Hace muchos años, recordamos cómo Lucía dejó el hogar de sus padres en Salamanca para mudarse a Madrid. Allí se dedicó con empeño a sus estudios, persiguiendo una formación que le abriría puertas. Tras finalizar la carrera, conoció a un hombre, Javier, con quien se casó poco después. Mientras tanto, su hermana pequeña, Carmen, se quedó en Salamanca con sus padres. Carmen también se casó, pero el destino no fue amable: se divorció dos veces y le quedaron dos hijos varones a su cuidado.
Lucía y Javier vivieron al principio en un piso que él había heredado de su abuela, cerca del Retiro. No les fue sencillo adaptarse a la vida por su cuenta; a menudo carecían del dinero suficiente para llegar a fin de mes, especialmente tras el nacimiento de su hija. Sin embargo, con el paso de los años, la suerte fue cambiando: lograron ahorrar algo de dinero gracias a sus esfuerzos y, tiempo después, compraron un piso de dos habitaciones, lo reformaron y lo pusieron en alquiler para mejorar su situación económica.
El tiempo siguió su curso. Su hija, que siempre fue aplicada y sensible, creció y comenzó a estudiar enfermería en una reconocida escuela madrileña. Lucía y Javier ya pensaban en cederle el piso en alquiler en cuanto ella se casara, como parte de su herencia familiar.
Entretanto, la hija de Carmen, Inés, entró en la universidad de Madrid. Carmen y sus padres empezaron a preguntar a Lucía si Inés podría instalarse unos meses en el piso alquilado, mientras encontraba algo más estable. Lucía, como buena hermana, no pudo negarse. Inés se centró en sus estudios y, más tarde, empezó a trabajar de camarera en una pequeña cafetería en el barrio de Malasaña. Al poco tiempo conoció a un joven que, tras medio año de relación, le pidió matrimonio. Además, Inés quedó embarazada.
Ante esta nueva situación, Lucía habló con su hermana Carmen y le dijo claramente que si Inés iba a formar una familia, tenían que buscar otro lugar donde vivir. La joven pareja prometió hacerlo en breve. Pasado un mes, Inés llamó a su tía y le pidió quedarse un poco más, asegurando que después de la boda buscarían su propio hogar. Mientras tanto, la hija de Lucía encontró también el amor, pero nadie se atrevía a pedirle a Inés, ya embarazada, que se marchara.
Llegó la boda y poco después Inés tuvo a su hijo. Tras la celebración, Lucía les recordó que era el momento de buscar un piso, ya que ese era ya de su hija, que pronto se casaría. Sin embargo, una excusa sucedía a la anterior: no encontraban piso decente, el bebé estaba enfermo o cualquier otro problema aparecía de por medio. Con el tiempo, incluso cambió de teléfono y dejó de abrir la puerta. Hasta Javier fue a hablar con ellas, y luego Carmen afirmaba que, tras esa visita, su hija había dejado de tener leche materna.
La paciencia de Lucía y Javier se agotó y, entre discusiones, pidieron a la familia que desalojara el piso. Aquello supuso un escándalo en la familia. Durante dos años enteros, nadie les dirigió la palabra a Lucía y Javier, murmurando entre ellos cómo podía una hermana ser tan dura de corazón como para dejar en la calle a una sobrina y a un bebé.






