La última voluntad
No no volveré a casa jamás suspiraba con pesadumbre Javier, retorciéndose de dolor. Y a Lucía no la volveré a ver nunca. Quería pedirle que se casara conmigo, pero ya no me dará tiempo ¿Por qué me toca vivir esto?
No se preocupe tanto dijo con una sonrisa la enfermera, viendo el rostro pálido del joven recién llegado en ambulancia. Todo va a salir bien.
Lo dudo logró contestar Javier con voz profunda.
Luego, contemplaba en silencio y con temor en los ojos cómo le preparaban para la operación.
*****
Desde niño, Javier nunca soportó los hospitales.
Quizá porque de pequeño, cada visita significaba dolor, y lo peor era que nadie pensaba en pedir perdón por las “angustias” causadas.
¿Pero qué llantos son esos, Javi? le decía la enfermera al sacar sangre del dedo. Si ya eres mayor, que dentro de poco empiezas el colegio. Debería darte vergüenza llorar así.
Javier, entre lágrimas, forcejeaba intentando huir del gabinete, pero era imposible. No, vergüenza no sentía, lo que sentía era dolor y una gran rabia.
Volviendo de la revisión, le juraba a su madre que jamás regresaría a un hospital.
Antes me muero, pero no piso uno de esos sitios nunca más sentenció.
No digas eso, hijo intentaba calmarle su madre. Los médicos trabajan para que la gente esté bien y viva muchos años. No hay que tenerles miedo.
Sí, muy buenos sollozaba Javier mirando el dedo, del que, según él, le habían quitado media vida. Que se curen ellos solos, a mí que me dejen en paz.
Y si les cuento cómo acabó cuando sus padres lo llevaron, literalmente por la fuerza, al dentista para sacarle una muela Los gritos se oían hasta desde la calle, atravesando las ventanas cerradas.
No eran recuerdos precisamente agradables.
Por eso, de adulto, Javier evitaba todo lo relacionado con médicos y hospitales, manteniéndose lo más alejado posible.
Pero lo irónico del destino hizo que, un día, acabara en urgencias con un ataque de apendicitis.
El dolor era tan intenso que a Lucía, su pareja, no le quedó más remedio que llamar al 112.
No llames a nadie, ya se me pasará suplicaba él.
¿Tú estás loco? Te veo fatal. Apuesto a que es el apéndice. A mí me ocurrió algo igual.
Así terminó Javier en el Hospital General de Madrid, contra su voluntad.
Y allí ¿qué creen que sintió?
Solo de pensar en médicos hurgando en sus adentros, se agobió. Y al ver una camilla pasar con un cuerpo cubierto, empujada por dos celadores, sintió que su destino era igual de desafortunado.
No no volveré a casa jamás suspiró, temblando de dolor. Y a Lucía ya no la veré. ¡Si quería pedirle matrimonio! No me ha dado tiempo
No le dé tantas vueltas le dijo una enfermera con cariño. Es algo sencillo, y llega usted a tiempo. Si lo hubiera dejado, ahí sí habríamos tenido complicaciones.
Así fue. La operación salió como la seda y, por primera vez tras tantos años, Javier tuvo una experiencia positiva en el hospital. Ni siquiera le dolió. Todo estaba resultando sorprendentemente bien
Le pusieron la anestesia en la misma mesa de operaciones y, cuando despertó, lo más difícil ya había pasado. Esa misma tarde lo trasladaron a una habitación normal.
Durmió toda la noche como un tronco, despertándose solo cuando cambiaban el suero.
Por la mañana…
…Javier notó que en la habitación había un hombre mayor.
“Justo lo que me faltaba”, pensó. “Ahora, venga, a contarme toda su vida.
No tenía ganas de hablar con nadie, solo deseaba tranquilidad y silencio. Ni siquiera llamó a Lucía, solo le escribió un mensaje escueto: Estoy bien, no te preocupes, y guardó el móvil bajo la almohada.
No paraba de pensar lo inoportuno que era todo esto.
Llevaba más de un año viviendo con Lucía, y justo la noche anterior quería proponerle matrimonio. Reservó mesa en un restaurante, habló con los músicos para que tocaran su canción favorita, y el camarero le llevaría el anillo escondido en el postre.
Javier había planeado que fuera perfecto.
Pero, el destino tenía otros planes. En vez de planear boda, estaba tumbado en una cama de hospital junto a un desconocido.
Para su sorpresa, el anciano no resultó ser pesado; solo saludó, y poco más. Pasaba el día murmurando, intentando llamar a alguien desde el móvil, aunque sin éxito. Finalmente, se le agotó la batería.
Y no pudo cargarlo; nadie tenía un cargador para ese móvil antiguo.
El hombre, mirando la pantalla oscura, se echó a llorar. Javier se sintió incómodo y avergonzado por haberle juzgado mal. Aquel hombre tenía un problema serio.
Pasados unos minutos, Javier se sentó y, mirando al mayor, preguntó si podía ayudarle.
No logro localizar a mi hijo respondió el anciano, apesadumbrado.
¿No sabe que está en el hospital? preguntó Javier, extrañado.
Sí lo sabe La enfermera lo llamó cuando me ingresaron. Pero no quiere hablar conmigo. Discutimos hace medio año, justo antes de mi cumpleaños. Él quería ingresarme en una residencia y vender mi casa, pero yo no quise. Aunque más por quien dejaría atrás que por la casa
El hombre le contó cómo una semana atrás había tenido un infarto y fue a parar allí. Los médicos le estabilizaron, pero dijeron que hacía falta operar.
En dos días, me toca suspiró. Y siento que no llegaré ni al quirófano.
Bah, tonterías le animó Javier. Si los médicos están para alargar la vida a la gente. A mí, ayer, me quitaron el apéndice y aquí me ve; como si nada.
El hombre sonrió levemente, pero no intentó explicar la diferencia entre una apendicitis y un corazón enfermo.
Tengo un perro, sabes siguió el anciano. Se ha quedado en la calle. Y solo quería pedirle a mi hijo que cuidase de Fideo si yo falto. O al menos, que le encuentre un buen hogar. Los vecinos tienen demasiados animales, no lo querrán. Y mi hijo podría hacerme ese último favor. No gratis, claro: él ya quiere mi casa, hace tiempo. Así que, todo justo. Pero no responde. La enfermera ya lo avisó también, pero no Así es mi hijo.
Vaya murmuró Javier.
Me preocupa mucho Fideo. ¿Qué será de él ahora? ¿Quién le cuidará, ahí fuera?
“Viejo curioso”, pensó Javier. “A dos días de la operación y solo piensa en su perro”.
Pero la historia conmovió a Javier, sobre cómo el perro y el anciano se encontraron mitad por casualidad, mitad por señal. El hombre le contó que fue el mismo día que cumplía años. Su mujer, ya fallecida, le soñó con un perro en la correa y, esa misma mañana lluviosa, halló a Fideo atado en la entrada de la tienda. Esperó horas, preguntó a todos, pero nadie reclamó al animal, así que decidió llevárselo a casa. Incluso colgó anuncios por la ciudad unas semanas, pero nadie lo reclamó, y al final, se alegró.
Fideo es más que un amigo, que un perro. Se ha convertido en mi razón de vivir en estos años de soledad.
Esa noche, a Javier no dejaba de darle vueltas la historia de Fideo y el hijo del anciano.
“¿Cómo se puede ser tan frío como para ignorar a tu padre, sabiendo que está solo?”
Y, mientras dormía, soñó con un perro vagabundo, parecido a Fideo, deambulando por la ciudad y él siguiéndole, sin saber por qué, solo porque sentía que debía.
Al despertarle de sopetón, el anciano ahogaba suspiros y se agarraba el pecho.
¿Llamo a la enfermera? preguntó Javier, sobresaltado.
No, todavía no Mejor llama a mi hijo. Daniel. En la mesilla hay un papel con su número. Dile que venga, si puede. Que quiero despedirme de él. Si no puede o no quiere, que al menos cuide de Fideo. Así me iré en paz, sabiendo que mi perro no quedará abandonado.
Javier dudó qué hacer primero, pero acabó llamando al hijo.
¿Daniel? Soy compañero de habitación de su padre Javier intentó decir su nombre, cuando cayó en cuenta que ni siquiera se habían presentado.
Fernando Ruiz susurró el mayor, con esfuerzo.
Fernando Ruiz Le ha dado un mal, y le gustaría que viniera.
¿Que si se muere? resopló Daniel, con desgana. ¿En qué hospital? ¿El General? Ok.
Javier le dio la dirección, tiró el móvil en la cama y salió corriendo en busca de la enfermera. Cuando regresó, Fernando ya apenas respondía.
Vas a aguantar, don Fernando. Tu hijo prometió venir Aguanta. Falta poco.
El corazón de Fernando dejó de latir antes de que llegara el médico. Al poco, los celadores le llevaron, en silencio.
*****
Su padre murió prácticamente en mis brazos le contó Javier a Daniel cuando apareció a la mañana siguiente.
Bueno, mejor así contestó Daniel, seco. Al menos no sufrió ni me hizo sufrir. Imagínate, si le hubieran dado por quedarse años postrado Yo tengo trabajo, familia Mejor así
Le pidió algo importante: que cuidara de Fideo, su perro. Era su última voluntad añadió Javier.
¿El perro? Bah, sí Una chuchilla callejera que recogió. Por esa misma razón se negó a la residencia. ¡Y mira que le decía yo que allí estaría bien y vigilado! Pero no, cabezón
Era su última petición le recriminó Javier. Ahora la casa será tuya, no cuesta nada buscarle un hogar.
Daniel le miró raro, cogió el móvil y el papel con su número, y se marchó sin despedirse.
Javier se tumbó meditabundo.
Lástima por ese hombre. Con setenta y siete años, aún podría haber vivido. Pero el destino fue otro. Lástima de perro, que ahora quedaba huérfano.
Dudo que Daniel cumpla el último deseo de su padre Venderá la casa y Fideo quedará en la calle, con suerte los vecinos le darán comida. Y si no
Esa noche, Javier soñó con Fernando Ruiz caminando por las calles de Madrid, llamando a su perro. Pero no lo hallaba, y el anciano lloraba.
Despertó, como cada mañana después de la operación, pensativo. Lucía lo notó enseguida.
¿Javi, estás bien?
Sí, solo pensaba
¿En qué?
Mi compañero de habitación de la operación un jubilado, Fernando Ruiz. Sufrió un infarto y, a la espera de operar, murió. Tenía un perro, Fideo. Y sólo un hijo, pero ni caso le hacía. Cuando el hijo apareció, ya era tarde. Le expliqué el asunto del perro, pero dudo que le importe. Se notaba que le interesaba más la casa. Hasta escuché que llamó a un agente inmobiliario preguntando si podía vender ya, sin esperar la herencia Ahora me angustia el perro, aunque ni lo conozca. Fijo era tan bueno como su dueño.
¿Y si lo buscamos? propuso Lucía. Si sigue por ahí, nos lo quedamos.
¿En serio? ¿No te molesta un perro en casa?
¡Para nada! Anda que no sería bonito tener un amigo peludo. Salimos más a pasear, seguro.
Sí Pero no tenemos dirección.
En la recepción del hospital seguro lo tienen. Déjame a mí eso. Pero por el camino, compraremos una tableta de chocolate y una lata de café.
Café y chocolate obraron el milagro. La administrativa, inflexible, se ablandó al oír la historia y, entre sonrisas cómplices, escribió la dirección en un folio.
En menos de una hora, Javier y Lucía llegaron a la casa de Fernando Ruiz. Nada más atravesar el portón, buscaron al perro, preguntando a los vecinos.
Una mujer salió del número de al lado.
¿Buscan a alguien? Por aquí ya no vive nadie.
Lo sabemos. Yo compartí habitación en el hospital con don Fernando. He venido porque su última voluntad era su perro.
¡Vaya! Qué pena, era una buena persona. Ya no quedan así Su hijo ni funeraria ni nada, le dio a la burocracia y ya está pensando en vender la casa.
¿Sabe usted dónde está Fideo? El pobre andaba muy preocupado.
¿El perrito? Pues sí, estos días estuvo tumbado frente a la verja, esperando a que don Fernando regresara. Lloraba cada noche. Pero una de esas, el hijo vino, le gritó, y después desaparecieron los dos. No volvió a aparecer ni el hijo ni el perro.
¿No sabe adónde lo llevó? ¿Tiene fotos del perro?
Sí, espere Es pequeñito, simpatiquísimo. Mirad, aquí está en el móvil.
Lucía sonrió al ver la imagen.
¡Pero si es un corgi! Es graciosísimo. ¿Entonces el hijo no le dijo adónde lo llevaba?
Dijo que lo daba a alguien, pero no me fío de nada. El chico nunca soportó a los animales. No sé cómo de un buen hombre sale un hijo tan frío.
Dieron las gracias y marcharon, ambos callados y cabizbajos.
Sentían no haber ido antes; ya era tarde. Con suerte, Daniel habría dado a Fideo en adopción. Pero, ¿y si lo había abandonado?
Preguntaron a transeúntes, recorrieron calles próximas, sin suerte. Javier incluso intentó llamar a Daniel, pero este ya le tenía bloqueado.
Tendremos que pensar que está bien susurró Lucía. Es mejor eso que amargarse.
Y entonces, el destino actuó.
Había atasco, así que Lucía tomó una circunvalación para no perder tiempo.
A apenas unos kilómetros, redujo la marcha y señaló la cuneta; un perro, igual al de la foto, les observaba con cautela.
Javi, ¿será Fideo?
Parece Vamos a ver.
Aparcaron, bajaron y, acercándose con precaución, vieron en sus ojos una reconocible tristeza.
¡Fideo! llamó Javier con esperanza. ¡Fideo!
El animal, sorprendido, se giró. Dudó un instante. Javier, agachándose, le habló con ternura:
No tengas miedo. Conocí a Fernando, me pidió cuidarte. ¿Te vienes con nosotros?
El corgi olisqueó sus manos; el olor familiar le hizo menear el rabo, acercándose hasta dejarse acariciar mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
También Lucía se emocionó al ver la escena: su Javier abrazado al perro, como si se conocieran de siempre.
Poco después, todos iban juntos en el coche hacia su nuevo hogar.
Javier y Lucía eran felices por no haberse rendido y por haber podido rescatar a Fideo, la última voluntad de don Fernando.
Y Fideo estaba contento por volver a confiar en las personas, por sentir que, por fin, tenía a quien le cuidarían para siempre. Unas manos que olían todavía a su antiguo dueño
*****
Vaya hijo más ingrato dijo Javier, ya en casa. Le busco hogar decía Me encantaría decirle un par de cosas en la cara.
Déjalo, Javi. Ya está. Lo importante es que Fideo está con nosotros. El tiempo pondrá a Daniel en su sitio. Quizá, cuando sea mayor, recuerde a su padre y entienda todo por lo que antes no sentía nada.
Supongo que tienes razón dijo Javier mirando al perro, que dormía, moviendo las patas como si soñara.
Javier intuía dónde corría aquel sueño, y a quién buscaba.
“Salúdale de mi parte, don Fernando”, pensó, al tiempo que sacaba del armario una pequeña caja con un anillo dentro.
Aquella noche, por fin, pidió a Lucía que se casara con él.
No fue en un restaurante, ni con música, pero sintió que el momento era aquí y ahora.
Ella, por supuesto, aceptó sin vacilar.
Así terminó esta historiaEn el salón, bajo la tímida luz de una lámpara, Fideo acomodado a sus pies, Javier sintió que la vida siempre encontraba modos extraños de enseñarte lo importante: amar sin excusas, perdonar cuando sea posible, y cumplir promesas, aunque no sean propias.
Durante la boda civil, meses después, Fideo iba de pajarita y ladró justo cuando el juez pronunciaba las palabras finales. Todos rieron, y Lucía, mirándolo de reojo, susurró:
Tu talismán.
Javier acarició la cabeza peluda y sintió un calor sencillo, antiguo, como el de los cuentos felices. A veces, pensó, la felicidad son esas cosas pequeñas que hace años juraste evitar y ahora agradeces con el alma.
Una mañana soleada, mientras paseaban juntos por el parque, vieron a un hombre mayor sentado, mirando jugar a los perros. Javier se acercó y, sin saber por qué, se sentó a su lado. Hablaron de hospital, de miedo, de cosas que duelen de niños pero enseñan de adultos.
¿Sabe? dijo el anciano. No sé quién cuida de quién, si yo de mi perro o mi perro de mí.
Javier sonrió. Miró a Lucía y a Fideo corriendo en círculos bajo el sol. Recordó promesas ajenas cumplidas, sueños que se cierran y abren en otros.
A veces cuidar es lo único que importa susurró, y en ese instante supo que Fernando, de algún modo, también seguía allí. En la levedad del viento, en la alegría de Fideo, en la esperanza que despierta al confiar en las personas. Y mientras avanzaban juntos, comprendió: a la última voluntad solo le hace falta alguien que la transforme en un nuevo principio.
Sin drama, sin miedo. Solo con amor.






