Un noviazgo pactado: el arte de concertar matrimonios a la española

Cortejo con cita previa

Mira, te voy a contar lo que me pasó hace unos días, porque aún me estoy riendo y cabreando a partes iguales. Era una tarde cualquiera en la oficina aquí en Madrid, entre montañas de papeles facturas, informes, presupuestos. Yo, como siempre, a lo mío, repasando números y anotando cosas en mi libreta. El ambiente estaba muy tranquilo, solo se oía el murmullo lejano de las compañeras del despacho de al lado y el tecleo frenético que venía de la sala de reuniones. El sol colaba rayos diagonales entre las lamas de las persianas, dibujando sobre mi teclado unas sombras perfectas.

De pronto, me suena el móvil. Veo en la pantalla: Mamá. Qué raro, pensé. Ella nunca llama a estas horas, siempre lo hace cuando termina su turno, ya por la tarde. Eran las tres justas. ¿Y ahora qué habrá pasado?, pensé.

Descolgué y, nada más escucharla, me di cuenta de que estaba inquieta, con la voz temblorosa, aunque intentaba disimular.

Elena, hija, ¿puedes venir a casa cuanto antes? Es muy importante.

Te juro que se me paró el corazón. Aparté todos los papeles como si de repente estorbaran y me puse recta, intentando no dejar que se notara mi susto.

¡Pero qué ha pasado! le pregunté, haciendo acopio de serenidad, aunque se me notaba el nerviosismo. ¿Te encuentras mal?

No, no, tranquila, nada de eso me aseguró enseguida. Pero tenemos que hablar. Es urgente.

Me quedé un momento mirando el desastre que había dejado en la mesa. Aún quedaban horas de trabajo, pero no me iba a poner a discutir: con ese tono sabía que no era negociable.

Vale, mamá. Dame una hora y estoy ahí.

Mejor cuanto antes insistió, bajando la voz misteriosamente. Hay gente esperando.

Y ahí ya me rayé. ¿Gente? ¿Qué tontería sería ahora? No quise sacarle más detalles: si mi madre dice ven ya, es que nuestra señora de los dramas caseros ha decidido que es el día grande.

Guardo los papeles a toda prisa, cojo el móvil, monedero, me planto la americana y voy al despacho de mi jefe para explicarle. Por suerte, tengo suerte y me deja salir. En el ascensor ya iba pidiendo un Cabify para el piso de mis padres en Vallecas. Mientras bajaba, volví a llamar para preguntar si hacía falta llevar algo pero, nada, entre evasivas y prisas, solo me soltó un Ven tú sola.

A pesar de ir en taxi, tardé como cuarenta minutos. Pero iba tan nerviosa que ni me enteré: solo veía, a través de la ventanilla, los barrios y las calles de siempre los bloques llenos de ropa tendida, los niños saliendo del cole, la abuela paseando al perro junto al parque. Yo todo el camino con mil teorías en la cabeza: ¿habría pasado algo en el trabajo de mi madre? ¿O sería ese rollo raro de la tía Pili? Que si un accidente, que si un lío familiar pero ninguno me convencía.

Total, que llego, pago al conductor (menos mal que ya había pasado el follón de los billetes, ahora todo por el móvil; por cierto, 18 euros del tirón), y subo corriendo a casa. Ni me dio tiempo a sacar la llave porque en cuanto toqué el pomo, mi madre abrió la puerta como un resorte.

¡Por fin, hija! Anda, pasa me agarró del brazo y me metió rápido al recibidor.

Enseguida me llegó ese olor a bollos de vainilla que solo hace mi madre para las grandes ocasiones. Ese aroma de casa que normalmente anuncia cumpleaños, buenas noticias… pero, con el tono de esa llamada, yo no me cuadraba.

Me descalcé rápido y fui directa al salón. Y entonces me quedé helada. Allí estaban, sentados a la mesa con un mantel blanco impecable, por supuesto, la tía Pili, resplandeciendo como si hubiera ganado la lotería, y ¡Miguel! Sí, Miguel, el hijo de la Pili, el mismo al que llevo viendo en las reuniones familiares desde la infancia y al que siempre he considerado el rey de los sosos. Siempre tan apocado, con las gafas torcidas y las manos sudadas, sonriendo como quien no quiere molestar.

Nada más verme, Miguel intentó ponerse serio y se levantó algo atolondrado.

Hola, Elena, cuánto tiempo.

Sí, y que pasen otros tantos le solté, cruzando los brazos y mirando fijamente a mi madre. ¿Me quieres explicar para qué he venido tan deprisa, mamá?

Ella, como si no notara mi tono, se puso a cuadrar el mantel otra vez y a recolocar las servilletas.

Mira, hija… la Pili y yo hemos estado pensando. Os conocemos de toda la vida. Los dos ya sois adultos, responsables…

Ya… ¿y? intervine yo, dejando claro que ya olía de qué iba la cosa. Mamá, tengo la oficina patas arriba y me he ido dejando a todos colgados. ¿Qué pasa aquí?

Tía Pili, sin perder ese brillo de los ojos de quien ve la boda de oro por delante, se metió:

Miguel está muy bien, hija. Tiene trabajo estable, su pisito, es buen chico

Solo hemos pensado que podríais hablar, conoceros más se atrevió finalmente mi madre, aunque evitaba mi mirada.

En ese momento, entre la sorpresa y la rabia, me costó contenerme. Otra vez la película del a ver si te emparejamos. Como si tuviera cinco años, vamos. Intenté hablar despacio.

Mamá, te lo agradezco. Sé que te preocupas. Pero con quién salgo, con quién no, eso lo decido yo.

Miguel, más colorado que un tomate, miraba al mantel.

Pero, Elena, ¿por qué te pones así? intentó él. Antes nos llevábamos bien. ¿No podríamos, no sé intentarlo?

No, Miguel, nunca me has atraído, ni me vas a atraer porque tu madre y la mía sean amigas le solté con una media sonrisa resignada.

A esas alturas ya me entraba hasta la risa floja.

Soy sincera: eres buena persona, no tienes nada malo, pero yo no finjo. No voy a hacerte creer otra cosa.

Miguel miró a su madre, encogiéndose aún más en la silla. Y yo, sintiendo que me quitaba un peso de encima, cogí mi bolso.

Mejor me voy, madre. Y, por favor, deja de planearme citas a traición, ¿vale?

Ella intentó cogerme del brazo, pero la aparté con cariño:

Cuando quieras escucharme de verdad, hablamos. Ahora tengo que volver a trabajar. Y no vuelvas a hacerme estas encerronas, que me llevé un susto tremendo.

Salí del portal respirando profundo. El aire olía aún a lluvia y el cielo se abría entre nubes. ¿Por qué esa manía de las madres con querer emparejarnos a toda costa? Como si por tener trabajo y piso, el amor viniera a golpe de biografía. Si supieran lo que queremos de verdad…

Por no pensar demasiado, tiré por el parque, ese que me he recorrido media vida. Mujeres con cochecitos charlaban, abuelos leyendo la prensa, niños intentando meter sus barquitos en los charcos. Yo dando vueltas a lo mismo, pisando losas sin mojar las zapatillas.

En ese momento, mi móvil vibró. Otra vez, Mamá.

Elena, ¿por qué te has ido así? se notaba que estaba más dolida que cabreada. Iba en serio lo de charlar entre todos.

Mamá, de verdad, que no puedo casarme con Miguel solo porque lleváis dos décadas siendo amigas la Pili y tú. Ya vale de proyectos conjuntos. Eso es muy serio como para decidirse así intenté calmarla.

No he dicho que te cases ya replicó, subiendo la voz. Al menos podrías conocerle bien. Es buen chaval, responsable, no sale de fiesta…

Sí, sí, no tiene nada malo, pero no es mi tipo dije, dejando claro que ese debate lo hemos tenido mil veces.

¿Y qué esperas entonces? preguntó, cansada, como si años de conversaciones no hubieran servido de nada. Llevas tres años sola, hija.

Y feliz. No voy a estar con el primero que pase para contentar a nadie. Prefiero elegir yo, aunque os cueste entenderlo.

Tu elección es trabajar hasta las mil y cenar sola enfrente de Netflix. Solo quiero verte bien, Elena, ¿vale?

Y lo estoy le respondí, sentándome en un banco. Me gusta mi trabajo, me gusta mi vida. No necesito pareja por necesidad. Cuando llegue, llegará. No por decreto materno.

Al otro lado, respiración entrecortada. Luego, ya floja:

Perdona, hija, es que me preocupo. Me da miedo que acabes sola cuando yo no esté.

Lo sé y lo valoro, mamá. Pero promete que no más enredos así. Dos horas de nervios me has dado.

Lo prometo, lo prometo. Pero si algún día aparece alguien de verdad, me lo cuentas la primera, ¿vale?

Por supuesto, madre. Ahora, me voy que tengo faena. Un beso.

Cuídate, reina.

Colgué y miré cómo las nubes abrían paso a un cielo precioso, azul de ese que solo sale en primavera en Madrid. Escuchaba el ruido de los chavales y un perro corriendo detrás de una pelota vida cotidiana en vena.

En los días siguientes, me mantuve ocupadísima en la agencia. Teníamos que lanzar un proyecto enorme y no quedaba tiempo para pensar en líos familiares. Yo llegaba la primera, me iba la última. Un sándwich frío en mano, té fuerte y a seguir. Llegaba tan cansada por las noches que me tiraba en la cama y ni pensaba.

Pero en el fondo, ese runrún volvió. La cara decepcionada de mi madre, la vergüenza de Miguel, las expectativas de todas. No me sentía culpable, pero no mola tener que soltar las cosas a las bravas.

El viernes, justo revisando el correo, me llega un mensaje de Lucas, un compañero: Elena, hago mi cumple el sábado. Va a haber ambiente. Vente, que hay gente nueva y música top. Dudé, porque sinceramente necesitaba sofá y mantita, pero luego pensé: ¿por qué no?

Así acabé el sábado por la noche en un bar monísimo en Lavapiés, de esos con paredes de ladrillo y cojines de colores. Nada más entrar, el ruido del bullicio te envolvía; el aroma del café recién hecho, la tarta de zanahoria y música que no molestaba para hablar.

Lucas me reconoció al instante y me saludó encantado.

¡Has venido! Sabía que no ibas a dejarme tirado.

Nos reímos, hablamos de la semana y enseguida me mandó a su grupo de amigos del fondo: Vete allí, que te van a caer bien.

Me acerqué y me presenté. La charla ya iba animada, todos riéndose con un chiste sobre los informáticos. Entre ellos, me llamó la atención un chico, moreno, con camisa azul y sonrisa sincera.

Hola, tú eres Elena, ¿no? Yo soy Marcos, de marketing.

Sí, la misma. Encantada.

Resultó que habíamos coincidido en una reunión hace poco, pero ni me fijé. Me preguntó sobre el proyecto importante de la agencia, me contó curiosidades de su departamento y, de repente, se nos pasó la charla volando. No recuerdo reírme tanto en semanas. Él hacía que olvidaras por un rato la presión de la semana.

Como había un jaleo tremendo, Marcos propuso salir a la terraza a respirar algo de aire fresco. Lo típico. Estuvimos charlando del trabajo, de viajes me flipó cómo hablaba de su escapada por el Camino de Santiago, de lo que nos gusta hacer por Madrid en el finde. Contando anécdotas, se me olvidaron hasta los problemillas con mi madre, fíjate.

¿Y tú? ¿A qué dedicas el tiempo libre? me preguntó.

Leer, andar por el Retiro, alguna peli indie… y cuando puedo, ver el mar. le confesé.

Fantástico, deberíamos organizar una escapada. Si quieres, ¿eh? me soltó, entre broma y verdad.

Me hizo ilusión, la verdad. Sentí algo muy distinto a esa cita forzada con Miguel.

Al despedirnos, me pidió tomarnos un café cualquier tarde de esa semana, sin prisas, solo para seguir charlando. Le dije que sí, pero sin prisas, que lo importante era estar a gusto y dejar que surgieran las cosas.

Cuando llegué a casa, ni me había quitado el abrigo y ya sonaba otra vez el móvil: Mamá.

Elena, ¿qué tal el día? ahora sonaba con cautela, como si cruzara un puente colgante.

Muy bien, mamá. Tuve un cumpleaños y conocí a alguien. Un chico simpático, divertido, independiente…

¡Anda! ¿Y eso? se le notaba la emoción pero no quería parecer ansiosa.

Me reí y le expliqué de manera resumida que no tenía nada que ver con las situaciones que ellas montan a lo cita a ciegas de madre. Que si alguna vez sale algo, será porque surge, no por presión.

Ella se rió también por primera vez en días:

¡Pues me alegro, hija! Quizá ya me puedo relajar…

Relájate, mamá le dije, sentándome por fin en el sofá. Estoy bien. Lo que venga, vendrá. Dame tiempo.

Te quiero, Elena.

Y yo a ti, mamá.

Colgué. Afuera ya era de noche; la Gran Vía lucía preciosa, llena de vidas cruzadas en cada ventana, cada bus que brillaba bajo las farolas. Sentada en el sofá, mientras miraba cómo la ciudad seguía nocturna y viva sin que nadie le dijera cómo debe ser, pensé: de verdad, nadie puede meter la vida en un calendario. Todo llega cuando debe llegar y, por fin, sentí que estaba exactamente donde debía estar.

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Elena Gante
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Un noviazgo pactado: el arte de concertar matrimonios a la española
He puesto a mi marido ante una decisión muy difícil.