Me llamo Alejandro. Siempre me he considerado muy afortunado en la vida, porque he podido ser padre y esposo. Me casé con María, de quien me enamoré cuando aún estaba en el instituto. Ella me esperó fielmente mientras hacía el servicio militar, y cuando volví, nos casamos.

Me llamo Diego. Siempre pensé que la vida me había sonreído: conseguí ser padre y marido, que no es poca cosa. Me casé con Lucía, de quien llevaba enamorado desde los años de instituto. Aguantó pacientemente mientras yo hacía la mili, y en cuanto regresé, nos casamos a la española: con jamón ibérico, tarta gigante y toda la familia bailando pasodobles.

Primero nació nuestro hijo mayor, Álvaro. Al poco, y tras tres años de pañales y noches en vela, vino al mundo nuestro segundo hijo, Hugo. Pero yo tenía una espina clavada: quería una niña. Siempre lo decía, incluso la primera vez que Lucía se quedó embarazada. Todos me miraban como si estuviera loco: con lo típico de ¡los hombres quieren chicos! Pero yo me empeñé en que mi sueño era una hija. Pero, vaya, que Lucía me dio un niño. Y tres años después, otro niño más.

Nuestra vida en Madrid era bastante apañada. Los chicos crecían sanos y fuertes. Hasta que un día, entre tortilla de patatas y croquetas, Lucía me soltó la bomba: estaba embarazada otra vez. Yo, que ya contaba pesetas en euros, casi me caigo de la silla. No lo habíamos planeado, pero me hizo ilusión que para algo me vale ser optimista.

Venga, Diego, que esta vez sí que llega la niña decía Lucía con una sonrisa de esas que convencen hasta a los gatos.

Mi madre y mi suegra, expertas en leer barrigas y ver lo que les da la gana, juraban que iba a ser niña, y hasta la ecografía les dio la razón. Todos en casa ilusionados, pensando en diademas, muñecas y vestidos de comunión. Los chicos hasta habían elegido ya el nombre de su futura hermanita.

Llegado el gran día, llevé a Lucía al hospital de La Paz. No pegué ojo en toda la noche pensando si sería niña o niño, y qué narices iba a pasar. Por la mañana llamé al hospital y me sueltan que había nacido mi hijo, pesando 3 kilos 200 gramos y midiendo 54 centímetros.

Me quedé de piedra, convencido de que era una confusión. ¡Pero si nos habían dicho que era una niña! Nada, sin milagro por parte de la ciencia, teníamos otro chaval. Nadie se lo esperaba. Y ahí, entre preguntas existenciales sobre los ultrasons, llamé a Lucía:

A ver, ¿seguro que no me has engañado con el vecino?
¿Pero tú eres tonto o qué te pasa? contestó ella, indignada. ¡Si me ibas diciendo siempre que querías una niña!
¡Pero es que tenía que haber sido una niña!
¡Deja de decir tonterías! Y me colgó, más ofendida que si le hubiera escondido el mando de la tele.

A los pocos días fui a buscar a Lucía y al bebé al hospital. Llegamos a casa, deshizo la mantita y vi a ese niño diminuto, indefenso y con cara de cógeme que me caigo solo. Y, mira tú, me enamoré del pequeñajo al instante.

Pasaron cuatro años y medio. Al tercero le pusimos el nombre de Mateo, pero en casa terminó siendo Mateíto. Le enseñé a ir en patinete por el Retiro, aunque no se parecía nada a mí. Un poco a Lucía, y gracias. Lo gracioso era que Álvaro y Hugo eran mi fotocopia; pero este, ni el flequillo.

Un día, de esos en que bajas la basura a toda prisa porque huele peor que la Gran Vía en agosto, oí a las vecinas del tercero cuchicheando:
¿Has visto que el pequeño Mateo no se parece nada a Diego? ¡Es igualito que Sergio, el del quinto!

Mi orgullo de macho ibérico se resintió. Subí como una moto y le pregunté a Lucía quién era el verdadero padre de Mateo.

¿Pero otra vez con la misma historia? ¿Cómo se te ocurre dudar de mí con lo que me quieres? ¡Eres de lo que no hay! Me soltó, liando la bronca del siglo.

Ni corto ni perezoso, le propuse hacer una prueba de ADN. Lucía, que primero se negó, a la segunda dijo que sí para ponerle punto final a mi paranoia… eso sí, también me advirtió que después le iba a pedir el divorcio. Yo pensé que solo estaba enfadada, y seguimos con la vida cotidiana.

Un día, ahí tirando la basura otra vez, me crucé con Sergio, mi supuesto rival. Treinta y cinco años, soltero, y con una cara más sosa que un cocido madrileño sin chorizo. Le miré de arriba a abajo, buscando parecidos para alimentar mi drama, y, francamente, ni un pelo de parecido con mi hijo.

Llegué a casa, me senté en la cocina con mis pensamientos, cuando de repente, aparecio el pequeñajo de Mateo, se subió a mi regazo, me abrazó y empezó a contarme sus cosas, esas que solo entienden los niños. Y fue entonces cuando me di cuenta de la tontería que estaba haciendo. No necesitaba ninguna prueba, ni test ni leches: ¡era mi hijo! Y punto. Lo sentía en el corazón, que por algo me llamo Diego.

Entré en la habitación donde estaba Lucía, abrazando a Mateo.

Que no vamos a hacer ninguna prueba le dije.
¿Pero cómo que no? Ya estaba hasta preparando los papeles, solo para que te quedaras tranquilo y no volvieras con el rollo de siempre.

Le pedí perdón durante toda una semana, casi le compro flores para cada día. Al final, Lucía me perdonó. Los niños crecieron: el mayor se casó y su mujer nos regaló una nieta preciosa. Y, mira por dónde, ¡por fin pude tener una niña en la familia! Estoy feliz, porque ahora sí que puedo malcriar a alguien… Sé que la voy a querer tanto como a mis tres hijos, aunque ya sepa que la vida siempre guarda una sorpresa, sobre todo si tienes corazón de padre castizo.

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Elena Gante
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Me llamo Alejandro. Siempre me he considerado muy afortunado en la vida, porque he podido ser padre y esposo. Me casé con María, de quien me enamoré cuando aún estaba en el instituto. Ella me esperó fielmente mientras hacía el servicio militar, y cuando volví, nos casamos.
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