Mamá en edad de casarse

Javier volvía a casa a toda prisa después de una jornada de trabajo agotadora. Entró un momento en una casa de comidas, compró empanadillas calientes y croquetas, y ya saboreaba de antemano la cena que se daría al llegar a su piso.

Pero, justo al acercarse al portal, una voz femenina lo llamó.

—¡Tío Javi!

Javier se volvió y vio a su sobrina Lucía, la hija de su difunto hermano, que corría hacia él.

—Lucía… —dijo él, desconcertado—. ¿Qué haces aquí? Anda, pasa, ahora mismo abro.

La verdad era que Javier hacía mucho tiempo que se había desacostumbrado a recibir visitas.

Su piso de soltero olía a polvo, a libros viejos y a una soledad demasiado asentada.

Además, a Lucía no la veía desde hacía por lo menos siete años, desde el cumpleaños de su madre.

Entonces aún era una adolescente torpe y desgarbada. Ahora, en cambio, se había convertido en una mujer hecha y derecha.

Mientras subían en el ascensor hasta el noveno piso, Javier no dejaba de darle vueltas a la cabeza, preguntándose para qué podría necesitarlo su sobrina.

La llave giró varias veces en la cerradura, sonó el cerrojo y Javier dejó pasar a la visita.

—¿Has venido sola? ¿Sin tu madre? —preguntó.

—Sola. La verdad, tío Javi, precisamente quería hablar con usted sobre mamá.

Javier se quitó los zapatos, fue a la cocina y, mientras se lavaba las manos, intentaba adivinar qué quería decir Lucía con aquel tono.

Ella ya había entrado en la cocina y, con toda naturalidad, dejó sobre la mesa la bolsa con la comida y otra bolsa grande.

—¿Y eso qué es?

—Ah, esto es jamón curado, tío Javi. Casero. Lo he preparado yo misma. Imagínese, ya hasta sé curar jamón.

—¿De verdad?… —se sorprendió él—. Vaya, te has vuelto toda una ama de casa. Igual que tu madre.

Después de que Javier pusiera la tetera al fuego, se hizo un silencio incómodo.

—Tío Javi —dijo la sobrina, carraspeando antes de hablar—, voy a casarme.

—Pues enhorabuena. ¿Quién es el novio?

—Óscar. Es un buen chico del pueblo, pero no vengo a hablar de él.

Lucía bajó la mirada hacia la mesa.

—Tío Javi, yo sé que, después de la muerte de mi padre, usted empezó a fijarse en mi madre.

Javier se quedó aún más callado, agachó la cabeza y se ruborizó.

—Bueno… —murmuró.

—No me mire así. Ya sé que no suena muy bonito decirlo así de claro, pero la vida es la vida. Yo veía que entre usted y mamá estaba naciendo algo. Y tengo que reconocer que entonces me comporté como una adolescente egoísta. Le prohibí a mi madre que se relacionara con usted. Le puse un ultimátum: nada de pretendientes. Lo reconozco, me equivoqué. No veía más allá de mis narices. Pero, claro, era una cría… Y ahora que yo misma me voy a casar… la verdad es que estoy muy preocupada por mi madre. Todavía es joven. Solo tiene cuarenta años, aún está a tiempo de formar una familia. ¿No cree?

En ese momento Lucía miró a su tío de una forma muy expresiva.

—Lucía —respondió Javier—, te entiendo. Y sí, en su día sentí algo por tu madre, pero… han pasado tantos años.

La muchacha soltó un resoplido.

—Pues dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan. Mi madre todavía se pone colorada cada vez que alguien la menciona junto a usted. Y además, tío Javi… yo ya me he enterado de todo por la abuela. Usted está solo, no tiene a nadie. Y mi madre también se ha quedado sola. Así que hagan el favor de juntarse y vivir juntos.

Javier se atragantó con el té.

No esperaba una propuesta tan directa. Su sobrina, desde luego, no era nada tímida.

—Bueno, tío Javi, ya me he entretenido bastante —continuó Lucía—. Además, la abuela y yo íbamos a ir a mirar vestidos para la boda. Ah, y esto es para usted: la invitación. La boda es dentro de una semana, así que no hay mucho tiempo. Pasado mañana mamá y yo vendremos a verle.

Javier se asustó.

—¿Pasado mañana? Pero… necesito pensarlo.

—¿Pensar qué, tío? Si le gusta mi madre, pues quédese con ella. La abuela y yo estamos de acuerdo. Porque, si no, se va a quedar solo toda la vida.


Tal como Lucía había prometido, dos días después apareció con su madre.

Y, por cierto, de tanto darle vueltas al asunto, Javier casi no había dormido ni comido en esos dos días.

Cuando volvía del trabajo, oyó la voz potente de su sobrina.

—¡Tío Javi! —gritó, agitando la mano—. ¡Hola!

“Cómo grita”, pensó él, torciendo el gesto con incomodidad. “Se nota que ha venido del pueblo”.

Pero no dijo nada.

Para su madre, la única nieta, Lucía, se había convertido en lo más importante del mundo después de la muerte de su hijo mayor.

Y eso que, en su momento, la madre de Javier, doña Pilar, se había opuesto con todas sus fuerzas al matrimonio de su otro hijo, pensando que aquella chica no era una esposa adecuada.

Había llegado al extremo de negarse a reconocer a su nieta, diciendo que “a saber de quién era realmente esa niña”.

Gabriel, el hermano de Javier, se sintió profundamente ofendido por aquello y se marchó con su mujer a vivir al pueblo.

A Javier, sin embargo, la elección de su hermano le había gustado desde el primer momento.

Carmen le había parecido una mujer de una belleza serena y de una sensibilidad poco común.

Y, cuanto más iba a visitar a su hermano, más se enamoraba en silencio de Carmen…


Carmen, vestida con un abrigo juvenil que no parecía suyo, permanecía de pie con la cabeza inclinada.

Daba la impresión de sentirse incómoda incluso con su propia apariencia.

Llevaba el pelo rizado de una forma extraña, como si alguien se lo hubiera arreglado sin tener en cuenta lo que le favorecía. En los ojos, unas sombras brillantes; en los labios, un pintalabios demasiado intenso.

Javier nunca la había visto así.

—Buenas tardes, Javier.

—B-buenas tardes —balbuceó él, sorprendido.

En el ascensor, Carmen miró su reflejo en el espejo y se sobresaltó.

Enseguida se pasó el dorso de la mano por los labios, tratando de borrar el color excesivo.

—Mamá… —dijo Lucía, dándole un codazo de reproche.

Ya sentados a la mesa, Carmen seguía sin levantar la cabeza.

Javier también callaba, atrapado por su timidez de siempre.

—Tío Javi, ¿tiene copas? —preguntó Lucía con soltura—. He traído un licor casero. Lo ha preparado mamá. Mi madre vale para todo.

Después de un par de copas, la ansiedad y las dudas de Javier empezaron a disiparse. Carmen también se relajó un poco y dejó de clavar la mirada en la mesa.

Comieron, bebieron, hablaron de muchas cosas y, por fin, Lucía se levantó de la silla.

—Esta noche me quedo en casa de la abuela. Tenemos que probarme el vestido y arreglar el bajo. Lo malo es que la abuela vive en un piso pequeño y no hay sitio para mamá. Así que esta noche se queda aquí, con usted, tío Javi. Ella quería pedírselo, pero le da vergüenza.

Dicho eso, la muchacha se despidió y salió, dando un portazo.

Carmen se levantó de golpe.

—Perdone, Javier, de verdad. Me da muchísima vergüenza. Mi hija se está comportando de una manera muy descarada. No se preocupe, me voy ahora mismo.

Tras soltar aquellas palabras de carrerilla, salió hacia el recibidor para vestirse.

Javier fue tras ella para despedirla.

Entonces vio que Carmen estaba llorando en silencio, secándose las lágrimas con la punta de los dedos.

—¿Está llorando? ¿Le he hecho yo algo?

—No… usted no. Mi hija.

—Tranquilícese. No la voy a dejar marcharse en ese estado —dijo él con firmeza—. Vamos, hable en serio: está llorando, es de noche… ¿adónde piensa ir ahora?


Carmen se encerró un buen rato en el baño, lavándose la cara y tratando de recomponerse.

Cuando salió, ya estaba más tranquila. Se sentó otra vez a la mesa.

—Le he servido té. Ahora cuénteme qué ha pasado.

Los labios de Carmen volvieron a temblar.

Javier le habló con suavidad, pero sin apartarse de su idea.

—No quiero obligarla a contarme nada. Pero recuerde que no soy un extraño para usted. Siempre la he respetado sinceramente, porque fue parte de la familia de mi hermano. Gabriel ya no está, pero, si hace falta, haré todo lo posible por ayudarla.

Carmen levantó los ojos, aún enrojecidos, y Javier vio en ellos un dolor hondo.

—Mi hija se casa. Los novios no tienen dónde vivir y, como usted sabe, yo tengo la casa del pueblo que heredé de mi madre. Lucía se ha puesto de acuerdo con la familia del novio y, entre todos, han decidido que, después de la boda, los recién casados vivirán conmigo. Pero resulta que yo… les estorbo.

Una sombra amarga cruzó el rostro de Carmen.

—Y entonces Lucía se acordó de que, en otro tiempo, usted me cortejaba.

—Sí… fue así —reconoció Javier, turbado.

Ambos callaron, tensos, recordando el pasado.

Unos años después del funeral de su hermano, Javier había empezado a ir con frecuencia al pueblo para ayudar a la viuda.

Gabriel había dejado muchas cosas sin terminar: un cobertizo a medio hacer, un gallinero sin acabar y otros mil trabajos del campo.

Javier lo terminó todo. Además, ayudaba a Carmen a preparar la leña, a recoger forraje, a resolver cualquier problema de la casa. Incluso llegó a cogerse vacaciones en el trabajo para poder echarle una mano.

Javier siempre había mirado a la esposa de su hermano con un amor callado, conteniendo la respiración. Pero cuando ella quedó viuda, y con el paso del tiempo dejó de ser aquella mujer inaccesible, reunió valor y empezó a mostrarle sus sentimientos.

Carmen, al notar el cariño sincero de su cuñado, también se fue abriendo. Aquella relación podría haber acabado convirtiéndose en una historia de amor verdadera, pero entonces intervino Lucía…


Javier le dio a Carmen un juego de sábanas limpias y le ofreció dormir en la habitación vacía, donde a veces se quedaba su madre cuando lo visitaba.

La presencia de una mujer en la casa, y encima una mujer como Carmen, lo alteró profundamente.

Volvió a sufrir insomnio. Acostado en la cama, con la mirada fija en el techo, no dejaba de pensar.

Pensaba en cómo ayudar a Carmen.

Su sobrina Lucía, desde luego, había actuado de una manera muy fea, intentando resolver su problema de vivienda expulsando a su propia madre de casa.

Y, además, con qué descaro había decidido también por él, intentando meterle a Carmen en su vida como si se tratara de mover un mueble de sitio.

Y aún podría haber tenido un pase si Lucía lo hubiera hecho pensando de verdad en la felicidad de su madre. Pero no era así. Para ella, su madre se había convertido en un estorbo, una carga de la que podía deshacerse “colocándola con el tío”.

Y eso sin contar que, cuando entre ellos había empezado a surgir algo años atrás, fue precisamente Lucía la primera que se opuso.

Javier comprendió entonces que estaba completamente decepcionado con su sobrina.


La mañana amaneció cubierta de niebla.

Carmen se levantó muy temprano y se puso a hacer cosas por la casa: preparó tortillas, frió churros y dejó el desayuno listo.

—Buenos días, Javier.

—Muy buenos días, Carmen.

La sonrisa de ella le alegró el día entero.

Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba de una compañía tan agradable.

—Ya lo he decidido todo —dijo Carmen, sirviendo el té y sentándose a la mesa—. No puedo dejarme hundir. En realidad, como dice mi hija, todavía soy joven. No tengo por qué desesperarme. Buscaré trabajo en la ciudad, alquilaré una habitación o un piso pequeño. Y lo de que me hayan echado de mi propia casa como si fuera un trasto viejo… eso tendré que superarlo. En esta vida una puede encontrarse con cualquier traición. Pero a usted le agradezco muchísimo todo, Javier. Que me haya dado techo, que me haya escuchado, que me haya apoyado en un momento tan duro… Ayer sentía que me faltaba el aire del dolor. Mi hija me vistió con su ropa usada, me rizó el pelo, me pintó como… como si…

Carmen se cubrió la cara con las manos.

—Ya basta, Carmen. La entiendo perfectamente. Y no tiene por qué sentirse avergonzada delante de mí. No somos desconocidos. Yo la ayudaré a encontrar un alquiler. Y también intentaré arreglar lo del trabajo: hablaré con mi jefe, porque precisamente en la cafetería de la empresa necesitan personal. Puede empezar allí, y luego ya buscaremos algo mejor.

Carmen asintió con rapidez.

—Acepto. No sé ni cómo darle las gracias.

—Hoy descanse. No salga del piso. Intentaré volver antes del trabajo y, cuando llegue, llamaremos a todos los anuncios de alquiler que encontremos.

Carmen volvió a asentir.


En el trabajo, Javier no hacía más que mirar el reloj.

Estaba deseando volver a casa, donde lo esperaba Carmen.

De pronto, la vida había vuelto a llenarse de color.


Una semana después, Carmen ya trabajaba en la misma empresa que Javier. Y se había mudado a su primer piso de alquiler en la ciudad.

La víspera de la boda, Lucía volvió a visitar a su tío.

La sorpresa de la joven fue enorme al no encontrar allí a su madre.

—¿Dónde está mamá? —preguntó con mal humor—. La estoy llamando y no me coge el teléfono. La boda es en dos días y pensaba llevármela al pueblo para que ayudara a preparar la comida.

Javier, que ni siquiera le ofreció sentarse ni tomar un café, se limitó a encogerse de hombros.

—¿Qué esperaba exactamente, señorita? ¿Que su madre se quedara sentada donde usted le dijera y aguardando a que usted la utilizara cuando le conviniera? Pero si fue usted misma quien le dijo que todavía era joven y que tenía toda la vida por delante. Pues bien, eso es justamente lo que está haciendo: recuperar el tiempo perdido. Construir una nueva vida. Pero sin usted, traidora.

—Tío Javi, ¿qué barbaridades está diciendo?

—Estoy aprendiendo de usted, Lucía. Digo las verdades como me da la gana, exactamente igual que usted —respondió él con frialdad—. Y, a partir de ahora, le pediría que se olvidara de mi existencia. No quiero tratar con una persona que ha traicionado a su propia madre.

Después de echar a la muchacha, Javier empezó a prepararse para salir.

Tenía una cita.

Con Carmen, por supuesto.


Ni Javier ni Carmen asistieron a la boda de Lucía.

Ese día se fueron juntos a cenar a un restaurante, donde pasaron una velada agradable. Carmen intentó no pensar en su hija, aunque le costó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

…Dos años después, cuando ya había tenido un hijo con Javier, la relación con su hija volvió a mejorar un poco, pero solo hasta el día en que Lucía, ofendida, le dijo:

—De verdad no entiendo por qué te enfadaste conmigo. ¡Yo quería lo mejor para ti! Al final acabaste casándote con el tío Javi, ¿no? Pero lo de tener un hijo sobraba. Ya eres mayor. Podrías haberme pedido a mí un nietecito, te lo habría dado yo y así te entretenías criándolo. Además, en el futuro no habría problemas por repartir el piso del tío Javi. En cambio, ahora has traído al mundo a otro heredero de más…

Al oír aquello, Carmen ya no pudo contenerse. Le dio una bofetada a su hija y la echó de casa.

fin-

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Lisa Weta
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