salón. Se sentó en el sofá. En las baldas, el corazón de cristal seguía fuera de su sitio, torcido.
No lo colocó.
El domingo llamaron a Lucía. Ella exclamó ¡por fin! y la risa colmó el auricular. Sergio no pudo venir, el siguiente sí. Marcos llevó vino, Lucía tarta, Carmen coció cocido, el que prometió tres años antes.
La mesa, ahora en el salón. Javier dispuso los platos. Vio que estaban desiguales. Movió uno. Luego se contuvo. Lo dejó así.
La sobremesa fue ruidosa, un poco apretada. Lucía, de un codazo, volcó una copa de vino tinto sobre el mantel. Todos se alarmaron. Javier notó la tensión, buscó los ojos de Carmen.
Ella lo miraba. Sin ansiedad, solo esperando.
Trapo en mano, Javier limpió la mancha.
No pasa nada dijo.
Lucía soltó el aire. Carmen esbozó una microsonrisa.
Siguieron charlando, tomaron té, rieron, la noche se les fue. Lucía, al despedirse, abrazó fuerte. Al fregar, Carmen lavaba, Javier secaba. En silencio, pero un silencio nuevo.
El mantel se irá si lo metes en lejía comentó Javier.
Y si no, pues no pasa nada respondió Carmen.
Eso.
Se miraron. Plato en mano.
Javier dijo ella.
¿Sí?
Hoy ha estado bien.
Sí convino. Ha estado bien.
Terminaron. En el salón quedaban tazas fuera de sitio, el vino ya formando una mancha oscura sobre el mantel, el corazón de vidrio, Félix asomando por el alféizar.
Javier fijó la atención. El cerco del cactus, el mantel manchado, la taza torcida. Pensó en todo lo imperfecto. Pero recordó que Carmen hoy se había reído dos veces: una con la historia del gato de Lucía, otra con el brindis equivocado de Marcos. Era la risa de antes. De cuando él pensaba: esto es ella.
Carmen entró en el dormitorio, libro en mano. Se detuvo en la puerta.
¿Vienes?
Ahora voy.
Javier escaneó una última vez el salón. La mancha, el cactus, el corazoncito.
Apagó la luz.
Se tumbó a su lado. Carmen ya leía. Su lámpara, la de tela, estaba en la mesilla, luz cálida y acogedora. Javier miró el techo.
Carmen.
Mmm.
¿Me oyes cuando suelto mis historias de milímetros?
Carmen bajó el libro y le miró.
Te oigo.
¿Y en qué piensas?
Ella se lo pensó.
En que, cuando hablas así, te vas muy lejos.
Sí admitió, debe de ser verdad.
Volvió al libro.
Javier pensó que no sabía si lo lograrían. Tres años son muchos y algo se partió, como una grieta que, aunque se tape, el material ya ha cambiado. Eso lo entendía mejor que nadie.
Pensó en ello hasta quedarse dormido. Antes de perderse en el sueño, decidió que, por la mañana, pondría a Félix sobre un platito, porque si no, dejaría marca.
Abrió los ojos.
El techo era el mismo. Perfecto. Sin una incisión.
Carmen pasó página suavemente a su lado.
Cerró de nuevo los ojos. Félix esperaba tranquilo. La vida también.
A veces, la vida real no necesita ser perfecta. Solo presente, imperfecta, y acogedora, como un hogar de verdad.







